María Luisa de Orleans, la flor de lis de Carlos II

Aquel febrero de 1689, María Luisa de Orleans agonizaba. Toda la Corte española estaba en vilo: el confesor de la reina se dirigía a sus aposentos a toda prisa, la camarera mayor intentaba bajarle la fiebre con paños fríos, la reina madre se postraba desconsolada en su capilla y rezaba por la mejoría de una nuera a la que había llegado a amar. En Madrid, todas las iglesias se llenaban de devotos que suplicaban a Dios por ella, las órdenes religiosas organizaban rogativas, las imágenes de la Virgen se veían rodeadas de cirios…  Tras una leve mejoría, la noche del 11 de febrero, María Luisa empezó a vomitar y a retorcerse de dolor. Se acercaba el final. Carlos II irrumpió ante las puertas de su amada reina, pero le detuvieron. Cuando el rey intentó abrirse paso inútilmente, le recordaron que lo único que le quedaba a Su Majestad era el buen morir. Entre lágrimas, Carlos miró hacia aquellas puertas sabiendo que jamás iba a volver a verla. Su flor de lis se marchitaba. Acompañada por el predicador real fr. José de Madrid, María Luisa calmaba sus últimos temores y dudas y se preparaba para reunirse con Dios. La mañana del 12 de febrero, la reina había muerto y Carlos II había sufrido un nuevo golpe fatal. Se habló de envenenamiento, conspiraciones y brebajes fatales que pretendían conseguir un embarazo que nunca llegaba. A día de hoy, la muerte de María Luisa de Orleans, así como su propia figura y vida, continúan sumergidas entre la fantasía y la verdad.

Retrato de Carlos II con armadura. Fuente.

Retrato de Carlos II con armadura. Fuente

carrenoMaría Luisa de Orleans nació en Francia y pasó su niñez rodeada de una corte esplendorosa y bella, diseñada alrededor del palacio de Versalles. Sobrina de Luis XIV, aquella princesa era una más entre las hijas de Felipe de Orleans, hermano del rey. La pequeña María Luisa vivió continuamente expuesta a los excesos que inundaban la extravagante y pequeña corte de sus padres. El príncipe Felipe solía organizar fiestas que terminaban en orgías, disfrutaba con la compañía de hombres atractivos y aborrecía su papel como segundón en la línea de sucesión. Por supuesto, este exagerado lujo rodeaba a toda la familia real francesa. En Versalles todo era belleza, riquezas y una asfixiante etiqueta. Cada cual sabía a la perfección quién debía cruzar antes una puerta o quién tenía más derecho a vestir a los reyes. En cuanto a María Luisa, no ambicionaba demasiado ni brillaba por encima de las demás. Pero todo cambió cuando supo que se iba a casar con el rey de España.

Tras una costosa guerra, Francia y España habían firmado una paz que se iba a sellar con un matrimonio: el de Carlos II y aquella princesa. La vida de María Luisa de pronto se vio elevada a lo más alto. Se eligieron jovencitas que asistieran a la nueva reina, criados que la iban a acompañar a España y se inició un largo viaje hasta su nuevo reino. Las historias que el embajador francés en España contaba sobre el joven Carlos II no eran muy optimistas. El rey no era un chico atractivo. Más bien todo lo contrario. Se decía que había aprendido a hablar muy tarde y que todavía con cuatro años se alimentaba de leche materna y le costaba caminar. Lo que pensó María Luisa al contemplar a aquel muchacho, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que Carlos II se enamoró de ella nada más ver su retrato. Por primera vez sentía el fuego del amor recorriendo sus entrañas y no veía el día de encontrarse con ella. Por supuesto, un acontecimiento así merecía toda la pompa y ceremonial dignos de la nueva reina. Se organizaron esplendorosas ceremonias para su entrada oficial en Madrid, hubo bailes, canciones y misas en su honor.

La pareja congenió muy bien desde el principio. De hecho, consumaron el matrimonio sin problemas y vivieron sus primeros meses juntos repletos de felicidad. Carlos II se sentía fascinado por ella, y no era para menos. Sus cabellos negros, sus intensos ojos, su esbelta figura y la sensualidad propia que desprendía hacían de aquella muchacha una delicia. Sin embargo, María Luisa no era, precisamente, el modelo tradicional de reina que se esperaba. A fin de cuentas, Madrid no era Versalles.

Desde su llegada, María Luisa de Orleans encontró la Corte española más que aburrida. Acostumbrada a los lujosos vestidos, las caras joyas y una agotadora sucesión de espectáculos, allí veía una sobriedad que la asfixiaba. La etiqueta cortesana estaba dominada por la reina madre. Mariana de Austria era, por aquel entonces, la mujer más poderosa de palacio. Habían sido años difíciles para ella, sin duda. Hasta la llegada de la nueva reina, doña Mariana había sido apartada de su hijo y había vivido desterrada en el Alcázar de Toledo. Pero el principal autor de todo aquello había desaparecido. Juan de Austria, hermanastro bastardo del rey, y quien había conseguido convencer a Carlos II de separarse de su madre y casarse con una princesa francesa, había muerto inesperadamente tras haberse hecho con el poder durante dos años. Ahora Mariana de Austria regresaba triunfante y no estaba dispuesta a volver a separarse de su hijo. De hecho, todos y cada uno de los habitantes de la Corte sabían que ella jamás iba a alejarse completamente del poder. La misma María Luisa de Orleans vio desde el principio que la influencia que ejercía la reina Mariana sobre Carlos II era enorme.

Retrato de María Luisa de Orleans. Fuente.

Retrato de María Luisa de Orleans. Fuente

Mientras en Versalles todo eran fiestas, banquetes, bailes y mascaradas, en Madrid las ceremonias más importantes eran religiosas. Misas diarias, visitas a las principales iglesias de la capital, rogativas y otros actos celebrados en la Real Capilla dominaban la agenda de palacio. De hecho, la fiesta más importante no era otra que el Corpus Christi. Por eso mismo, la joven reina empezó a sentirse desamparada y sola. Cuando eso ocurría, María Luisa aprovechaba para cabalgar y pasear junto a sus damas de compañía. A fin de cuentas, era una gran amazona. Sin embargo, la joven María Luisa tenía otra sombra vigilante además de la reina madre. La camarera mayor, la duquesa de Terranova, mantenía bien agarradas las alas de libertad de aquella niña. Mientras María Luisa no había cumplido todavía los dieciocho años y estaba repleta de ganas de vivir, la duquesa pasaba ya de los sesenta y aborrecía las travesuras, diversión y parloteo de aquellas adolescentes que ocupaban las habitaciones de la reina. Y como era de esperar, un día se produjo un grave desencuentro entre ambas.

A María Luisa le encantaba coleccionar animales. Por eso sus aposentos estaban llenos de perros, gatos y aves, y entre ellas había una cacatúa a la que apreciaba mucho. Pero un día, la cacatúa empezó a lanzar insultos a la joven reina que seguramente había oído entre las criadas. La duquesa se indignó tanto que agarró al pájaro y le retorció el cuello. Entre lágrimas, María Luisa le propinó una fuerte bofetada. A continuación, la indignada camarera mayor se quejó al rey. Carlos II apareció furioso en las habitaciones de su amada y empezó a gritarle enfadado por su comportamiento. Fue en ese momento cuando María Luisa supo que únicamente contaba con un arma en su arsenal: mirando al rey con ojos llenos de lágrimas, le dijo que había sido un antojo. La alegría que se apoderó de Carlos al creer que iba a ser padre fue tan grande que abrazó a su reina y olvidó el incidente.

Pero el bebé no llegaba. Los años pasaban y María Luisa no conseguía cumplir su misión de quedarse embarazada.  Sometida a la escudriñadora mirada de su suegra y su esposo, pronto se convirtió en blanco de las críticas de toda la Corte. En los sermones, los predicadores le suplicaban a Dios que les concediese la gracia de un heredero. Las noticias de princesas europeas embarazadas llegaban raudas al Real Alcázar. Y María Luisa se sentía cada vez más sola. Únicamente podía apoyarse en el embajador francés y su esposa, además de sus damas de compañía y sus criados también franceses. Hasta tal punto que despertó las sospechas de uno de los hombres más poderosos de la Corte, el duque de Medinaceli, primer ministro de Carlos II.

Medinaceli no olvidaba de quien era sobrina María Luisa. Nada menos que de Luis XIV de Francia. Así que, desde que llegó al Alcázar, el ministro desplegó una red de espías que vigilasen a aquella jovencita. Registraba sus cartas con la corte de Francia, sobornaba a sus criados para que le informasen de cualquier movimiento extraño de la reina y, en definitiva, se aseguraba de que no se formase ninguna facción alrededor de María Luisa. La joven reina empezó a sentir un enorme aborrecimiento por Medinaceli. Viendo cómo reducía su personal y alejaba de ella a algunos de sus amigos, María Luisa le convirtió en su enemigo. Pero su situación todavía pareció empeorar. Como el niño no llegaba, empezaron a circular inquietantes rumores. Unos decían que la reina bebía brebajes preparados para provocar embarazos, otros que lo que hacía ella era, precisamente, provocarse abortos para favorecer los intereses de su patria. Incluso se habló de exorcismos y otros rituales religiosos para conseguir el tan ansiado embarazo. La misma reina terminó obsesionada con aquello, llegando al extremo de conseguir el retraso de la menstruación con dietas anoréxicas que la debilitaban.

Finalmente, su imagen se hundió totalmente. Ya no quedaba nada del amor que le prodigaba su pueblo mientras entraba en Madrid aquel año de 1680. En las calles se lanzaban crueles sátiras, y en la corte todas y cada una de sus actividades eran criticadas: si montaba a caballo era una inconsciente porque eso dificultaba un posible embarazo; sus vestidos eran impropios de una reina española; su galantería era insultante y molesta. Incluso en sus aposentos, María Luisa ya no tenía en quien apoyarse. Porque cuando su tío, Luis XIV, reactivó sus campañas para convertir a Francia en el reino más poderoso de Europa, todos en España sintieron todavía más desprecio por aquella niña, que no había cumplido aún los veinticinco años.

Su final llegó sin ser esperado. Aquel febrero de 1689, María Luisa pasaba unos días en el palacio del Pardo. La mañana del día 7 la reina había aprovechado el buen tiempo para salir a montar y pasear por los bosques cercanos. Pero cuando cayó la noche, empezó a sentir cierto malestar propio de un simple catarro. Los siguientes días, aun encontrándose mal, no le dio importancia y salió de la cama. Pero una noche, cayó presa de un frío atroz y un fuerte dolor estomacal que terminó en un cólico. La reina se encontraba cada vez más débil, así que se llamó inmediatamente a su confesor para que le diese la extremaunción. En sus momentos de lucidez pudo hacer testamento. Carlos II no llegó a verla con vida, pues el peligro a un posible contagio y el terrible estado en que se encontraba María Luisa no se lo permitieron. Finalmente, aquella flor de Lis murió entre horribles dolores el sábado 12 de febrero. Y con su muerte nacieron las historias y los mitos. Se contó que había sido envenenada por sus enemigos, que murió a consecuencia de los brebajes que tomaba para quedarse embarazada… Pero todo indicaba que fue una apendicitis. Se le dedicaron bellísimos sermones en las principales iglesias de toda España, y aunque Carlos II volvió a casarse presionado por los intereses de la política, jamás pudo olvidar a aquella bellísima joven que le había acompañado durante los que, sin duda, fueron los años más felices de su vida. En definitiva, una joven que se convirtió en una pieza más en aquel despiadado tablero de ajedrez que suponía la política europea y una reina que vivió hasta el final de sus días intentando cumplir aquello para lo que había nacido sin poder conseguirlo.

Bibliografía|

CONTRERAS, J., “Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la Corte del último Austria”, Madrid: Temas de Hoy, 2003.

KAMEN, H., “La España de Carlos II”, Barcelona: Crítica, 1987.

RUBIO, M. J., “Reinas de España. Las Austrias”, Madrid: La Esfera de los Libros, 2015.

 

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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1 Comentario

  1. de hecho fue la camarera quien mato a la pobre cotorra y maria luisa le dio una abofetada por eso , fue inmediato a donde carlos ha pedirle que la expulsara y el segado de amor por ella hiso que al otro dia abandonara la corte, bellisima historia de amor

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