Marco Antonio y el fin de la República (I).

Marco Antonio (86/83-30 a.C.) fue uno de los últimos líderes del período republicano romano antes de su configuración como Principado. Este artículo y su segunda parte queremos hacer un repaso a la vida de este personaje, muchas veces olvidado. En este primer artículo hablaremos de las fuentes literarias para su estudio, así como de sus orígenes hasta su consulado; dejando para un segundo artículo su alianza con Octaviano y la última guerra civil, además de la imagen que la posterioridad nos ha dejado de este personaje.

Fuente.

Busto de Marco Antonio, en el Museo Vaticano, Roma. Fuente.

Desde finales del siglo III y, sobre todo, con los siglos II y I a.C. la República entró en una vorágine expansionista por el Mediterráneo. Su aparato estatal, aún de tipo ciudad-estado, no se reformuló ante la anexión de nuevos territorios. Un problema añadido fue que las ganancias por conquista no redundaron en beneficio público, sino a una minoría, la nobilitas romana, en detrimento de una mayoría, el ciudadano-campesino, que perdía sus tierras ante la imposibilidad de trabajarla, causado por un servicio militar cada vez más lejos de Italia, el endeudamiento, la llegada de una gran cantidad de esclavos, etc., originando los proletarii. A su vez, la división de esta nobilitas entre optimates (aristocracia terrateniente inmovilista) y populares (aristocracia que beneficiando al populus buscaba el poder) agravó las tensiones dentro del Estado. La situación empeoraría aún más cuando surgen de estas facciones destacados líderes militares que fueron capaces de reclutar ejércitos particulares entre estos proletarii, creándose facciones unipersonales, como en el caso de César. A la muerte de éste, sus sucesores, entre ellos Antonio, se enfrentarían entre sí. Como es bien sabido, Antonio no ganaría esta pugna, sino Octaviano -posteriormente César Augusto-, sentando las bases de un nuevo modelo de Estado unipersonal, el Principado, que sólo en Occidente perduraría cinco siglos.

Las fuentes que usamos para el estudio de este personaje se vuelven escasas. Principalmente tenemos una sola biografía del mundo antiguo dedicada a este personaje y, por lo tanto, se convierte en una de las principales fuentes para conocer la vida, anecdotario y trayectoria de Marco Antonio. Hablamos de la Vida de Antonio de Plutarco, que forma parte de las Vidas paralelas, una obra de carácter didáctico y moralizante. Es la única biografía de Plutarco -junto con la Vida de Demetrio, su paralelo griego- de las que se nos han conservado en las que se nos presentan un ejemplo de vida negativa, de antihéroe, de la que el lector tiene que cuidarse y que no debe imitar. Esta visión negativa de Antonio respondería a las fuentes usadas por Plutarco, a saber, las dejadas por sus enemigos políticos: las Filípicas de Marco Tulio Cicerón -una serie de discursos contra Antonio- y la propaganda de su vencedor, César Augusto.

Además, podemos encontrar algo más sobre su vida rastreando otras fuentes, como en las obras de Cayo Julio César, en Suetonio o en la de Dion Casio, entre otros. Con respecto a la bibliografía actual enfocado al estudio de este personaje contamos con un número reducido de títulos, siendo un personaje secundario en detrimento de otros, como Julio César, Augusto o Cleopatra.

Antonio pertenecía a la gens Antonia, una familia plebeya perteneciente a la nobilitas. Como ya hiciera la gens Iulia, los Antonio retrotraían sus orígenes divinos, en este caso al mismo Hércules. Su abuelo fue el reputado orador Marco Antonio. Antonio era el primogénito de Marco Antonio Crético y de Julia, quienes tuvieron otros dos hijos: Lucio y Cayo Antonio. Antonio Crético recibió burlonamente el cognomen de Crético al ser derrotado por los piratas en Creta en 74 a.C. En cuanto a Julia, ella procedía de la gens patricia de los Iulii, de la rama de los César y, por lo tanto, prima lejana de Cayo Julio César. Sería Julia quien se encargó de la educación de sus tres hijos. Julia contrajo matrimonio con Publio Cornelio Léntulo, quien participó en la conjura que encabezó Lucio Sergio Catalina en 63 a.C., durante el consulado de Cicerón. Léntulo fue condenado a muerte, siendo este el origen del odio entre Antonio y Cicerón.

De la juventud de Antonio, conocemos su amistad con Cayo Escribonio Curión. Fue él quien lo introdujo en una vida licenciosa, llegando Antonio a contraer grandes deudas. La imagen que prevalece de Antonio es la de un derrochador desde bien pequeño, pero habría que matizar que a las deudas que contrajo el joven Antonio, habría que sumarle las deudas de la malograda carrera política de su padre, que al morir se traspasaron al hijo como nuevo paterfamilias [1]. También fue el período en que Antonio se relacionó con el tribuno de la plebe de 58 a.C. Publio Clodio Pulcher, pero pronto se desligó de éste y marchó a Grecia a instruirse, como hacían todos los hijos de la elite romana, como vemos en los casos de César o de Cicerón.

Hizo sus primeras armas en la expedición del procónsul Aulo Gabinio en Siria en calidad de comandante de la caballería, primero contra los judíos (57-56 a.C.) y posteriormente en la restauración de Ptolomeo XII Auletes en el trono de Egipto (55 a.C.), usurpado por su hija Berenice IV. Al volver a Roma, Antonio se decanta a favor de la facción de César y de los populares, participando en la campaña de conquista de la Galia llevada a cabo por César, entre 54 a 51 a.C.

Tras la campaña de la Galia, César tenía la suficiente confianza depositada en Antonio como para mandarlo a Roma para desempeñar el cargo de tribuno de la plebe y actuar a favor suya en un momento en que las relaciones con Cneo Pompeyo, el otro gran hombre de la República, se habían roto y coincidiendo con que su cargo como procónsul estaba terminando.

Fuente.

Denario acuñado por Marco Junio Bruto. En el anverso la efigie de Bruto, en el reverso un pileus (símbolo de libertad) entre dos puñales con la leyenda de “idus de marzo”. Fuente.

Así, en este ambiente tenso, Antonio es elegido en 50 a.C. como tribuno de la plebe para el año siguiente. La magistratura del tribuno de la plebe se había desvirtuado de su función original -la de proteger a los plebeyos en contra de las magistraturas patricias (auxilium)- a una magistratura usada para fines concretos de una facción, individuo o general ambicioso para saltarse las decisiones del Senado, usando de los plebiscitos votados por los concilia plebis para asignar mandos militares, repartos de tierras para los veteranos (creación de clientelas con la asignación de tierras por parte de los generales) o usando del derecho de veto (intercessio) para frenar algunas medidas que supusieran un peligro para sus intereses. Antonio trabajará en favor de César hasta su expulsión del Senado por los cónsules y huya a la Galia Cisalpina en busca de César. Este hecho le brindó a César una oportunidad excelente para declarar la guerra, ya que los tribunos de la plebe fueron violentados y amenazados por la facción de los optimates que ocupaban el consulado, rompiendo con el tabú religioso que dotaban a estas magistraturas de la inviolabilidad de sus personas (sacrosancti) y convirtiendo a los cónsules en sacer.

A principios del año 49 a.C., César cruza el Rubicón con sus tropas y marcha sobre Roma. Pompeyo y gran parte de la facción de los optimates abandonan Roma en dirección a las provincias orientales para levantar un ejército contra las experimentadas tropas de César. Antes de hacerle frente, éste se dirige a la península ibérica controlada por los pompeyanos para asegurar su retaguardia. Dejó al pretor Marco Emilio Lépido la dirección de los asuntos de Roma, mientras que Antonio se encargó del gobierno de Italia y sus tropas. Al regreso de la península ibérica, César marchó a Grecia. Antonio destacaría durante la guerra civil en dos momentos, en el paso de las tropas de Brindisi al Épiro y por su participación en la batalla de Farsalia en 48 a.C. Una vez proclamado César dictador, eligió como su lugarteniente (magister equitum) a Antonio, que lo enviará a controlar Roma e Italia, mientras inicia su persecución por Oriente de Pompeyo. El abuso de poder, así como la vida indecorosa que arrastraba, llevó a César -a su regreso de Oriente en 47 a.C.- a alejar a Antonio de la política. No sólo no compartió César el consulado con él, sino que además no participó en la campaña de África.

Tras su matrimonio con su prima Antonia Híbrida, Antonio vuelve a contraer matrimonio, esta vez con Fulvia, mujer influyente y fuerte (viuda de Clodio y Curión, muerto éste en la campaña de África). Sería ésta, según nos cuenta Plutarco, la que enseñó a Antonio a someterse a las mujeres y con la que Cleopatra tendría que estar agradecida (Plu. Ant. X.5-7). Sin duda Fulvia era una mujer influyente, pero no dejaba de ser un tópos literario usado por los autores grecorromanos para desacreditar a un individuo: representarlos como unos personajes sometidos a mujeres, así como a esclavos y a eunucos.

En 45 a.C. Antonio vuelve a recuperar el favor de César, ahora nombrado dictador vitalicio, y compartiría el consulado con César en 44 a.C. Durante las celebraciones de las Lupercalias de ese mismo año, Antonio ofrece una corona por tres veces a César quien la rechazó otras tantas. En esta ocasión y a juicio de Plutarco, la acción de Antonio motivó que se formara una conjura contra César (Plu. Ant. XII), aunque la opinión casi unánime entre los historiadores es de que esto estuvo orquestado por César, ya bien para tranquilizar a los romanos de que no se iba a nombrar rey o para sondear la opinión pública [2].

En todo caso, se formó una conjura liderada por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, y formada por aquellos senadores opositores a la política de César. El plan consistía que una vez eliminado César, verdadero tirano que asfixiaba a la liberitas republicana, volverían los antiguos tiempos de la República. En realidad, los republicanos esperaban la vuelta a la situación en que la nobilitas controlaban los resortes del Estado. Estos decidieron excluir a Antonio de la conjura y también decidieron no eliminarlo. En los idus de marzo, mientras Antonio fue entretenido a las puertas del Senado, César sería asesinado.

Antonio huiría, pero al enterarse de que los “libertadores” se encontraban refugiados en el Capitolio, decidió tomar la iniciativa. Negoció con los conjurados y, como cónsul, convocó al Senado donde se decidió la amnistía para los conspiradores, así como la ratificación de las medidas tomadas por César. Pero a esta primera actuación de Antonio, le siguió otras medidas como la de soliviantar al pueblo en el discurso fúnebre en honor a César. Ante la situación inestable, los republicanos decidieron huir de la ciudad y ocupar las provincias asignadas. Antonio se configura como dueño de Roma, con el apoyo de sus hermanos que ostentaban diferentes magistraturas -Cayo era pretor y Lucio tribuno de la plebe-, además de poseer las acta Caesaris y su dinero.

En este momento, Antonio se encontraba en la cúspide del poder, seguro de ser el dueño del imperio, pero pronto se encontraría con nuevos jugadores en la búsqueda del poder unipersonal, que desembocaría en la última confrontación y el comienzo de una nueva etapa de la Historia de Roma.

Fuente.

“Mark Antony’s Oration” por George Edward Robertson. Fuente.

Bibliografía.

 F. Chamoux, Marco Antonio: último príncipe del Oriente griego. Barcelona, 1990.

A. Goldsworthy, Antonio y Cleopatra. Madrid, 2011.

J.L. Martos Montiel, Vidas paralelas: Demetrio-Antonio. Madrid, 2007.

P. J. Quetglas y J. Bautista Calvo, Marco Tulio Cicerón, Fílipicas. Barcelona, 1994.

J. M. Roldán, J. M. Blázquez y A. del Castillo, Historia de Roma. Tomo II: El Imperio romano (Siglos I-III). Madrid, 1990.

A. Ramírez  de Verger y R. M. Agudo Cubas, Suetonio. Vidas de los doce Césares. Vol. I. Madrid, 1992.

[1] A diferencia de hoy en día, en la antigua Roma, el senador era quien tenía que sufragarse su cursus honorum, siendo los únicos que podían permitirse pagar unos juegos o la construcción de algún edificio para la ciudad (lo que llamamos actos evergéticos o de munificencia). Pero esta actividad podría tener su recompensa al alcanzar, posteriormente, las magistraturas con imperium y teniendo derecho a gobernar una provincia, donde sacaba beneficio explotándola: cobrando más caros los impuestos o saqueándola (conocemos el caso de Verres, denunciado por Cicerón).

[2 ] A. Goldsworthy, 2011, p. 221.

Redactor: Antonio Arteaga Infantes

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, en los itinerarios de Historia Antigua y Arqueología. Actualmente cursando el Máster de Estudios Históricos Avanzados en la Universidad de Sevilla. Interesado en el mundo antiguo en general, especialmente en el mundo grecorromano, Antigüedad Tardía y el mundo de Asia Central y Oriental. Editor jefe de la sección de Historia Antigua de Témpora Magazine.

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