Los peligros de la navegación en la Baja Edad Media: el viaje del arzobispo de Sevilla Alfonso de Egea a Génova

Durante toda la Edad Media, el mar siempre fue mirado con respeto por los hombres. Sin embargo, a diferencia de lo que tradicionalmente se afirmaba, no era la existencia de monstruos o seres del inframundo bajo las aguas lo que más atemorizaba a los navegantes; el corso, la piratería y las condiciones climatológicas eran el principal enemigo a temer en una travesía marítima. Ya en la Baja Edad Media, existían además el necesario número de instrumentos de ayuda a la navegación (portulanos, astrolabios, etc.) para hacer que esta ya no dependiese necesariamente del cabotaje, aunque no dejó de ser la técnica de navegación predilecta de los marinos, dada la cercanía de la costa.

Representación de Europa Occidental y norte de África en un portulado de finales de la Edad Media. "Fuente".

Representación de Europa Occidental y norte de África en un portulano de finales de la Edad Media. Fuente.

Aproximadamente, entre los meses de noviembre y enero, el tráfico marítimo se detenía tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico a consecuencia del pésimo estado climatológico al que se enfrentaban los marinos, pues el éxito de la travesía durante esos meses era muy escaso, y dado que las naves por lo general nunca se separaban de la costa, el riesgo de encallar era muy elevado. Con respecto al corso y la piratería, durante la Baja Edad Media no estaban tan bien delimitadas las características de uno y otro grupo con respecto a siglos posteriores. Ante este tipo de enemigos, las autoridades llevarán a cabo acciones, más o menos acertadas, para erradicar a las tripulaciones de maleantes que surcaban los mares.

Sin embargo, a la hora de estudiar los viajes por mar en la Baja Edad Media, nos encontramos con un serio problema, pues las fuentes a utilizar nunca suelen ser de primera mano, es decir, testimonio vívido de los propios tripulantes, sino que son reportes o noticias de terceros. Para nuestra suerte, en el Archivo General de Simancas[1] (en adelante AGS) contamos con tres testimonios excepcionales sobre los viajes por mar, no solo por tratarse de noticias aportadas por un testigo directo de uno de esos viajes, sino por tratarse de un personaje de gran relevancia en la Castilla de comienzos del siglo XV.

Representación del arzobispo Alfonso de Egea. "Fuente".

Representación del arzobispo Alfonso de Egea. Fuente.

El personaje en cuestión no es otro que Alfonso de Egea, arzobispo de Sevilla, quien en abril 1405 partió de Sevilla rumbo a Génova como embajador del monarca castellano Enrique III ante el papa Benedicto XIII. Durante las distintas etapas de su viaje, fue mandando una serie de cartas al rey de Castilla, en las cuales se detallan todas las penurias que afrontaba la galera en la que viajaba el arzobispo en su travesía. El objetivo pues de este artículo no es otro que reconstruir las peripecias de los viajes por mar, basándome en los testimonios personales de Alfonso de Egea en su viaje de Sevilla a Génova, ruta que de hecho, era una de las más concurridas por los comerciantes medievales a comienzos del siglo XV.

La misión del arzobispo era la de representar al soberano castellano en las negociaciones que estaban desarrollando los papas de la obediencia de Roma y Aviñón, con el fin de poder llevar a cabo la finalización del Cisma de Occidente, que desde 1378 había separado en dos partes a la cristiandad católica. Alfonso de Egea, el cual era originario del Reino de Aragón, había sido un colaborador muy activo con Benedicto XIII, desde que este alcanzase la tiara papal de Aviñón en 1394.

Representación de una tormenta en el mar en las Cantigas de Santa María. "Fuente".

Representación de una tormenta en el mar en las Cantigas de Santa María. Fuente.

Tras haber ostentado los cargos de obispo de Zamora y Ávila, en 1403 fue nombrado arzobispo de Sevilla, una de las mayores dignidades eclesiásticas de la Corona de Castilla, la cual mantendría hasta su muerte en 1417. Una de sus principales misiones fue la de inclinar al cabildo catedralicio sevillano a favor de Benedicto XIII, en un momento en que el monarca castellano comenzaba a dar los pasos necesarios para el abandono definitivo de la obediencia castellana al pontífice aragonés[2]. Así pues, Enrique III no dudo ni un instante en que el prelado sevillano sería un buen candidato, pues estaría dispuesto a emprender un arduo viaje con tal de tratar asuntos de vital importancia para el papa Benedicto.

El arzobispo partió de Sevilla a bordo de una galera el día 16 de abril de 1405. Su primera parada prolongada fue Cádiz, puerto de tránsito para los navíos previo al cruce del estrecho de Gibraltar. El día 26 del mismo mes, aún se encontraba retenido en el puerto gaditano. La causa no era otra que los temporales que azotaban la costa atlántica andaluza. Se enfrentaba pues el arzobispo a uno de los mayores peligros para los navegantes. Ese mismo día, dirigió al rey de Castilla las siguientes palabras:

“Sennor, este otro día escriví (…) e vos fize saber en commo era llegado al Puerto de Santa María, con fortuna e tienpo contrario, e en commo me partía de allí para yr mi camino. E sennor yo llegué aquí a Cádis con fortuna e tienpo contrario, e ove de estar aquí aguardando bonança de tienpo fasta oy, domingo que son XXVI días, por non poder partir de aquí por la grand fortuna que era en la mar. E agora sennor, segund paresce, el tienpo se para ya mejor, e luego que sea bonança de viento partiré de aquí (…) e sennor, sepa la vuestra sennoría que este tienpo contrario escomenço en el comienço de março, e ha durado continuamente fasta agora (…) ca algunos navíos que començarón de navegar en el mes de março se son perdidos (…) e sabe Dios sennor quanta malenconía e tribulaçión he pasado desque partí de Sevilla[3]…”

Una vez atravesado el estrecho de Gibraltar, y habiendo hecho escala en Cartagena, Valencia y Tarragona, llegó el arzobispo a Barcelona el día 14 de mayo. En dicha ciudad se entrevistó Alfonso de Egea con el rey de Aragón Martín I, al cual  transmitió los deseos del soberano castellano en formar una coalición militar contra el Reino de Granada, aunque, ante dicha oferta el monarca aragonés no mostró un gran entusiasmo. El 20 de mayo escribió una segunda carta al rey Enrique, en la que le retrataba los periplos acaecidos en su viaje por mar hasta Barcelona.

Uno de los mayores problemas a los que tenían que enfrentarse las embarcaciones de madera eran las constantes roturas, grietas y erosiones en el casco, ocasionadas por los golpes de mar y la constante erosión de las rocas y de los microorganismos marítimos que se pegaban en los fondos del casco. Por dicho motivo tuvo que detener la galera un par de días en Cartagena, para despalmar y posiblemente también para calafatear la misma. Dichas técnicas consistían, la primera en limpiar los fondos de la embarcación con sebo, con el fin de eliminar la costra formada por los microorganismos marinos adheridos al casco, y la segunda en taponar las grietas con estopa impregnada en brea. Una vez seca la brea, se creaba una capa protectora de gran resistencia, evitando así la entrada de agua dentro de la nave.

Representación de una galera del siglo XV. "Fuente".

Representación de una galera del siglo XV. Fuente.

Tras partir de Cartagena se enfrentó Alfonso de Egea con otro de los inconvenientes para la navegación, pues si bien un viento excesivo es muy peligroso para las naves, también la falta del mismo puede ocasionar que el transito naval sea impracticable. Sin embargo, los barcos típicos del Mediterráneo, como las galeras, eran embarcaciones diseñadas para navegar por mares donde no era extraña la falta de viento. Ante esta situación, la navegación se debía de realizar a remo. Este tipo de navegación fue la que mantuvo la galera del arzobispo desde Cartagena hasta Valencia, ciudad en la que también se detuvo un tiempo a causa del clima, antes de poner rumbo a Barcelona. El testimonio de la segunda carta mandada por el prelado a Enrique III es el siguiente:

“…Despues que llegué a Cartagena (…) fize saber a la vuestra merçed de commo avía llegado allí, e pasado el estrecho de Gibraltar con muy buen tienpo, e que entendía continuar mi camino sin detenimiento alguno. E sennor yo estude allí en Cartagena dos días por espalmar la galea, e por fazer provisión de algunas cosas que eran neçesarias para ella. E después partí de allí con tienpo contrario, non podiendo venir sino a remos. E llegué al Grao de Valençia a seys días deste mes de mayo en la tarde. E veyendo que el tienpo se continuava sienpre contrario, e otrosí por veer algunos parientes e amigos que tengo en Valençia (…) e después partí de allí e llegué a Tarragona (…) e porque el tienpo era muy contrario ove me de detener allí el día que llegué e otro. E partí de allí e llegué a Barçelona a cotorze días del dicho mes, después de vísperas, todavía veniendo a remos e con grand trabajo por el tienpo[4]…”

La última de las tres cartas mandadas por el arzobispo al rey Enrique es la que menos datos aporta acerca del periplo de Barcelona a Génova, pues solo indica que, una vez salió de Barcelona, en dos días había alcanzado la ciudad francesa de Marsella, en la cual se hubo de detener cuatro días a causa del mal estado de la mar. Alfonso de Egea llegó finalmente a Génova el día 2 de junio[5]. Como hemos podido comprobar, en las cartas del arzobispo podemos ver de primera mano algunos de los principales problemas que afrontaban las tripulaciones a la hora de manejar las naves. Sin embargo, es curioso comprobar cómo una de las mayores amenazas para la navegación en el Mediterráneo en esos tiempos, no es mencionada por el arzobispo en ningún momento. Se trata, claro está, de las tripulaciones piratas y corsarias que a comienzos del siglo XV infectaban la costa mediterránea española.

Itinerario de Pero Niño desde Sevilla a Cartagena. "Fuente".

Itinerario de Pero Niño desde Sevilla a Cartagena. Fuente.

Sin embargo, hay una crónica, “El Victorial”, en la cual se narra la vida de Pero Niño, uno de los personajes más importantes de la primera mitad del siglo XV castellano, en la cual se refleja muy bien la situación de la piratería en el levante español en esos tiempos. Justo un año antes de la partida del arzobispo Alfonso de Egea a Génova, en la primavera de 1404, Pero Niño partió de Sevilla al mando de tres galeras con dirección Cartagena Su misión, encomendada por Enrique III, era la de exterminar las tripulaciones corsarias que surcaban la costa mediterránea de Castilla. La travesía de Pero Niño hasta Cartagena tampoco estaría exenta de complicaciones:

“Quando las galeas fueron aparejadas (…) todos rogavan a Dios que les diese buen tienpo e viaje. E llevava (Pero Niño) por patrón e consejero un cavallero antiguo, que llamavan miçer Nicoloso Bonel, ginovés, muy sabidor de mar e buen marinero[6]…”

También la niebla suponía un grave peligro para la navegación, como podemos ver en este pasaje:

“Conteçió allí (en Málaga) una maravilla (…) viniendo las galeas remando, costeando la tierra, la mar calma (…) el çielo muy claro, el sol a sudeste, levantóse a desora una niebla muy oscura (…) e vino sobre las galeas, en manera que los de la una galea non veýan a los de la otra, aunque estavan bien cerca. E algunos marineros que avían visto tal ya otras vezes dixeron que los moros eran fechiçeros de aquellas tales cosas, e que ellos lo farían a fin si pudiesen fazer perder las galeas[7]…”

Así pues, a modo de conclusión, podemos asegurar que ya en la Baja Edad Media, pese a la imposibilidad humana de controlar o minimizar el efecto del clima en la navegación, las tripulaciones habían adquirido tal grado de especialización que eran capaces de encontrar soluciones que de alguna forma pudieran facilitar el tránsito de las naves por el mar. En ciertos aspectos, los problemas que afectaban a los navegantes medievales siguen siendo los mismos que afectan a las modernas embarcaciones del siglo XXI, pues aunque estas resisten con mayor fuerza las embestidas de las olas, no hay (o no debería haber) marino tan temerario como para pilotar su nave cuando el tiempo es adverso, tomando en este sentido las mismas cautelas que los navegantes de la Edad Media.

Bibliografía|

DÍAZ DE GAMES, Gutierre, El Victoral, Madrid: Taurus, 2005.

HINOJOSA MONTALVO, José, El Mediterráneo Medieval, Madrid: Arco Libros, 1998.

MOLINA MOLINA, Ángel Luis, “Los viajes por mar en la Edad Media”, Cuadernos de Turismo, nº 5. Murcia: Universidad de Murcia, 2000. pp. 113-122.

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego, Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla (tomo II), Madrid: Imprenta Real, 1795.

SÁNCHEZ SAUS, Rafael, La conquista del Atlántico. Navegación, colonizaciones y comercio en los siglos VI-XV, Madrid: Arco Libros, 2000.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Castilla, el cisma y la crisis conciliar, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1960.


[1] AGS, Estado, Castilla, leg. 1-1, fols. 53-55. Las cartas fueron publicadas por: SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Castilla, el cisma y la crisis conciliar, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1960. pp. 253-258.

[2] ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego, Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla (tomo II), Madrid: Imprenta Real, 1795. p. 292.

[3] AGS, Estado, Castilla, leg. 1-1, fol. 55.

[4] AGS, Estado, Castilla, leg. 1-1, fol. 54.

[5] AGS, Estado, Castilla, leg. 1-1, fol. 53.

[6] DÍAZ DE GAMES, Gutierre, El Victoral, Madrid: Taurus, 2005. pp. 272-273.

[7] Ibídem, p. 275.

Redactor: José Marcos García Isaac

Licenciado en Historia por la universidad de Murcia y máster en Estudios Medievales por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente estoy realizando el doctorado en Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. Principales temas de interés: Historia jurídica (europea en general), diplomática (principalmente de la Corona de Aragón), naval (de la Corona de Aragón) y ordenes de caballería monárquicas durante la Baja Edad Media.

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