Los orígenes de la jerarquización social (II): propuestas actuales

En la anterior entrega hablamos del fuerte eurocentrismo que había impregnado a los estudios sobre los orígenes de la jerarquización social y cómo, finalmente, la New Archaeology había impulsado una interpretación neodarwinista del Poder, como algo beneficioso que permitía al ser humano adaptarse mejor al medio ambiente.

“…mantener a los dirigentes es caro pero necesario…”.

(K. Flannery, La evolución cultural de las civilizaciones, 37)

A partir de los años sesenta, nuevos movimientos filosóficos vuelven a preguntarse por la naturaleza del Poder. Por su influencia posterior, hay que destacar los trabajos de Foucault que, retomando a Nietzsche, intentó construir una suerte de teoría del Poder en relación a su particular concepción de la historia. Prefirió hablar de “relaciones de poder”, de la relación de fuerzas en una sociedad en un momento determinado. El Poder se define, por tanto, como una relación social que “reside en todas partes” pues todos los individuos estamos siempre “atravesados” por estas relaciones.

Para Foucault la historia no tiene una racionalidad lineal interna ni permanente – aspectos previamente planteados por Benjamin – sino que sería el campo de batalla por hacerse con “La Verdad” de los hechos históricos. Por tanto, la historia es Poder, las luchas del Poder por el dominio de las subjetividades, por “sujetar al sujeto”, es decir, por imponer “La Verdad”. El Poder no se tiene, “se ejerce”, y aunque por definición puede “reprimir” y puede “producir”, se advierte sobretodo en aquéllos que lo padecen: los oprimidos.

La Sociedad contra el Estado. El Sistema de Big Men

Una de las mejores críticas al neodarwinismo vino de la mano de Clastres. Empezó desmontando el eurocentrismo de la distinción entre sociedades “simples” y “complejas” y prefirió dividirlas en sociedades con y sin Estado, afirmando que las segundas eran iguales de complejas. En las “sociedades sin Estado” no existiría una división entre poder y sociedad, “lo político” y “lo social” no estarían separados, radicando el poder en la sociedad como colectivo. De ahí que también las denomine sociedades indivisas. En este sentido, las formas de liderazgo que surgen en su seno están totalmente desprovistas de poder, nada tienen que ver con el ejercicio de cualquier tipo de poder político.

Entonces ¿para qué sirven los jefes? Para representar la voluntad y los deseos de la sociedad en conflictos externos y, sobretodo, para preservar la indivisión social frente a algún factor perturbador. Esto último lo vemos en el papel que adoptan en los conflictos internos. Su opinión únicamente es escuchada en tanto sea la opinión de toda la colectividad, su palabra no vale más que la del resto, y su veredicto será tomado en cuenta si previamente es sancionado por la costumbre y la tradición. Si en algún momento el jefe pretendiera imponer su voluntad, sencillamente sería eliminado.

Las sociedades indivisas carecen de jerarquías, básicamente, porque se niegan a que el poder sea ejercido fuera y separado de la sociedad, a que adquiera una esfera y espacio propio como sucede en las sociedades estatales.

“…Saben muy bien que si renuncian a esta lucha, si cesan de contener esas fuerzas subterráneas que se llaman deseo de poder y deseo de sumisión y sin cuya liberación no se puede comprender la irrupción de la dominación y la servidumbre, perderían su libertad…”.

(P. Clastres, Investigaciones en Antropología Política, 115)

Se han querido ver semejanzas entre las fiestas rituales de los Big Men y los Potlatch realizados por los Kwakiutl de Columbia Británica. Aquí las comunidades competían por conseguir mayor estatus y prestigio patrocinando grandes fiestas en las que comían, bebían, regalaban e intercambiaban todo tipo de bienes hasta llegar incluso a destruirlos o a quemar sus casas en señal de abundancia, lo cual les valió el calificativo de “sociedades derrochadoras con impulsos irracionales hacia la obtención del prestigio”. Potlatch celebrado en Fort Rupert (1917). Fuente

Al liderazgo se accede mediante el prestigio, lo cual no se debe confundirse con poder.  La sociedad impone al jefe tribal una deuda a cambio de su prestigio, para que no pueda transformarlo en poder. Dicha deuda adopta múltiples expresiones como vemos, por ejemplo, en las sociedades de Big Men estudiadas por Sahlins. Básicamente serían sociedades indivisas de la que surgen una serie de personajes que van a competir entre sí por obtener todo el prestigio y reconocimiento de su sociedad. Generalmente, los candidatos, ayudados por sus familiares y partidarios, llevan a cabo una intensificación de la producción para generar un excedente que posteriormente repartirán entre todos los miembros de la sociedad. Dicha redistribución y consumo se realizará en monumentales banquetes y ceremonias rituales que a su vez servirán de exaltación de los lazos colectivos e indivisos de la sociedad. Aquél que logre movilizar mayores recursos y satisfaga más al conjunto social será investido con el prestigio del “gran hombre”. Sin embargo, su posición no le reportará ningún tipo de poder sino todo lo contrario, pues entrará en un estado de “deuda perpetua” al no cesar nunca la dinámica de competición. Siempre habrá candidatos dispuestos a competir con él para arrebatarle el prestigio.

Breve caso de estudio: la Prehistoria Reciente europea

Todos estos debates han ido dibujando las interpretaciones que actualmente se tienen de los orígenes de la jerarquización social. En el caso del occidente europeo parece que las sociedades cazadoras-recolectoras epipaleolíticas comienzan a desaparecer tras la incorporación de las primeras prácticas agropecuarias. Así, durante el Neolítico (VII-IV Milenio AC.) se consolidarán nuevas sociedades comunitarias, propias de grupos de pastores y agricultores que mantienen todavía un patrón de movilidad alto. Según algunos autores, la presencia de “adornos” y “objetos de prestigio” en enterramientos y otros contextos evidenciaría la aparición progresiva de los Big Men. Igualmente, la expansión del Megalitismo durante el IV Milenio reflejaría la existencia de dichos lazos indivisos, interpretándose además las grandes construcciones no funerarias como “lugares ceremoniales” donde tendrían lugar esas fiestas de exaltación comunitarias.

A partir de la Edad del Cobre (III Milenio AC.) y durante toda la Edad del Bronce (II Milenio-750 AC. aprox.) se observan una serie de cambios que son importantes de resaltar:

El conjunto megalítico de Stonehenge (Amesbury, Reino Unido) también ha sido interpretado como uno de esos clásicos “lugares de encuentro” en los que se celebrarían fiestas rituales de exaltación comunitaria. Fuente

  • Proliferan los asentamientos fortificados al aire libre.
  • Desarrollo de la metalurgia y aparición de las primeras armas.
  • Incremento de los intercambios a larga distancia.
  • Multiplicación de las estructuras de almacenaje.
  • Aumenta el consumo de productos secundarios (lana, leche…).
  • Junto a los últimos megalitos aparecen nuevas manifestaciones funerarias con enterramientos individuales provistos de ricos ajuares.

Parece evidente que la sedentarización y las prácticas agropecuarias se establecen definitivamente. Sin embargo, muchos investigadores afirman que todavía no estaríamos ante rasgos evidentes de jerarquización y ven una proliferación de los Big Men en clara correspondencia con los tiempos neolíticos. La prueba más fehaciente sería la continuidad de los enterramientos colectivos megalíticos. Además, niegan incluso el carácter defensivo de los poblados interpretándolos como “lugares simbólicos monumentalizados” expresión todavía mayor de esas fiestas comunitarias.

Por contra, otros autores prefieren hablar de la “era de las jefaturas guerreras”, especialmente a partir de la Edad del Bronce, pues los asentamientos muestran una clara territorialidad, proliferan las sepulturas individuales con ajuares diferenciados y se multiplican las armas. La consolidación de una red de intercambios por la que algunos linajes accederían a determinados “bienes de prestigio” (metales, marfil, ámbar…), así como los fenómenos de emulación provocados en otras comunidades serían factores que, finalmente, terminaron con la ruptura de la sociedad.

Pese a la gran aceptación de estas interpretaciones, realmente no presentan una gran novedad. Los factores desencadenantes de la jerarquización siguen siendo neodarwinistas cuando no difusionistas. Se comprueba al observar el papel que jugaron las “civilizaciones” del Mediterráneo Oriental en el surgimiento de las jefaturas guerreras, provocando fenómenos de emulación mediante el intercambio de “bienes de prestigio”. Y sobretodo asociándose a ellas la aparición del Estado ya en momentos tardíos, durante el I Milenio AC, consecuencia de las colonizaciones fenicia, griega y romana.

Sepultura del Hombre de Galera excavada en el Castellón Alto (Granada, España). La Cultura de El Argar desarrollada en el sureste de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce (2200-1500 AC.) ha sido paradigmática del surgimiento de las elites guerreras. Fuente

Estas han sido algunas de las críticas que la Arqueología Marxista ha hecho de estas interpretaciones, tildándolas de idealistas y colonialistas. Contrariamente, ha defendido que el proceso de jerarquización fue consecuencia de la aparición de mecanismos de acumulación diferencial de fuerza de trabajo dentro de las sociedades. Partiendo de que no existen tendencias naturales hacia la jerarquización, ni causas simples que la expliquen, su desarrollo se entiende por el éxito de determinados procesos sociales que permitieron a ciertos sectores apropiarse de manera desigual de los resultados de la producción.

En este sentido, en sociedades comunitarias la primera forma de poder fue la explotación de las mujeres por su fuerza de trabajo e importancia reproductora.  Así, con las primeras prácticas agropecuarias neolíticas, el control de las mujeres provocó un crecimiento progresivo de las sociedades. Lo siguiente fue controlar el parentesco mediante el matrimonio. El intercambio de esposas – junto a su dote – introdujo a la larga una diferenciación en favor de aquellos linajes que tuvieron acceso a mayor número de mujeres, permitiéndoles aumentar su fuerza de trabajo, con la cual, además, seguían accediendo a más mujeres y así sucesivamente. Pese a tratarse de sociedades comunitarias, la coerción hacia las esposas introdujo una primera cuña de desigualdad. Incluso se ha propuesto un verdadero pago de tributos enmascarado en el intercambio de mujeres que, posteriormente, se extendió a hombres no pertenecientes a la comunidad (prisioneros) y a desheredados que no lograron aportar al “bien colectivo” la fuerza de trabajo necesaria para su reproducción (servidumbre).

Paralelamente, otro elemento de diferenciación fueron los animales domésticos pues – como producto o medio de producción – ofrecían una forma rápida y permanente de acumulación. Y muy relacionado con ello aparecería la violencia. El uso de la tierra, entendida no como bien en sí sino como zona de pastos y desplazamientos, provocaría conflictos entre los distintos grupos por su aprovechamiento. Además, las prácticas del robo y la rapiña permitirían a determinados linajes una acumulación más rápida y sin inversión previa. En este sentido, una de las evidencias más famosas la encontramos en Hambledon Hill (3700-3200 AC) donde se encontró a un joven caído en un foso con un niño en brazos, muerto a consecuencia de un flechazo a la par que el poblado era incendiado.

Recreación del poblado de Los Millares (Santa Fe de Mondújar, Almería, España) que se desarrolló en el sureste de la Península Ibérica durante la Edad del Cobre (3400 – 2200 AC). Destaca su potente sistema defensivo compuesto de tres líneas de murallas dotadas de torres y bastiones que encierran en su último nivel una ciudadela. Extramuros se extendería una necrópolis con más 80 sepulturas megalíticas y completarían la defensa 13 fortines ubicados en puntos estratégicos alrededor del territorio. Las interpretaciones marxistas sostienen que en Los Millares nos encontramos ante una de las primeras sociedades estatales de la Prehistoria Reciente (Ilustración: M. Salvatierra). Fuente

Poco a poco se va produciendo una apropiación de rutas y tierras de pastos como indicaría el levantamiento de demarcaciones territoriales rituales como las sepulturas megalíticas. El carácter colectivo del Megalitismo sirvió para fijar a la comunidad a dicho territorio, creando una identidad colectiva endógena frente al exterior. Pero también para enmascarar las diferencias internas surgidas con aquellos linajes que alcanzaron una mayor impronta gracias a su mayor posesión de fuerza de trabajo. Por último, la aparición de poblados fortificados a finales del Neolítico evidenciaría ya una defensa del territorio. En la práctica, lo comunitario dio paso a unas elites que empezaron a ejercer un poder coercitivo contra aquéllos que no podían ofrecer las mismas prestaciones que ellos gracias a su mayor capacidad de movilización de fuerza de trabajo. Esta situación les permitió además acceder al control de las prácticas rituales y así sancionar ideológicamente su posición, cada vez más privilegiada. La jerarquización social es un hecho. Se manifiesta con las disimetrías en el acceso a los resultados de la producción. La sociedad termina por dividirse en clases y el Estado aparece como una nueva relación social e ideológica que permite perpetuar y reproducir dichas desigualdades.

Y el afianzamiento definitivo será la propiedad de la tierra. Aunque siguió perteneciendo a la comunidad, dichos linajes se hicieron con su control de facto gracias, de nuevo, a su capacidad de movilización de personas y animales, imponiendo tributos con la excusa de prestar servicios a la comunidad a quiénes quisieran acceder a ella. La metalurgia pudo funcionar como pago – además de marcar el estatus – como vemos en algunas sociedades calcolíticas de la Península Ibérica. Finalmente, el proceso terminaría completándose cuando mediante dicha tributación se generó un estado de deudas que justificó la enajenación de la tierra y la implantación de mecanismos hereditarios y de reparto a distinta escala social, como parece que sucedió durante la Edad del Bronce.

Algunas consideraciones

Los orígenes de la jerarquización social nos ayudan a entender la artificialidad de los conflictos actuales. De un presente de nuevos señores de la guerra donde la globalización promueve la desigualdad como consustancial a los humanos. Y sobretodo alienta al “surgimiento espontáneo” de aquéllos “más capaces” de enriquecerse en detrimento de otros muchos. Hasta la fecha, la Arqueología se ha esforzado más por legitimar esta realidad que por cuestionarla. Bien por acción, la de las interpretaciones neoevolucionistas – completamente hegemónicas en el presente – bien por omisión, la de una arqueología posmoderna que en su negación de horizontes emancipatorios se ha convertido en cómplice total del triunfo del Fin de la Historia. Lo vemos en las reticencias a entender la aparición del Estado como una nueva relación ideológica consecuencia del conflicto social. Lo vemos en la salud de la que gozan conceptos como “civilización” o “jefatura”, convertidos en auténticos eufemismos con los que desviar el foco de atención del conflicto social. Hay todavía mucho de idealismo hegeliano en ello.

Si el ridículo, la vergüenza y el miedo a la superchería, como decía Trigger, fueron elementos de la tradición que sirvieron a las sociedades del pasado para evitar la ruptura de las relaciones igualitarias, por el contrario, hoy, se han convertido en las epistemologías aceptadas por una ciencia que investiga en pro de la desigualdad y la explotación de nuestro tiempo. ¿Llegarán hasta el último hombre?

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Redactor: Rafael Soler Rocha

Licenciado en Historia por la Universidad de Málaga, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional trabajando como arqueólogo de gestión. Mis principales temas de interés son el origen y la consolidación de la jerarquización social durante la Prehistoria Reciente, la Teoría Arqueológica y la divulgación y puesta en valor del Patrimonio mediante nuevas estrategias pedagógicas.

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