Los orígenes de la jerarquización social (I): De Gordon Childe a la New Archaeology

El Poder, su naturaleza y características, ha sido un debate eterno del pensamiento filosófico occidental. Y todavía hoy somos incapaces de saber realmente cómo definirlo. En este afán por desentrañar sus claves empezamos a buscar sus raíces en el tiempo, por ello podemos (intentar) construir una historia del Poder. ¿Qué es? Según la concepción clásica inaugurada por los griegos, sería sinónimo de “soberanía”. La expresión que mejor lo define es el Zoón Politikón de Aristóteles, que lo interpretó como un rasgo consustancial a la naturaleza humana, resaltando su carácter positivo al ser el elemento que permitía vivir y organizarse en sociedad.

Frente a ello, Nietzsche habló de voluntad de poder entendiéndolo no como soberanía sino como “dominación”, como la fuerza de algunas personas de imponer su voluntad sobre otras. Dicha línea sería también desarrollada por la Sociología, especialmente Weber, que lo definió como:

“…cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite a un individuo cumplir su propia voluntad…”.

(M. Weber, Sociología del poder, 208).

Este Poder se expresaría en una doble dimensión: coercitiva (amenaza o uso de la fuerza) y política. Además, se caracterizaría por su naturaleza constrictiva, muy en consonancia, por otro lado, con la visión crítica que había introducido el materialismo histórico al hablar de lucha de clases, dominadores y dominados. En este sentido, una de las principales características que definen al Poder serían las desigualdades sociales que se generan de su ejercicio.  En ambas perspectivas, al entenderse como sinónimo de “poder político”, los esfuerzos se han centrado en el estudio del hecho humano que mejor define su esencia: el Estado. El propio Weber planteó que el Poder no sería sino la institucionalización cada vez mayor de dichas desigualdades, destacando la “racionalidad” que adquirirían las relaciones de dominio como base para la fundación de “instituciones de poder”, siendo finalmente el Estado la más sofisticada de todas.

El materialismo histórico profundizó en la instrumentalización de los aspectos coercitivos del Poder como uno de los rasgos distintivos de los conflictos sociales y del Estado. Uno de sus más ilustres teóricos, Gramsci, llamó la atención sobre la importancia de otra de sus esferas, la ideológica, y afirmó que no sólo el ejercicio del poder coercitivo explicaría la existencia de relaciones de dominación sino también la hegemonía cultural ejercida por los dominadores, consistente en que los dominados interiorizaran su posición desigual no sólo como algo natural sino como algo necesario y conveniente para asegurar su propia supervivencia.

Desde un punto de vista antropológico, al aceptarse la separación entre Estado y naturaleza humana asumimos que previamente a su constitución como Poder han existido otras trayectorias socio-históricas que también debemos explorar. Es aquí donde la Prehistoria ha cobrado especial relevancia para comprender las bases originales sobre las cuales se han fundamentado los discursos del poder político en las sociedades humanas. De hecho, el interés por los orígenes del Poder se disparó en el siglo XIX como consecuencia del Imperialismo. Y todo se resumió en el manido y polisémico concepto de civilización. La Prehistoria fue el espejo que las potencias coloniales inventaron para enseñar a los pueblos que sometieron dónde y cuándo sus nuevos “amos” se habían “civilizado”. Por influencia de las teorías de Darwin, se dibujó una historia evolutiva donde las sociedades avanzaban desde estadios más simples a más complejos, teniendo como punto culminante la aparición de la civilización. El ejemplo que mejor lo ilustró fue el esquema de Morgan:

Salvajismo → Barbarie → Civilización

Occidente encontró así una justificación intelectual del colonialismo. Había que “civilizar” a aquellas sociedades que no habían evolucionado lo suficiente, que no conocían la esencia del “poder”: el Estado. Desde entonces, el término civilización se ha convertido en un etnocentrismo acrítico sinónimo de Estado.

Localización geográficas de las denominadas “civilizaciones prístinas” y de sus principales áreas de difusión. Fuente

¿Pero cómo se construyó dicho espejo? La Biblia hablaba de un pasado remoto donde existieron grandes imperios en EgiptoPróximo Oriente encabezados por soberanos todopoderosos. Las expediciones arqueológicas del siglo XIX sacaron a la luz muchos de estos emplazamientos así como tablillas con escritura que, tras ser descifradas, revelaron las genealogías de dichos gobernantes. Inmediatamente, los estadios de salvajismo y barbarie fueron asignados a la Prehistoria mientras que la aparición de estas sociedades marcaba el inicio de la civilización. La Arqueología adoptó esta clasificación pese a no basarse en criterios arqueológicos sino en concederle un supuesto rango de superioridad cultural a aquellas sociedades que pusieron por escrito a sus gobernantes. Posteriormente, fueron añadiéndose al esquema otras áreas donde la civilización también habría surgido prístinamente:

  • Mesopotamia y el Alto Egipto a finales del IV Milenio AC.
  • El Valle del Indo desde mediados del III Milenio AC.
  • El área china durante el II Milenio AC.
  • Los Andes Centrales desde finales del II Milenio AC.
  • Mesoamérica a finales del II Milenio AC.

Finalmente, como consecuencia de las teorías difusionistas, se aceptó que el Estado solamente apareció en estas zonas y desde ellas se expandió al resto de sociedades bárbaras. Consecuentemente, se construyó una imagen de la evolución social que, bajo la fórmula Estado/Civilización/Historia = Superioridad cultural vs Salvajes/Bárbaros/Prehistoria = Inferioridad cultural, justificó ideológicamente el dominio de Occidente sobre el resto del planeta.

“De la Revolución Neolítica a la Revolución Urbana”

Sin duda una de las propuestas de síntesis más brillantes que se hicieron fue la de V. Gordon Childe (1892-1957). Planteó que en el Paleolítico las sociedades cazadoras-recolectoras vivieron en un estadio de “salvajismo” practicando una economía de depredación, sin embargo, con la invención de la agricultura y la ganadería fue posible el paso a la “barbarie”. Este acontecimiento, al que denominó “Revolución Neolítica”, se produjo en el Próximo Oriente por sus particulares condiciones geográficas y trajo consigo la vida sedentaria en aldeas económicamente autosuficientes.

Durante el Neolítico, dichas mejoras provocaron un aumento demográfico que llevó a las distintas sociedades a entrar en competencia por las tierras de cultivo. Se hizo necesario mejorar la productividad para aumentar el autoabastecimiento y, consecuentemente, hubo que incorporar innovaciones tecnológicas como la metalurgia. Pero la complejidad del trabajo metalúrgico requería de especialistas a tiempo completo, por lo que era fundamental un excedente con el que mantenerlos. Por ello se produjeron nuevos avances, como el arado y la rueda, que permitieron dicho incremento.

En zonas como la Baja Mesopotamia, para obtener el excedente, se emprendieron trabajos colectivos para acondicionar las llanuras aluviales a la práctica de una agricultura de regadío. Dichas construcciones hidráulicas no sólo permitieron un aumento de la productividad sino también el paso de una organización autosuficiente y local a una economía planificada y centralizada que implicaba la cooperación de distintas aldeas. De modo que también aumentaron los intercambios y las estrategias de obtención de materias primas, por ejemplo, para la fabricación de herramientas de metal.

Detalle de la “Estela de los Buitres”. Se trata del primer ejemplo de iconografía sumeria en el que podemos ver la expresión del poder político-militar. En ella un grupo de guerreros caminan sobre cadáveres enemigos conmemorando la victoria del rey Eannatum de Lagash sobre la ciudad de Umma. Fuente: Museo del Louvre, París.

Las tareas de gestión y planificación se encomendaron a una especie de “protoelites” que, según Childe, fueron los sacerdotes. El templo mesopotámico no sólo actuó como centro de culto sino también como gran almacén de grano y punto de intercambios. A su alrededor proliferaron nuevos espacios artesanales y talleres, y con ellos más especialistas a tiempo completo. De este modo, se fue dibujando un nuevo modelo de asentamiento hasta entonces desconocido: la ciudad. A finales del IV Milenio se inició la “Revolución Urbana” y con ella apareció el Estado, produciéndose el paso de la “barbarie” a la “civilización”.

Finalmente, dice Childe que para evitar invasiones de pueblos bárbaros se creó la figura del rey junto a un cuerpo especializado de guerreros. La sociedad terminó dividiéndose en estratos y los trabajos comunitarios perdieron su carácter colectivo para beneficiar a la nueva elite política que, gracias a su control del poder coercitivo, empezó a apropiarse del excedente en beneficio propio. Para Childe, las claves estuvieron, por una parte, en la capacidad colectiva de generar un excedente económico como base del proceso y, por otro lado, en la fuerte ruptura social que supuso la división del trabajo entre especialistas encargados de producir y especialistas encargados de administrar lo producido. Las influencias de Engels en Childe son evidentes:

“… no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad (…) es la confesión de que esa sociedad ha entrado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables (…) a fin de que estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas (…) se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado…”.

(F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, 90)

“Sociedades Simples VS Sociedades Complejas”

Frente a la lectura materialista de la historia desarrollada por Childe, la Arqueología Procesual anglosajona potenció la noción idealista de “complejidad” e interpretó la jerarquización social desde una perspectiva exclusivamente política, como un proceso de gradación creciente desde formas simples a complejas. Las relaciones de poder derivaban de una necesidad humana de respuesta ante un “cambio” o “crisis” externos que ponía en riesgo la supervivencia del grupo. Por ejemplo un desastre medioambiental. Consecuentemente, la aparición de elites permitía la incorporación de mejoras organizativas y servicios con los que afianzar la estabilidad social, el equilibrio entre población y recursos, asegurando la supervivencia y reproducción.

Únicamente se consideró “sociedades complejas” a aquellas que lograron una institucionalización del liderazgo y una organización política. Por contra, las “sociedades simples” serían las que se organizaron exclusivamente a partir del parentesco:

TIPO DE SOCIEDAD

ESQUEMA DE SERVICE

PERIODO CRONOCULTURAL

Sociedades simples

Sociedades igualitarias y segmentarias

Bandas

Paleolítico y Mesolítico

Tribus

Neolítico

Sociedades complejas

Sociedades jerarquizadas, de rango y estratificadas

Jefaturas

Edad de los Metales

Estados

Historia

Dentro de esta corriente se han desarrollado multitud de interpretaciones, destacando por ejemplo el modelo de las “civilizaciones hidráulicas” con el que se explica la aparición del Estado en Mesopotamia o Egipto. Así, la existencia de medios hostiles como las grandes ciénagas aluviales hizo que aparecieran “elites-gestoras” para dirigir la construcción de grandes obras hidráulicas que posibilitaran el desarrollo de una agricultura viable. Al mismo tiempo, otras “elites-mercantiles” se encargarían de regular los intercambios con otras regiones para obtener materias primas y productos deficitarios como metales. El propio Service planteó que la especialización de las comunidades en producir únicamente dentro de su nicho ecológico inmediato hacía fundamental la emergencia de elites que centralizaran las labores de redistribución y dinamizaran los intercambios. Si dicha gestión era exitosa, la especialización se afianzaba y las elites terminaban por institucionalizarse mediante fórmulas hereditarias.

El Valle del Indo, fue otro de los focos de las “civilizaciones hidráulicas” donde los trabajos de acondicionamiento de los márgenes fluviales junto a los intercambios con Mesopotamia explicarían el surgimiento de asentamientos como Mohenjo-Daro (2600-1800 AC) (Sindh, Pakistán). Fuente: Junhi Han, UNESCO.

Otros autores como Harris han puesto el acento en factores como la violencia. Tras una crisis medioambiental aparecen desequilibrios entre población y recursos que ponen en riesgo la supervivencia de la sociedad. La competición por los recursos lleva a conflictos intergrupales, surgiendo “elites-guerreras” cuyas victorias devolverán el equilibrio a la sociedad aunque con importantes matices respecto al punto de partida. Por un lado, el poder militar comienza a ser valorado socialmente. Por otro, la incorporación de los grupos vencidos en forma, por ejemplo, de esclavos hace que se creen distintos estatus sociales y que la complejidad crezca.

Todas estas teorías asumen que el mérito y los atributos individuales son equivalentes al beneficio social y colectivo. Presuponen que para asegurar la supervivencia de la sociedad deben surgir “líderes prestigiosos” que contarán con la aprobación colectiva al ser percibidos como necesarios para la superación de alguna adversidad externa. Se sobreentiende pues que es la psique humana la que genera desigualdades de forma natural, reduciéndose el proceso de jerarquización social a una “historia del liderazgo” que ha permitido a la humanidad llegar a controlar cada vez mejor las fuerzas de la naturaleza. Y al equipararse el beneficio social y colectivo con los intereses individuales de los líderes, se termina por explicar todo como un proceso intersubjetivo donde el desarrollo de las distintas formas de poder dependieron de la “voluntad personal” o el “deseo de poder” de ciertos individuos. Se trata, por tanto, de una lectura positiva e idealista del poder político que, además, presupone la existencia de una situación continua de necesidad y consenso social en torno a las “bondades” de su surgimiento y evolución.

Bibliografía |

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WEBER, M.: “Sociología del Poder: los tipos de dominación”. Madrid: Alianza Editorial, 2007.

Redactor: Rafael Soler Rocha

Licenciado en Historia por la Universidad de Málaga, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional trabajando como arqueólogo de gestión. Mis principales temas de interés son el origen y la consolidación de la jerarquización social durante la Prehistoria Reciente, la Teoría Arqueológica y la divulgación y puesta en valor del Patrimonio mediante nuevas estrategias pedagógicas.

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