Los horrores de Salem. Puritanismo radical y caza de brujas en 1692

El oscuro invierno se apodera de la aldea de Salem, cerca de Boston. Los vecinos se aferran a su fe tanto en la iglesia como en sus casas. Todo lo que hacen desde que se levantan hasta que se acuestan está condicionado por la escrutiñadora mirada de un Dios opresivo y sin escrúpulos. Las colonias de puritanos huidos de Inglaterra no viven una vida más fácil en el Nuevo Mundo. Estas gentes creen que la nueva religión anglicana ha caído en los vicios de la vieja fe, y los primeros culpables son los Estuardo, la dinastía reinante desde 1601. Es por esto por lo que familias de puritanos se embarcan hacia las colonias, buscando hallar una pureza que sienten desvanecida ya. Las verdes tierras de Nueva Inglaterra prometen una nueva vida y ellos mismos se sienten como el pueblo judío que ha huido de los vicios del faraón, llegando por fin a la Tierra Prometida.

Sin embargo, los inviernos allí son crueles, los peligros que acechan en los bosques muy numerosos, los ataques de indios se cobran muchas vidas… Y luego están las brujas. Oscuras historias se cuentan sobre ellas. A los niños malos se les habla sobre mujeres que han vendido su alma al Maligno. En las frías noches bailan desnudas junto al fuego mientras el diablo las observa. Incluso hay quien ha oído sus risas en el interior de los bosques, donde no llega la luz de las antorchas. Siempre acechantes, maldicen, blasfeman y encantan a los buenos hijos de Cristo. Se trata de un folklore que, inconcebible a nuestros ojos, tuvo marcada a aquella sociedad puritana, tan fuertemente condicionada por la Biblia y por unos parajes repletos de peligros.

Ciertos animales se asimilaban con la brujería y el diablo, como los gatos negros o los carneros. Escena de la película La bruja. Fuente.

Ciertos animales se asimilaban con la brujería y el diablo, como los gatos negros o los carneros. Escena de la película La bruja. Fuente

La vida en las comunidades puritanas supone un reto diario. Las familias persiguen alcanzar una perfección constante, evitando caer en cualquier mancha social. Los continuos peligros hacen que en las aldeas y ciudades la intimidad brille por su ausencia. En algunas aldeas, los vecinos más venerables se reúnen en consejos que deliberan sobre lo que es mejor para todos. El acecho de indios y los malos caminos convierten al gobernador en una autoridad demasiado lejana. De hecho, el pastor allí es la luz que guía a sus ovejas, alejándolas de la tentación y del mal camino. Sus sermones en la iglesia son escuchados en escrupuloso silencio y su mensaje cala tan hondo entre los feligreses que creen en su palabra sin dudar. En algunas iglesias se habla sobre aquellas brujas, aunque muchas veces sin ponerles nombre. Hablar de brujería únicamente traerá esa misma brujería. Pero nadie ignora lo que suponen aquellas mujeres del diablo, incluidos los niños.

En cada hogar, los hombres tienen el deber de proteger a su familia, mantener la rectitud entre sus miembros y asegurarse de que se cumple la palabra de Dios dentro del núcleo familiar. Las mujeres deben ser virtuosas, obedientes y sumisas con sus esposos, y por supuesto madres rectas con sus hijos. Además, las comunidades puritanas no aceptan ningún tipo de desviación y a cualquier cosa inexplicable le achacan una respuesta sobrenatural: demasiada lluvia o una prolongada sequía pueden ser castigos divinos por conductas inapropiadas. Algunas enfermedades se asocian fácilmente con ataques demoníacos, pues los demonios existen y siempre buscan almas que atormentar. Por supuesto, esta moralidad esconde sentimientos que nadie quiere ni puede admitir: las envidias, celos y rencores se ocultan entre los vecinos bajo un trato de excesivo respeto, aunque siguen presentes. Los impulsos sexuales son purgados con mortificación, convirtiéndose en una quemazón cada vez más dolorosa, que nubla la mente de aquellos que los padecen. Y es en esta atmósfera cuando, a finales del siglo XVII, se vivió en la aldea de Salem y en otras cercanas, un horror que iba a ser recordado durante siglos: una terrible caza de brujas.

Familia puritana. Fuente.

Familia puritana. Fuente

Febrero de 1692. En la aldea de Salem, dos niñas se divierten despreocupadas. Betty Parris, hija del reverendo, juega con su prima huérfana, Abigail Williams. Muchas noches, la esclava india de la familia, Tituba, les cuenta historias de miedo que ella misma aprendió en Barbados. La vida de estas niñas y sus amigos es apacible y tranquila, pero conocen bien cuáles son los peligros que se esconden en la noche. La mañana de un día cualquiera, unos padres ofician el entierro de uno de sus hijos y al día siguiente son esos mismos padres los que caen. Otro día, se oye que los indios han saqueado una aldea matando a los hombres y secuestrando a las mujeres y el ganado -la misma sobrina del reverendo es huérfana porque los indios mataron a sus padres-. Incluso se cuentan historias conocidas por todos, incluidas Abigail y Betty, sobre brujas que se esconden en los bosques cercanos. La creencia en aquellas fuerzas oscuras, la constante amenaza de la muerte y la utilización del miedo por el pastor y los mismos padres para aleccionar a sus hijos son el caldo de cultivo perfecto para insuflar la imaginación de cualquier niño. Quizás esto justifique lo que les ocurrió a aquellas niñas, o quizás haya otra explicación. Más de tres siglos después, historiadores, antropólogos y psicólogos siguen preguntándole cuál fue la causa. Las teorías han ido variando, pero una cosa es clara: aquel mes de febrero de 1692, Betty y Abigail empezaron a sufrir inexplicables cambios. Una noche, ambas niñas empiezan a correr por el salón de la casa del reverendo Parris diciendo cosas sin sentido. Intentan trepar por la chimenea, ocultándose después debajo de una mesa y profiriendo gritos. A continuación, gritan en sus camas, retorciéndose de dolor por mordiscos imaginarios y mostrando posturas antinaturales. El médico no se explica la causa. Y como era costumbre cuando un médico no se veía capaz de encontrar una explicación, siempre tenía en su manga un recurso útil: magia negra, maldiciones… el Diablo.

Primeros juicios en Salem. Fuente.

Primeros juicios en Salem. Fuente

El reverendo Parris presiona a las niñas para que le digan quienes son las brujas. Si las han visto, deben señalarlas por el bien de la comunidad. Y entonces las niñas lanzan su dedo acusatorio sobre la esclava, Tituba. ¿No les contaba historias de miedo y les ayudaba con filtros de amor? ¿No es eso un tipo de brujería? Pronto empiezan a ocurrir fenómenos similares en otras casas, donde algunas niñas presentan síntomas muy parecidos a los de la hija y sobrina del pastor, llegando a afirmar que fueron amenazadas por terribles brujas. Y ahí empezó la histeria colectiva. Porque, contra los indios, los colonos pueden defenderse usando armas y empalizadas. Pero ¿cómo se acaba con una bruja? Ya hubo juicios contra brujas décadas atrás. Incluso en Europa fueron perseguidas con extrema dureza. El fuerte sentimiento religioso de las gentes de Salem, la constante situación de peligro y aquellas inexplicables enfermedades que estaban devorando a las niñas de la aldea fueron más que suficientes para que el miedo se apoderase de todas sus familias en Salem y las aldeas cercanas. Una criada llamada Mercy Louis empieza a recibir también mordiscos y golpes invisibles y grita aterrada. El inicio de los episodios tiene lugar justo después de que la joven se entere de que los indios han saqueado y quemado pueblos cercanos; los mismos indios que mataron a toda su familia siendo ella una niña. Eso no importa. Mercy acusa también a Tituba y entonces comienza el verdadero juicio.

En la sala de juntas de la aldea se organiza un improvisado tribunal, dirigido por dos magistrados del pueblo vecino también llamado Salem. Ante la esclava colocan a las dos niñas enfermas. Contra todo pronóstico, Tituba afirma ser una bruja. Dice también que ve continuamente a un hombre vestido de negro que le propone favores oscuros y, lo más importante, conoce el nombre de nueve brujas más que están involucradas. Sea porque la esclava sabía que iba a morir de todos modos, o porque nada de lo que dijese iba a cambiar las cosas, esta confesión voluntaria degeneró en una verdadera cacería. Primero se detiene a dos mujeres marginadas, una mendiga y una prostituta. Poco afectan estos arrestos, pues su vida licenciosa las hace ya siervas potenciales del maligno. Pero entonces, Mercy Louis, aquella criada, pronuncia el nombre de Martha Corey, una de las mujeres más respetables y virtuosas de la aldea. Cuando la llevan a juicio, Martha únicamente pide que la dejen marcharse para rezar por el alma de las niñas, pero los jueces no creen en su palabra. – ¡El demonio le está susurrando ahora mismo! ¡¿No lo veis?!- Grita Mercy medio enloquecida. Martha Corey es apresada junto con diez personas más.

En el mes de abril de 1692, la improvisada y pequeña cárcel de madera de Salem hace las veces de prisión donde se acinan los acusados. Algunos agonizan allí dentro, pues el frío es insoportable. Otros se vuelven locos, como una niña de cuatro años que empieza a desvariar. Aunque nadie ha sido ejecutado todavía, la vida de todas aquellas personas ya está arruinada. Sus tierras, abundantes como las de Martha Corey, son requisadas. Los vecinos celosos de estas ricas familias han conseguido, gracias a aquellos juicios, acabar con sus competidores agrícolas. De hecho, en todo este proceso algunas familias de la comarca han salido muy favorecidas. Casi parece que los juicios de brujería se estén convirtiendo en un gran negocio para los acusadores, y que detrás de la magia oscura y la presencia demoníaca haya otros intereses. Tantos años de moralidad opresiva, falsa modestia y mortificación sexual despiertan con una violencia totalmente desconocida. Porque conforme avanza el año, se producen las primeras ejecuciones de vecinos. Para cuando llega el mes de junio, la histeria de la aldea de Salem se expande como la pólvora por toda la colonia de la bahía de Massachussets. Vecinos se acusan entre sí, otras muchachas caen presas de aquella magia y empieza a morir gente. El 19 de julio son ajusticiadas cinco mujeres. De hecho, en lo que fue un año de horror, muerte y una verdadera radicalización religiosa, perdieron la vida alrededor de veinte personas, y aunque otras muchas se salvaron de la hoguera y la horca, vieron su vida totalmente arruinada. Curiosamente, solo aquellas que se confiesan brujas consiguen salvarse de la muerte. En cambio, todos los acusados que niegan rotundamente su culpabilidad son ejecutados.

Estampa que recrea la vida en Salem aquel año de 1692. Fuente.

Estampa que recrea la vida en Salem aquel año de 1692. Fuente

Para cuando llega el mes de octubre, ya son muchos los que dudan de los jueces de Salem. Algunos escriben abiertamente criticando los métodos de los magistrados para extraer las confesiones. Incluso algunas de las brujas confesas empiezan a tener remordimientos y admiten haber mentido. Todo el proceso termina desbaratándose y para entonces la oscuridad de los meses anteriores deja paso a una terrible claridad. Las gentes de Salem contemplan horrorizadas las consecuencias de sus actos. El mismo gobernador de la colonia disuelve el tribunal y el resto de los acusados todavía presos son enviados a tribunales ordinarios. Aunque tres de ellos son condenados por brujería, el gobernador los indulta. Se pone fin así a un año que iba a dejar una profunda huella en la historia de Estados Unidos y que ha fascinado a generaciones de historiadores.

Las causas de aquella histeria siguen siendo, a día de hoy, muy difíciles de saber. Aunque algunos investigadores creen que las primeras niñas tuvieron aquellas alucinaciones por consumir pan contaminado, historiadores y psicólogos hablan más bien de una histeria colectiva que se contagió entre las mujeres de Salem, condicionadas primeramente por una competición constante entre ellas, además del opresivo ambiente que allí se respiraba y los peligros que acechaban en la noche. Esta idea, aunque absurda a nuestros ojos, quizás tenía más sentido en aquella población: “si todas mis vecinas sufren los ataques del diablo, ¿Por qué yo no?”. A esto, por supuesto, le siguieron otros intereses económicos y de facciones vecinales, convirtiendo los juicios de Salem en una cacería de brujas, aunque ciertamente las verdaderas brujas solo pudieran encontrarse ya en las historias que se contaban en la fría noche para asustar a los niños que no querían irse a la cama.

Bibliografía|

HOWE, K. (ed.), “El libro de las brujas. Casos de brujería en Inglaterra y en las colonias norteamericanas (1582-1813)”, Madrid: Alba Clásica, 2016.

KENT, K., “La hija de la bruja”, Madrid: Espasa, 2008.

MILLER, A., “Las brujas de Salem y el crisol”, Barcelona: Tusquets, 2013.

 

 

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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