Loïe Fuller. La otra cara de la danza moderna europea.

Si hablamos sobre la danza de principios del siglo XX, haciendo un poco de memoria nos sonará el nombre de Isadora Duncan (1877- 1927). Recordaremos haber oído habla de ella en ciertas ocasiones; La gran Isadora Duncan, la bailarina norteamericana que innovó en la materia creando movimientos, pasos y coreografías jamás vistos, la musa de la danza que rompió con las reglas académicas del ballet para sentar las bases de la danza contemporánea del siglo XX en Europa.

Sin desmerecer el papel fundamental que Isadora jugó en el mundo de la danza contemporánea, me decido recalcar el papel que jugó en este ámbito otra bailarina estadounidense, que fue mentora de la joven Isadora, que vino años antes que ella a Europa, que innovó y rompió barreras en el baile mucho antes y de la que Isadora quedó fascinada al conocerla.  Hablemos de la gran Loïe Fuller (1862-1928).

Loïe Fuller nació en Fullersburg, un pequeño asentamiento de Illinois en los Estados Unidos de América. Sus padres eran gente de teatro, pero gente pobre, y Loïe había nacido en el cuarto contiguo a un bar de mala muerte en donde existía una única estufa digna para alumbrar a la recién nacida. Ese hecho marcará su vida para siempre pues, constantemente, tuvo presente ese anhelo tan suyo de iluminar al cuerpo humano, de crear ambiente luminoso y cálido, de rodearlo de luz.

Uno de los primeros retratos realizados a Loie Fuller

Uno de los primeros retratos realizados a Loie Fuller. Fuente.

En estos últimos años del s.XIX  acontecen múltiples transformaciones en la sociedad. Es época de convulsiones, reivindicaciones y luchas de las mujeres, conflictos bélicos a gran nivel y los artistas e intelectuales de la época son embelesados por estos cambios que van marcando el pulso de la historia.

Durante los años preliminares a 1981, Loïe Fuller es una de las muchas actrices primerizas que se entrega en cuerpo y alma al mundo del espectáculo, del teatro (especialmente en el género de la comedia) y en ella aún no existían inquietudes  con respecto a la danza. Tras sus primeros contactos con ella en Nueva York, y sus primeros éxitos, se traslada a Europa con un contrato para actuar en Alemania, pero quedó decepcionada al comprobar que los sitios donde actuaría se limitaban a pequeños teatros de variedades o circos. Posteriormente decide trasladarse a Londres, y después a París: ya en el Folies Bergere, un famoso cabaret de la ciudad, recibe un amplio reconocimiento internacional que afianza su carrera en el mundo del espectáculo y durante los años 86 y 87 surge el acontecimiento que le daría las pautas para incentivar su éxito mundial. Varias son las versiones acerca de cómo Loïe Fuller inventó la técnica que le haría famosa en el mundo entero. Una de ellas cuenta cómo estando en su camerino probándose un nuevo y largo vestido de seda blanca, oyó a alguien cercano a ella decir “Pareces una mariposa, una orquídea”. Este comentario abrió completamente la mente y creatividad de Loïe y dio paso a que la joven actriz y bailarina pudiera realizar lo que tantas veces había soñado: estar sobre un escenario, con vestimentos exóticos (350m de seda) que solo dejaban descubierta su cabeza, pies descalzos, juego de luces y colores… sería algo nuevo, rompedor, lo nunca visto. Loïe sería desde aquel momento el prototipo de fidelidad al espectáculo.

El skirt dance (coreografía realizadas en base a mover una larga falda ayudándose de la manos) era un baile popular muy extendido culturalmente en la época, y gracias a las experimentaciones de la propia Loïe, incluyendo efectos visuales, lumínicos y artilugios mágicos, lograría crear lo nunca visto. Tengamos en cuenta que era una época en la que la electricidad empieza a propagarse por el mundo como un bien público, que a su vez la fotografía, los daguerrotipos, emergen como una nueva visibilidad de la imagen y que el cine empieza su andadura. Loïe reúne todas estas nuevas técnicas  y maneras de crear arte y las incluye en sus espectáculos y coreografías, buscando integrar diversos lenguajes que no tenían hasta entonces tanta importancia en conjunto como la que le dio ella. Sufrió una entrega desmedida por la organización y composición de sus espectáculos que impidió que, hasta ella misma, se percatase de la importancia de sus descubrimientos.

Su obra siempre ha sido analizada por los teóricos como una obra cuya base parte de la visualidad, de la luz, del color y técnicamente por innovación de movimientos y una intensa búsqueda corporal muy completa, que rompía con los esquemas establecidos por el academicista ballet de la época.

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Retrato de Loie Fuller por Frederick Glasier,, 1902. Fuente.

En el año 1897 ya contaba con varias de sus más famosas coreografías, entre ellas la danza serpentina: ocultando su cuerpo, con ausencia de un fondo, de decorados, Loïe tomaba el control absoluto del escenario, convirtiendo a la luz y el movimiento en los protagonistas de la acción. Era la primera vez que en el teatro se utilizaban a la vez efectos de luz y movimiento conjuntamente creando así una concepción abstracta del movimiento, donde su presencia se diluía. Luego lo acompañaría de la proyección de distintos focos  de luz, con multitud de efectos y colores en distintas degradaciones otorgando así a la escena una mayor sensación de dinamismo y movimiento. Loïe bailaba sin mostrar sus pies descalzos, ni el apoyo que estos necesitaban en el suelo, así lograba dar la sensación de estar suspendida en el aire y crear ilusiones ópticas. Sus trabajos llegaron a los escenarios de todo el mundo y muy pronto comenzaron a salirle imitadoras que nunca lograron eclipsarla ya que su figura combinaba a la perfección las dos raíces que dieron lugar a la danza moderna: una libre actitud técnico- estética con respecto a los cánones establecidos durante varios siglos por el ballet clásico y la correcta incorporación de elementos teatrales.

A raíz de su éxito inició varias giras alrededor de Europa y América y su reconocimiento mundial le llevó a apoyar a bailarinas más jóvenes como, la ya mencionada, Isadora Duncan, quien inició su andadura profesional a partir de una gira con Fuller por Alemania y que conoceremos algo más un poco más adelante.

Loïe, sobre los años 90, vuelve a Nueva York con un contrato con la Metropolitan Opera y viaja a México. Su última aparición fue en Londres en 1917, con el Ballet de la sombra.

Intensa, alocada firme y violenta como posteriormente ocurriría con otras estrellas de Hollywood. Loïe Fuller prescinde de la sofisticación y el lujo para vivir su vida, libre de las ataduras que le imponía la sociedad burguesa occidental. Tal era su afán por no dejarse llevar por esa vida glamurosa, que durante la I Guerra Mundial actuará en los frentes  de batalla y una vez concluida ésta ayudará en grandes espectáculos en óperas y teatros. También escribió “Quince años de la vida de una bailarina”, donde dejó constancia de sus encuentros con artistas, escritores y otros personajes celebres de la época a los que sedujo con su arte como August Rodin, Toulouse- Lautrec, Pierre y Marie Curie o Alejandro Dumas, entre otros.

Desgraciadamente, poco después de su muerte, su arte se consideró anticuado junto a otras manifestaciones de la misma época y su figura quedó un tanto olvidada con respecto a la de Isadora. Sin embargo, sus innovaciones escénicas han influido a posteriori en coreógrafos, directores, realizadores, y cineastas. Era una fanática de la dualidad de danza-espectáculo, pero a diferencia de Isadora (para quien el cuerpo  humano, su naturalidad y esencia constituía los únicos elementos de la danza), Loïe Fuller consideraba que la técnica y la ciencia, así como la sencillez en los movimientos, eran parte integral del espectáculo.  Para ella las bailarinas eran  instrumentos de la luz.

Como hemos dicho anteriormente, Isadora Duncan fue alumna de Fuller, de hecho a raíz de colaborar con esta última Isadora empezó su carrera profesional por Europa. Su fa fama mundial  viene precedida por ser una figura relevante en la evolución de la danza moderna, así como por su notoria vida pública que fraguó su fama a nivel mundial. Las reminiscencias al mundo griego, la inspiración en las vasijas antiguas, y en las pinturas del gran Boticelli o su lucha constante por la emancipación de la mujer son algunos de los rasgos más comunes cuando hablamos sobre su vida y obra.

Duncan escribió  unos textos sobre danza donde decía que para conseguir el renacimiento de la danza había que realizar una operación, rescatar el movimiento o la idea de movimiento que tenían los griegos. Sus trabajos tienen un gran acercamiento al expresionismo, con un marcado énfasis en la expresión de la cara, la gestualidad y las manos, lo que refuerza la idea de que para ella la danza es un cuerpo que trasmite significados de manera completa. Mientras Loïe Fuller iba más allá del propio cuerpo, como la luz y su juego con el movimiento, Duncan se aferra a la fuerza escénica del cuerpo, desde la presencia, en busca de la naturalidad.

Siempre tuvo una vocación pedagógica muy profunda, muestra de ello fue que abrió multitud de escuelas, e impartió clases sobre todo a niñas a las que llamaban Isadorables, y que serían las intérpretes de sus obras más famosas y se encargaron posteriormente de trasmitir su legado.

Isadora Duncan. Fuente.

Isadora Duncan. Fuente.

Como podemos apreciar fueron dos mujeres esenciales para la vida de la escena moderna y la danza de finales del s.XIX y principios del XX, pero a su vez muy diferentes en cuanto a la manera de trabajar y crear, y en cuanto a sus respectivas vidas públicas. Mientras que Loïe Fuller creaba e investigaba, sin llegar a ser consciente realmente de los avances que estaba haciendo en el ámbito escenográfico, y basaba sus danzas en la luz y el movimiento, Isadora Duncan creaba un estilo más naturalista, con reminiscencias al pasado griego y renacentista pero con innovaciones que rompían con el ballet académico de la época. Dos mujeres luchadoras, inteligentes y creadoras indiscutibles de lo que hoy conocemos como danza moderna. Dos mujeres con estilos de vida muy diferentes, la primera obcecada por el trabajo y la investigación y la segunda con un empeño en crear escuela, y con finales muy dispares – Loïe murió de neumonía el 1 de enero de 1928 en París, mientras que Isadora murió estrangulada por su propio foulard cuando éste se enganchó en la rueda del coche en el que iba por el Paseo de los Ingleses de Niza el 14 de septiembre de 1927- aunque con muy pocos meses de diferencia.

La Loïe y La Duncan –como las anunciaban los carteles de la época-  nunca han dejado de ser objeto de estudio e investigación, y ahora vuelven a estar de actualidad gracias al estreno en el mes de noviembre de la película La Bailarina de Stéphanie di Giusto, y la obra Estaciones de Isadora en el Teatro Español. Dos oportunidades para conocer más de cerca la vida y obra de dos grandes mujeres que hicieron historia.

Bibliografía:

ABAD, A.: “Historia del ballet y de la danza moderna”. Madrid. Alianza, 2012.

ALEMANY, M.J.: “Historia de la danza II”. Ed. Piles, 2013.

DALLAL, A. (1982).: “Loïe Fuller en México“. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas. Universidad Nacional Autónoma de México. Volumen XIII, número 50, Tomo 2.

KOBUSIEWICZ, A. (2012).: “La danza de la luz” (Tesis de Máster). Facultad de Bellas Artes de Alonso Cano. Universidad de Granada.

SÁNCHEZ, J.A.: “La Danza Moderna. Manifiestos y textos sobre teatro de la época de las vanguardias”. Madrid.  Ed. Akal, 1999.

Redactor: Cristina Moreno Ortega

Graduada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Especialista en proyecto, organización y producción de exposiciones por la Universidad de Sevilla y la Asociación de Museólogos y Museógrafos de Andalucía. Amante del Arte de Vanguardia y el Teatro.

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