La traición de María Antonieta: el final de la reina más odiada de Francia

Pocos personajes han despertado tanta fascinación y odio a partes iguales como María Antonieta. Pese a haber nacido para convertirse en una más de las muchas reinas que poblaron el siglo XVIII, la historia le reservó un papel especial, a la par que terrible. Recordada como la reina más odiada de Francia, a día de hoy se ha convertido en un auténtico icono de la moda, inspiración para artistas y un atractivo turístico de la ciudad de París. Pero lo cierto es que una mujer que había sido educada para cumplir un papel asignado, en esencia una persona mediocre como otra cualquiera, se vio empujada a vivir momentos convulsos y una desgracia acuciante que ha llegado a convertirla en una mártir. Su historia ha inspirado a cientos de historiadores, hasta el punto de que contamos con infinidad de biografías y memorias. Y lo cierto es que fueron sus últimos años los que la diferenciaron de sus predecesoras y la convirtieron en alguien que continúa muy presente más de dos siglos después de su muerte.

Retrato de María Antonieta. Fuente

Retrato de María Antonieta. Fuente

La mañana del 20 de junio de 1791 una marabunta de criados recorría los pasillos del palacio de las Tullerías en París. Las cocinas estaban ya en funcionamiento y los dormitorios iban a ser acondicionados, pero aquel día la familia real todavía no había despertado. Cuando entraron a despertar a la reina, repararon en algo extraño: la cama estaba vacía. De pronto se oyeron gritos en los pasillos al comprobar que el delfín Luis Carlos y la princesa María Teresa tampoco estaban en sus aposentos. Peor aún, el mismísimo Luis XVI, rey de Francia, había desaparecido. Entonces, la Guardia Nacional dio la alarma en el palacio. Se registraron todas las habitaciones de arriba a abajo, pero no había rastro. El rumor salió muy pronto de las Tullerías y recorrió las principales calles de París. ¡La familia real había desaparecido! A las 11 de la mañana, una multitud de parisinos estaba ya a las puertas de palacio, profiriendo gritos e insultos, exigiendo la presencia del monarca. Todo ello mientras, muy lejos de allí, un carruaje se internaba en los bosques y se alejaba de la capital.

Desde que María Antonieta llegó a Francia como delfina en 1770, su vida había estado repleta de grandes lujos y un desenfreno inusitado que se combinaban con un encorsetado modo de vida, siempre rodeada y vigilada. Aleccionada para cumplir los deberes de una reina francesa, que en este caso se reducían a dar un heredero varón al trono, la joven soberana vivió su vida del mismo modo que sus predecesoras, rodeada de privilegios y excesos. Por ello, cuando estalló la famosa Revolución en julio de 1789, nunca estuvo preparada para todo lo que se le venía encima. Cuando una multitud enfurecida se presentó en Versalles exigiendo el traslado de la familia real a París, la reina se sintió ultrajada y violentada. Al contrario que su marido, el paciente Luis XVI, ella consideraba que aquello era un insulto a la monarquía y a sus privilegios. ¿Acaso no eran ellos reyes ungidos por la gracia de Dios? Por ello, nunca aceptó su nueva situación. De hecho, desde que la familia real fue obligada a vivir en las Tullerías, un palacio que llevaba dos siglos sin ser habitado y estaba desprovisto de los lujos versallescos, María Antonieta supo que no iba a aguantar una vida así. Los crecientes insultos que estaba recibiendo el absolutismo francés, con la imposición de una monarquía constitucional y una Asamblea Nacional, únicamente hicieron conscientes a los reyes de que su poder se mermaba poco a poco y su posición se hacía más frágil. De modo que, para cuando llegó el año de 1790, el plan de una fuga estaba firmemente asentado en la conciencia de Luis y María Antonieta.

Durante el invierno de aquel año, la siempre vigilada reina se dedicó a cartearse en secreto con las grandes monarquías en busca de auxilio. Sus lazos familiares recorrían toda Europa: el emperador de Austria era su hermano, la reina de Nápoles era su amada hermana Carolina, el rey de España era primo de Luis XVI… Esto hacía que María Antonieta confiara, quizás ingenuamente, en la fraternidad entre reyes. Durante meses solicitó el envío de tropas y consensuó un plan de fuga que contase con apoyo extranjero. Sin embargo, la situación se complicaba cada vez más. María Antonieta y Luis empezaban a temer por su propia seguridad, y se veían continuamente obligados a justificar todos sus movimientos; seguramente miraban hacia sus días en Versalles con anhelo. Finalmente, la situación se volvió tan inestable que llegó el momento de actuar.

A la cabeza del plan estaba el conde Axel Von Fersen, quien comúnmente ha sido reconocido como el amante de la reina. La noche del 19 de noviembre, la familia real cenó como de costumbre, intentando por todos los medios no levantar sospechas. Incluso ocultaron el plan al delfín, famoso por no poder guardar ningún secreto. Cuando llegó la madrugada, la reina y sus hijos se reunieron con Luis XVI disfrazados de criados y subieron a un carruaje que les esperaba para llevarles lejos de allí. Y aunque consiguieron eludir a la guardia y salir del palacio, el plan fue un desastre desde el principio. Como los reyes no estaban dispuestos a viajar incómodos, la carroza tenía todas las comodidades de un pequeño apartamento, llegando a contar con una pequeña estufa. Era, por lo tanto, un vehículo que llamaba poderosamente la atención, especialmente si los que viajaban dentro eran unos simples criados.

Después de más de dieciocho horas de viaje, el desaliento de la familia real no hizo sino crecer cuando llegó al punto asignado y constató que las tropas que debían esperarles no estaban allí. Sin saber qué hacer, unos confusos reyes decidieron continuar. Entonces se produjo el desastre. Mientras cruzaban uno de los caminos, un joven oficial reconoció a Luis cuando sacaba la cabeza por la ventanilla. Los monárquicos nunca iban a olvidar a aquel muchacho. Seguidamente, se dio la voz de alarma, iniciándose la persecución del carruaje. Cuando este llegó al pequeño pueblo de Varennes, todos decidieron que era necesario descansar. Afincados en una casa, quizás ignoraban que su plan hacía tiempo que había fracasado. Mientras Luis estiraba las piernas en un sillón, una multitud de campesinos empezaba a congregarse a las afueras de la casa. Finalmente, a las seis de la mañana, un emisario de la Asamblea Nacional entró en la residencia y anunció a los reyes que había llegado el momento de regresar a París. La fuga había terminado. Cuando Luis XVI era devuelto a la capital, algunos de sus fieles sentían como si nunca más fuesen a verle con vida.

Una vez en las Tullerías, el prestigio de los reyes se había hundido. Las manifestaciones republicanas ganaban fuerza y los monárquicos presagiaban lo peor. La propia María Antonieta era consciente de lo que suponía la fuga para ellos. De hecho, quedaba ya muy poco de la muchacha caprichosa e infantil que jugaba a ser reina en Versalles. Su carácter se había vuelto receloso y desconfiado, y la belleza que había lucido en años anteriores se estaba desvaneciendo. El estrés le había hecho mella: había adelgazado mucho y estaba demacrada. Incluso su cabello se había tornado blanco.

Pasado un año, el aniversario de la revolución se acercaba. Cuando finalmente llegó el 20 de julio –día de la fuga fallida–, una turba enfurecida asaltó el palacio de las Tullerías para apresar a unos reyes impotentes. La monarquía había caído, y Luis XVI con ella. Cuando cientos de parisinos hicieron desfilar al rey con el gorro rojo frigio de la República, muchos sabían que su final podía estar cerca. María Antonieta no perdió la compostura y paseó ante gentes furiosas que la insultaban y menospreciaban, tachándola de traidora. Todo ello mientras un reguero de sangre precedía a los reyes en su traslado a la prisión del Temple. Pero aquello solo iba a ser el principio del calvario de aquella desdichada reina, que había perdido su corona, y pronto algo más.

La familia real es detenida en Varennes. Fuente.

La familia real es detenida en Varennes. Fuente

Las semanas siguientes, María Antonieta y Luis fueron interrogados y acusados de traición. Mientras tanto, las calles de París se convirtieron en un improvisado escenario donde se daban masacres de monárquicos, entre los que se incluía la mejor amiga de la reina, la marquesa de Lamballe, que fue brutalmente asesinada. Mientras su cuerpo se pudría, su cabeza fue puesta en una pica frente a la ventana de la reina, que tuvo que contemplarla consternada durante días. A continuación, llegó el turno del rey depuesto. Luis Capeto –como pasó a llamarse Luis XVI– fue sometido a un preparado juicio y condenado a la pena capital. Desde la decapitación de Carlos I de Inglaterra, no se había contemplado un regicidio similar.

Las horas anteriores a la ejecución, un templado Luis se despedía de su familia y daba las gracias a su esposa por haber sido su compañera y amiga durante tantos años. Horas después, María Antonieta pudo oír los gritos de euforia cuando la cabeza del rey era mostrada al público francés. Inmediatamente, llegó el turno de arrebatarle aquello que más amaba: sus preciados hijos. Fue ciertamente difícil arrancar de sus brazos al delfín Luis Carlos. María Antonieta gritaba furiosa y se negaba a soltarlo, ante unos soldados que llegaron incluso a usar la violencia para hacerse con el pequeño. De lo que se trataba, a fin de cuentas, era de castigar a aquella mujer. Ella era el símbolo de la antigua Francia, de los privilegios de la nobleza, del poder absoluto de los reyes, de los caprichos de los más poderosos… Destruyéndola a ella, seguramente los jacobinos trazaban su venganza contra un pasado detestable.

Una vez lo perdió todo, María Antonieta estaba ya preparada para el final. En los juicios siguientes, fue acusada de hechos ciertamente terribles, como haber llegado a abusar sexualmente de su hijo. El tribunal revolucionario llegó a hacer declarar al mismísimo delfín contra su madre. Poco importaba ya. Trasladada a la prisión de la Conciergerie, aquella mujer derrotada, con su pelo totalmente blanco, y vestida como una triste viuda, pasaba sus días encerrada, esperando su hora. La noche antes de su muerte, María Antonieta dejó su testamento concluido y enviado a su cuñada, la princesa Isabel de Borbón –María Antonieta ignoraba que ella ya había sido ejecutada–. Ahora sabía que le quedaban muy pocas horas para reunirse con Luis XVI. La mañana del 16 de octubre de 1793, con treinta y siete años, María Antonieta caminaba hacia la guillotina entre el escarnio público. Finalmente, un sonido hueco dejó aquella gran plaza en silencio. La viuda Capeto había sido ejecutada.

Recreación de María Antonieta en la prisión de la Conciergerie. Fuente.

Recreación de María Antonieta en la prisión de la Conciergerie. Fuente

El cuerpo de la reina fue enterrado en el cementerio de la Madelaine y quedó olvidado durante años, mientras Francia se consumía entre la revolución y la llegada de Napoleón. Solo cuando los Borbones volvieron a sentarse en el trono francés, los restos de Luis XVI y María Antonieta fueron trasladados a la catedral de Saint-Denis. A partir de entonces, nació el mito: la que sin duda sería la más odiada de las reinas de Francia, pero que a la vez iba a despertar una fascinación, e incluso simpatías, difíciles de superar.

Bibliografía|

ERICKSON, C., “El diario secreto de María Antonieta”, Barcelona: Seix Barral, 2007.

FRASER, A., “María Antonieta. La última reina”, Barcelona: Edhasa, 2006.

TACKETT, T., “El terror en la Revolución Francesa”, Madrid: Pasado y Presente, 2015.

ZWEIG, E., “María Antonieta”, Barcelona: Juventud, 2007.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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