La muerte: ¿Igualadora o diferenciadora social? El naufragio de “El Juncal”.

En pleno siglo XVII se puede decir que la muerte llegó a ser “el centro de la vida”, pues tal era la preocupación para alcanzar dicho estado de acuerdo a las recomendaciones de la Iglesia. Cuando tal acontecimiento llegaba, era preciso dejar el cuerpo y salvar el alma.

A la muerte se la recibía en la cama, rodeado de parientes y un sacerdote, momento en el que se debían redactar las últimas voluntades, siendo una de ellas la renuncia a varios bienes terrenales a favor de alguna obra pía o capellanía.

Sin embargo, ¿cómo se adapta todo esto a una muerte en alta mar en medio de fieros temporales? El naufragio de Nuestra Señora del Juncal puede ilustrar bastante bien esta idea.

El galeón Nuestra Señora del Juncal fue la Capitana –a la ida– y Almiranta –a la vuelta– de la flota de Nueva España de 1630, que se hundió cerca de Campeche realizando el tornaviaje, antes de arribar a la Habana. Junto con él, se fueron al fondo del océano casi trescientas personas y una cantidad descomunal de caudales.

Viajaban en él nobles, clérigos, marineros, soldados, comerciantes… Los tres estamentos de la sociedad estaban representados en este pequeño espacio ambulante sobre el mar. Para empezar, al tratarse de la Almiranta, que junto con la Capitana constituían la defensa de las Flotas, debía ir en ella una guarnición de soldados, la llamada “gente de guerra”, compuesta por el almirante, el capitán, el gobernador de Tercio de Armada, el sargento mayor, los alféreces y sargentos ordinarios y el condestable. Vemos que no se dejaba nada al azar en una época dorada para la piratería y el corsarismo. A continuación encontramos a “la gente de mar”, formada por el maestre, contramaestre, piloto, marineros, pajes, grumetes, despenseros, calafates y buzos. Estos tripulantes eran los encargados de gobernar el barco. En cuanto al clero, el secular quedaba representado por un capellán, obligatorio para todos los buques, y el regular por un hermano de la Orden de San Juan de Dios. A todos ellos tenemos que sumarles los restantes pasajeros, de toda clase y condición, que acompañaban a esta tripulación, entre los que se encontraban marqueses y condes. En resumen, el abanico social no podía ser más amplio.

Encontramos por tanto no solo una gran diversidad social, sino una clara diferenciación en cada uno de los estamentos que viajaban a bordo del “Juncal”. Una gran barrera invisible separaba a la nobleza, fuera alta o baja, de los integrantes más profundos del tercer estado, marcada no solo en la legalidad vigente del Antiguo Régimen, sino en el prestigio u honor que se le otorgaba a unos y a otros. No era lo mismo ser hijo de un hidalgo y comenzar su carrera como ayudante de comandantes de armada que hacerlo como grumetes o pajes, reclutados en su infancia, siendo rescatado de la pobreza extrema, y sin ningún apellido.

En tierra, esta barrera invisible se respetaba y hacía notar, y cada uno ocupaba su lugar en la sociedad. Pero cuando todos comparten el mismo espacio físico, los deseos de diferenciación quedan aún más marcados. Esto fue lo que ocurrió cuando la muerte se acercó a los tripulantes y pasajeros del galeón.

Varios fueron los factores que convergieron para el hundimiento del Juncal. Para empezar, la nave fue diseñada como navío mercante, no de guerra. Por otro lado, la carga que transportaba era excesiva, puesto que llevaba la plata y mercancías de dos años, al no haber zarpado las flotas el año anterior; a ello hay que sumarle los víveres para cerca de trescientas personas. Además, la estructura del barco había quedado dañada durante la invernada en San Juan de Ulúa, pues el vaivén de las olas y el choque con otros buques le habían originado pequeñas aberturas. Pero lo que determinó el naufragio del navío fueron los vientos huracanados del Caribe, típicos de la época en la que el Juncal se hizo a la mar, a mediados de octubre de 1631.

Como era de esperar, al cuarto día de navegación les alcanzó el primer temporal, el cual causó los primeros desperfectos en la embarcación. No obstante, se decidió continuar con el viaje hacia San Cristóbal de la Habana. En este lapso de tiempo, los barcos del convoy se dispersaron, y solo quedaron la Capitana y la Almiranta. La segunda tormenta les encontró cuatro días después de la primera, lo que terminó de inundar gran parte del buque, comenzando los trabajos de achique durante noche y día. Para entonces, el Juncal navegaba solo, sin poder pedir ayuda, pues la Capitana se había hundido el día anterior sin dejar supervivientes. El golpe de gracia fue el temporal del día 30 de octubre, que se prolongó hasta el día siguiente, llegándose a consecuencia de estos a abrir una gran vía de agua en la popa, que anegó todo el barco la noche del 31 de octubre.

Naufragio de un galeón. Fuente

Naufragio de un galeón. Fuente

Fue entonces cuando el almirante, Andrés de Aristizábal, mandó que se preparara un bote para escapar en él junto con las demás “personas principales”. 

Aunque según las Leyes de Indias lo primero que ha de salvarse en un naufragio es “la hacienda y a toda la gente posible”, en la práctica, el batel que se llevaba a bordo estaba destinado al salvamento de aquellos pertenecientes a la nobleza y sus allegados. Sin embargo, era imposible sacar dicho bote, que se encontraba bajo cubierta, debido a la falta del mástil mayor, que hacía las veces de polea, puesto que este había sido cortado para protegerse de la tormenta. Sin más luz que la de los faroles del barco y en medio de un temporal, la tripulación en masa se lanzó a intentar llevar el batel a la superficie, pero quedó atrapado debajo de la crujía. La desesperación por la supervivencia era tal que incluso marqueses y caballeros se unieron a tirar de cabos y jarcias con la esperanza de una mínima posibilidad de salvamento, olvidando su estatus y haciendo un trabajo manual que jamás reproducirían en tierra firme. Solo cuando se tuvo por imposible tal cometido, los  caballeros decidieron que ya se habían deshonrado bastante, y prefirieron retirarse a la cámara de popa y prepararse para morir dignamente. Allí, en la zona del barco reservada para las “personas principales”, rezaron sus oraciones y se ataviaron con sus mejores ropas, con los hábitos de las órdenes religiosas o militares aquellos que pertenecían a ellas.

Por su parte, los marineros y demás “gente baja”, se refugiaron bajo la cubierta y también comenzaron a encomendarse a Dios, pero a voz en grito y tomando imágenes de santos patrones. Finalmente, cuando el buque se hundió al fin, el bote que habían intentado sacar quedó sobre el agua limpiamente, por lo que los marineros que sabían nadar y se encontraban más cerca pudieron subirse y escapar de la muerte.

El naufragio se saldó con 39 supervivientes, todos ellos humildes y de los estratos más bajos de la sociedad. El resto, entre los que se encontraba la nobleza, perecieron en el mar.

Supervivientes del naufragio. Fuente

Supervivientes del naufragio. Fuente

Los supervivientes, una vez en tierra, fueron arrestados por “traición y desacato a la ley”, con la acusación de haber abandonado a su suerte a los ilustres pasajeros, los cuales eran los que debían haberse salvado en el bote. No obstante, al no hallarse pruebas de ello, fueron puestos en libertad.

He aquí un caso en el que la muerte actúa como dama democrática e igualadora, pues llega a todos por igual y no hace distinción entre los hombres. Sin embargo, pone de relieve siempre las diferencias entre ellos, puesto que ante tal situación, y tan cerca de reunirse con el Creador, todos se entregan a ella de un modo que es exclusivo del grupo social al que pertenecen. En esos momentos, los nobles caballeros, que incluso se habían prestado a trabajos manuales, deciden diferenciarse del resto recibiendo a la muerte con la dignidad propia de su condición. Los demás, en un grupo social carente de honor, se entregan a ella como mejor saben, rezando a gritos en medio del mar, lo que a algunos les valió, después de todo, la salvación. Es más, era plenamente aceptado que el bote estuviera destinado a salvar solo a un tipo de personas, llegando hasta el punto de encarcelar a los que habían sobrevivido.

Todo ello deja ver pues que un rico no puede morir igual que un pobre, ni la vida de un uno vale igual que la de otro.

Esta afirmación tiene sentido en el siglo XVII, cuando la desigualdad es el principio básico de la sociedad. Pero, ¿y nosotros? Ahora vivimos en un mundo -occidental- en el que la igualdad se ha convertido en ese pilar básico. Sin embargo, ¿consideramos que todas las vidas que se pierden tienen el mismo valor? El naufragio del transbordador filipino “Doña Paz”, ocurrido en 1987, tiene el desgraciado honor de situarse a la cabeza del ranking con más víctimas mortales en todo el mundo, sumando alrededor de cuatro mil; mientras que en el transbordador haitiano “Neptune”, que naufragó en 1993, fallecieron más de tres mil personas. Sin embargo, no son estas las desgracias que han quedado en la memoria colectiva, pues no cabe duda de que el primer puesto en la fama de los naufragios lo ocupa el transatlántico “Titanic”, que ha pasado a la historia como uno de los sucesos marítimos más dramáticos. ¿No será que el Titanic era un buque europeo, con pasajeros ingleses y norteamericanos? ¿No se debe quizás su fama a que la desgracia afectó a personas de la alta sociedad? ¿Cabría la posibilidad de que, en el mundo occidental, el gran símbolo de tragedia en el mar no pudiera ostentarla un naufragio filipino o haitiano?

El Titanic. Fuente

El Titanic. Fuente

Y, si en un último esfuerzo, trasladamos los desastres marítimos a la actualidad más inmediata, quizás nos demos cuenta de que los medios de comunicación, y quizás la sociedad en general, da siempre mucha más importancia a las desgracias ocurridas en suelo occidental que aquellas que ocurren fuera de él. Quizás debemos mirar atrás, a naufragios como el del Juncal, y preguntarnos si hemos cambiado, o si debemos hacerlo.

Bibliografía

MEEHAN HERMANSON, PATRICIA Y TREJO RIVERA, FLOR, “Nuestra Señora del Juncal: Her story and her shipwreck”, en LESHIKAR-DENTON, MARGARET Y LUNA ERREGUERENA, PILAR, “Underwater and maritime archaeology in Latin America and the Caribbean”, California: Left Coast Press, 2008, pp. 67-90.

MONTERO RECODER, CYNTIA, “Encarando a la Muerte”, en Trejo Rivera, Flor (coord.), “La flota de Nueva España. 1630-1631. Vicisitudes y naufragios”, México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2003, pp. 209-242.

PÉREZ-MALLAÍNA BUENO, PABLO EMILIO, “El hombre frente al mar: naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII”, Sevilla: Universidad de Sevilla, 1996.

SERRANO MANGAS, FERNANDO, “Los tres credos de don Andrés de Aristizábal: ensayo sobre los enigmas de los naufragios de la Capitana y la Almiranta de la flota de Nueva España de 1631″, México: Universidad Autónoma de México, 2012.

Redactor: Carmen Gavilán

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