La Mesta en la España Moderna

Entre los muchos tópicos que se han tratado en la historia económica de la España Moderna, la Mesta es uno de los más relevantes, no solo por la importancia derivada de ser la principal institución que asociaba a los ganaderos castellanos, sino sobre todo por el valor estratégico que esta poseía desde el punto de vista económico, dado el extraordinario valor que la lana poseyó para las finanzas de la Corona. En el presente trabajo abordaremos tanto la evolución institucional de la Mesta como su relación con los poderes políticos durante todo el Antiguo Régimen.

El Honrado Concejo de la Mesta: orígenes de una institución medieval

Pastor medieval con su ganado

Pastor medieval con su ganado. Fuente.

Aunque no se conoce la fecha exacta de la institución de la Mesta, los primeros datos sobre la misma se remontan a los privilegios concedidos por el rey Alfonso X en 1272 y 1273, por lo que podemos situar los orígenes de esta institución en el siglo XIII. La Mesta se creó como una corporación de ganaderos que se agrupaban para defender sus intereses. Al principio solo podían pertenecer a ella los propietarios de ganadería  trashumante que pagaran los impuestos del servicio y el montazgo, que gravaban el derecho de paso de las reses, si bien más tarde se unieron los propietarios de ganado estante. Los ganaderos se organizaban por cuadrillas, estando cada cuadrilla inserta en uno de los cuatro grandes partidos que constituían la Mesta: el de Soria, el de Segovia, el de León y el de Cuenca. Los propietarios de ganado se reunían tres veces al año, aunque en 1500 pasaron a ser dos, y en dichas reuniones se votaban las decisiones a tomar y se elegían a los oficiales. En lo referente su funcionamiento, la Mesta contaba con varios cargos de diverso tipo.

En primer lugar, encontramos al Presidente, cargo creado en el año 1500 por los Reyes Católicos. El presidente se ocupaba de la administración interna de la Mesta y atendía las quejas que se presentaban contra algunos de sus oficiales, siendo este cargo un claro nexo de unión entre la monarquía y la institución mesteña. Por otro lado estaban los alcaldes, que se dividían en dos tipos diferenciados: los alcaldes cuadrilla y los alcaldes entregadores. Los alcaldes de cuadrilla eran elegidos cada cuatro años por los ganaderos y tenían la función de juzgar los pleitos que surgieran entre los miembros de la Mesta y de hacer cumplir las leyes y normas de la misma. Por su parte, los alcaldes entregadores ejercían la función de nexo entre la Mesta y el resto de la sociedad, y durante mucho tiempo fueron oficiales nombrados por el rey. Sin embargo, hay que decir que este es un esquema general, puesto que los oficiales y sus competencias variaron a lo largo de los seis siglos de existencia de la Mesta.

El apogeo de la Mesta: el reinado de los Reyes Católicos

Si durante los siglos medievales la Mesta fue una institución de importancia, con la llegada de los Reyes Católicos (1474-1516)se convertirá en un elemento de primer orden en la vida económica castellana. La condición de Castilla de potencia exportadora de lana hizo que los monarcas comenzaran a tener cada vez más en cuenta la importancia de mantener una Mesta fuerte, ya que, se creía, esto garantizaría una fuente de ingresos de enorme valor. En este sentido, el reinado de Isabel y Fernando fue un momento crucial para la buena marcha de la institución, pues se llevó a cabo toda una política promesteña destinada a facilitar y optimizar el funcionamiento de dicha institución, habida cuenta del valor que poseía la lana para las finanzas reales, ya que era una fuente de ingresos fiscales y un producto cuya exportación reportaba generosos beneficios a la Corona.

Con este propósito, lo primero que hicieron los monarcas fue recopilar las leyes y reglamentos de la Mesta y codificarlos. Hasta entonces, muchas reglas y privilegios medievales de la Mesta estaban dispersos y en ocasiones eran desconocidos dada su antigüedad y la ausencia de recopilaciones de leyes que los hicieran públicos. Para remediar esta circunstancia, en 1489 Isabel y Fernando aprobaron la Confirmación General, en la que ratificaban los privilegios que se le habían concedido a la Mesta en los siglos medievales. Además, en 1492 se llevó a cabo la primera recopilación de leyes de la Mesta, que fue ampliada en 1511. Con estas iniciativas se buscaba documentar y poner de manifiesto los reglamentos y privilegios de la institución para favorecer un funcionamiento apropiado de la misma. Además, con el objetivo de dinamizar el comercio de lana se eximió a los miembros de la Mesta del pago de la alcabala, que consistía en un impuesto del 5% sobre el valor de la compraventa.

Los Reyes Católicos Isabel y Fernando fueron un gran apoyo para la Mesta

Los Reyes Católicos Isabel y Fernando fueron un gran apoyo para la Mesta. Fuente.

A pesar de su voluntad de apoyar a los ganaderos, no solo bastaba con medidas legislativas, y los Reyes Católicos tuvieron que enfrentarse a un problema que por entonces acuciaba a la ganadería hispana: el de los pastos. Para poder viajar de un lugar a otro con sus reses, los propietarios de ganadería trashumante debían asegurarse de disponer, allá donde fueran, de pastos suficientes para dar de comer a los animales. Sin embargo, los agricultores de los lugares donde pastaban las reses mantenían intereses diferentes a los de los ganaderos, pues los primeros deseaban convertir las tierras en cultivos y los segundos mantenerlas como pastos para los animales. Con el objetivo de facilitar el acceso a los pastos de los ganaderos, los monarcas otorgaron el llamado privilegio de posesión.  Dicho privilegio consistía en la permisión a las cuadrillas de ganaderos de escoger un procurador que se encargaría de arrendar dehesas para el pasto de los animales, por lo que se garantizaba que los propietarios del ganado contarían siempre con pastos para las reses; ahora bien, estos perderían los pastos si no pagaban el arriendo de las tierras o si su ganado moría, quedando libres de nievo para cualquier otro ganadero. Todas estas medidas tuvieron un efecto positivo en el conjunto de la ganadería, pues la dotaron de un marco jurídico y fiscal favorable y contribuyeron a su desarrollo. No obstante, este posicionamiento a favor de los ganaderos por parte de los monarcas no gustó a los labradores, que a partir de este momento percibieron el poder que ostentaba la Mesta y no dudaron en intentar contrarrestarlo. Incluso existen especialistas que aseguran que la favorable política de los Reyes Católicos hacia la Mesta fue el origen de la rebeldía de muchas ciudades, cuya consecuencia última fue la rebelión de los comuneros de 1520-1522.

La Mesta en el siglo XVI

Las condiciones a las que tuvo que hacer frente el ganado en la España del siglo XVI fueron diferentes a las de épocas anteriores. Si en los últimos siglos del medievo el de los pastos no fue un problema muy acuciante debido a la relativa abundancia de tierras, no fue así en el transcurso del Quinientos. Durante todo el siglo XVI el crecimiento demográfico fue un elemento más que evidente, y para alimentar a más personas hizo falta un aumento de la superficie de tierra cultivable a través de roturaciones a costa de los pastos. Como cabe pensar, esta circunstancia no gustó en absoluto a los ganaderos, los cuales profirieron amargas quejas ante los monarcas debido al avance del terreno agrícola, que competía con los suelos dedicados al pasto.

Durante el reinado de Carlos I (1516-1556) se aprecia una actitud mucho menos permisiva y benevolente con la Mesta que la que presentaron sus abuelos. Ya en 1542 la Mesta ofreció al monarca la nada despreciable suma de 9.000 ducados como donación si el rey accedía a ratificar algunos privilegios medievales, tal y como hicieron los Reyes Católicos en 1489. Para sorpresa de muchos, el monarca se negó a ratificar los privilegios, si bien exigió el pago del dinero, que los ganaderos se negaron a abonar. Este fue sin duda un primer encontronazo con el poder real, al que los dirigentes del Honrado Concejo no estaban ni mucho menos habituados. Muchos terrenos antaño pastos estaban siendo, a consecuencia de la expansión demográfica, reconvertidos en terrenos de cultivo. Ante esta situación, los ganaderos, que veían que perdían pastos a pasos agigantados, elevaron sus quejas al soberano, pero la respuesta no fue la que esperaban. Carlos I decidió en 1551 que los pastos convertidos en suelo agrícola sin la autorización de la Corona debían ser devueltos a su estado anterior, pero solo aquellos cuya reconversión se hubiese producido después de 1531. Así, se cedía de forma parcial ante las pretensiones de los agricultores, pues aunque se les concedía lo que pedían, solo se hacía con la condición antes expuesta.

A la llegada de Felipe II al poder (1556-1598), las cosas se complicaron aún más para la Mesta, pues el Rey Prudente no solo ratificó, sino que endureció las políticas que su padre llevó a cabo en las décadas anteriores. Para empezar, las quejas de los propietarios de ganado trashumante sobre la conversión de pastos en terrenos de cultivo continuaron, alegando además que la ley de 1551 estaba siendo violada. Ante las reclamaciones el monarca reaccionó con una actitud muy similar a la de su padre, ordenando en 1580 que todas las tierras que desde 1560 hubieran sido pastos y se hubieran reconvertido en terreno agrícola debían volver a su condición de pasto para el ganado. De nuevo el monarca ofrecía discretas soluciones a las reclamaciones de los ganaderos. Además, en la década de 1590 comenzó a otorgar un gran número de licencias para roturar tierras, lo cual no hizo sino enfurecer aún más a los propietarios de ganado castellanos.

Mesta y ganado en el Siglo de Oro

Si el XVII fue un siglo caracterizado por la mala situación económica general, aunque con matices, en el caso de los ganaderos y de la Mesta no lo fue menos. A los viejos problemas, como la competencia con los agricultores por los pastos o la negativa de los Austrias a mantener condiciones favorables a los ganaderos, se unieron los contratiempos derivados de la asfixiante fiscalidad que reinó en el Siglo de Oro y que acabó por debilitar mucho más la institución y mermar su influencia.

En esta situación, el reinado de Felipe III (1598-1621) no fue, en absoluto, un periodo de bonanza para la Mesta y los intereses de los ganaderos. Al igual que haría su abuelo Carlos, Felipe quiso siempre mantenerse en una posición casi neutral en lo que a política mesteña se refirió. Así, el monarca no respondió a las quejas y súplicas de los ganaderos, aun cuando los alcaldes entregadores ofrecían informes que acreditaban la dura situación de la Mesta, y, cuando se posicionaba a favor de los mismos, lo hacía de forma genérica y sin ambiciones de mejorar su situación. Un excelente ejemplo de esta indolente actitud fue la publicación en 1619 del Memorial sobre la conservación del Noble Concejo de la Mesta y las utilidades que de la Cabaña Real se siguen al Reino. En este escrito, el rey manifestaba su apoyo al Concejo, pero a través de manidos y antiguos argumentos, sin que de sus palabras se derivase intención alguna de intervenir en favor de los intereses de la institución y de sus miembros. Así pues, el reinado de Felipe III supuso el mantenimiento de la situación anterior de la Mesta y la confirmación de que la monarquía no estaba dispuesta, bajo ningún concepto, a interceder por los intereses de los ganaderos o a darles un trato de favor, tal y como había ocurrido en el siglo anterior.

Con Felipe IV (1621-1665), la monarquía optó por una posición mucho más conciliadora y prudente que en las décadas anteriores. El Rey Planeta intentó favorecer los intereses mesteños a través del reconocimiento de la Mesta como una institución de gran importancia y valor para la Corona. En este sentido, la política del monarca se asemejó  a la de los Reyes Católicos, que siempre abogaron por reconocer y poner en valor la importancia de la ganadería trashumante para los intereses de la monarquía. De hecho, la política promesteña de Felipe IV se materializó en una pragmática publicada el 4 de marzo de 1633. En ella se proponen una serie de medidas concretas para impulsar la Mesta, favorecer su desarrollo y contribuir a su recuperación. Entre las medidas más importantes de la pragmática, podemos destacar la orden de devolver al aprovechamiento ganadero todas las tierras de pastos que hubiesen sido convertidas en suelo agrícola sin licencia desde 1590, y facilidades a los ganaderos para acceder en buenas condiciones a las tierras de pasto.

Felipe IV trató de reflotar la Mesta como institución esencial para la economía de la Monarquía Hispánica. Fuente.

Felipe IV trató de reflotar la Mesta como institución esencial para la economía de la Monarquía Hispánica. Fuente.

En este sentido, la política de Felipe IV fue la más ambiciosa desde los Reyes Católicos, pues desde entonces ningún otro monarca se había decidido a favorecer los intereses mesteños tanto como él. Las palabras se siguieron de medidas concretas para impulsar el desarrollo de la Mesta y la ganadería como sector estratégico. No obstante, al contrario de lo que sucedió con los Reyes Católicos, cuyas medidas resultaron un verdadero estímulo para la producción lanera y la ganadería trashumante, las iniciativas de Felipe IV no fueron tan exitosas, ya que las quejas de los ganaderos se seguían produciendo con frecuencia y sus reivindicaciones eran siempre muy similares, hecho indicativo de que los problemas principales estaban todavía por resolver. Sin embargo, la propia monarquía era en parte culpable del fracaso de sus medidas puesto que favorecía la roturación y puesta en cultivo de nuevas tierras a cambio de dinero. La razón de este comportamiento no era otra que el raquítico estado de las finanzas reales, que hizo que la Corona no se lo pensara dos veces antes de favorecer a cualquiera que le aportara fondos con los que financiarse.

Con Carlos II (1665-1700), la situación no mejoró en absoluto para los ganaderos. Las quejas fueron las mismas que las que se presentaron a sus antecesores y, aunque se siguieron dictando medidas favorables a los pastores, como la concesión de moratorias en el pago de las rentas y la fijación de un precio máximo de tasa para los pastos, las medidas deflacionistas de 1680 tuvieron efectos devastadores en la ganadería castellana.

En conclusión, podemos afirmar que la política de los Austrias del siglo XVII respecto a la Mesta fue ineficaz y contradictoria en muchos aspectos, si bien algunos monarcas se implicaron más que otros. Entre las causas de esta caótica política podemos encontrar el mal estado de las arcas reales, que ya hemos mencionado y que impidió llevar a cabo una política económica coherente, puesto que la necesidad de obtener ingresos tenía prioridad sobre todo lo demás. También existían factores derivados de la propia administración de gobierno y de la justicia, puesto que en ocasiones unas instituciones dictaban medidas en un sentido y otras lo hacían en sentido opuesto. Así, en unas administraciones existían defensores de la Mesta que fallaban en favor de los ganaderos, pero en otras ocurría justo lo contrario, por lo que las medidas y las resoluciones no se aplicaban nunca.

La Mesta en la España del siglo XVIII

En contra de lo que pudiera parecer en un primer momento, la llegada de una nueva dinastía al trono español no se tradujo en un cambio en la política de la monarquía respecto a la Mesta, sino que por lo general existió un continuismo con las políticas anteriores, eso sí, no exento de las reformas de calado que se dieron en la segunda mitad del siglo XVIII.

Durante los reinados de Felipe V (1700-1746) y Fernando VI (1746-1759) se mantuvo la política promesteña de los dos últimos Austrias. Felipe V llegó incluso a ordenar en 1731 la confección de una nueva recopilación de leyes y privilegios de la Mesta al estilo de los monarcas católicos, que se materializó en el Quaderno de Leyes y Privilegios del Honrado Concejo de la Mesta, considerada la mejor recopilación de esta naturaleza jamás realizada. Además, el Rey Animoso se encargó de frenar el avance de las roturaciones y garantizar el cumplimiento del privilegio de posesión, entre otras medidas claramente favorables a los intereses de los ganaderos mesteños. A la muerte de Felipe, su hijo Fernando legisló con similar actitud a favor de la Mesta, llegando incluso a eximir a los ganaderos trashumantes del pago del impuesto del servicio y montazgo. El pago del impuesto se suprimió de forma transitoria en 1748 y de forma permanente en 1758.

Sin embargo,  no hay que olvidar que también se promulgaron medidas en contra de los intereses mesteños, sobre todo en los años del reinado de Felipe V, cuando paralelas a las medidas favorables a los ganaderos de las que ya hemos hablado se aprobaron iniciativas como la privatización de dehesas hasta entonces disponibles para pastos o la enajenación de baldíos antiguamente dedicados al alimento de los animales. Así pues, podemos decir que las políticas de Felipe V, como las de sus predecesores, fueron contradictorias en lo que al trato con la Mesta se refiere, sobre todo porque la Real Hacienda seguía precisando de ingresos, máxime cuando el país acababa de salir de una auténtica guerra civil como fue la de Sucesión.

Con la llegada de Carlos III al trono (1759-1788), la política de la monarquía en lo referente al ganado trashumante en general y a la Mesta en particular da un giro muy evidente, hasta tal punto que los especialistas en la materia consideran que el gobierno del Rey Ilustrado supone un antes y un después en el ámbito de la política de la Corona respecto a la institución ganadera. Tanto es así, que de la permisividad y cierto favoritismo respecto a la Mesta que se practicó en la primera mitad del XVIII, se pasó a la explícita hostilidad en la segunda parte de la centuria. Para explicar este cambio de actitud, los expertos han esgrimido dos razones principales que pasamos a detallar.

En primer lugar, hay que destacar el importante crecimiento de la población que se dio en el siglo XVIII, cuando la población española pasó de unos 7/8 millones de habitantes a 10,5, constatando así un incremento de alrededor de tres millones de personas. Así pues, y tal como había sucedido a lo largo del siglo XVI, solo que a una escala mucho mayor, se hizo necesaria la roturación de gran cantidad de tierras para ponerlas en cultivo y así satisfacer la demanda de alimentos que presentaba la creciente población. Además, el número de cabezas de ganado se incrementó también notablemente durante el siglo XVIII, por lo que tanto la población como los ganaderos requerían de tierras, y como es natural ningún colectivo estaba dispuesto a abandonar sus exigencias. Ante esta situación la Corona se decantó por los intereses de los labradores y por esta razón manifestó una clara oposición a las demandas de los ganaderos. Las razones por la que esto sucedió son muchas, pero podemos destacar la importancia que en el siglo XVIII se otorgó a la población como base de un estado fuerte. España era un país todavía muy despoblado en el Siglo de las Luces, y la reserva de tierras para pasto de los animales no hacía sino limitar el crecimiento demográfico, razón por la cual los reyes decidieron fomentar la roturación de tierras y así favorecer el crecimiento poblacional.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) fue uno de los grandes detractores de la Mesta. Fuente.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) fue uno de los grandes detractores de la Mesta. Fuente.

El segundo elemento importante para explicar el giro de la política mesteña de los monarcas en la segunda mitad del XVIII es de naturaleza ideológica. Recordemos que a partir del reinado de Carlos III las ideas ilustradas, base del posterior liberalismo económico, comienzaron a tomar forma en España de la mano de intelectuales como Pedro Rodríguez  de Campomanes, el Conde de Floridablanca o Gaspar Melchor de Jovellanos. La idea de una institución privilegiada cuyos miembros disfrutaban de un cierto “trato de favor” por parte de la Corona era absolutamente contraria  a los postulados del liberalismo económico, que promulgaba la libertad de comercio y de industria, así como la libre competencia, y que por entonces estaba en ciernes en Europa. El mayor exponente de la oposición de los intelectuales ilustrados a la Mesta lo encontramos en el Informe de la Ley Agraria, redactado por Jovellanos, y elevado al Consejo de Castilla en 1795, ya con Carlos IV en el trono. En dicho informe Jovellanos propuso reducir el número de leyes que existían sobre los asuntos agrícolas, favoreciendo un marco de libertad y de simplificación legal, al tiempo que proponía, no obstante, algunas medidas proteccionistas en lo que a la agricultura se refiere. Sin embargo, el punto más importante del Informe era aquel en el que el gijonés propuso la entera disolución del Honrado Concejo de la Mesta, medida drástica y que resultó ser el máximo exponente de medio siglo de pensamiento ilustrado antimesteño.

Alejándonos del marco de las ideas y centrándonos en el ámbito de los hechos y de las medidas concretas que se tomaron, encontramos que en 1779 Carlos III prohibió a los animales pastar en viñedos y olivares en cualquier época del año, y entre 1779 y 1780 la Corona intensificó la regulación de los alcaldes entregadores. En 1781 los cuatro grandes partidos de la Mesta fueron reducidos a dos jurisdicciones: una que englobaba a los partidos de Soria y de Cuenca, y otra que aglutinaba a los de Segovia y León. Para compensar estas medidas hostiles a los intereses mesteños, el monarca proclamó que aquellos pastos que sobraran en las ciudades una vez cubiertas las necesidades de sus habitantes serían reservados a los pastores para el sustento de sus reses. Durante el gobierno de Carlos IV (1788-1808), las restricciones a la Mesta continuaron, llegando el rey a abolir en 1796 la figura de los alcaldes entregadores. Así pues, aunque con matices, las políticas contra la Mesta fueron continuadas a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XVIII, en claro contraste con lo que había sucedido en los primeros 50 años de la centuria.

Crisis final de la Mesta y desaparición

El cambio propiciado en el escenario político español con la Guerra de la Independencia (1808-1814) y sobre todo con la formación de las Cortes de Cádiz tuvo un enorme impacto en la historia de la Mesta, hasta tal punto que dichas cortes la abolieron en 1812, despareciendo el privilegio de posesión un año más tarde. La eliminación de esta institución medieval no fue sino la culminación de todo un proyecto ilustrado y liberal que se gestó a lo largo de décadas, y que vio en la formación de las cortes gaditanas la ocasión propicia para llevarse a término. Con la llegada de Fernando VII al trono (1814-1833) y la abolición de la Constitución de 1812, la Mesta fue restituida a pesar de la oposición de los liberales, que al término del reinado del Deseado la abolieron definitivamente en 1836 y la sustituyeron por la Sociedad General de Propietarios de Ganado.

Con la definitiva abolición de la Mesta en la primera mitad del siglo XIX se ponía el broche a una larga tradición liberal que abogaba por la eliminación de la que se consideraba una institución propia del Antiguo Régimen, y culpable del atraso económico del país. Se llegaba pues al fin de una institución de raigambre medieval, pero que supo adaptarse con mayor o menor fortuna a las no pocas situaciones difíciles que hubo de afrontar, y que siempre ejerció presión en las altas esferas políticas. La política de los soberanos, eso sí, no fue siempre la misma, y en cada momento se tomaron decisiones en base a la coyuntura económica, política y social. Además la propia actividad de las administraciones contribuyó al desarrollo de políticas contradictorias para con los intereses y privilegios de un colectivo tan relevante como el de los propietarios de ganado trashumante. Sin embargo, la Mesta ha pasado a la historia como una de las más importantes instituciones de la España del Antiguo Régimen, manteniéndose en vigor durante nada menos que seis siglos y que incluso se intentó exportar al Nuevo Mundo.

 

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Redactor: Rafael Duro Garrido

Graduado en Historia y Máster en Estudios Históricos Avanzados, itinerario de Historia Moderna, pero sobre todo apasionado de la Historia, el saber y el conocimiento en sentido amplio. Editor de la sección Historia Moderna de Témpora Magazine. Para contactar conmigo, estoy en Facebook y Twitter.

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