La idea de España en la Transición

En noviembre de 2013, Vincenç Navarro escribía: «En España ha habido siempre dos concepciones de España. Una que monopoliza el concepto de nación, «patria indivisible de todos los españoles» y que excluye y niega que haya otras naciones, a las cuales considera en la práctica como regiones de España. Pero ha habido otra visión, la España con raíces republicanas que se creía constituida por varias naciones, con una visión no radial sino policéntrica y poliédrica, en la que distintos pueblos y naciones pudieran convivir sin exclusiones, y respetando la diversidad». Este es el punto en el que se encontraba la cuestión nacional a la altura de 1977 cuando las recién creadas Cortes Parlamentarias se disponían a dotar a España de una Constitución democrática que desmontase el entramado administrativo de la dictadura y colocasen a España en la senda de las democracias occidentales.

Sin duda, la cuestión más peliaguda de resolver fue la referente al artículo 2 del Título Preliminar que trata sobre la definición de España: ¿Qué es España?

Para responder a esta cuestión es preciso acudir a aquella idea de las dos Españas, que en este caso se refiere a la confrontación entre una España, la «de siempre» que añoraba las gestas de El Cid; una España que tuvo en la dictadura a su mejor adalid al construirse sobre esta base nacionalista (o nacionalcatolicista) un Estado centralizado que excluía cualquier elemento ajeno a esta concepción, anulando los nacionalismos periféricos que habían ido construyendo durante siglos una cultura y una identidad propia.

Frente a esta España ancestral aparece una «nueva» España, una España en la que estos nacionalismos periféricos comienzan a salir a la luz en un nuevo contexto de libertad y democracia pidiendo que se reconozcan sus particularidades y los elementos que los configuran en realidades nacionales propias.

Así pues, el legado de la dictadura fue un agravado problema regional. Como ocurriera en 1931, el nuevo sistema debía de reconstruir la estructura territorial del Estado e integrar en dicha estructura las demandas de autogobierno de las regiones. La Constitución de 1978 consagró un nuevo tipo de Estado que vino a denominarse Estado de las autonomías, estableciendo un Estado «federalizable».

La Transición y el nuevo sistema

Tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 se iniciaba en España un proceso de ruptura con el arcaico régimen que había detentado el poder durante cuarenta años. Esta transformación se decidiría entre los dos proyectos que desde los años finales de la dictadura se perfilaban para recoger el testigo de la misma. El primero de ellos, el «reformista», consistía en un cambio liderado por los sectores más moderados del viejo franquismo, cuya idea de cambio consistía en retocar algunas cosas para que el sistema tuviese una apariencia democrática.

El segundo de ellos, el «rupturista», era el que se había estado gestando en la clandestinidad de la oposición política al régimen y que tenía en los principales partidos de izquierda, PSOE y PCE, sus máximos exponentes.

Los padres de la constitución. Fuente

Los padres de la constitución. Fuente

Desde el primer momento el nuevo gobierno de Suárez iniciaría el cambio, siendo buena muestra de ello la Ley para la Reforma Política del 18 de noviembre de 1976, octava Ley Fundamental y que marcaba el desmontaje del entramado administrativo del franquismo. El siguiente paso consistía en dotar a España de una nueva ley fundamental en forma de constitución.

Sin lugar a dudas, el punto que más debates suscitó tanto dentro como fuera de la Ponencia fue el artículo 2 del Título Preliminar que versa sobre la definición de España y trata la cuestión de las nacionalidades. El texto original de la ponencia decía así:

«La Constitución se fundamenta en la unidad de España y la solidaridad entre sus pueblos y reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran»

El primer y más importante elemento es la idea de nacionalidades. Según este artículo, España es una entidad en la que se recogen distintas nacionalidades aparte de la española. Esto surge a raíz de una relación entre distintas realidades históricas: por un lado España como un Estado unitario, y por otro la existencia de una pluralidad de regiones o nacionalidades, lo que indica que pueden existir naciones que no se configuren como estados-nación.

Sin embargo, la idea de nacionalidades pronto provocó animadversiones entre los sectores conservadores de la población y del espectro político. En este sentido Alianza Popular (AP) exigirá eliminar la expresión «nacionalidades» de dicho texto dejando solamente el de «regiones», pues nación solo hay una: España, «sagrada e indestructible». Dentro del partido del gobierno, Unión de Centro Democrático (UCD), aparecen también discordancias y se presentaron algunas enmiendas a título personal (debido a la heterogeneidad y artificialidad del partido, creado ex proceso para concurrir a las elecciones generales), destacando la que propone un texto alternativo en el que reconoce la autonomía de los pueblos y las regiones, eliminando así el confuso término nacionalidades.

La idea de las regiones es interesante. Según un estudio realizado en 1976 por el Instituto Católico de Estudios Sociales de Barcelona y el Instituto de Técnicas sociales de Madrid, el español es localista. Sitúa sus preferencias sobre la ciudad en la que nació, y después de esta antepone la región a las provincias. La única excepción es Andalucía, que antepone la provincia a la región.

De este modo, la concepción nacional del artículo 2 puede entenderse como una reivindicación de las nacionalidades, o un principio de organización del Estado que trata de mitigar problemas dentro de una concepción unitaria de las autonomías.

Una vez defendidas las enmiendas, el artículo 2 quedaría reescrito de la siguiente manera:

«La Constitución se fundamenta en la unidad de España como patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que integran la indisoluble unidad de la nación española»

El nuevo texto mantenía la referencia a las nacionalidades, lo que no agradó  a los detractores de este uso, pero a cambio se recalcó por triplicado la indisolubilidad de la nación española, con lo cual se cerraba la puerta a posibles pretensiones separatistas.

La cuestión nacional entre las principales formaciones

De este debate se deduce que entre los parlamentarios de todo signo se acepta la idea de descentralizar el territorio, por lo que todos estuvieron de acuerdo en aceptar las autonomías como el mejor sistema, aunque para muchos esto significaba una federalización del territorio, lo que amenazaba con la desintegración de España.

Manuel Fraga (AP) y Santiago Carrillo (PCE). Fuente

Manuel Fraga (AP) y Santiago Carrillo (PCE). Fuente

Dado que no es posible, por cuestiones de formato, detenerse a analizar la postura de todas las formaciones políticas y las extensas discusiones parlamentarias, pasaré directamente a la postura tomada por los tres grandes bloques representados en el Parlamento: el partido en el gobierno (UCD), la principal fuerza de la derecha (AP) y los dos principales partidos de la izquierda (PSOE y PCE).

  • AP y la herencia franquista

Una vez redactado el articulado final por parte de la Ponencia, AP estará conforme con la nueva redacción del artículo 2 porque reafirma de forma clara (y reiterativa) el carácter nacional de España, así como la unidad indisoluble de la patria. Estaban conformes con todo el texto salvo, obviamente, con la expresión «nacionalidades», que pese a las discusiones y modificaciones en el Congreso, seguían repudiando, ya que «oscurece la idea de nación española y no añade ninguna novedad a la organización autonómica», por lo que es innecesario.

Este concepto de nación y nacionalidades es, según AP, discriminatorio y desigual con el resto de las regiones: habría dos tipos de españoles, los de las naciones y los de las regiones, rompiendo así el principio de solidaridad entre ellas que propugna el artículo 2.

Siguiendo esta idea, dentro de la derecha cundirá el temor a que un sistema de autonomías «federalizado» pueda degenerar en la desintegración de los territorios autonómicos. El miedo a que la autonomía de las nacionalidades desencadene la «ruptura de España» estará presente en todo el grupo parlamentario e incluso algunos señalarán que las autonomías son la «punta de lanza de la independencia y la desintegración» y pedirán el «respeto para los que consiguieron la unidad de España», es decir, piden respeto a la memoria de Franco, lo que le valió la reprobación de varios de los diputados de la cámara.

  • UCD y la problemática reelaboración de un discurso nacionalista para un contexto democrático

UCD votará a favor del artículo por atención al bien común de la nación española dejando a un lado los sentimientos nacionales o locales.

Adolfo Suárez (UCD), Presidente del Gobierno. Fuente

Adolfo Suárez (UCD), Presidente del Gobierno. Fuente

Esto lo justifican en virtud de que el artículo defiende la pluralidad histórica española y de ahí surgen las autonomías, que son un mecanismo para contentar las aspiraciones nacionalistas y mejorar el nivel socio-económico de las regiones pobres. Al mismo tiempo sirve para corregir al Estado centralista, un «poderoso leviatán» propio del proceso histórico de formación y de la dictadura franquista.

A pesar de que había sido el partido del gobierno el artífice de este artículo, no faltaron voces críticas dentro del mismo que rechazaban algunos de los elementos del texto (en concreto la referencia a las «nacionalidades»). Esto se debe, indudablemente, al carácter heterogéneo y artificial del partido.

Así pues, el artículo 2 puede considerarse como una concesión del partido gubernamental a las exigencias que planteaban los partidos de izquierda y especialmente el nacionalismo catalán en el marco de la búsqueda de un consenso general.

  • La izquierda y la idea de España: historia de dos traiciones

En los últimos años del franquismo y la Transición, la izquierda española sufrió un doble cambio que hizo que abandonara parte de sus postulados originales y se transformase en algo bastante distinto de lo que era.

El primero de estos cambios fue denunciado en 1978 por el joven comunista Federico Jiménez Losantos en su ensayo La cultura española y el nacionalismo, en el que acusaba a comunistas y socialistas de haber traicionado el legado de sus antepasados al haber incorporado a su doctrina muchos de los postulados de los nacionalismos periféricos, uniendo nacionalismo e izquierda como arma común en la lucha contra el franquismo. Este texto suscitó mucha controversia, puesto que era la primera vez que se criticaba esta colusión de ideas nacionalistas e izquierdistas desde dentro del propio comunismo.

La segunda de las traiciones se produce en la Transición, en el momento en el que tanto comunistas como socialistas abandonan ese pacto con el nacionalismo subestatal para apostar por un Estado unitario en aras de la concordia y la negociación.

La naturaleza pactada de la Transición hizo que una vez hubo triunfado el proyecto reformista como comandante del proceso, los grupos integrantes del proyecto rupturista tuvieron que aceptar su derrota e integrarse en el proceso. Así pues, tanto PCE como PSOE pasaron de defender una república federal en la que las «nacionalidades históricas» tendrían la posibilidad de independizarse en virtud del derecho de autodeterminación a participar en la creación de un Estado monárquico-unitario descentralizado que anulaba la autodeterminación.

La monopolización que del sentimiento nacional había hecho la dictadura hizo que la oposición al franquismo fuese también una oposición al nacionalismo español, que era identificado con Franco. En palabras de Andrés de Blas: «En la vida española no se registraban otras genuinas realidades nacionales que la catalana, la vasca y la gallega. La nación española era el invento de Menéndez Pelayo oportunamente rescatado por una dictadura totalitaria y, como consecuencia de ello, centralista. La deficiente contribución de la izquierda española al reconocimiento de una nación española vino compensada por el énfasis puesto en la aceptación de unas nacionalidades y regiones en confluencia con los esfuerzos de los nacionalismos periféricos». Esta circunstancia permitió que, a la altura de 1975 ambos movimientos llegaran juntos a la Transición.

Sin embargo, las encuestas de opinión manifestaban que la mayoría del electorado de izquierdas del momento estaba muy lejos de apoyar las posturas de autodeterminación que defendían los líderes. La apuesta de ambos era una federación de los pueblos de España. La apuesta federal llevaba implícita la idea de unidad de España, una unidad que pese a sus tintes franquistas, se reconoció como histórica. La contradicción entre la defensa de la autodeterminación y mantener a los pueblos de España unidos en una federación nos da una idea de los dos elementos que van a configurar la idea de España que la izquierda tiene en estos momentos: autogobierno regional y solidaridad nacional.

A pocos días del XXVII Congreso del PSOE, Felipe González explicaba que la transformación de España en una república federal era objetivo prioritario del partido pero que en tales circunstancias había dejado de ser un objetivo inmediato y debía primar el entendimiento con el gobierno: el PSOE había sacrificado sus pretensiones republicanas aceptando una monarquía siempre que el resultado fuese la democracia.

Del mismo modo, el PCE hizo una claudicación similar con el condicionante de que tenía que ceder sobremanera para lograr su legalización. Carrillo se comprometió a aceptar al rey y a la bandera a cambio de la legalización: los comunistas dieron prioridad a la democracia frente al republicanismo.

Carrillo manifestaría que España era una realidad histórica e insistió en que la clase obrera española había sido forjada por un pasado común (cuestión curiosa ya que el socialismo – comunismo es internacionalista).

Conclusión

La Transición a la democracia tuvo que hacer frente a numerosos obstáculos. El primero de ellos y probablemente el más importante fue el de definir la propia identidad nacional, una tarea complicada dadas las connotaciones que ese tipo de cuestiones traía.

El monopolio que la derecha había tenido del nacionalismo español desde su gestación en la década de 1920 hizo que durante la dictadura se generase un nacionalismo excluyente que no aceptaba cualquier interpretación que difiriese lo más mínimo de esos postulados.

El guante lo recoge la oposición, que asoció la lucha contra España a la lucha contra el régimen; y cuando llegó el momento de construir el nuevo orden se encontró en una encrucijada.

Para Borja de Riquer y Álvarez Junco, la debilidad de la identidad española es el resultado de la escasa eficacia del proceso nacionalizador del siglo XIX, debido a la ausencia de un amplio consenso en la opinión pública respecto a la legitimidad de las élites gobernantes, la carencia de símbolos nacionales aceptados y el sesgo conservador y nostálgico de la propuesta nacionalista que acabó dominando frente al mensaje nacionalizador más integrador de los liberales.

La situación actual no difiere mucho. Cuando parecía que con el sistema autonómico los problemas nacionales habían quedado superados se ha producido un resurgimiento de fenómenos periféricos que pretenden replantear lo acordado en 1978. Ante esta nueva oleada las reacciones son similares: oposición total por parte de la derecha a cualquier alternativa al texto constitucional y una posición ambigua por parte de la izquierda que se muestra timorata entre el apoyo y el rechazo a la autodeterminación mientras pretende desenterrar el hacha del federalismo.

Bibliografía|

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QUIROGA FERNÁNDEZ DE SOTO, Alejandro. “Coyunturas críticas. La izquierda y la idea de España durante la Transición, Historia del presente,  Nº 13, 2009 (Ejemplar dedicado a: ¿Una patria invisible?).

Redactor: David Ortega Guirado

Licenciado en Historia por la Universidad de Granada, máster en Docencia por la misma universidad y máster en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. Interés en Historia Contemporánea, historia de la vida cotidiana, historia del nacionalismo e historia del socialismo.

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