La humillación espartana: La campaña de Pilos y la batalla de Esfacteria

De entre todos los guerreros de la Historia, los hoplitas espartanos son tomados sin lugar a duda como unos de los mejores, o de los más mitificados. Pero la verdad es que sus derrotas no solo estuvieron repletas de gloria y heroísmo como en las Termópilas, también tuvieron algunas llenas de impotencia y vergüenza como veremos hoy. La batalla de Esfacteria, sucedida en el año 425 a.C. es una de ellas.

La batalla que vamos a tratar sucedió durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), un conflicto que enfrentó a dos poleis famosas por su enemistad, Atenas y Esparta, las cuales al mando de sus respectivas coaliciones o ligas, sumirían a Grecia en una guerra que incluso para sus contemporáneos, rebasó todos los horrores conocidos.

Dentro de esta guerra es donde encontramos una de las mayores humillaciones recibidas por Esparta en un campo de batalla. Ocurrió durante la campaña de Pilos, y es de reconocer, que si bien terminó siendo una aplastante victoria ateniense, estuvo marcada por el azar desde su principio. En esos años, los espartanos saqueaban los campos del Ática y atacaban a los aliados más débiles de Atenas, mientras éstos solo podían observarlos impotentes tras sus largos muros, los cuales les permitían continuar la guerra y participar de ellas solo a través de su flota.

Sería a través de esta flota como se daría pie a esta batalla, ya que una flota ateniense de cuarenta naves partió para reforzar a sus aliados de Sicilia, pero como si del barco de Ulises se tratara, una tormenta la desvió del rumbo llevándola hasta la bahía de Navarino. Esta bahía está casi cerrada completamente por la isla de Esfacteria, y al norte se encuentra el emplazamiento de lo que fue la ciudad micénica de Pilos. Cuando el general Demóstenes reparó en que se encontraba a tan solo 75 kilómetros de Esparta, y que era una zona deshabitada, decidió permanecer allí y retrasar los planes previstos. Podría levantar una fortaleza muy cerca de la capital enemiga, cosa que les abriría la posibilidad de realizar  incursiones en suelo enemigo, o les permitiría ayudar a las sublevación de los esclavos ilotas, quienes mantenían la economía espartana. Con estos argumentos, convenció a la flota, comenzando de inmediato el levantamiento de un fuerte en la antigua acrópolis de Pilos, enclave que por su proximidad al mar, podía ser abastecido por sus barcos pese a estar sitiados.

Mapa de la Bahía de Navarino y disposición de las fuerzas espartanas y atenienses durante la campaña de Pilos. Fuente.

Mapa de la Bahía de Navarino y disposición de las fuerzas espartanas y atenienses durante la campaña de Pilos. Fuente.

Durante seis días los atenienses trabajaron en la fortificación de Pilos, la cual cuando estuvo terminada fue ocupada por una pequeña guarnición mientras la flota partía de nuevo. Los espartanos, que en un principio restaron importancia a estos trabajos, terminaron por percibir el peligro y dejaron el saqueo del Ática para enviar un ejército, confiados en que sería un problema fácil de solucionar. Cuando llegaron los espartanos enfocaron una táctica que evitara un asalto frontal, ya que la pérdida de cada soldado espartiata era irremplazable. Es por ello que mientras el grueso del ejército sitiaba el fuerte, enviaron un contingente de 420 hoplitas con sus ilotas a la isla de Esfacteria, a la vez que cerraban el canal de entrada a la bahía de Navarino con sus buques. Esto impediría que los atenienses abastecieran su fuerte, y la rendición sería cuestión de tiempo. Pero los pocos barcos atenienses que quedaron partieron para avisar al grueso de la flota.

Finalmente los espartanos decidieron  expulsar a los atenienses e intentaron un asalto por tierra y mar a la fortaleza, durante este asalto, según el ateniense Tucídides, se dio una situación contraria a lo normal en la guerra, ya que eran los espartanos quienes tenían la supremacía marítima. Este autor también nos señala la valerosa acción llevada a cabo por el espartano Brasidas, un capitán de un buque que combatió con arrojo en la proa de su navío para intentar desembarcar. Pero fue herido al perder su escudo y lo retiraron del combate, cosa que le permitiría volver sano y salvo. Este personaje llegaría a ser una figura clave durante la guerra, y su escudo, puede que terminara siendo un valorado premio para los áticos.

Hasta tal punto se habían vuelto las tornas, que los atenienses se defendían desde tierra, y tierra laconia por añadidura, contra los lacedemonios que los atacaban por mar, en aquel momento enemiga, intentaban efectuar un desembarco contra los atenienses” (Th. 4,12,3).

Pero la maniobra resultó un fracaso y tras esta acción combinada, los espartanos perderán la iniciativa, que a partir de este momento pasara al bando ateniense. A los pocos días, lo que pensaron que sería un problema menor, termino por convertirse en una situación más que preocupante. El conflicto en la zona de Pilos se alargaba en el tiempo, permitiendo que apareciera en el horizonte la flota ateniense que volvía de Corcira. Formada por más de 35 naves más los soldados embarcados, no les fue difícil derrotar a la flota lacedemonia que tuvo que retirarse. Los atenienses tomaban así el control de la bahía de Navarino, pudiendo abastecer de nuevo la fortaleza y dejando al contingente de 420 espartanos aislados a su suerte en la isla de Esfacteria. Mientras tanto, el contingente espartano situado en tierra firme contemplaba impotente la colina que tenían sitiada pero que no podían tomar, y a sus compañeros aislados en la isla rodeados de una poderosa flota enemiga.

Los espartanos, viendo esta situación intentaron llegar a un acuerdo para salvar al contingente de la isla, para lo que entregaron los pocos buques que les quedaban como fianza, y enviaron emisarios a Atenas. Durante esta tregua los atenienses permitieron el envío de una cantidad fija de comida y vino por cada soldado en la isla, y otra mitad más de esa cantidad para los ilotas que les acompañaban.  Pese a la pésima situación que sufrían los espartanos de la isla, siempre todo puede ir a peor, y así sucedió. Un incendio fortuito ocasionado por el fuego usado para comunicarse con el campamento espartano de tierra firme arrasó toda la vegetación de la isla. Quedaban así todas las posiciones espartanas al descubierto,  a la vez que todo se cubría de ceniza y se eliminaba la sombra, tan necesaria durante ese mes de agosto.

En estas negociaciones los atenienses, empujados por el populista Cleón, explotaron su posición favorable y pusieron unas condiciones inaceptables, provocando que los espartanos volvieran sin aceptar un acuerdo. Viendo como los espartanos se veían forzados a negociar, el ánimo ateniense aumentó, quienes a sabiendas de no tener clara la victoria, enviaron más refuerzos a la bahía. La campaña de Pilos llevaba más de cincuenta días sin un resultado claro, y la llegada del invierno amenazaba la ocupación ateniense en Mesenia. Será en este momento cuando Cleón asegure que es capaz de derrotar y capturar a los espartanos de la isla en menos de veinte días, por lo que Demóstenes, ante tal bravuconería, le invitara a hacerlo esperando bien el fracaso de su enemigo político, o bien la victoria de su ciudad.

En la isla de Esfacteria, los espartanos se encontraban divididos en tres grupos, el grueso acampado en el centro de la isla junto al único punto de agua, y dos puestos de vigilancia con treinta soldados cada uno en los extremos norte y sur de la isla. Estos se encargaban de la vigilancia de las fuerzas enemigas, uno vigilando el canal al sur, y el otro controlando a los atenienses de Pilos. En total sumaban 420 hoplitas y unos 400 ilotas que combatirían como infantería ligera, aunque debido a su condición de esclavos no se esperaría mucho por su parte.

En el otro bando, los atenienses habían conseguido reunir en la zona entre 800 y 1000 hoplitas, junto con un gran contingente de infantería ligera formado por unos 800 arqueros, otros 800 soldados mesenios que esperaban liberarse de la opresión espartana, y un gran numero de remeros sacados de los buques, que aunque armados algunos con lo que encontraron, incluso con palos y piedras, hacían ascender las tropas ligeras a casi 10.000 infantes. Con una proporción de 25 a 1, los atenienses, tras 71 días en Mesenia, se  decidieron a tomar la iniciativa y desembarcar en la isla.

El primero de los desembarcos se realizó al alba por un pequeño grupo de unos 800 hombres cerca del extremo sur de la isla. Su objetivo era acabar con el puesto de observación del canal, cosa que consiguieron con una facilidad inesperada, puesto que les sorprendieron en sus lechos. Parece ser que pensaron que los buques llevaban a cabo sus rutinas, y no esperaban un desembarco. Una vez eliminado este puesto de observación, el resto de la flota ateniense desembarco en la zona central de la isla, dejando embarcada solo una fila de remeros para poder maniobrar. El contingente espartano quedaba de este modo rodeado por enemigos, no obstante, en ningún momento se llegó a entablar combate entre falanges. Cleón evitaba de este modo el método de guerra tradicional griego, confiando en su superioridad numérica. La falange espartana, preparada para el combate, será atacada por los flancos y por retaguardia, donde la incesante lluvia de proyectiles de honda, jabalinas y flechas, irán cobrándose a un espartano tras otro. Los intentos espartanos por llegar al cuerpo a cuerpo tendrán como respuesta una retirada, incluso Tucídides nos describe como algunos espartanos salían de la formación corriendo para intentar alcanzar a los hostigadores enemigos, pero su pesado equipo y el hecho de perder la protección de sus compañeros les hacía ser presas fáciles.

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Los casi diez mil infantes ligeros acosan sin tregua a la falange espartana, que incapaz de entablar combate, decidirá retirarse. Fuente.

La impotencia del contingente espartano les hizo buscar un lugar más seguro, moviéndose lentamente y sin romper la formación hacia el puesto de vigilancia que conservaban al norte de la isla. Por el camino, los soldados heridos fueron quedándose rezagados, estando a merced de sus enemigos que, pese a ser peores guerreros y no ir tan bien armados, les obligaban a retroceder. Cuando llegaron a la colina del puesto norte, que al parecer tenía ruinas de una construcción anterior, los espartanos no sólo habían dejado atrás a parte de sus compañeros, también habían abandonado el único punto con agua. Sitiados en la colina, sin agua y sin salida, los espartanos decidieron permanecer allí puesto que un barranco les cubría la retaguardia, y podían ofrecer mejor resistencia. Pero el capitán de las tropas mesenias, un tal Comón, pidió a los atenienses un pequeño grupo para ascender a las ruinas por un sendero que recorría el barranco. Fueron de este modo, atacados nuevamente por todos sus flancos,  presentando una resistencia postrera a los enaltecidos atenienses. Según nos cuenta Tucídides:      

“Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos como los que peleaban contra los persas en las Termópilas, (…) siendo acosados por todos lados y heridos, no se podían defender;  y viendo que peleaban tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir, sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las entradas del lugar” (Th. 4, 36, 7)

 

Un espartano cae a manos de soldados atenienses armados con lanzas y piedras. Ilustración realizada por Jose Maria Soto Aboal

Un hoplita espartano herido queda indefenso ante la infantería ateniense, quien termina por darle caza fuera de su formación.
Ilustración realizada por José Maria Soto Aboal.

Cleón, que quería conseguir prisioneros espartanos como prometió, les ofreció entregar las armas y salvar la vida. Y entonces los espartanos, ya sin esperanza de salir de allí, tras estar cincuenta días aislados en la isla (de los que solo recibieron alimentos veinte), desmoralizados por toda la jornada sufriendo un combate desigual en el que no podían intervenir salvo pereciendo, con un campo de batalla lleno de polvo y ceniza bañado por un duro sol de agosto, capitularon. El tercero al mando, puesto que los dos jefes habían caído, le preguntó a los espartanos en tierra que debía hacer, pero estos no quisieron intervenir en tal decisión. Así que los 280 soldados que quedaban con vida en aquella colina, hicieron lo que nunca se hubiera esperado de un soldado espartano, tras una decisión tomada en común, aceptaron la vergüenza y se entregaron a los atenienses.

 “De entre todos los hechos que esta guerra de los griegos, éste fue el más sorprendente; pues pensaban que los lacedemonios no entregarían las armas ni por hambre ni por otra necesidad, sino que morirían con las arma en la mano” (Th.  4, 40,1).

La batalla de Esfacteria fue una victoria ateniense que solo ayudó para subir la moral, y hacer ver que los espartanos podían rendirse, rompiendo para sus contemporáneos ese mito de soldado invencible. También se demostró la versatilidad de las tropas ligeras, unas tropas muy económicas de equipar que, basándose en el acoso y la movilidad, podían derrotar a los mejores. Sin embargo, paradojas de la Historia, la guerra la terminaría ganando Esparta al frente de la Liga del Peloponeso, mientras los 280 espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron el escarnio hasta su liberación en la Paz de Nicias (421 a.C.).

Cuentan que uno de los prisioneros fue preguntado por un ateniense, si sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, respondiendole que: “Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines”, puesto que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se podía juzgar si murieron o no como bravos.

Bibliografía|

CONNOLLY, Peter. “Greece and Roma at War”, Londres, 1981.

TUCIDIDES. “Historia de la Guerra del Peloponeso III-IV” Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 2003.

QUESADA SANZ, F., “Armas de Grecia y Roma”, Madrid: La esfera de los libros, 2008.

PASCUAL GONZALEZ, José; DOMINGUEZ MONEDERO, Adolfo. “Esparta y Atenas en el s.V a.C.”, Madrid, 1999.

Redactor: Mikel López Aurrecoechea

Licenciado en Historia por la Universidad de Murcia, especializado en Historia Antigua, y arqueología. Intereses en Historia de Grecia y Roma, arquitectura naval e historia militar.

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1 Comentario

  1. Acostumbrados al cuerpo a cuerpo y el frenesí del combate tradicional de falanges, no les quedo mas que rendirse y aceptar la derrota.

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