La fundación de ciudades en la América hispana (I)

Desde los inicios del descubrimiento del Nuevo Mundo la ordenación de los nuevos territorios conquistados, con la consiguiente fundación de ciudades, se convirtió en una de las prioridades por parte de los colonos.  Así lo afirma el cronista e historiador Francisco López de Gomara en su Historia General de las Indias (1552):

“Quien no poblare no hará buena conquista, y no conquistada la tierra no se convertirá la gente; así que la máxima del conquistador ha de ser poblar”.

La Corona fue la primera en darse cuenta de la necesidad de establecer bases colonizadoras en las nuevas tierras, con el objetivo de confirmar los territorios conquistados y poder controlar así la región circundante. A esta motivación principal se suman otras de índole comercial, para establecer centros de explotación agrícola y minera, y religiosa, con el fin de servir de base para el proceso de evangelización. No faltan, igualmente, motivaciones de carácter militar y de defensa, tanto del territorio conquistado como de agentes externos tales como la piratería.

"La fundación de Lima por Francisco Pizarro el 18 de enero de 1532", por Francisco González Gamarra (1890-1972). (Fuente)

“La fundación de Lima por Francisco Pizarro el 18 de enero de 1532″, por Francisco González Gamarra (1890-1972). (Fuente)

Al igual que sucedía con la repoblación en España, en América es también el rey quien ostenta el privilegio de fundar nuevas ciudades, solo que en el caso americano, dada la distancia, se ve obligado a delegar este privilegio en un representante: el capitán o adelantado. Una vez conquistado el territorio en nombre de los reyes por parte de dicho capitán, se examinan detenidamente las condiciones del terreno y se establece el lugar apropiado para el asentamiento. La ceremonia de fundación de la nueva ciudad estaba rodeada de un fuerte simbolismo, que se manifestaba en las propias invocaciones realizadas: “En el nombre de Dios, de nuestra Señora Santa María y de Santiago, patrón y defensor de los reinos y señoríos de España”. Durante dicha ceremonia estarán presentes tres elementos fundamentales: la cruz, como símbolo del poder espiritual, es decir, la Iglesia; el rollo, símbolo del Cabildo;  y la picota, como representación de la Audiencia. Finalmente, se realiza el acta de fundación ante escribano y testigos que den fe de lo acontecido. Las dos pinturas que se muestran en el presente artículo, si bien pertenecen a una visión historicista de corte decimonónico, dan buena fe del ambiente que debió vivirse en las fundaciones de estas ciudades.

La mayor parte de fundaciones se llevaron a cabo en poco más de medio siglo. Si bien es cierto que desde los primeros momentos de la conquista ya se fundaron importantes ciudades como Santo Domingo (1494) o La Habana (1514), será entre 1522 y 1573 cuando la política fundacional española alcance su mayor esplendor, con la fundación de casi 200 ciudades, entre ellas algunas tan importantes como México (1523), Guatemala (1523), Quito (1534), Lima (1535), Buenos Aires (1536), Bogotá (1538), Santiago de Chile (1541) o Caracas (1567). A estas ciudades, hoy día capitales de sus respectivos países, se fueron sumando otras fundaciones de menor rango que, en buena medida, fueron debidas a un fuerte impulso de la explotación minera, como es el caso de Taxco y Guanajuato, ambas en México. Este ímpetu fundador demuestra la importancia que la Corona otorgó a la ciudad como agente de control y denominación en el proceso de la conquista americana, convirtiéndose así en uno de los puntos clave del éxito español en América.

Una vez superada la primera fase de asentamiento, será a partir de 1502 cuando se configure de manera definitiva el proceso de poblamiento a partir de la figura de Nicolás de Ovando, nombrado en ese mismo año gobernador de las Indias por la Corona. Los primeros establecimientos antes de la llegada de Ovando tenían, en realidad, un carácter de aprovisionamiento para las expediciones de los descubridores. Es ahora cuando se comienzan a fundar ciudades con un carácter ya más permanente. Las fundaciones de Ovando se llevan a cabo en la isla de La Española, con ciudades como Salvatierra de la Sabana, Santa Cruz Ycayagua o Puerto Plata. A la marcha de Nicolás de Ovando, La Española contaba con una población de más de 3.000 habitantes repartidos en un total de quince villas.

A la campaña de fundaciones iniciada por Ovando en las Antillas pronto se sumaron otras como las de Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba, lugar adonde había sido enviado por Diego Colón en 1511 con el fin de conquistar y poblar la isla, convirtiéndose posteriormente en el primer gobernador de la misma. Velázquez se encargará de mejorar el sistema de “establecimientos” de Ovando creando poblamientos estables, con la fundación de importantes villas como Baracoa, Santiago de Cuba, Bayamo, Puerto Príncipe, Trinidad y la Habana.

La fundación de ciudades en América está también estrechamente ligada a nombres de conquistadores tan relevantes como Francisco Pizarro y Hernán Cortés. Este último, líder en la conquista de los territorios mexicanos, sería el fundador de ciudades como Veracruz (1519) y México (1523), convertida esta última en capital del Virreinato de Nueva España. Los planes iniciales de Cortés durante la conquista de México se centraron en la toma de la capital azteca, la gran Tenochtitlán, con el fin de utilizar sus infraestructuras y adueñarse del sistema organizativo  y político de los mexicas, y reconvertirla así en una nueva capital que sirviera como base para la penetración de los conquistadores en nuevos territorios.

"La segunda fundación de Buenos Aires en 1580 por Juan de Garay", por José Moreno Carbonero, 1909. (Fuente)

“La segunda fundación de Buenos Aires en 1580 por Juan de Garay”, por José Moreno Carbonero, 1909. (Fuente)

Pizarro, por su parte, había sido nombrado gobernador y capitán general del Perú por Carlos V en la capitulación de Toledo de 26 de julio de 1529, por lo que centrará su actividad fundacional en la zona andina. Allí fundará importantes ciudades como Cuzco (1534) y Lima (fundada como Ciudad de los Reyes en 1535). La elección de Lima como la capital de los nuevos territorios conquistados en Perú se debió, al igual que había sucedido en México, a que Pizarro la consideró una zona estratégica al estar situada junto a la costa. La acción en la zona andina se completó con la labor colonizadora de Diego de Almagro, fundador de Trujillo (1535) en Perú y de Riobamba (1534) en Ecuador.

Llegados a este punto, cabe preguntarnos cómo se regulaban estas fundaciones por parte de la Corona. Ya en tiempos de los Reyes Católicos contamos con algunas menciones relacionadas con el medio natural y con la población indígena existente, como se puede rastrear en las Capitulaciones a Diego de Lepe de 1501 o las de Rodrigo de Bastidas de 1500.  Las instrucciones dadas en el año 1501 por el rey Fernando el Católico a Nicolás de Ovando, gobernador de Santo Domingo, son un buen ejemplo de esta primera etapa de ordenanzas:

“En la isla Hispaniola son necesarias hacer algunas poblaciones y de acá no se puede dar a ello forma cierta; veréis los lugares e sitios de la dicha isla y conforme a la calidad de la tierra y sitios y gente allende los pueblos que ahora hay, haréis hacer las poblaciones en el número que vos pareciere”.

Sin embargo, no será hasta 1513, con las instrucciones dadas a Pedrarias Dávila, cuando se haga referencia por primera vez al reparto de terrenos para nuevos poblamientos:

“…Habréis de repartirlos solares del logar para hacer las casas, y estos han de ser repartidos según las calidades de la persona e sean de comienzo dados por orden; por manera que fechos los solares para plaça, como el logar en que hobiere la iglesia, como en el orden que tovieren las calles; porque en los logares que nuevo se facen dando la orden en el comienzo sin ningún trabajo quedan ordenados e los otros jamás se ordenan…”

De este modo, hasta la aparición de las primeras leyes lo único que tenemos son algunas instrucciones que comienzan a perfilar los trazados ordenados que se plasmarán en las normas posteriores. Tal es el caso de las instrucciones dadas en 1517 a los padres jerónimos para poblar Puerto Rico:

“… Que vayáis a dicha isleta y tracéis el mejor sitio de los que os pareciere para dicha ciudad y tracéis la iglesia ancha,… Dejaréis anchura proporcional de cuadra donde sea la plaza principal, y las calles serán anchas y los solares que a los vecinos se han de dar, sean en los mismos lugares y partes cercanas de la dicha iglesia y plaza y además de esto señaléis los solares que fueran menester para hacer un hospital y casas oficiales.”

Los presupuestos establecidos en las instrucciones a Pedrarias Dávila serán retomados en otra serie de instrucciones durante la década de 1520, como las enviadas por la Corona a Hernán Cortés en 1523 con el fin de poblar la Nueva España. Tanto las instrucciones de Pedrarias Dávila como las de Hernán Cortés tuvieron su aplicación práctica en la construcción de la Ciudad de México. Dentro de esta normativa todavía embrionaria también cabe destacar la ordenanza promulgada por Carlos V en 1526 ante la extensión de los nuevos descubrimientos:

“Habiéndose hecho el descubrimiento por mar o por tierra conforme a las leyes y órdenes que de él tratan y elegida la provincia y comarca que se hubiere de poblar y el sitio y lugar de hacer las nuevas poblaciones y tomando asiento sobre ello, guarden la forma siguiente: en la costa del mar sea el sitio levantado sano y fuerte, teniendo consideración al abrigo, fondo y defensa del puerto, en estas y demás poblaciones de tierra adentro, elijan el sitio sin prejuicio de los indios y naturales o con su libre consentimiento y cuando hagan la planta del lugar repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ellas las calles a las puertas y caminos principales y dejando tanto compás abierto que aunque la población vaya en gran crecimiento se pueda proseguir y dilatar en la misma forma.”

Todas estas normas previas serán recogidas de manera definitiva en las Ordenanzas de descubrimiento, nuevas poblaciones y pacificación de las Indias, promulgadas por Felipe II el 13 de julio de 1573. Este amplio código legislativo aparece cuando ya las principales ciudades habían sido fundadas, por lo que se trata de la consecuencia de recoger las experiencias ya realizadas, experiencias que en cierto modo habían demostrado ser útiles en el territorio a poblar, especialmente en lo referido al trazado urbanístico. En este caso, pues, podemos decir que la práctica precedió a la norma.

Las Ordenanzas de Felipe II no solo se centran en definir el trazado que debían de seguir estas nuevas ciudades, sino que además trata temas relacionados con las condiciones ambientales, la economía, las comunicaciones, el abastecimiento de agua y la forma de gobierno, con sus respectivas características político-administrativas. En primer lugar, las Ordenanzas hacen referencia a las condiciones generales que debía tener el lugar elegido para el asentamiento de la nueva ciudad:

“Elíjase región teniendo consideración de que sea saludable, que no se vieren cosas nocibles; sanos frutos, cielo claro y benigno, aire puro y suave, ni exceso de calor o de frío… Tierras fértiles, buena tierra para sembrar, pasto para ganados, montes con árboles para leña y materiales para casas y edificios, agua abundante para beber y regadíos…buenas entradas y salidas por mar y buenos caminos para entrar y salir fácilmente…”

Muy reveladora resulta la Ordenanza XXXVI, pues nos indica uno de los objetivos principales por el cual se llevaban a cabo estas fundaciones:

“…Y que sean pobladas de indios e naturales a quien se pueda predicar el Evangelio, pues este es el principal fin para que mandamos hacer los nuevos descubrimientos y poblaciones.”

Una vez escogido el lugar, continúan las ordenanzas:

“…Lo primero que ha de hacerse es poner los cimientos de las murallas y de las torres…una vez fortificada la cuidad deben trazarse las parcelas que ocuparán las casas y las calles y los paseos, teniendo en cuenta las condiciones del clima.”

Estas ordenanzas de Felipe II van a establecer el modelo definitivo de ciudad americana, de traza regular y con la plaza mayor como eje principal. Las características del urbanismo hispanoamericano, así como los distintos tipos de ciudad, serán objeto de análisis en una segunda parte de este artículo.

Bibliografía

AGUILERA ROJAS, J., “Fundación de ciudades hispanoamericanas“, Madrid: Editorial Mapfre, 1994.

AGUILERA ROJAS, J., “Urbanismo español en América: [exposición]“, Madrid: Editora Nacional, 1973.

DE CADENAS Y VICENT, V., “Carlos I de Castilla, señor de las Indias“, Madrid: Ediciones Hidalguia, 1988.

GUIDONI, E.; MARINO, A., “Historia del urbanismo: el siglo XVI“, Madrid: Instituto de Estudios de Administración Local, 1985.

LUCENA GIRALDO, M., “A los cuatro vientos: las ciudades de la América hispánica“, Madrid: Marcial Pons, Ediciones de Historia,  S.A., 2006.

MÍNGUEZ, V.; RODRÍGUEZ, I., “Las ciudades del absolutismo: arte, urbanismo y magnificencia en Europa y América durante los siglos XV-XVIII“, Castellón de la Plana: Publicacions de la Universitat Jaume I, 2006.

SANZ CAMAÑES, P., “Las ciudades en la América Hispana: siglos XV al XVIII“, Madrid: Sílex, 2004.

Redactor: Daniel Vizcaíno Ruiz

Graduado en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Máster en "Arte, Museos y Gestión del Patrimonio Histórico" por la Universidad Pablo de Olavide. Apasionado por todo aquello relacionado con el arte, la historia y la cultura en sus muchas ramas. Gran defensor de las humanidades.

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3 Comments

  1. Muy buen artículo. Gracias desde Argentina.

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  2. ;) me gusta

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