A la espera de los Jóvenes Revolucionarios

Isaiah Berlin rescata en Pensadores Rusos una obra de Turgueniev, Padres e Hijos, la cual nos va a servir para introducir esta publicación. En ella se relatan las confrontaciones entre los jóvenes radicales, predecesores de los bolcheviques, con los liberales y conservadores de la Rusia del siglo XIX. En una de sus páginas aparece una interesante conversación entre un padre y su hijo acerca de la posibilidad de que en algún momento estallase la revolución en suelo ruso: «Tenéis sustancia pero no fuerza» —dijo el joven— «Y vosotros tenéis fuerza pero no sustancia» —replicó el hombre de mediana edad(1). Aun habiendo una gélida y extensa estepa de por medio, y casi un siglo de diferencia, la mentalidad de esos jóvenes rusos no se diferenciaba demasiado de la de muchos europeos que, durante el periodo de entreguerras, fueron adquiriendo los mismos rasgos de aquellos radicales. Una generación que creció bajo el ritmo de las bombas y los tambores; una que se va a convertir en protagonista de este artículo debido a que de ellos surgirá parte de nuestra visión acerca de los jóvenes y la revolución.

De las muchas brechas que se produjeron entre 1914 y 1945, la generacional es una de las más significativas. El drama de miles de europeos tras el inicio de la Gran Guerra residió en que gran parte de ellos eran conscientes del buen momento que se acababa. Como bien relata Zweig en su Memorias de un Europeo, nadie hubiera apostado una milésima parte de su salario por que las tensiones entre países se hubiesen materializado, como así sucedió, en un conflicto mundial. La Belle Époque, con su seguridad, optimismo y tensa paz, era reconocida por toda una generación que entró en pánico conforme leía las apocalípticas páginas de la Decadencia de Occidente de Oswald Spengler. Un auténtico Best-Seller que formaba parte de un clima de pesimismo y miedo que afectó de manera desigual a lo largo del Viejo continente. Aquellos que habían nacido en los primeros compases del agitado siglo XX no tuvieron la oportunidad de beneficiarse de los frutos de aquella época que sus padres sí recordaban nostálgicamente. En cambio, tuvieron que prosperar en los años del radicalismo ideológico, la crisis económica y la política de masas; la brecha parecía insalvable. La impresión que muchos tenían es que era imposible retornar a aquellos años previos a la guerra; el sistema parlamentario y capitalista había fracasado, y tampoco era capaz de reaccionar ante lo que muchos profetas denominaban la crisis moral de Europa. Desde Rusia, Italia, Alemania, Austria, Bélgica o Rumanía comenzaron a surgir cantos de sirena, que resultaban enormemente atractivos para una generación de jóvenes dispuestos a romper con el tablero y crear uno nuevo bajo sus propias directrices. Estaban dispuestos a asumir un papel activo en la conformación de un nuevo mundo que poco tendría que ver con el anterior a la Gran Guerra; rechazando los caminos de la democracia liberal, una que, según entendían ellos, había sido incapaz de defender sus intereses debido a que estaba conformada por políticos al servicio de unas élites que remaban en su propio beneficio. ¿Nos suena de algo?

Sería fantástico poder adentrarnos en las mentes de todos esos muchachos alentados por los movimientos totalitarios. Sin embargo, como cirujanos de la historia, vamos a escoger una pequeña muestra correspondiente a la Segunda República Española; una pieza más del enorme e incompleto puzle histórico de Entreguerras que nos va a aproximar a una realidad bastante similar a la del marco continental. El periodo que transcurre entre 1931 y 1936 se produjo una auténtica mediatización de la política en las vidas de casi todos los españoles. Las tensiones internacionales, pero sobre todo las internas, produjeron un clima de ideologización extrema en todos los aspectos del día a día, afectando sobre todo a la juventud. Veamos el peculiar caso del sevillano Antonio Velasco. Con apenas quince años, nuestro protagonista se encuentra ya afiliado a las juventudes del Partido Comunista y es detenido el cuatro de abril de 1934 por tenencia ilícita de armas. Sin embargo, su trayectoria delictiva no se limitó a este suceso, y es que en junio del mismo año decidió darse de baja de la organización marxista para afiliarse a Falange Española. Le faltó tiempo para demostrar a la jefatura sevillana su valía, ya que, en menos de un año, volvería a ser detenido en dos ocasiones más por portar pasquines ilegales en los que se hacía propaganda de Falange(2). Aunque a primera vista esta tarea pueda parecernos superflua, para los falangistas era una auténtica temeridad. Los camisas azules buscaron siempre la confrontación, por eso no dudaban en ir armados a los barrios obreros a vociferar la venta de sus periódicos y pasquines; conocían perfectamente los riesgos, razón por la que iban armados, pero también el eco mediático que cualquier incidente podía provocar. Es por ello por lo que nos debe llamar la atención que un menor de edad como fue Antonio Velasco decidiera enrolarse en tal empresa. En poco más de un año, el joven Antonio Velasco había demostrado a la Falange local su total disposición hacia el partido; al igual que miles de jóvenes europeos, había decidido sacrificar su presente a cambio de grandilocuentes promesas de chamanes de la política.

Homenaje de las Juventudes Falangistas a Franco. Archivo Privado de Sancho Dávila cedidas por el profesor José Antonio Parejo Fernández (Universidad de Sevilla)

Homenaje de las Juventudes Falangistas a Franco. Archivo Privado de Sancho Dávila cedidas por el profesor José Antonio Parejo Fernández (Universidad de Sevilla)

Éste fue uno de los muchos casos que las autoridades republicanas tuvieron que afrontar. Salazar Alonso, una vez investido como Ministro de Gobernación, ya se percató en 1934 del auge de jóvenes que se enrolaban en organizaciones políticas, incluyendo Falange y el Partido Comunista. Una militancia que, por lo general, conllevaba una participación activa en todas las tareas del partido, incluyendo aquellos actos en los que más riesgo contraían. El ministerio incluiría en la Ley de Asociaciones que todos los menores de veintitrés años necesitaban un permiso de sus padres o tutor legal para poder afiliarse a cualquier organización política(3). Una medida que muestra el alto grado de preocupación que existía entre las autoridades acerca de la movilización y radicalización de los más jóvenes. Un proceso que no creemos que fuera exclusivo de las agrupaciones más extremistas. Mientras Falange, el PCE o la CNT se enorgullecían por el incremento de una juventud dispuesta a alterar de cualquier manera el orden público, partidos como el PSOE, la CEDA o el PRR tuvieron que lidiar con una joven militancia que cada vez se desentendía más de los métodos tradicionales de hacer  política.

Renovación, revista de las Juventudes Socialistas, encabezaba la portada de abril de 1932 con un Decálogo que incitaba a los jóvenes a la movilización armada y que, en caso de que las circunstancias lo pidieran, no dudaran en pasar por encima de la democracia republicana(4). Podemos suponer que esas arengas revolucionarias gustaban poco o nada a ciertos sectores de la directiva socialista, sobre todo a aquellos más pragmáticos como Julián Besteiro. Pero aquí no nos ocupa analizar la división interna del PSOE republicano sino darnos cuenta de que los jóvenes habían sido uno de los agentes más activos en muchas de las confrontaciones callejeras que ocurrieron durante aquellos años. Ellos suelen preferir la acción combativa sobre la retórica parlamentaria, «la violencia no se reducía a un mero combate físico, sino que era una actitud vital propia de la juventud»(5). En 1935 el Gobierno republicano, ante el cariz que estaba tomando la situación, aprobó otro decreto para sacar a los menores de 16 años de la militancia de los partidos. Sin duda, el Ministro de Gobernación era consciente del problema que representaba que estos sectores estuviesen tan volcados en la política, de ahí que se apresuraran a la hora de legislar contra este fenómeno. Estamos ante jóvenes que, desde edades muy tempranas, comenzaron a verse influenciados por procesos radicales de adoctrinamiento y que supusieron al final birretes para sus futuros como ciudadanos en democracia.

Sin título

Fundación Pablo Iglesias, Renovación, 17/02/1934.

¿Tenía por tanto razón Sartre cuando afirmaba que el carácter revolucionario era innato a la juventud? Probablemente no exista teoría genética alguna que lo confirme. Sin embargo, aquellos que nos dedicamos al estudio del siglo XX sí nos hemos percatado de que existe una clara tendencia en las edades más tempranas a guardar grandes esperanzas de cambio; a creer que se pueden solucionar de raíz todos aquellos problemas que evitan la consecución utópica de nuestra sociedad. Cada generación nace y abandera sus esperanzas por hacer del mundo un lugar mejor porque se creen capaces de solucionar aquello que sus padres no pudieron, pero a mi entender ahí reside el conflicto de todo: cada generación se siente capaz de arreglar de golpe asuntos que en décadas o siglos nunca han cambiado. ¿Pudo realmente la Segunda República con su ambiciosa reforma agraria cambiar por completo la mentalidad e idiosincrasia del mundo rural? Existe bastante consenso acerca de la incapacidad de los distintos ejecutivos por solucionar la brecha política, económica y social del campo y su conflictividad, a pesar de que cada gobierno llegó cargado de ilusiones por modificar drásticamente un tótem inmutable en los últimos 50 años.

¿Qué queremos por tanto decir con esto? La ilusión de progresar ha sido un elemento que ha convertido a Occidente en un modelo a seguir, pero los cementerios están repletos de buenas intenciones que nunca llegaron a nada. ¿Realmente la aprobación de una Ley Orgánica de Educación va a cambiar por completo el modelo de nuestro país?; ¿o es más práctico acordar pequeñas pero constantes medidas en problemas concretos tras debates y amplios acuerdos? Probablemente el discurso rupturista resulte más atractivo que el convencional a favor de los consenso, pero es necesario que nos paremos a analizar caso por caso cómo y cuando se ha progresado en distinta partes del mundo; a veces no habrá más salida que un cambio radical, pero también hay circunstancias que reclaman la calma y análisis con matices que la revolución no está dispuesta a acoger(6). Decía Oscar Wilde que a veces las voluntades más progresistas acaban convirtiéndose en las acciones más conservadoras. Siendo esto una generalidad que sólo identifica ciertos casos, lo podríamos absolutamente aplicar al caso de París en Mayo del 68 y el posterior auge de las fuerzas más escoradas a la derecha. En definitiva, miles de jóvenes añoran cambiar y mejorar el mundo que les rodea, pero según cómo gestionemos esas expectativas tenemos dos salidas: pragmatismo o frustración. Cada uno elige sus aspiraciones y, por tanto, camino.


Notas y Bibliografía|

[1] BERLIN, Isaiah: Pensadores Rusos. México, Fondo de Cultura Económica, 2013, p. 473.

[2] AHPS, P., L. 28.922, 15-febrero-1935. Este caso forma parte de mi Trabajo de Fin de Máster en el que analizo de qué manera actuaron la justicia republicana y la militar, durante la Guerra Civil, respecto a la actuación de los Falangistas. Uno de los datos que mantienen relación con este tema es que casi el 50% de los falangistas detenidos en Sevilla durante la República tenía menos de 24 años.

[3] CARMONA OBRERO, Francisco: El orden público en Sevilla durante la II República. Sevilla, Universidad de Sevilla, 2009, p. 373.

[4] Fundación Pablo Iglesias, Renovación, 17/02/1934.

[5] GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: “La violencia y sus discursos. Los límites de la fascistización de la derecha española durante el régimen de la Segunda República”. En Ayer, Marcial Pons, 71 (2008), p. 90.

[6] Ralf Dahrenforf en La Libertad a Prueba: los intelectuales ante la tentación totalitaria analiza a aquellos intelectuales que pudieron hacer frente al frenesí revolucionario de aquellos años y, en general, el siglo XX. Nos pueden servir de ejemplo para comprender qué difícil tarea resultó negarse a claudicar frente a aquellos que querían romper con el tablero.

Redactor: Guillermo Röthlisberger Cortázar

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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