La derecha accidentalista durante la Segunda República española (1931-1936)

El 14 de abril de 1931, tras la abdicación de Alfonso XIII, se proclamaba la Segunda República Española. Con ella se ponía fin al sistema de la Restauración emprendido a finales del siglo XIX, que no pudo soportar el descrédito político ocasionado por el apoyo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1929) que el monarca había consentido. España daba paso a un proceso democratizador de su vida política mientras en Europa asistimos a un contexto de regresión democrática. España se abría a un periodo en el que las masas eran las protagonistas centrales de la política nacional. El advenimiento de la República trajo consigo toda una explosión de júbilo y festividad popular, que eran el reflejo de las grandes expectativas que muchos sectores sociales depositaban en la nueva República, a la que muchos veían como la solución a todos los males históricos de España. Sin embargo, no todos celebraron ni vieron de igual modo la llegada de la democracia. El conservadurismo español, que mayoritariamente había gozado de privilegios políticos durante la etapa de la monarquía, concibió el 14 de abril como el acta fundacional de un nuevo periodo lleno de incertidumbre, que sin lugar a dudas, traería consigo la temida ‹‹revolución›› que destruiría todas sus creencias, valores y formas de vida. Estos sectores sociopolíticos tuvieron que hacer frente a la misma circunstancia que sus homólogos europeos afrontaron años atrás, es decir, adaptarse a la democracia de masas. Esto no fue fácil, puesto que el conjunto de las derechas se vio superado y desplazado del protagonismo político, que por el contrario aprovechó el conjunto de las izquierdas.

Sin embargo, pronto comenzó a germinar el principal movimiento conservador en la España republicana, que trataría de dar respuesta a esa derecha frustrada por el advenimiento de un sistema que despreciaba. El primer partido que trató de aglutinar ese descontento conservador fue Acción Nacional. Éste fue, a su vez, el primer partido conservador en la historia de España que trató de aglutinar a unas masas politizadas (católicas fundamentalmente) y movilizarlas en torno a sus intereses. Las elecciones republicanas de mediados de 1931 fueron la primera prueba política para la derecha, que en su mayoría siguió mostrándose muy desordenada, y debido a ello, permitió que la nueva coalición republicano-socialista, que sí mostraba una fuerte cohesión sociopolítica, barriera en esas elecciones. Aun así, el grupo derechista consiguió llevar algunos de sus diputados a las Cortes Constituyentes republicanas. Uno de ellos fue el líder principal del partido, José María Gil Robles, joven profesor universitario que rápidamente comenzó a ganarse la reputación de ser el principal portavoz parlamentario de la derecha española durante el periodo republicano.

Cartel electoral de Acción Nacional-Popular. Fuente

Cartel electoral de Acción Nacional-Popular. Fuente

Acción Nacional quería ser el ‹‹partido de la derecha››, es decir,  aglutinar en éste a toda una masa social simpatizante con los valores conservadores, que a pesar de no constituir una ideología homogénea y compacta, aquellos que simpatizaban ideológicamente con éstos sí compartieron una serie de concepciones del mundo muy claras: derecho a la propiedad, orden social, unidad de la patria, defensa a ultranza del modelo tradicional de familia y una defensa radical de los derechos de la Iglesia Católica. Sin embargo, donde el conjunto derechista español tuvo sus principales diferencias fue en la aceptación o no del sistema republicano. En este sentido, ya desde el 15 de abril de 1931, apenas transcurridas unas horas de la proclamación de la República, El Debate, periódico dirigido por Ángel Herrera Oria y vinculado a la órbita de Acción Nacional y a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), ya lanzó la tesis de la ‹‹accidentalidad›› en cuanto a las formas de gobierno estatal. Esta tesis surgió en pleno debate en el ámbito de las derechas, que tenían que organizarse para lanzar una respuesta contundente contra un sistema republicano monopolizado por la coalición republicano-socialista. Dicha tesis abogaría por el acatamiento a los poderes constituidos y el carácter no esencial de la monarquía como única institución defensora de los llamados principios y valores de orden trascendental y superior, es decir, aquellos que seguirían el lema ya mencionado de religión, patria, orden, familia y propiedad. En este sentido vemos que lo importante era organizarse políticamente, obtener apoyos sociales en una coalición de derechas y defender esos principios, independientemente de que la forma de gobierno fuese república o monarquía. De este modo, pese al fracaso de las elecciones de junio-julio de 1931, Acción Nacional emprendió su llamada a los sectores de la derecha española para acogerlos en una sola organización política. Aquella llamada causó efecto, puesto que fue consiguiendo agrupar a sectores importantes de las clases conservadoras: monárquicos alfonsinos, sectores procedentes del asociacionismo católico, antiguos colaboradores de la dictadura primorriverista, tradicionalistas-carlistas, exintegrantes de los partidos del ‹‹turno›› dinástico, etc.

Así pues, Acción Nacional fue consolidándose paulatinamente como el partido principal de la derecha española. Esto fue posible, en gran parte, gracias al incondicional apoyo de la jerarquía eclesiástica, a la inexistencia de una fuerza más a la derecha organizada y también a la capacidad de sus líderes, que lograron la adhesión de las masas católicas. Además, hay que tener en cuenta que el fracaso de Alcalá Zamora y de Miguel Maura a la hora de constituir una derecha republicana fue fundamental para comprender como a la altura de 1932 el partido de Gil Robles, junto con la Comunión Tradicionalista-Carlista, pasaron a convertirse en la principal representación política de la España conservadora, que debía contraatacar a las reformas llevadas a cabo por los gobiernos de Manuel Azaña. Un gobierno que en 1932 obligaría al partido conservador a cambiar su nombre, pasando a denominarse desde abril de ese mismo año Acción Popular. En octubre de 1932, tras la celebración de su primera asamblea, la estrategia definitiva de Acción Popular fue aceptar la tesis ‹‹accidentalista›› en la forma de gobierno, a pesar de que como el propio Gil Robles confesara años más tarde en sus memorias que ‹‹No fue posible la paz››:

‹‹En un orden teórico fui y soy monárquico y la inmensa mayoría de los afiliados a Acción Popular era decididamente monárquica››.

Sin embargo, aquella decisión resultante de la asamblea se consiguió tras un desencuentro entre los sectores proclives a llegar al poder por la vía legal (Gil Robles) o aquellos que pretendían conseguir el poder mediante un golpe de fuerza (monárquicos carlistas y alfonsinos), que vino precedido del fracaso golpista en Sevilla el 10 de agosto de 1932, protagonizado por el General Sanjurjo. Ese primer golpe de fuerza contra la República abrió una primera brecha en la derecha que pronto trató de corregir la tendencia posibilista o accidentalista de Gil Robles. Sin embargo, éste buscó el apoyo de los grupos regionales conservadores para conformar una gran alianza política que le permitiera recuperarse de la crisis interna de su partido. Así pues, en 1933 se constituyó la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), partido que fundamentalmente representaría a las clases medias conservadoras católicas que deseaban evitar problemas y abogaban por una alternativa legalista, así como los intereses de los grandes propietarios agrarios que le habían ofrecido su apoyo desde el ámbito rural. Es a partir de este momento cuando podemos distinguir con claridad las dos tendencias ideológicas en el ámbito de la derecha: por un lado monárquicos (carlistas o alfonsinos), que fundarían el partido Renovación Española, encabezado por Antonio Goicoechea, y por otro la CEDA, que acogerá a todos los católicos que quisieran defender los intereses de la Iglesia, fuesen estos monárquicos o republicanos.

Cartel campaña electoral Gil Robles. Fuente.

Cartel campaña electoral Gil Robles. Fuente.

En 1933, una vez conformada la organización del partido, incluyendo secciones femeninas y juveniles (1), la CEDA pondría en marcha todo su despliegue propagandístico y organizativo, que resultó ser bastante eficiente ante la convocatoria de nuevas elecciones al parlamento republicano en noviembre-diciembre; unas elecciones para las que las derechas fueron unidas en forma de alianza electoral, aprovechando la crisis de la coalición republicano-socialista. Esto permitió obtener unos resultados electorales lo suficientemente importantes (115 de 470 escaños) como para convertirse en la principal organización política de la derecha española. Pero a pesar de haber sido el partido más votado en las elecciones, el particular sistema electoral republicano no favorecía la formación de gobiernos estables sin obtener la mayoría absoluta de la cámara, algo que no había conseguido el partido de Gil Robles. Si además de esta circunstancia le añadimos que tanto la izquierda como el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, no estaban dispuestos a permitir que el gobierno de la República cayera en manos de un conglomerado de fuerzas cuya lealtad al sistema republicano era más que sospechosa, la posición de la CEDA se antojaba no muy ventajosa para alcanzar el poder. Ante esta coyuntura, Gil Robles y la CEDA tuvieron que conformarse con apoyar parlamentariamente la solución centrista (Gobierno del Partido Radical de Alejandro Lerroux) dispuesta por el Presidente de la República. Ese ‹‹pacto parlamentario›› entre cedistas y radicales llevaría a cabo toda una revisión de las políticas del bienio progresista anterior hasta que los radicales fuesen desacreditados y la CEDA pudiera controlar en solitario el poder. La estrategia de Gil Robles fue por lo tanto muy clara: primero, apoyar a Lerroux; segundo, gobernar con Lerroux; tercero, sustituir a Lerroux. Esa actitud pactista de la CEDA sería vista por los sectores más radicales de la derecha española como toda una traición de Gil Robles, ya que entendían que con esa acción consolidaba el sistema republicano en vez de destruirlo, mientras en la campaña electoral había hecho bastante hincapié en el sentimiento antirrepublicano como factor de atracción.

La derecha vivía de nuevo tiempos de confrontación interna, puesto que, además de la fundación de partidos fascistas como la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera (hijo del dictador) y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos, hay que añadir lo que supuso el regreso de José Calvo Sotelo a España (tras un exilio voluntario), que pasó a liderar las voluntades de los sectores monárquicos con un discurso progresivamente más violento y desleal al sistema democrático que ayudó a desacreditar el papel de la CEDA como primera fuerza conservadora española.  Serían esos sectores más próximos a la extrema derecha antirrepublicana los que nunca perdonarían a Gil Robles, ya que lo considerarían como la ocasión perdida de acabar con la República. Razón no les faltaba, puesto que la estrategia de Gil Robles se antojó errónea.

Alejandro Lerroux junto con Gil Robles. Fuente.

Alejandro Lerroux junto con Gil Robles. Fuente.

La CEDA fue obteniendo progresivamente más poder gubernamental, no sólo debido a la entrada al gobierno de un mayor número de ministros de la CEDA, sino también a la posterior revolución socialista de 1934. Sin embargo, no utilizaría este poder con el fin de acabar con el sistema democrático. Debido a su alianza gubernamental con un Partido Radical en clara regresión política y sumido en escándalos de corrupción (straperlo y caso Nombela), tuvo lugar la disolución de las Cortes por el presidente Alcalá Zamora y la convocatoria de nuevas elecciones para febrero de 1936. Esta vez, la izquierda se recobró de su derrota de 1933 y consiguió ganar las elecciones, acudiendo a la misma fórmula que llevaron a cabo las derechas españolas, es decir, conformando una gran coalición de izquierdas llamada Frente Popular.

El epílogo de la derecha accidentalista fue el progresivo desplazamiento que sufrió, a partir de la primavera de 1936, gracias al incremento de la violencia política que llevó a que partidos como Falange Española-JONS fuesen obteniendo un mayor peso político y social entre una derecha que ya había renunciado a sostener un sistema republicano en manos de la izquierda.

Tras repasar el recorrido de esa alternativa conservadora durante el periodo republicano, podemos llegar a la conclusión de que, efectivamente, existió en España un partido derechista accidentalista: la CEDA. Pretendió, mediante la legalidad republicana, acceder al poder para introducir una serie de revisiones de la Constitución de 1931, fundamentalmente aquellas que afectaban a la pérdida de poder e influencia de la Iglesia Católica, así como aquellas que afectaban a la propiedad. Pero, a pesar de ello, no podemos considerar que fue una derecha democrática como muchos creyeron, al igual que tampoco fue fascista, como sus enemigos  políticos llegaron a considerarla. La CEDA y Gil Robles, a pesar de su ambigüedad política, pretendía alcanzar una república corporativa, católica y conservadora. Si quisiéramos entender el modelo que persiguió la CEDA, tal vez deberíamos acudir al Estado Novo de la vecina Portugal sometida al dictador Salazar, es decir, un Estado autoritario corporativo, que al igual que las democracias, también fue un modelo predominante durante el periodo de  entreguerras.

(1) Las secciones de los partidos, fuesen femeninas o juveniles, venían a ser un componente típico de la era de masas, en la que los partidos tendían a la total modernización de sus organizaciones. Las Juventudes de Acción Católica (JAP) destacaron en la política nacional por su militancia antidemocrática en un partido que a veces pretendía o parecía serlo.

Bibliografía|

CASTELLS, JOSÉ MARÍA; HURTADO, JOSÉ; MARGENAT, JOSEP MARÍA (coord.), “De la dictadura a la democracia: la acción de los cristianos en España (1939-1975)”, Bilbao: Descle de Brouwer, 2005.

MONTERO, JOSÉ R., “La CEDA: el catolicismo social y político en la II República”, Madrid: Ediciones de la Revista de Trabajo, 1977.

TUSELL, JAVIER, “Historia de España en el siglo XX”, Madrid: Taurus Ediciones, 1999.

TUSELL, JAVIER, “Historia de la democracia cristiana en España”, Madrid: Cuadernos para el diálogo, 1974.

TUSELL, JAVIER; MONTERO, FELICIANO; MARÍN ARCE, JOSÉ MARÍA (coord.), “Las derechas en la España contemporánea”, Barcelona: Anthropos Editorial, UNED, 1997.

Redactor: Salvador Martín Expósito

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y actualmente cursando Máster en Historia Contemporánea. He sido Alumno Interno en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Mi perfil académico se inclina en el estudio de los fascismos europeos y español. Fundador y Director de Témpora Magazine.

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