La deconstrucción de nuestro pasado desde la arqueología

Cuando un arqueólogo se dispone a aclararnos cosas sobre nuestro pasado, ya sea el más reciente o el más lejano, previamente ha tenido que hacer un ejercicio de «deconstrucción» de los hechos. Muchas veces hemos oído la frase «reconstrucción de los hechos», bien sean de un crimen o de un proceso histórico, y en nuestro caso hasta prehistórico. Antes bien, por el contrario, para reconstruir un hecho necesitamos varios procesos sin los cuales es imposible crear un hilo argumentativo sobre un momento pasado.

En primer lugar, y como no puede ser de otra forma, el hecho en cuestión que vamos a analizar ha tenido que realizarse en algún momento, de lo contrario solamente estaríamos inventando una historia. Ahora bien, el acontecimiento ha podido tener lugar de muchas formas diferentes, la tarea del investigador es aclarar cómo ha surgido, transcurrido y conservado ese hecho.

En segundo lugar, el acontecimiento ha tenido que dejar unos elementos visibles y tangibles que perduren hasta nuestros días. De este modo, es imposible recrear o reconstruir una conversación verbal entre dos individuos de diferentes clanes durante el Paleolítico superior, puesto que una conversación no deja un rastro visible ni tangible. Para ello deberíamos entrar a estudiar fenómenos paranormales, psicofonías y utilizar una metodología que por el momento se presenta bastante distanciada de cualquier método arqueológico o científico que se precie. Por lo tanto es de vital importancia que se produzcan hallazgos arqueológicos, que se consulten fuentes escritas si las hubiere, y se realicen diferentes tipos de análisis a los restos encontrados.

En tercer lugar, hay que extraer toda la información posible de los restos encontrados. Para ello es muy importante utilizar una metodología arqueológica. Es aquí donde entra en juego la «deconstrucción». En el sentido más estricto. Si durante el Paleolítico superior se ha construido un lugar de hábitat, por ejemplo en una cueva, podemos encontrarnos un hogar (así es como se denomina a las hogueras prehistóricas) con varios niveles de cenizas, es en este momento cuando el arqueólogo comienza a deconstruir el hogar, y poco a poco va quitando las capas de cenizas que se han ido acumulando (construyendo) a lo largo de la estancia de grupos humanos. Esta deconstrucción permitirá conocer paso a paso la formación de esa acumulación.

Se podría comparar con ver una cámara de seguridad marcha atrás. De este modo, el arqueólogo sólo puede ver una vez la imagen exacta de lo que sucedió. Una vez extraída la información no se puede reconstruir al cien por cien el lugar de los hechos. Se puede realizar una aproximación posterior, pero nunca se podrá repetir el proceso que allí aconteció.

Una vez han tenido lugar estos tres pasos esenciales es cuando comienza la denominada reconstrucción del pasado. Toda esta información se analiza minuciosamente, para intentar recrear los acontecimientos del pasado. Es aquí donde los arqueólogos de forma involuntaria, o voluntaria, introducen la subjetividad, por lo tanto se empieza a crear una nueva versión de los hechos, la cual puede ser más o menos acertada.  «Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo ¿hace algún sonido?». Viendo la posición del árbol, los restos que han quedado tras su caída, y lo que haya podido romper en su trayecto hasta el suelo, podemos imaginar el ruido que ha producido, pero nunca podremos saber como sonó, o si sonó. Pues algo parecido pasa con los hechos prehistóricos. El arqueólogo, al analizar los datos de los que dispone, puede reconstruir el pasado, pero siempre basándose en su experiencia personal, sabiendo cómo se relacionan los grupos humanos, pero nunca sabrá lo que sucedió en realidad. Sabemos el ruido que hace un árbol al caer porque lo hemos escuchado, pero el sonido que conocemos es de un momento concreto y con unas circunstancias y variables concretas. Si no tuviésemos una experiencia personal no podríamos conocer ese sonido. De igual modo, nuestras experiencias personales nos llevarán a interpretar el pasado de una forma u otra, ya que no podemos explicar lo que no conocemos.

Un ejemplo claro de que el arqueólogo, y su experiencia personal, infiere en el discurso arqueológico son las famosas reconstrucciones. En este caso vamos a analizar a nuestros parientes más cercanos (hablando de prehistoria), los neandertales.

Habitante de la cueva de la Chapelle-Aux-Saints, de Frantizek Kupka, publicado en La Ilustración en 1909.

Habitante de la cueva de la Chapelle-Aux-Saints, de Frantizek Kupka, publicado en La Ilustración en 1909.

Esta ilustración fue publicada en «La Ilustración» en 1909, recrea a un Neandertal de la cueva de la Chapelle-Aux-Saints, Francia. La imagen que muestra es prácticamente la de un mono con un palo. Esta era la creencia de la época, de unos antepasados lejanos, más cercanos al mono que al hombre moderno. Una apariencia arcaica, bruta, con pelos por todo el cuerpo, sin necesidad de llevar ropa.

En época más moderna, se representa a los neandertales mas «humanizados». En este caso el artífice es el magnífico artista José Emilio Toro, el cual realizó esta recreación para los yacimientos de la Araña, Málaga. Una recreación más parecida a la percepción actual de neandertales, sesgada por nuestra experiencia personal y nuestros conocimientos. Un neandertal capaz de tallar piedras para crear herramientas, vestido con pocas pieles, en este caso justificado por el clima que se supone en el yacimiento para esa época. Aunque a pesar de llevar pocas pieles en el cuerpo lleva calentadores en los pies. Un neandertal con un cuerpo más o menos fibrado, de apariencia desgreñada y poco cuidada, sin símbolos tribales, sin adornos, aparentemente es una persona con anatomía arcaica tallando una herramienta.

ilustración: José Emilio Toro (torografic@gmail.com) Fuente

ilustración: José Emilio Toro (torografic@gmail.com) Fuente

Por último la recreación del neandertal que fue portada de la revista National Geographic en mayo de 2013. Esta recreación propone un neandertal mucho más cercano al hombre moderno, rapado, afeitado, con la cara pintada y usando plumas como complementos decorativos. Si tuviese una gran melena sería un indio americano. Presenta una mirada mucho más reflexiva, haciendo un guiño a la inteligencia, y al mundo simbólico que se le supone a los neandertales.

Foto: Giorgio Bardelli, Museo de Historia Natural, Milán. Fuente

Foto: Giorgio Bardelli, Museo de Historia Natural, Milán. Fuente

Por muy distintas que parezcan estas imágenes, las tres están sustentadas en hallazgos arqueológicos y en estudios científicos. Lo único que cambia en ellas es  el equipo de investigación que asesora al artista. Es este equipo en el que reside la subjetividad de la interpretación del pasado. Sus experiencias personales y sus circunstancias, unidas a una interpretación del pasado, dan como resultado estas recreaciones.

Esta subjetividad difícilmente puede ser eliminada del discurso arqueológico. Para saber cómo fueron las sociedades prehistóricas no tenemos otra opción que observar sociedades con un desarrollo tecnológico similar para poder realizar «acercamientos» al modo de vida de las sociedades pretéritas. Gracias a esta comparación se sabe que la mayoría de estas sociedades tienen una forma de vida animista en la cual tiene mucho peso el rito.

En muchos casos las recreaciones sirven para representar un escenario, unos actores y un acto pasado. Pero debemos tomarlas como lo que son, recreaciones. No podemos imaginar una realidad con esos actores, ni ese escenario. La conclusión que se debe sacar de las recreaciones es mucho más genérica, es sobre un modo de vida, sobre un paisaje, y sobre una relación entre las especies.

Por otro lado, la deconstrucción del pasado debe ser meticulosa. Durante el proceso de excavación se deben obtener la mayor cantidad de datos posibles, aunque no siempre se vayan a utilizar para realizar análisis. En futuras investigaciones, con nuevas metodologías o nuevas perspectivas teóricas, recordemos que la arqueología está en continua revisión, se pueden obtener resultados de los datos obtenidos. Durante las excavaciones del siglo XIX en África, se desecharon las lascas que se presuponían  provenientes de la talla de grandes bifaces. En los estudios actuales se ha observado que las lascas tienen un gran peso en la tecnología lítica más arcaica.

La teoría arqueológica es muy importante para la interpretación del pasado, pero sin datos es imposible sustentar una teoría.

BIBLIOGRAFÍA |

Hernando, A.: Arqueología de la identidad. Madrid. Ed. Akal. 2002.

Criado-Boado, F.: Construcción social del espacio y reconstrucción arqueológica del Paisaje. México. Boletín de Antropología Americana. Vol.24 pp 5-29. 1991.

Lull, V.: Hacia una teoría de la representación en arqueología. Revista de Occidente. Pp 62-76. 1988.

Redactor: Daniel De la Torre

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