La cultura del primer anarquismo español

Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir,
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiere morir.
Esos burgueses, asaz egoístas,
que así desprecian la Humanidad,
serán barridos por los anarquistas
al fuerte grito de libertad.

Hijo del Pueblo, 1885, certamen socialista,Centro de Amigos de Reus.

El anarquismo, al igual que el comunismo, ha sido prejuzgado desde su propia existencia. Hoy, esta ideología se asocia fácilmente a la violencia y a un comportamiento “antisocial” o rebelde, sin tener en cuenta su antigua y profunda base teórica, sin considerar el elevado esfuerzo intelectual que fue norma durante finales del siglo XIX y principios del XX. Especialmente en España, la sombra de la Guerra Civil y la propagandística franquista erradicaron la tradición anarquista de nuestro país, dejando solamente el recuerdo de asesinatos y atentados individualizados. En lucha contra el prejuicio, intentaremos plasmar en estas breves palabras la realidad pacifista, progresista y culta que vivieron los primeros anarquistas españoles.

La Revolución Industrial, baluarte del mundo contemporáneo, había afectado también a España a finales del siglo XIX. Lejos del crecimiento extraordinario de países como Estados Unidos o Gran Bretaña, se desarrollaron aquí enclaves industriales de menor tamaño y capacidad productiva. Sin comparación con las grandes fábricas inglesas, en la península predominará un sistema mixto que combina la tradición agraria con pequeñas industrias muy localizadas. Las únicas regiones que podemos considerar realmente industrializadas son por un lado Cataluña, que contaba con una gran tradición en la fábrica textil, y el País Vasco, con una buena explotación metalúrgica y siderúrgica.

Altos hornos de Vizcaya, finales del siglo XIX. Fuente

Altos hornos de Vizcaya, finales del siglo XIX. Fuente

El trabajo fabril conllevaba el nacimiento de un nuevo grupo social, supeditado a jornadas laborales que podían superar fácilmente las catorce horas, en espacios que hacían peligrar su salud, cobrando sueldos ínfimos y viviendo en un ambiente general de insalubridad y agotamiento. A esta nueva capa social podemos denominarla clase obrera, o proletariado. Ligados a ellos, nacieron dos nuevas ideologías claves para comprender la historia reciente, el comunismo de Karl Marx y el anarquismo de Mijaíl Bakunin. Ambos rechazan el sistema de explotación capitalista, dominado por la burguesía, distinguiéndose fundamentalmente por la desconfianza hacia cualquier organización política, por parte del anarquismo.

A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de países europeos, en España es el anarquismo el que consigue calar más hondo en la clase obrera, y no es hasta la Guerra Civil cuando es superado por el comunismo. Llega de forma muy temprana, en el año 1868, a través de Giuseppe Fanelli, que conocía personalmente a Bakunin y fomentó la creación de una sección de la Primera Internacional en el país. El enviado italiano tiene éxito, y en 1870 se crea la Federación Regional Española de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores), en la cual predominará el pensamiento bakunista y el sindicalismo apolítico. Los movimientos obreros pueden desenvolverse con cierta libertad durante estos años, ya que nos encontramos en pleno Sexenio Democrático, cuyo fin, en 1874, supondrá el inicio de una dura represión. Debemos tener en consideración que el anarquismo no ha sido nunca, ni fue tampoco en España, totalmente uniforme a nivel ideológico, puesto que existen numerosas interpretaciones aparte del colectivismo ideado por Bakunin, como el mutualismo de Proudhon, el anarcocomunismo de Kropotkin o las teorías de Malatesta.

No es mi intención ofrecer una historia lineal del anarquismo español ni describir su ideología, sino dibujar algunas de sus manifestaciones culturales y comportamiento iniciales. Su fuerte arraigo en la población obrera aún resulta hoy un objeto de análisis de lo más interesante, ya que no existe una explicación clara de su amplio calado. Desde luego, las clases trabajadoras tenían una fuerte base ideológica marcada por las revoluciones liberales del siglo XIX y el republicanismo. Sin embargo, los gobiernos progresistas no estaban cumpliendo con las expectativas de mejorar sus condiciones de vida. La llegada del pensamiento anarquista permitió una nueva forma de asociación, una paulatina concienciación de clase, pues otorgaba al obrero un papel clave en la revolución social, a parte de enaltecer el valor del trabajo.

Los periódicos fueron decisivos para la difusión de la ideología anarquista, publicándose incontables revistas y folletos desde la creación de la Federación Regional. Aunque las tasas de analfabetismo eran aún muy elevadas, se leían artículos en voz alta, pasaban de mano en mano y algunos obreros llegaban incluso a memorizar fragmentos para recitarlo después a sus compañeros. Muchos de estos periódicos tenían una vida corta, de apenas dos o tres números, otros en cambio, como por ejemplo El Productor, de Barcelona, o El Corsario coruñés, llegaron a funcionar durante años. Incluso en los pueblos más pequeños, alejados del mundo fabril, surgieron algunas publicaciones. En ambos casos, solían constituirse por ensayos ideológicos, narraciones literarias, reseñas y grabados, creando un compendio que debía causar impacto al lector.

En su conjunto, la prensa anarquista, aún viviendo casi siempre en la clandestinidad, lidiando con las prohibiciones del estado, comienza a forjar un nuevo lenguaje de clase. Sus editores cuidaban las impresiones, buscando distanciarse de las publicaciones “burguesas”, siendo por ello especialmente originales. Vemos tipografías innovadoras y grabados de gran calidad y carácter que van acompañados de frases cortas y concisas. A través de este mecanismo, se resumía el pensamiento anarquista y se concienciaba del estado de miseria de la clase trabajadora, todo ello a un precio bajo, asequible a la clase obrera.

Durante estas últimas décadas del siglo XIX se configuran pequeños núcleos anarquistas en gran parte del país, atraídos por esta prensa y creando, en consecuencia, nuevos materiales de difusión. Además, el contacto con el extranjero fue potenciado por los grupos más grandes, como el madrileño o barcelonés, trayendo noticias de la lucha anarquista en Europa. Los sucesos de la Comuna de París en 1871, conmocionaron a los libertarios anarquistas, al igual que lo haría después la muerte de los anarquistas de la Revuelta de Haymarket, conocidos como los “mártires de Chicago”. En la prensa se publicaron los rostros de los muertos y sus familiares, explicando de forma dilatada las actuaciones de aquellos compañeros obreros. Estos sucesos fueron conmemorados por numerosos grupos anarquistas, en reuniones que adquirían cada vez más un cariz ritualístico. El 11 de noviembre y el 1 de mayo, que hoy conocemos de forma oficial como el “Día Internacional de los Trabajadores”, se convierten en fechas clave del anarquismo español, ambas en recuerdo a los anarquistas estadounidenses ejecutados.

La creación de “rituales” de grupo fue algo muy relevante, puesto que se aprovechaban estas ocasiones para debatir sobre la ideología y los acontecimientos políticos más recientes. Asimismo, se brindaba en honor a los “mártires” de la libertad, en ambientes propicios para la creación y lectura de poemas, el canto de himnos o la realización de teatrillos. Cabe apuntar que estamos ante un proletariado autodidacta, que crea nuevas formas de sociabilidad, contando además con sus propios intelectuales que refuerzan el pensamiento del anarquismo español como Ricardo Mella o Anselmo Lorenzo. Este entorno atrae a jóvenes obreros pero también individuos pertenecientes a la escasa e incipiente clase media de las zonas urbanas. El arte, como vemos, sirve para transmitir la ideología de forma eficaz y permite la cohesión del grupo, pero también debemos tener en cuenta que no se trata de un adoctrinamiento frívolo.

El anarquismo busca la libertad absoluta, por ello considera que la educación, la culturalización e incluso el progreso científico pueden ser beneficiosos para la emancipación del proletariado. Partiendo de esta base, las revistas anarquistas son de las primeras en España que hacen llegar al pueblo novedades del campo de la ciencia. Encontramos un ejemplo curioso en la revista Salud y Fuerza que se publicó entre los años 1904 y 1914. Se trata de una iniciativa neomalthusiana, que entiende que el sobrepoblamiento implica el empobrecimiento de la clase obrera. Por la defensa de la libertad individual, la mayoría de anarquistas buscaban el conocimiento del cuerpo, la defensa de los anticonceptivos y la vivencia plena de la sexualidad, como algo natural y necesario. Gracias a esta concepción del ser humano, los obreros podían encontrar explicaciones sobre enfermedades de tipo sexual como la sífilis, toda una ruptura con los tabúes y el pudor burgués.

Portada de la revista Salud y Fuerza, 1906. Fuente.

Portada de la revista Salud y Fuerza, 1906. Fuente.


Junto a la libertad, la igualdad se convierte en otro eje del primer anarquismo español. Las mujeres partidarias de este movimiento tenían voz, capacidad para intervenir en las organizaciones, asambleas e incluso publicar artículos de opinión. Un ejemplo claro de esta presencia femenina es Teresa Claramunt, que fundó su propio grupo anarquista en Sabadell e impulsó la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, sufriendo por sus actuaciones duras represalias físicas. Además, la libertad con la que se trataban temas como la sexualidad y la anticoncepción, favorece la independización de la mujer y su cuerpo, libre de tener o no hijos. El matrimonio era denostado por la mayoría de anarquistas, puesto que se entendía como una herramienta de control del capitalismo, en el cual la mujer se encontraba siempre subyugada al marido. Esto en cuanto al matrimonio civil, no hablemos ya de la fuerte oposición anarquista a la Iglesia.

Teresa Claramunt (1862-1931), feminista y anarquista catalana. Fuente.

Teresa Claramunt (1862-1931), feminista y anarquista catalana. Fuente.

La religión católica copaba prácticamente toda la vida cotidiana de la población española del siglo XIX, y en gran parte también la primera mitad del XX. El anarquismo español buscó desde un primer momento una sociedad más laica, no por ello carente de moral o de ideales como gusta propagar el conservadurismo. De hecho, entre los anarquistas más destacados, predominaba una moral exigente, contraria al vicio, la prostitución, el juego o las tabernas decadentes. Entre sus miembros podemos encontrar figuras como Fermín Salvochea, el “apóstol laico del anarquismo español”, cuyo comportamiento riguroso inspiraba al grupo. Los grandes ritos del catolicismo, vinculados al nacimiento y la muerte, eran sustituidos por la solidaridad de clase. La mayoría de anarquistas no bautizaban a sus hijos, lo cual solía acarrear todo un estigma social en la época, otorgándoles nombres libertarios como “Darwin” o “Acracia”. En la muerte de seres queridos, los anarquistas ejercían la misma solidaridad de grupo acompañando a los afectados en entierros civiles.

La búsqueda de la jornada laboral de ocho horas implicaba “conquistar el tiempo”, ofrecer al obrero una vida más digna y por ello, numerosos grupos anarquistas crean alternativas al ocio secularizado o burgués. Los espacios de entretenimiento debían enriquecer la vida del individuo, a nivel cultural y social. Bajo esta perspectiva, surgen los “ateneos libertarios”, auténticos centros culturales que comenzaron a difundirse a finales del siglo XIX gracias a grupos de lo que hoy llamaríamos la “izquierda” política e ideológica. Su creación demuestra no solamente la firme vocación de educar al pueblo, sino el propio interés popular por adquirir nuevos conocimientos.

El mundo que crearon estos libertarios españoles se une de forma muy temprana al sindicalismo, dando lugar a lo que se conoce como anarcosindicalismo. Los sindicatos son órganos útiles para esta corriente, pues presentan plataformas de unión y lucha sin recurrir a las fórmulas políticas que rechazan. La asociación anarquista se hizo masiva con la aparición de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910. Bajo estas letras los integrantes del anarquismo se convirtieron en un auténtico grupo de presión a principios del siglo XX, protagonizando huelgas y protestas multitudinarias.

El ejercicio de la violencia era rechazado por la gran mayoría de anarquistas españoles, a pesar de haber sido asociados a la brutalidad, el caos y el conflicto durante los últimos cien años. Sin duda alguna existían grupos que defendían el uso de la violencia para lograr sus derechos y dar lugar a la revolución social como Los Desheredados andaluces. Este grupo, y alguno otros seguían la “propaganda por el hecho”, que considera que los actos son más relevantes que cualquier palabra. Pero en numerosas ocasiones, el anarquismo era acusado de ejercer una violencia de la que no era responsable: en la década de 1880, un supuesto grupo secreto, de ideología anarquista, asesina a varias personas en el rural andaluz. La Mano Negra ha causado numerosos debates historiográficos, puesto que se duda de su autenticidad. Según Josep Termes, se trató de un engaño por parte de los cuerpos policiales.

La violencia era una realidad en un momento convulso de la Historia de España, como también lo era la represión del movimiento obrero, el terror a las nuevas ideologías o el abrazo implacable al cadáver del Antiguo Régimen. El mundo que crearon a su alrededor los primeros anarquistas españoles era un universo, simbólico, creativo, diverso, moralmente elevado y liberador tanto para hombres como mujeres. Posibilitó la llegada de novedades artísticas como científicas a los rincones más perdidos de la España entresiglos, dio la palabra a una parte de la población silenciada y degradada por sus condiciones laborales. Funcionó, al fin, como un canal de debate y concienciación, que junto al republicanismo, el comunismo y la socialdemocracia han permitido el nacimiento de nuestra sociedad.

Bibliografía|

CLEMINSON, Richard, “Anarquismo y sexualidad en España (1900-1939)”, Universidad de Cádiz, Cádiz, 2008.

LIDA, Clara; YANKELEVICH, Pablo (coords.), “Cultura y política del anarquismo en España e Iberoamérica”, El Colegio de México, México, 2013.

LITVAK, Lily, “España 1900. Modernismo, anarquismo y fin de siglo”, Editorial Anthropos, Barcelona, 1990.

TERMES, Josep, “Anarquismo y sindicalismo en España: la Primera Internacional (1864-1881)”, Crítica, Barcelona, 2000.

Redactor: Sandra Suárez García

Graduada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Docencia y Máster de Historia (EURAME) por la Universidad de Granada. Interés en historia medieval, la historia de las minorías y especialmente en estudios sobre la comunidad judía y musulmana en el reino nazarí de Granada.

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