La cultura cicládica del III milenio a. C.: Ejemplo de un debate arqueológico entre difusionistas y autoctonistas

En mi artículo anterior hablé de la necesidad de comprender y caracterizar los intercambios a macroescala en el III Milenio a. C. y de la tarea fundamental de volver a repensar los contactos y las relaciones en el Mediterráneo, sin volver a caer en esquemas difusionistas. Pienso que la falta de estudios de este tipo es uno de los mayores déficits de la arqueología actual, y en buena medida creo que se ha producido por la confrontación fratricida entre dos de los paradigmas que han dominado esta ciencia: el difusionismo y el autoctonismo. En la Península, una de las explicaciones difusionistas más emblemáticas relacionaba los inicios de la jerarquización social con la llegada al Sureste de ‹‹prospectores de metales›› egeos que influyeron en el desarrollo de culturas como Los Millares. Pero, ¿realmente existían evidencias arqueológicas cómo para defender tales planteamientos? En el presente artículo vamos a hablar de esta supuesta área de origen, y específicamente de la cultura cicládica, como  un ejemplo del debate encarnizado entre difusionistas y autoctonistas.

Las islas Cícladas. Fuente

Situadas en el Egeo a modo de puente entre Europa y Anatolia, las islas Cícladas resultan esenciales para comprender el proceso histórico que se produjo en el Mediterráneo oriental durante la Prehistoria Reciente. La cultura cicládica fue definida por primera vez por C. Tsountas. Su desarrollo tuvo lugar desde finales del Neolítico hasta la expansión de la cultura minoica, entre el 3100 – 1900 a. C.

Desde el punto de vista de las estrategias subsistenciales, parece que el éxito de esta sociedad estuvo en la introducción del cultivo de la vid y el olivo, lo que sumado al del cereal configuró la denominada triada mediterránea. Junto a ello, se desarrolló una fuerte actividad de intercambios marítimos tal y como ponen de manifiesto la dispersión de materiales locales como la obsidiana o el mármol por todas las Cícladas, el continente, Anatolia e incluso el sur de Italia.

Aunque no disponemos de muchos datos, sabemos que a partir del 2800 a. C. se produjo la aparición de importantes asentamientos fortificados como se constata en el yacimiento de Chalandriani (Syros). Levantado sobre un promontorio rocoso cercano a la costa, el asentamiento sólo es accesible por uno de sus lados, el cual se protegió con una doble muralla de piedra de 70 m. que alterna una serie de torres o bastiones semicirculares de mediano tamaño que se interpreta que pudieron servir para el lanzamiento de proyectiles. Dentro del recinto se documenta una acrópolis fortificada con el mismo esquema defensivo y cuyo acceso se realizaría por una angosta puerta situada en uno de los bastiones. En el interior de la acrópolis aparecen una serie de habitaciones o casas de planta rectangular rematadas en ábside y separadas por pequeños pasillos, construidas con alzados de piedra y pavimentos de tierra apisonada. En algunas de ellas han aparecido evidencias de estructuras de combustión para fundición de cobre.

Asentamiento fortificado de Chalandriani según Renfrew (1972). Fuente

La información del registro funerario es mucho más abundante, ya que se han excavado más de 2.000 tumbas. Generalmente se trata de inhumaciones en cistas en cuyo interior se deposita al individuo en posición fetal acompañado de un rico ajuar donde sobresalen los famosos ‹‹ídolos›› y sartenes cicládicas, cerámicas, obsidiana…etc. En la necrópolis de Chalandriani, por el contrario, se ha documentado una tipología más variada destacando las tumbas de cámaras circulares y falsa cúpula destinadas a inhumaciones individuales y colectivas. La presencia de ajuares diferenciados y bienes de prestigio ha sido interpretado como signo de una fuerte jerarquización social. Mención especial merecen los objetos metálicos representados principalmente de puñales y punzones. La presencia de especialistas metalurgos queda de manifiesto si atendemos a la famosa diadema de plata decorada mediante punteado en la que se representó una figura humana con cabeza de pájaro que se ha relacionado con una posible divinidad.

Es precisamente el ámbito religioso el que más ha llamado la atención sobre la cultura cicládica debido a la gran cantidad de esculturas aparecidas tanto en contextos domésticos como funerarios. Se trata por lo general de esculturas antropomorfas esquematizadas cuyo papel ha sido interpretado de diversas maneras. La hipótesis más aceptada es que se trataría de ídolos relacionados con un posible culto a la ‹‹gran madre››, similar al de otras culturas de Anatolia. Dicho culto se llevaría a cabo en pequeñas cuevas donde se han encontrado depósitos que contenían exvotos, sartenes y restos animales producto de rituales de comensalidad en honor a esta divinidad.

Esculturas de mármol correspondientes a varios “ídolos” cicládicos. Fuente

Esta hipótesis, no obstante, ha sido bastante criticada, ya que enlaza con el debate sobre los orígenes de la cultura cicládica. Los difusionistas plantearon que estas prácticas religiosas se asemejaban a las de otras zonas de Anatolia donde se rendía culto a la gran madre, por lo que se demostraba la cita de Tucídides (I, 4) que mencionaba que

‹‹… Minos (…) tuvo bajo su dominio las islas Cícladas (…) expulsando a los carios…››.

Ante la inexistencia de yacimientos neolíticos se propuso que las Cícladas, por su condición de puente entre Grecia y Anatolia, fueran colonizadas a finales del IV Milenio a. C. y se convirtieron en un nexo fundamental para la ampliación de las redes comerciales próximo orientales, desde las cuales se difundió la metalurgia por todo el Mediterráneo. De este modo, las Cícladas se convirtieron en el punto de referencia difusionista y su carácter marítimo fue interpretado como la evidencia más clara de la existencia de esos ‹‹prospectores del metal››.

En los sesenta llegó a la Cícladas uno de los arqueólogos más importantes del siglo XX, C. Renfrew. Empezó excavando yacimientos como Saliagos, y demostró que las Cícladas habían estado ocupadas desde el Neolítico, por lo que desechó las tesis difusionistas y planteó un origen autóctono resultado de un proceso de evolución local que arrancaría a finales del IV Milenio a. C. Renfrew puso el acento en diversos procesos sociales de adaptación al medio y propuso un modelo sistémico para explicar los orígenes de la jerarquización social.

Las denominadas “sartenes” cicládicas. Fuente

La clave habría estado en la confluencia de una serie de factores donde destacaría una fuerte competencia entre las distintas comunidades por los recursos subsistenciales existentes, bastante limitados al tratarse de pequeñas islas. Esto llevó a la introducción de nuevos cultivos como la vid y el olivo y por tanto a un cambio en las estrategias subsistenciales, que se tradujo en la colonización de nuevas tierras. A su vez, todo ello tuvo un efecto retroactivo y terminó generando un crecimiento demográfico, por lo que en consecuencia la presión por los recursos se multiplicó y llevó la aparición de élites encargadas de la subsistencia/redistribuición que terminaron por hacerse con el control del excedente y la fuerza de trabajo. Dichas élites patrocinaron la actividad de artesanos y especialistas, produciéndose una progresiva división social del trabajo y, en este punto, la presencia de afloramientos de mineral de cobre o plata fue trascendental para el desarrollo de una importante actividad metalúrgica, cuyos productos se introdujeron en amplias rutas de comunicación marítima al igual que otros objetos como la obsidiana. El resultado final fue la implantación de una sociedad estratificada cuya expresión arqueológica era la aparición de asentamientos fortificados, con un patrón funerario diferenciado y de una expansión marítima en el Egeo.

Detalle de la cultura material procedente de las tumbas cicládicas. Museo Nacional de Atenas

Detalle de la cultura material procedente de las tumbas cicládicas. Museo Nacional de Atenas

A grandes rasgos, estas son las características principales de la propuesta autoctonista de Renfrew. Su ruptura con el difusionismo es total hasta el punto que una de las críticas más fundamentadas que se le ha hecho es precisamente su rigidez para integrar al proceso de evolución interno fenómenos relacionados con movimientos de población y de difusión cultural rotundamente constatados. Esto entronca directamente con la reflexión que hacíamos a comienzos del artículo y la necesidad de repensar las relaciones mediterráneas en el III Milenio a. C. En nuestro panorama científico peninsular las tesis de Renfrew tuvieron un notable impacto en la obra de autores como Chapman o Gilman, al tiempo que el difusionismo era desterrado. En 1984, durante la celebración del Congreso de Homenaje a Luis Siret, sólo uno de los investigadores asistentes, el alemán Schüle, siguió defendiendo abiertamente posturas difusionistas. Entre los motivos de Schüle, quién sabe, seguramente se encontraran los innegables parecidos arquitectónicos de Chalandriani y los poblados calcolíticos peninsulares, la proliferación de ídolos, o la supuesta relación de la metalurgia y los inicios de la jerarquización social. Seguramente el bueno de Schüle estaba equivocado al defender estas interpretaciones, pero no menos que la mayoría de colegas que acríticamente volvieron la mirada hacia el interior para escribir una prehistoria local aislada de todo acontecimiento exterior.

Esta es, en mi opinión, una lacra que nos ha perseguido y que se hace necesario resolver. Sin caer en el eclecticismo, considero que lo más conveniente para la comprensión histórica de un problema, y por muy evidente que parezca no ha sido así en prehistoria, es atender de manera global a todas las variables, tanto internas como externas, para ver si los procesos de evolución local fueron receptivos o no a influjos externos y constatar en qué grado y a qué ritmos se insertaron en las propias características y condiciones internas de una sociedad.

Bibliografía|

BROODBANK, C., “An Island Archaeology of the Early Cyclades”, Cambridge: Cambridge University Press, 2000.

HEKMAN, J. J., “The Early Bronze Age Cemetery at Chalandriani on Syros (Cyclades, Greece)”, University of Groningen, 2003.

RENFREW, C., “The emergence of civilization. The Cyclades and the Aegean in the Third Millenium BC”, Oxford, 1972.

VERMEULE, E., “Grecia en la Edad del Bronce”, México, 1971.

Redactor: Rafael Soler Rocha

Licenciado en Historia por la Universidad de Málaga, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional trabajando como arqueólogo de gestión. Mis principales temas de interés son el origen y la consolidación de la jerarquización social durante la Prehistoria Reciente, la Teoría Arqueológica y la divulgación y puesta en valor del Patrimonio mediante nuevas estrategias pedagógicas.

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