La construcción de la sociedad capitalista (III)

Hasta el momento, en nuestro somero análisis sobre la aparición de la sociedad capitalista tan solo nos hemos ocupado de la parte de las élites (reyes, nobles y burgueses), centrándonos en las demandas de los capitalistas y las políticas de los gobiernos europeos. Sin embargo, en el cómputo total de las sociedades humanas los estamentos privilegiados son la minoría y, por tanto, sería absurdo no incluir en esta serie de artículos uno centrado en las clases pobres dentro de este proceso de nacimiento del liberalismo. Porque, ¿cuál fue el papel de la población trabajadora dentro de toda esta historia? ¿Cómo se adaptó la mentalidad capitalista dentro de las culturas populares? ¿Y cómo influyeron estas masas desfavorecidas en el liberalismo?

Para empezar, nos permitiremos una pequeña simplificación: el mundo capitalista es el de la industria y las manufacturas, frente al de la sociedad agraria. Y sin embargo, en la Edad Moderna la economía de todos los reinos y repúblicas europeas se basaba en el cultivo de la tierra. Esto hacía que las políticas agrarias fuesen asunto de Estado, y que los errores en este aspecto de un Consejero Real o un Ministro pudiesen suponer una caída en desgracia inmediata. El sector manufacturero fue el precursos de la industria del siglo XIX, pero en los siglos XVI y XVII era un actor secundario dentro de las economías y se circunscribía casi exclusivamente al ámbito urbano. Desde la Edad Media, los gremios tenían el monopolio de este tipo de oficios, pactaban el volumen de producción (impidiendo modificarlo en función de la demanda) y controlaban la formación de los artesanos. Sin embargo, no podemos entrar en estas líneas en las peculiaridades del sistema de gremios, por lo que tendremos que dejarlo para un artículo futuro. Lo que si que podemos afirmar con las características que hemos esbozado, y algunas de las que comentaremos más adelante, es que los gremios representaban una forma muy rígida de producción manufacturera, que no tenía en cuenta las necesidades y problemas de cada momento; lo cual, en numerosas ocasiones, llevaba a un desajuste entre los intereses de estos talleres respecto a los intereses de la economía urbana.

El mundo campesino campesino en la Edad Moderna. Fuente

El mundo campesino en la Edad Moderna. Fuente

Así que ante nosotros se muestra un lienzo social donde la mayor parte de la población vive en el campo y trabaja en los cultivos, mientras una minoría vive en las ciudades en las que predominan las prácticas mercantiles y manufactureras. Está claro que esta explicación es reduccionista y no tiene en cuenta las fluctuaciones demográficas y migratorias, pero por el momento es un esbozo que sirve para explicar el fondo de la cuestión. Estos dos polos de población tienen en común, además, que poseen formas de producción tradicional basada en la costumbre y no en la eficiencia; algo que en el sector agrícola traerá de cabeza a muchos economistas ilustrados, como los fisiócratas. Según Max Weber, esta realidad hacía que no existiese una cultura social acorde al espíritu capitalista, que buscaba la profesionalización en el trabajo. Es decir, para el manufacturero su trabajo no solo debía ser una forma de conseguir sustento, sino un fin en sí mismo. De hecho, el investigador alemán basó su libro (ya citado en la primera parte de estos artículos) en lo que supusieron las mentalidades católica y protestante en el desarrollo capitalista y la idea de profesionalización. Sin embargo, como es lógico, en los sistemas de trabajo tradicional (salvo en contadas excepciones) esta era una realidad que no entraba dentro de ninguno de sus esquemas mentales. La gran victoria que alcanzaría el capitalismo en los siglos siguientes no sería la creación de unas élites capitalistas con influencia, sino que la población trabajadora aceptase el discurso del liberalismo, cambiando su mentalidad de trabajo, hasta alcanzar todos los rasgos de lo que hoy entendemos como “clase obrera”.

Pero aún nos encontramos en el siglo XVII, cuando se produce un hecho notable para este proceso de evolución social y económica. En las ciudades se había ido creando una acumulación de capital mercantil que buscaba salida pero, como hemos dicho, los gremios no contentaban las exigencias de una demanda cada vez mayor. Llegados a este punto muchos comerciantes, que tenían que fletar navios cargados hasta los topes con productos variados, se veían con el problema de que los talleres tradicionales se negaban a producir más de lo que ya hacían. Fue en ese momento, cuando muchos de estos hombres de negocios repararon en la mano de obra inoperante que existía en el campo. Como hemos dicho, la población campesina, ligada a unas formas de vida tradicionales, trabajaba para cumplir sus necesidades básicas y cuando no se encontraba en el campo se dedicaba a pequeñas tareas que complementaban sus necesidades de subsistencia. Esta circunstancia fue aprovechada por los mercaderes ya mencionados, que cubrían la parte que necesitaban para completar sus expediciones comerciales encargándole a estos campesinos que trabajasen para ellos. Les proporcionaban las materias primas y, en algunas ocasiones, ciertas herramientas; a cambio, recibían una retribución económica para mejorar su calidad de vida. A este proceso proto-industrial algunos historiadores como Jan de Vries lo han llamado: Revolución Industriosa.

Estas prácticas serán bastante populares en la Europa Occidental (a excepción de la Península Ibérica), y huelga decir que chocaban frontalmente contra los intereses gremiales. Las tensiones entre ambos sistemas de producción fue en aumento, pues las ventajas de producir fuera de las restricciones de los gremios eran muchas: capacidad de modificar el producto más allá de los estándares acordados por el sistema gremial, posibilidad de aumentar o disminuir la producción en función de la oferta y la demanda, aumento del margen de beneficios, disminución o aumento de la calidad respecto al producto estandarizado, etc. Este era el principio del fin para los gremios, pero no se trataba más que del primer paso para la creación de un nuevo estrato social ligado estrechamente con la producción manufacturera liberalizada. El resultado de esto fue que en unas décadas, los comerciantes ya no se contentaban con pedir a los agricultores que trabajasen durante las horas en las que no labraban, así que no tardaron en habilitar locales y edificios en los que se producía a tiempo completo, muchos de ellos ubicados en las ciudades (con algunas excepciones como la de Inglaterra). Hay que tener en cuenta que, en muchas ocasiones, este tipo de producción no estaba permitida, ya que la ley protegía a los gremios, por lo que muchos de estos talleres clandestinos se ubicaban en los sótanos o áticos de los edificios. En los primeros momentos, fue la población femenina la que cubrió este tipo de puestos (la mayoría ligados a la industria textil), sobre todo mientras estuvieron peor pagados y se consideraban de poco prestigio, algo que cambió en cuanto los salarios femeninos comenzaron a ser mayores que los masculinos en el total del sustento familiar.

La aparición del telar causó una auténtica revolución en la industria europea. Fuente

La aparición del telar causó una auténtica revolución en la industria europea. Fuente

Y fue entonces, con trabajadoras y trabajadores que fueron emigrando a las ciudades para dedicarse por completo a la producción manufacturera, cuando comenzó a producirse este cambio cultural para la futura consolidación del capitalismo: el trabajo como un fin en sí mismo. Es decir, la profesionalización y la mecanización del trabajo. A partir de ahí, las ciudades se llenaron de masas de tejedores y artesanos, nuevos barrios de trabajadores comenzaron a construirse en torno a los nuevos centros de producción y las nuevas máquinas textiles. La insalubridad, la masificación y las malas condiciones laborales eran sobrellevadas solo porque más allá del entramado urbano la miseria y el hambre eran aún mayores. Así empezó a crearse el sustrato cultural e identitario que un siglo más tarde llevaría a movimientos como el ludismo, el sindicalismo obrero y la conciencia identitaria de clase, realidades tan ligadas al capitalismo y la industria como la burguesía o la banca privada. El burgués convirtió a los campesinos en profesionales de trabajos áltamente especializados, de la misma manera que las necesidades y las demandas de estos asalariados generaron una realidad política y social que obligó al capitalismo a adaptarse, siempre a regañadientes, hacia la lenta pero inexorable conquista de derechos laborales. Sin embargo, este no fue un proceso continuo ni lineal, tuvo altibajos y fue materia de debate en los Parlamentos y las Cortes de cada país en una época de grandes transformaciones mentales, como fue el siglo XVIII. Por eso, en estas líneas pretendemos alejar la idea de que la cultura capitalista solo ha sido moldeada por un puñado de comerciantes enriquecidos y nobles, dejando a las masas obreras el simple papel de ganado de producción que nacía, vivía y moría sin dejar huella en la realidad de su época. Esto no es así, para bien o para mal, nuestra sociedad es la consecuencia de multitud de fuerzas en tensión (ricos y pobres, religión y ciencia, conservadurismo y progresismo), cuyas confrontaciones han dado como resultado el mundo en el que vivimos. En el caso concreto del sistema económico vigente, una parte poco reconocida de su éxito fue la intensa lucha obrera del siglo XIX, auspiciada por la realidad identitaria que comenzó a forjarse durante esa revolución industriosa que auspició el cambio de un mundo rural a uno plenamente urbano.

Bibliografía|

DE VRIES, J., “La revolución industriosa”, Madrid: Critica, 2009.

FLORISTÁN, A., “Historia Moderna Universal”, Barcelona: Ariel, 2017.

WEBER, M., “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Madrid: Alianza Editorial, 2011.

 

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

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