La conjuración de Catilina

Los últimos años de la República fueron años de tremenda convulsión política. El régimen republicano, que había permanecido en pie en Roma desde la caída de la Monarquía en el año 509 a.C., se precipitaba, en el siglo I a.C., hacia su inexorable final.

La dictadura de Lucio Cornelio Sila sentó las bases de un atractivo poder personalista en el seno de una república. La codicia, uno de los males que asolaba a la Roma del momento, encontraba en el ejercicio del poder unipersonal uno de sus principales vehículos principales. Cuando en el año 78 a.C. falleció Sila, su influencia no moriría con él. No tardaron en aparecer un buen número de generales deseosos de protagonizar la sustitución del fallecido dictador como fue el caso de Lépido o Sertorio, aunque, por el momento, todos los intentos no pasan de ser precisamente eso, intentos.

Mientras tanto, la crisis de la República se hace cada vez más visible. La caída del régimen dictadorial de Sila había dejado tras de sí un plausible descontento entre los ciudadanos libres, cada vez menos abundantes, una clase media tremendamente tocada y un proletariado urbano cada vez más numeroso. Además, el régimen de propiedad se había desequilibrado a favor de los grandes latifundios. El ejército, para colmo, también emanaba disconformidad, pues a muchos de los veteranos de Sila se les había privado de sus correspondientes lotes de tierra. La situación de Roma era caótica y la política se convirtió en un fiel reflejo de ella, dividiéndose, desde ya hacía tiempo, en dos facciones bien diferenciadas, la de los optimates, quienes representaban los intereses de la aristocracia más poderosa, y la de los populares, su antagonista.

Corría el año 66 a.C., y uno de los protagonistas de los últimos momentos de la República, Lucio Sergio Catilina, decide presentarse a las elecciones consulares.

Catilina había nacido en el 108 a.C. en el seno de la gens Sergia. De origen patricio, por tanto, pero sin que ningún miembro de su familia hubiera ocupado alguna vez el cargo de cónsul en los cuatrocientos años de vida que tenía la República. El régimen de Sila le fue propicio, ostentando el cargo de cuestor y lugarteniente de Curión en Macedonia. Más adelante, llegó a ser gobernador de África. Su primer intento de presentarse a las elecciones consulares no pudo ir adelante, y en el 65 a.C., un año después, tuvo que dar explicaciones sobre sus cuentas como gobernador de África luego de haber sido acusado de extorsión. Sus sobornos e influencias lograron que saliera indemne de tal trance, por lo que en el año 63 Catilina estaba ya preparado para volver a presentarse a las elecciones consulares contra nada más y nada menos que Cicerón.

Cicerón, a pesar de ser lo que se conocía como un “hombre nuevo”, es decir, un plebeyo, se convertía en el paladín de los optimates y en defensor de la autoridad absoluta del Senado. Catilina, por su parte, contaba con un gran número de influencias y alianzas y abanderaba un programa enormemente ambicioso defendiendo los intereses de los populares. Hacía suyos los reclamos de los pequeños propietarios y de los sectores más bajos de la sociedad romana de su tiempo, prometiendo, entre otras cosas, la anulación de las deudas y de las proscripciones. Su carácter y su afán revolucionario arrastraron consigo a buena parte de la juventud romana, atraída por los aires de cambio. Se enfrentaban, pues, la tradición y la modernidad. La apuesta por las costumbres y la apuesta por el cambio.

La idea de Catilina, quizás demasiado arriesgada, pierde contra el tradicionalismo de Cicerón, quien es elegido cónsul junto a Cayo Antonio. Éste último, antiguo fiel colaborador de Catilina en sus primeros ardides contra el gobierno, pasa ahora a ser su enemigo.

Catilina, decidido a alcanzar de un modo u otro el poder, estaba dispuesto a llevar a la fuerza lo que la vía democrática le había denegado en más de una ocasión. Haciendo valer las amistades e influencias que todavía conservaba a pesar de su fracaso en las elecciones, Catilina planeó un golpe de Estado con el apoyo de su amigo Cayo Manlio, soldado veterano de Sila, quien se encargaría de organizar el golpe en Etruria y Faesulae mientras que Catilina hacía lo propio en la ciudad de Roma, donde había conseguido que le siguieran un importante contingente de jóvenes y donde se había hecho con la colaboración de los sectores más descontentos de la sociedad, especialmente aquellos campesinos más perjudicados tras las reformas agrarias y la nueva estructura de la propiedad agrícola que Sila había dejado tras su muerte.

El plan trazado consistiría en el asesinato de Cicerón antes de que acabase su mandato consular. Sin embargo, éste obtuvo confidencias por parte de Fulvia, amante de uno de los conjurados, y el plan de Catilina se vino abajo, prácticamente, nada más nacer. Pero Fulvia no fue la única en revelar las intenciones del conjurado, sino que también lo hizo Craso. Sabedor de los planes trazados contra su persona, el inteligente Cicerón logró esquivar a aquellos que habían sido enviados a su propia casa para acabar con su vida. En este contexto, Cicerón saca a la palestra sus grandes dotes oratorias y pronuncia, ante el Senado, sus famosas Catilinarias:

Caricatura del siglo XIX en la que se representa el pronunciamiento de las Catilinarias por parte de Cicerón. Fuente.

Caricatura del siglo XIX en la que se representa el pronunciamiento de las Catilinarias por parte de Cicerón. Fuente.

¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?, ¿cuánto tiempo hemos de ser todavía juguetes de tu furor?, ¿Dónde se detendrán los arrebatos de tu desenfrenado atrevimiento?, ¡Qué! ¿No han contenido tu audacia ni la guardia que vela toda la noche en el monte Palatino, ni las que protegen la ciudad, ni el espanto del pueblo, ni el concurso de todos los buenos ciudadanos, ni el templo fortificado en el que el Senado se reúne hoy, ni los semblantes augustos e indignados de los senadores?, ¿No has comprendido, no estás viendo que ha sido descubierta la conjuración?, ¿No ves que tu conspiración no es para nadie un secreto y que todo el mundo ya la tiene por encadenada?. Lo que has hecho la pasada noche, los hombres que has reunido, las medidas que tú has concretado con ellos, ¿Crees que son cosas ignoradas ni por uno siquiera de nosotros (…)  Y cuando Catilina se apresta a desolar el mundo con el asesinato y el incendio, ¿Le dejaremos, siendo cónsules, hacer su voluntad?” (Cicerón, Catilinarias. I; I).

Los discursos de Cicerón no frenaron a Catilina, que partió finalmente para ponerse al frente de las fuerzas de Faestulae dejando en Roma, como líderes del levantamiento, a Léntulo y Cathego.  Pero en Roma las medidas de seguridad se habían reforzado por parte de los cónsules. Para colmo, los conjuradores que Catilina había dejado en Roma no estuvieron acertados en sus movimientos, y trataron de hacerse con el favor de un contingente de galos, los cuales no tardaron en dar cuenta a las autoridades de las intenciones de los rebeldes.

En el Senado empezaba a debatirse qué hacer con los conspiradores, enfrentándose posturas tajantes que abogaban por la ejecución contra otras más suaves, como la defendida por el propio Julio César, que se limitaban a proponer cadena perpetua para los culpables de levantarse contra la República. La balanza se inclinó contra la primera opción.

Los ejércitos de la República, dirigidos por Cayo Antonio, y el ejército de Catilina se ven las caras en el verano del año 62 en Pistoia. Salustio, quien en ocasiones hace gala de cierta admiración por el conjurado Catilina, describe cómo luchó bravamente en la batalla, ayudando a sus camaradas, tomando la iniciativa e infligiendo duros embates contra su enemigo. No obstante, nada de esto fue suficiente. El ejército sublevado estaba siendo aplastado por las fuerzas de Cayo Antonio, quien antaño había sido su fiel colaborador. Sin embargo, Catilina no se retiró. Viendo terminadas sus opciones y fracasado a su ejército, se arrojó contra sus enemigos y falleció en combate, tal y como narra Salustio, alejado de los suyos, rodeado de enemigos. Por su parte, sus colaboradores, los que habían sobrevivido, fueron ejecutados en la cárcel Mamertina.

Obra decimonónica del pintor italiano A. Segoni en la que se representa el Encuentro del cuerpo de Catilina. Fuente.

Obra decimonónica del pintor italiano A. Segoni en la que se representa el Encuentro del cuerpo de Catilina. Fuente.

Catilina había muerto, pero no la causa popular. Ésta había sobrevivido a los hermanos Graco, había sobrevivido a Sila y lo haría también a Catilina para renacer, poco tiempo después, en la figura del gran Cayo Julio César. La República estaba a salvo, por tanto, pero por poco tiempo.

En definitiva, Catilina y su figura en la Historia oscila entre héroe y villano. Las fuentes, por norma general, suelen inclinar la balanza a favor de lo segundo. Y es que, quienes han narrado la historia de Catilina han sido fundamentalmente Cicerón, su acérrimo enemigo, y el propio Salustio, quien, fiel defensor de César, es probable que tras el fallecimiento de éste buscara alejar su figura de la de Catilina con el fin de apartar del propio César cualquier sombra  de conspiración.

La Historia, generalmente, es escrita por el vencedor. La figura de Catilina no es ajena a esta norma. En palabras de S. Montero, podría concluirse afirmando que “Triste destino el de aquel personaje que llega a la posteridad a través de una legión unilateral de incondicionales apologistas. Casi tan triste el que sólo nos es conocido por implacables detractores. La fama póstuma de Catilina ha padecido en gran escala esta fatalidad. Solamente sus enemigos nos han informado sobre el romano Catilina, el hombre Catilina, el político Catilina” (1988, p. 67).

Bibliografía:

EVERITT, A., “Cicerón: Biografía”, Edhasa, 2007.

HOLLAND, T., “Rubicón”, Planeta, 2007.

LÓPEZ BARJA DE QUIROGA, P. y LOMAS SALMONTE, F.J., “Historia de Roma”, Akal, 2004.

MONTERO DÍAZ, S., “Estudios sobre historia antigua y medieval”, Universidad Complutense, 1988.

UTCHENKO, S.L., “Cicerón y su tiempo”, Akal, 1987.

Redactor: Naiara Lombao Abelleira

Licenciada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela especializada en Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua; Máster en Formación de profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato e Idiomas por la especialidad de Geografía e Historia por la Universidad de Granada y Máster Interuniversitario en Historia y Ciencias de la Antigüedad (Universidad Complutense de Madrid y Universidad Autónoma de Madrid).

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