La carrera por el Mare Nostrum (II)

La poderosa ciudad del Lacio intentaba dominar el mar, sí, pero éste no se dejaba domar con facilidad. Lo que no lograron hacer los cartagineses lo hizo la propia naturaleza. En el 255 a.C., tras lograr vencer una vez más a los púnicos junto al cabo de Cap Bon[1] y ya a la altura del sur de Sicilia, los romanos se vieron sorprendidos por un fuerte temporal que dejaría unas bajas importantísimas en su flota, presenciando cómo se hundían la mayor parte de sus naves con sus hombres dentro. Solamente logró salir de este funesto temporal una mínima parte de aquel contingente que, una vez más, había logrado ganarles la partida a los experimentados cartagineses. Este acontecimiento marca sin duda un antes y un después en la relación entre el hombre y el mar, afirmándose incluso que la historia no constata una catástrofe marítima mayor que ésta (Pol, I, 37, trad. de Manuel Balasch Recort).

Lo cierto es que esos años Neptuno fue cruel con los romanos, y tan solo dos años más tarde del varapalo en las costas sicilianas, la Ciudad de las Siete Colinas volvería a verse involucrada en otro siniestro marítimo provocado por las inclemencias del tiempo; sería en el 253 a.C., esta vez frente al cabo Palinuro[2] (Roldán, 1994, p. 33). Demasiados golpes en muy poco tiempo, debieron pensar los romanos; de haberlo creído o no así, lo cierto es que Roma dejó a un lado sus pretensiones marítimas para volver a conceder a la guerra en tierra firme el protagonismo de antaño. Pero el esfuerzo no había sido en vano, y Roma empezaba a verse a sí misma como una potencia marítima a tener en cuenta[3].

            En cualquier caso, esa primera guerra púnica embarcó por primera vez a Roma en una guerra por mar, sacándola de su burbuja en Italia y motivándola con unas pretensiones ultramarinas que, hasta entonces, no había tenido. A partir de aquí, la balanza fue paulatinamente inclinándose hacia el bando itálico en detrimento de una Cartago que, con el fin de la segunda guerra púnica (201 a.C.), se veía desbancada como principal potencia mediterránea. A partir de ahora, y hasta el fin de sus días, Roma tomaría el relevo como dueña del mar Mediterráneo, Mare Nostrum (“nuestro mar”), como orgullosamente pasaron a llamarlo.

Virgilio escribía “recuerda, romano, es a ti a quien corresponde conquistar a los pueblos” (Eneida, VI, 851), y así fue. Tras los 120 años que duraron las tres guerras libradas entre cartagineses y romanos y una vez eliminada Cartago, los romanos iban a poner sus miras en la zona oriental, sobre el poder helenístico, al que también acabaría por someter. Ahora, el Mediterráneo tenía un claro dueño, y la economía y el comercio romanos, tan estrechamente ligados entre sí, se sirvieron del mar para insuflar una vida y una actividad sin precedentes a una Roma que no hacía sino crecer como la principal potencia mediterránea. Una vez hubo ganado la partida a Cartago, Roma no tendría que jugársela muchas veces más en una batalla marítima[4].

Cuando Roma adquiere la constancia de ser una gran potencia, no olvida la importancia que el mar juega a su favor. No sólo el haberse hecho con él, el haber avanzado en un terreno en el que tuvieron que rehacerse, reinventarse, sino más allá de eso. Los romanos sabían que su ubicación exacta dentro del Mediterráneo les favorecía, estando bien comunicados con Grecia, así como también con el norte de África (Burbank y Cooper, 2012, p. 37); esa proximidad al mar posibilitó a su vez a Roma unas fructíferas relaciones con el resto de pueblos mediterráneos. El mar Mediterráneo servía a sus propósitos y necesidades ayudando a aprovisionar a la cada vez más grande y bulliciosa ciudad de Roma, sosteniendo, a su vez, su economía. En ella, el comercio experimentó un auge sin precedentes y los llamados negotiatores[5] se abrieron paso ante un amplio abanico de posibilidades para enriquecerse. También fue crucial el Mediterráneo en la política exterior romana, con unas ansias de expansión cada vez más fuertes. Se había abierto la veda para los romanos y a partir de entonces no harían otra cosa que ir progresivamente extendiendo su dominio hacia nuevos y cada vez más alejados lugares.

Así pues, la época de mayor esplendor de Roma coincidió, y no por casualidad, con la época de mayor esplendor comercial del Mediterráneo, que veía como sus aguas eran surcadas por enormes cargueros[6] y galeras que buscaban resarcir la altísima demanda que desde la gran capital se proyectaba. El principal buque mercante romano era conocido como corbita, empleadas, en ocasiones, para el transporte de pasajeros.

Recreación de una corbita romana en mar abierto. Fuente.

Recreación de una corbita romana en mar abierto. Fuente.

Muy lejos habían quedado aquellos años en los que Roma daba sus primeros pasos en el arte de la navegación, titubeando y construyendo unos barcos todavía muy torpes, lentos y de escasa maniobrabilidad. Los romanos habían conseguido convertir sus antes defectuosas naves en sendas galeras mercantes, raudas y ligeras, pero de considerable tamaño para poder albergar en su interior productos tan variables que iban desde lo más básico, como cereales transportados desde Egipto (conocido como “el granero del imperio”) hasta lo más lujoso, pasando por grandes e imponentes animales salvajes que, desde tierras africanas, iban a ser trasladados a los circos romanos para entretener al pueblo de Roma.  Así, 135.000 toneladas de cereales eran transportados desde Egipto hasta Roma en un año. La llegada de estos cargueros procedentes de Egipto en verano se convertía en Roma en todo un acontecimiento para el pueblo, que veía llegar a unas inmensas naves que contaban, las más grandes, con un arqueo aproximado de unas 1200 o 1300 toneladas (Johnson y Nurminen, 2011, p.59). Así nos cuenta Séneca la expectación de los romanos ante la llegada de las embarcaciones procedentes de Egipto:

“De improviso se nos han presentado hoy las naves de Alejandría que suelen adelantarse para anunciar la llegada de la flota que vendrá en seguida: se las llama mensajeras. Grata resulta a los campanos su contemplación; todo el pueblo de Putéolos se concentra en los muelles y por la misma forma de las velas reconoce a las alejandrinas aun en medio de una gran multitud de navíos; porque sólo a ellas se les permite extender la gavia que todas las naves izan en alta mar.” (Cartas a Lucilo, IX, 77, trad. de Ismael Roca Meliá).

            El gran puerto de la ciudad de Roma fue Ostia, punto de recepción de una gran cantidad de buques mercantes procedentes de todos los puntos del Mediterráneo. Sin embargo, su insuficiente fondeadero forzó la creación de un nuevo puerto llamado Portus en tiempos de Claudio, cercano al Tíber. Fue progresivamente mejorado por los sucesivos emperadores, como Trajano, al tiempo que crecía el número de puertos para poder abastecer las necesidades de la capital.

Astillero de Trajano en Portus. Fuente.

Astillero de Trajano en Portus. Fuente.

Este comercio se vio amenazado por la lacra de la piratería, a la que los romanos, temerosos, buscaron poner freno enviando a uno de sus mejores hombres, Pompeyo[7]. Una vez se libraron las costas mediterráneas de piratas, Roma ya no tendría más obstáculos.

Sería el controvertido Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, quien en el año 40 d. C encargaría la construcción del navío más grande jamás construido por los romanos, algo sin duda que habría sido inconcebible para aquellos romanos que vivieron durante las primeras guerras púnicas, en las que Roma todavía observaba temerosa y suspicaz a un mar al que no acababa de tomar la medida. Este barco ordenado por el sucesor de Tiberio tenía la misión de trasladar, de nuevo desde tierras egipcias, un colosal obelisco de 500 toneladas de peso y 40 metros de longitud que todavía hoy en día se yergue imponente en la plaza de San Pedro en el Vaticano.

La hazaña de los romanos había sido de tal magnitud que hasta la Edad Moderna, ya en el siglo XVI, el Mediterráneo no volvería a sostener en sus costas a navíos de semejante envergadura (Johnson y Nurminen, 2011, p. 59; Abulafia, 2013, p.231). Más allá de eso, es sorprendente cómo los romanos manejaron instrumentos de navegación que todavía en nuestros días tienen una importancia crucial; es el caso del cepo, una tipología de ancla que tal y como se constató en algunos hallazgos arqueológicos se caracterizaba por su gran peso. Los romanos lo usaron, y los holandeses, ya en el siglo XVII, lo rescatarían del olvido para sus propósitos.

Ánforas y, abajo, cepos de embarcaciones romanas. Fuente.

Ánforas y, abajo, cepos de embarcaciones romanas. Fuente.

Además, manejaban inteligentemente el scaphe o gnomon, empleados para la medición de la altura del sol; el triquetro, antepasado del astrolabio, o la llamada corredera, un instrumento de medición náutico que permite calcular la velocidad de los barcos.

El mar, un día enemigo de Roma, acabó convirtiéndose, en definitiva, en uno de sus principales aliados y en uno de sus principales sostenes. Adaptarse a él, para Roma, era una cuestión de reinventarse o morir, y los romanos fueron mucho de lo primero. Sus embarcaciones surcaron las aguas del Mediterráneo durante siglos, al mismo tiempo que sus legiones dominaron por tierra. Mare Nostrum, le llamaban, y, en efecto, fue suyo.


[1] Cerca de Aspis (Roldán, 1994, pp.31-32), se halla en la costa norte de África, más concretamente en la parte más noroccidental del Golfo de Túnez.

[2] Este cabo se asienta en las costas de Lucania, situado al sur de la región italiana de Cilento y relativamente próximo a la actual ciudad de Salerno.

[3] Heurgon (1971, p. 247) recuerda que, en el 235 a. C, los romanos decorarían el reverso de sus monedas con el dibujo de una proa, lo que para él es un símbolo inequívoco de dominación marítima.

[4] Una de las más importantes batallas marítimas que le quedarían todavía por librar sería, sin duda alguna, la de Accio, librada entre la flota de Octavio, a su vez comandada por Agripa, y Marco Antonio el 2 de septiembre del año 31 d. C. (Ponti, 1968, p. 39)

[5] Poderoso grupo de empresarios procedentes de muchos puntos de la península itálica que se dedicaron a un dilatado número de negocios relacionados con el terreno comercial: tráfico de mercancías y productos agrarios, manufacturas (con el especial boom que adquirieron los productos de lujo), materias primas y un considerable etcétera. (Roldán, 1994, p. 148).

[6] Roma había avanzado de manera sobresaliente en la construcción naval, y estos cargueros estaban dotados  de un sistema que les permitía navegar tanto a remo como a vela. Su tamaño variaba, de manera que los más pequeños eran aquellos orientados a viajes de relativa brevedad, con escala en puertos cercanos, mientras que los de mayor tamaño estarían pensados, como es lógico, para travesías de mayor duración.

[7] En el 66 a.C., Pompeyo pondría el freno a la problemática piratería dividiendo en trece zonas diferenciadas el mar Mediterráneo, y procediendo por separado en cada una de ellas a la limpieza total de la piratería, con el fin de poder retomar la actividad comercial normal (y necesaria) para Roma (Abulafia, 2013, p.226).

Bibliografía:

ABULAFIA, D., “El Gran Mar”, Barcelona: Crítica, 2013.

BURBANK, J. y COOPER, F.,” Imperios”, Barcelona: Crítica, 2012.

CHIC GARCÍA, G., “Roma y el mar: del Mediterráneo al Atlántico”, en V. Alonso Troncoso (coord.), “Guerra, exploraciones y navegación: del Mundo Antiguo a la Edad Moderna”, A Coruña, pp.55-89. 1995.

ESCARPA, A.,“Tecnología romana”, Madrid: Akal, 2000.

GOLDSWORTHY, A., “El ejército romano”, Madrid: Akal, 2005.

GOLDSWORTHY, A., “La caída de Cartago: las guerras púnicas, 265-146 a. C”, Barcelona: Ariel, 2008.

GOLDSWORTHY, A., “Las guerras púnicas”, Barcelona: Ariel, 2002.

HEURGON, J., “Roma y el Mediterráneo occidental hasta las guerras púnicas”, Barcelona: Labor, 1971.

JOHNSON, D.S. y NURMINEN, J., “Historia de la navegación: a través de mares y océanos”, Barcelona: Planeta, 2011.

POLIBIO., “Historias, Libros I-IV”, Madrid: Gredos, 1981.

PONTI, V., “Historia de las comunicaciones. Transportes marítimos”, Pamplona: Salvat, 1968.

ROLDÁN, J.M., “El imperialismo romano. Roma y la conquista del mundo mediterráneo (264-133 a. C)”, Madrid: Síntesis, 1994.

Redactor: Naiara Lombao Abelleira

Licenciada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela especializada en Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua; Máster en Formación de profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato e Idiomas por la especialidad de Geografía e Historia por la Universidad de Granada y Máster Interuniversitario en Historia y Ciencias de la Antigüedad (Universidad Complutense de Madrid y Universidad Autónoma de Madrid).

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