Integración, rechazo e identidad. La Península Ibérica en la Edad Moderna

Según el filósofo y economista Amartya Sen, en cada ser humano conviven múltiples identidades que lo conforman como un individuo complejo y lleno de matices. Esto lleva a que cada persona, y por extensión las sociedades, sean tremendamente heterogéneas, algo que no siempre tenemos en cuenta a la hora de realizar determinados análisis sociológicos, económicos e históricos en los que empleamos categorizaciones bastante generales. Un claro ejemplo de ello lo podemos observar en nuestra realidad cotidiana, cuando se hace una división tajante entre la denominada como «sociedad occidental» y el «mundo islámico»; de esta manera, factores económicos y políticos, amén (nunca mejor dicho) de  la religión serían unos valores compartidos por cada uno de los integrantes de «uno y otro lado». No deja de ser paradójico, por otro lado, que al segundo caso no se le atribuya, en la mayoría de las ocasiones, el título de sociedad, dando así a entender que estamos ante otro tipo de realidad, quizás más primitiva, a ojos de aquellos que usan este tipo de nomenclátores.

Como ya hemos mencionado, al usar este sistema no tenemos en cuenta la gran cantidad de matices que podemos encontrar en los distintos grupos humanos. Se defiende por tanto, de manera bastante tosca e imprecisa, que los individuos pertenecientes a una sociedad comparten no solo unos sistemas organizativos y económicos, sino también un sistema de creencias y valores de manera monolítica e inequívoca. Obvia decir que  esta forma de clasificación de las sociedades reduce a la mínima expresión la capacidad de decisión de los individuos, que estarían de este modo supeditados y delimitados por estructuras sociales que les hacen pensar y actuar de una determinada forma. Tampoco queremos decir con esto que no existan una serie de rasgos que debido a cuestiones económicas, sociales, históricas e incluso religiosas sean asumidas de una manera más o menos amplia y generalizada por los habitantes de las distintas sociedades. Pero como se puede observar, los matices son demasiado importantes como para obviarlos.

Sin duda, el lugar de origen es algo que, de partida, se perfila como una realidad bastante determinante. Así, nacer en un país concreto nos hace identificarnos a nosotros mismos y frente a los demás como franceses, mexicanos o yemeníes; en estos casos, en realidad, poco importa nuestra elección; siempre se puede ser apátrida o sentirse más afín a la cultura y sociedad de otro país, pero ello no cambiará un hecho objetivo como es el lugar de nacimiento. En este caso estamos ante una identidad que podríamos identificar como impuesta y que escapa de nuestra elección, determinada en gran parte por la visión que los demás tienen sobre nosotros, lo que no en pocas ocasiones puede llevar al empleo de tópicos poco acertados.

Sin embargo, en otras ocasiones, la asunción de una identidad sí responde a nuestros propios gustos y preferencias, como puede ser profesar una determinada religión (aunque no en todos los casos es algo que se pueda elegir) o la asunción de cierta ideología política. En estos casos, juega un importante papel la solidaridad que pueda generarse entre las personas que comparten estas determinadas preferencias, ideas o creencias.

En definitiva, en cada ser humano conviven una serie de identidades, las cuales pueden o no estar en conflicto, predominando también, depende de los casos concretos, unas más que otras.

Pero volvamos sobre la cuestión relativa al lugar de nacimiento como factor determinante a la hora de pertenecer a un grupo. En este caso, como explicamos antes, poco lugar hay para la elección personal. ¿Quiere decir esto que estamos supeditados a un determinismo marcado por nuestros orígenes? Sí y no, pues muchas de estas realidades sociopolíticas se muestran mutables y cambiantes a lo largo de la historia. En la Edad Moderna podemos hablar, principalmente, de reinos o repúblicas, las cuales no siempre se corresponden con los actuales estados-nación. Además, el modelo sobre el que se sustentan estas monarquías muestra una serie de características bastante distintas a las que podemos observar hoy día, destacando principalmente la diferencia existente entre un ciudadano y un súbdito, supeditado este último a la figura del monarca.

A partir del siglo XVI, y una vez finalizada la conquista del Reino de Granada, nos encontramos con varios escenarios políticos dentro de la Península Ibérica. Por un lado, si bien Aragón, Castilla y Navarra contaban con su propio derecho, desde muy pronto estuvieron gobernadas por la misma monarquía, hecho que daba a estos territorios cierta homogeneidad a pesar de sus notables diferencias. Frente a ello nos encontramos con Portugal, gobernada desde 1385 por la dinastía Avís. Ambos territorios compartían una serie de características, como la tradición romana y la religión cristiana, realidad que resultó aglutinante durante el proceso de conquista de los territorios que habían permanecido bajo gobierno musulmán en la Península. Sin embargo, baste echar una ojeada a los enfrentamientos que se produjeron entre Portugal y Castilla para observar que nos encontramos ante unos reinos que se definen con bastante claridad el uno frente al otro.

En el resto de territorios peninsulares bajo el gobierno de los Habsburgo existía, a su vez, una heterogeneidad social bastante destacable. Un buen ejemplo de ello es el artículo publicado por nuestro compañero sobre la comunidad morisca. A ello habría que añadir el importante número de extranjeros residentes en suelo peninsular, que a su vez podían ser súbditos de algunos de los territorios europeos gobernados por la monarquía de los Austrias.

Estas distintas realidades tenían sus consecuencias a la hora de organizar la realidad social de la época. Como súbditos, los individuos debían obediencia al monarca, pero esto no bastaba, al menos en principio, para que fuesen considerados como pertenecientes a un reino. Para el caso de Castilla nos encontramos con la distinción entre dos realidades, como es la de naturaleza y vecindad. Por natural se definía a aquel que había nacido en un determinado lugar, hecho objetivo éste y que, a priori, no ofrece ningún tipo de duda. La vecindad, por su parte, se definía como la pertenencia a una determinada comunidad; para ello era necesario formar parte de ella de manera activa y ser reconocido por la misma. Con el tiempo, ambas realidades acabarían por acercarse, siendo la vecindad un paso necesario para la naturalización. Por su parte, el monarca podía otorgar a determinados súbditos (previo «donativo») la naturaleza en sus reinos; son las conocidas como «cartas de naturaleza» que se hicieron tan frecuentes entre aquellos mercaderes extranjeros que pretendían comerciar con América.

Las distintas comunidades siempre se mostraron contrarias a ellas, ya que iban contra el concepto de vecindad. Aunque el proceso de obtención de la misma se perfilaba más como un hecho de carácter consuetudinario, también fue regulado mediante una serie de preceptos que se debían cumplir. Los naturales, es decir, los nacidos en territorios peninsulares, no tenían mayores dificultades para ser reconocidos como vecinos. Pero la cuestión se complicaba en el caso de los extranjeros, muy interesados en poder obtener la naturalización que les permitiera formar parte del lucrativo comercio indiano. Si bien existían leyes al respecto desde época de Fernando el Católico, será en  1561, a través de una Real Cédula otorgada por Felipe II, cuando se establecerá que los extranjeros

«que hubieran vivido en estos Reynos o en las dichas Islas (Canarias) diez años, con casa y bienes de asiento y fueren casados en ellos o en las dichas islas, con mujeres naturales de ellos o de las dichas Islas, que estos tales sean tenidos y habidos por naturales y lo mismo declaramos y lo mismo hacemos con los estrangeros que estuviesen en las nuestras Indias por tiempo de estos años.»

En la película la misión se tratan los enfrentamientos entre portugueses y castellanos en tierras americanas. Fuente

En la película “La misión” se tratan los enfrentamientos entre portugueses y castellanos en tierras americanas. Fuente

En América no era extraño que los vasallos del rey se denominaran a sí mismos como «españoles» frente a los indígenas, algo que a veces resultaba bastante paradójico, dado que se trataba de alemanes o italianos al servicio de la monarquía. En este caso estamos ante un uso interesado de los conceptos de identidad y naturaleza, debido a las ventajas que podía reportar el ser parte de un determinado colectivo. Frente a ello, y a pesar de que durante el período de tiempo que va desde 1580-1640 Portugal y España estuvieron gobernadas por la misma dinastía, los portugueses se cuidaron mucho de mantener sus prerrogativas e independencia en lo referente a sus colonias asiáticas, en las que los castellanos (entiéndase españoles) no podían interferir y mucho menos ostentar cargos de responsabilidad.

Esta normativa carece de una verdadera utilidad práctica cuando nos encontramos ante individuos de extracción humilde, emigrantes que buscaban fuera de su lugar de nacimiento unas mejores condiciones de vida. En estos casos dependía más de la acogida que tuviesen en aquellos lugares donde se establecieron ¿Fue fácil para estos individuos ser considerados como vecinos de pleno derecho? ¿Hasta qué punto conservaron su identidad de origen? Todo dependía, en última instancia, de que fuesen reconocidos o no como vecinos, lo cual a su vez estaba ligado en gran parte a su propia manera de actuar. El tiempo de residencia y los lazos que establecieran con la comunidad eran signos inequívocos que, a ojos de sus vecinos, les hacían formar parte integrante de la misma.

Como se ha podido observar, a pesar de las regulaciones existentes, el empleo de una identidad u otra estaba muy relacionado con los intereses o beneficios que se pudiera extraer de ello, lo cual está en sintonía con lo que comentamos sobre las identidades múltiples y el valor que los individuos quieran darle a una u otra, dependiendo de los beneficios que se pueda obtener de ello.

En no pocas ocasiones se mantuvieron las solidaridades entre los extranjeros residentes en territorio castellano, como bien atestigua la creación de corporaciones de nación y hermandades (San Antonio en el caso de los portugueses) que velaban por los intereses de sus miembros. Esto nos muestra la perdurabilidad de la concepción de pertenencia a un determinado grupo entre cuyos participantes se mantienen estos lazos, lo cual no siempre tenía que estar reñido con su aceptación como vecinos.

Interior de San Antonio de los Portugueses, actualmente de los alemanes, en Madrid. Fuente

Interior de San Antonio de los Portugueses, actualmente de los alemanes, en Madrid. Fuente

En cualquier caso, la aceptación de estos sujetos no solo dependerá de la actitud de los mismos, sino de la postura de la comunidad hacia ellos. Solo así se explica que a partir de 1640, en el marco de las hostilidades entre Castilla y Portugal por la independencia de esta última, se inicie una verdadera persecución inquisitorial contra los portugueses residentes en territorio castellano, a los cuales se les acusaba de mantener ritos y costumbres mosaicas. Más allá de si esto era cierto o no, nos encontramos con que la coyuntura política cambiará la percepción que hasta ahora se había tenido de gran parte de estos individuos; la generalización llevará a que muchos de ellos, debido a sus orígenes y a pesar de no haber dado muestras de llevar a cabo prácticas sospechosas, sean perseguidos y acusados, en teoría como herejes hacia la religión católica, pero en la práctica considerados como enemigos de la Corona y, por ende, de la comunidad.


Bibliografía|

CARDIM, Pedro, “Portugal unido y separado. Felipe II, la unión de territorios y el debate sobre la condición política del Reino de Portugal, Valladolid: Universidad de Valladolid, 2012.

GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, Antonio, “Los extranjeros en el tráfico con Indias: entre el rechazo legal y la tolerancia funcional”, en VILLAR GARCÍA María Begoña y PEZZI CRISTÓBAL, Pilar (dirs. congr.), “Los extranjeros en la España Moderna: Actas del I Coloquio Internacional, celebrado en Málaga del 28 al 30 de noviembre de 2002”, Ministerio de Ciencia e Innovación, 2003,  pp. 73-99.

GARCÍA GARCÍA, Bernardo J. y RECIO MORALES, Óscar, “Las corporaciones de nación en la monarquía hispánica (1580-1750). Identidad, patronazgo y redes de sociabilidad, Madrid, Fundación Carlos de Amberes: Editorial Doce Calles, 2014.

HERZOG Tamar , “Vecinos y extranjeros. Hacerse español en la Edad Moderna”, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

SEN, Amartya, “Identidad y violencia. La ilusión del destinoBuenos Aires: Katz Editores, 2007.

Redactor: Ignacio González Espinosa

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla. Año 2013. Máster de Estudios Históricos Avanzados, especialidad en Historia Moderna. Año 2014.

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3 Comments

  1. Buenos días Ignacio.
    Un artículo muy interesante y bien documentado.
    Creo que hay una errata en el inicio del párrafo siete, donde dice “A partir del siglo XIV….” Entiendo que se refiere al siglo XVI.
    Un saludo.

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    • Muchas gracias Antonio, me alegro de que le haya gustado. Tiene toda la razón, se trata de una error, veré si se puede editar. Si no queda aquí registrado como “fe de errata”.

      Un saludo.

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  2. Efectivamente, corregido queda el error. Muchas gracias por la puntualización.

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