El feliz encuentro entre el arte y la modernidad

Seguramente algunos de nosotros recordamos  aquellas clases de conocimiento del medio, luego de historia o de historia del arte en las que ojeábamos las imágenes y fotografías más vistosas del libro y cuando a veces  topábamos con ejemplos típicos del Impresionismo como  Le Moulin de la Gallete (1876) de Renoir o alguna vista panorámica de los bulevares franceses del XIX de un Pisarro y un Monet, con esa sensación optimista y a veces radiante, insertos entre sus predecesores y contemporáneos románticos y realistas, justo antes de la eclosión de las vanguardias.

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Edouard Manet, El almuerzo sobre la hierba, 1863. París, Museé d’Orsay

Aquellas animadas calles repletas de gente o los bailes al aire libre, luminosos y de colores vivísimos contrastan con la severidad de los motivos anteriores. De la misma época encontramos un Vagón de la Tercera Clase (1864) de Honoré Daumier, ejemplo de la pintura realista y social o unas décadas antes dramas románticos como La Balsa de la Medusa (1819) de Gericault y aún antes el rigor neoclásico, primero republicano y después imperial de David. Con el Antiguo Régimen los inevitables temas bíblicos, crueles pasajes muchos de ellos, graves y con paletas oscuras casi todos o bien retratos de poder puro al servicio del Primer y el Segundo Estado. Es cierto que esta sería una visión más bien parcial y literaria de la historia del arte porque también podemos ver alegría en las sonrisas de los más humildes cuando son retratados por los maestros del barroco español; la luz y el divertimento en El Columpio (1767) de Fragonard a finales del Antiguo Régimen; o las parejas bajo el parasol y la luz de Francisco de Goya, antes de su negrura. En cualquier caso formas muy diferentes hasta la llegada de lo que dio en llamarse Impresionismo y su sello inconfundible —hay consenso entre los expertos— en la visión predominantemente positiva y alegre que sostuvo de la sociedad de su tiempo. Quizás sea esa la impresión, nunca mejor dicho, que más sostiene el interés de la gente hasta la actualidad en las exposiciones, las conferencias y las publicaciones relacionadas con aquél periodo de la historia de la pintura. En palabras del historiador y editor Ingo F. Wather, los pintores del Impresionismo nos legaron imágenes de un mundo que a muchos les agradaría vivir. Los retratos realistas y a la vez sublimados de una época añadimos, fueran o no conscientes de ello sus hacedores.

Como toda clasificación en Historia, el Impresionismo es una etiqueta que surgió de manera fortuita y que engloba a un grupo de artistas con diferencias ideológicas, sociales y estilísticas importantes, útil y válida no obstante para señalar unos presupuestos primordiales y una tendencia hasta cierto punto homogénea de una serie de pintores franceses.

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Gustave Caillebotte, Tejados bajo la nieve, París, 1878. París, Museé d’Orsay.

A través del lenguaje pictórico, los impresionistas pusieron sobre la mesa una cuestión esencial y que hasta entonces no era obvia: la Realidad se manifiesta y se percibe de muy diferentes maneras. Los objetos, los paisajes, las personas insertas en ellos se nos muestran en colores y sensaciones siempre cambiantes. Para la mayoría de los impresionistas estas sensaciones eran «los auténticos elementos del mundo», lo único que los seres humanos podemos captar, tan sólo un corte parcial del gran conjunto que se nos presenta.

El uso de una paleta de color muy luminosa fue la principal característica de la mayoría de la pintura del grupo, lograda con contrastes muy fuertes de pinceladas de color puro, dispuestas muy juntas y fundiéndose por el efecto óptico en la retina del que contempla, con la consecuencia de una sensación de gran luminosidad. Los colores puros y sus gradaciones de intensidad se encargaban de crear la profundidad y los contornos de las pinturas.

Revolucionarios sin duda fueron los motivos preponderantes en el Impresionismo. Aunque sus creadores insistían en que el motivo en sí no era realmente importante, sino más bien los experimentos con la luz y el color, lo cierto es que llegó a conformarse una iconografía del Impresionismo: techados, plazas urbanas, jardines, remeros, nadadores y veleros, retratos, paisajes y bodegones. En buena medida fue una respuesta rebelde ante los temas omnipresentes del arte académico oficial, neoclasiscista, historicista y romántico o todos a la vez y cuyo máximo exponente fuera quizás Dominique Ingres. Para el establishment cultural del II Imperio y también de la República, los impresionistas fueron a menudo asociados en bloque a la subversión y la Comuna pese a sus notables diferencias.

Caillebotte-tejados bajo la nieve, parís, 1878

Desde los años 60 del siglo XIX hasta el cambio de siglo, el movimiento impresionista evolucionó en paralelo a la del mercado del arte. Inicialmente, aquellos artistas consagrados a la creación del arte por el arte como fin en sí mismo e independientes de ricos mecenas y del poder necesitaban transmitir (y vender) al público general sus logros y novedades a través del Salón, la inevitable institución central de la cultura francesa que dictaminaba qué era y qué no era arte. Pese a rechazos muy sonados y críticas severas, lo cierto es que algunos de los impresionistas  lograron introducir allí varios de sus trabajos, si bien la mayoría iban a parar al Salón de los Rechazados. No obstante pintores como Edgar Degas, de posición económica desahogada, simplemente desdeñaban la aprobación del Salón, mientras que Eduard Manet luchó toda su vida por la aceptación oficial de su obra, lográndolo sólo en su última etapa.

Pero con el discurrir del siglo el protagonismo de la Academia fue cediendo al auge de los marchantes de arte y las galerías como vehículo de venta y comunicación del arte nuevo. Pero el grueso de la población simplemente se mantenía ajena a las disquisiciones artísticas de pequeños grupos como el de los impresionistas y en sus comienzos los temas elegidos causaban más bien hilaridad y escándalo como El almuerzo en la hierba (1863) de Manet. Las escasas ventas permitieron existencias más bien modestas para la mayoría de los impresionistas. En el caso de Degas o Cézanne la autonomía les llegó a través de herencias familiares.

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Pierre-Auguste Renoir, Le Moulin de la Galette, (Detalle), 1876. París, Museé d’Orsay.

Nuestros protagonistas recorrían los bulevares parisinos y las riberas del Sena o bien los caminos polvorientos de las localidades circundantes en busca de sus motivos. Claude Monet ponían el acento en la atmósfera creada por los edificios, las masas ciudadanas y las condiciones climáticas del invierno en El Boulevard des Capucines(1873), mientras que Degas se centraba en el mundo cultural del teatro y la danza como reflejos de las nuevas formas de relación y comportamiento social, también en novedades como la luz de gas o los espectáculos deportivos burgueses como las carreras de caballos. Camille Pisarro optaba por los paisajes aldeanos de localidades como Pontoise, haciendo hincapié en las condiciones lumínicas a través de la coloración y recogiendo paisajes donde el hombre aparecía como un elemento central, fundido con la Naturaleza. Pisarro, Sisley, Guillaumin o Caillebotte recogían en sus vistas los puentes de hierro, las chimeneas de la incipiente industrialización y el tráfico pero no con desagrado, sino como atractivas novedades susceptibles de armonizar con la Naturaleza y el Hombre en un conjunto optimista.

Característico del grupo, en distintos grados, era el análisis de las personas tal cual aparecían a sus ojos pero sin derivar en consideraciones morales y sociopolíticas explícitas. Pierre Auguste Renoir que a menudo subrayó su rechazo hacia todo tipo de compromiso político, retrataba a las mujeres costureras del barrio de Montmartre, de costumbres ligeras que, probablemente debido a su humilde condición económica, les ayudara a complementar su salario, pero lo cierto es que Renoir y casi todos los demás recogían personas satisfechas, eminentemente felices, remarcando la sensualidad y la belleza en un tono alegre y positivo.

Pero como decíamos, el grupo no era homogéneo en sus inclinaciones. Al menos dos líneas generales marcaban el discurrir artístico en su seno: por un lado Monet, Renoir, Sisley o Morisot, por el otro Degas y sus seguidores, inclinados hacia motivos más puramente realistas en el sentido de Gustave Courbet o Francois Millet y con mayor carga crítica, aunque siempre en un lugar secundario respecto a la noción de arte puro.

Hacia finales de la década de los 80 se fueron gestando importantes movimientos. Como alternativa al Salón oficial se creó la Societé des Artistes Indépendants en 1884 con el compromiso de estar abierto a todos y donde participaron figuras capitales del postimpresionismo como Georges Seurat o Paul Signac quienes a partir del lenguaje impresionista innovaron por medio del puntillismo y abrieron a su vez nuevas posibilidades. Ése fue el caso de Paul Gauguin, pupilo de Pisarro, de van Gogh, Anquetin o Touluse-Lautrec los cuales llegaron a exponer su obra en conjunto en la Avenue de Clichy y frente a la del grupo de Monet o Pisarro.

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Camille Pisarro, 1830-1903. [Fuente]

Hitos filosóficos y culturales como el manifiesto de El simbolismo en 1886 propugnaron nuevos objetivos artísticos, más cercanos a las corrientes idealistas y de una nueva religiosidad, escépticos frente las teorías positivistas, materialistas y científicas. Esto tuvo un influjo necesariamente ambivalente en el Impresionismo y sus derivaciones ya que como hemos visto, los primeros sostuvieron una visión positiva y en general poco crítica respecto a la realidad circundante y la civilización occidental, pero por otro lado la pretensión de representar la realidad esencial de las cosas a través de símbolos aunque usando el lenguaje plástico impresionista  fue propio de autores como Gauguin en La aparición después del sermón (1888) y en sus cuadros de la Polinesia, en George Seurat y con trazas en pintores como Degas o aparentemente tan alejados de la pintura simbólica como Monet.

Lo que nos interesa señalar es que el Impresionismo se encontró pronto entre los modelos clasicistas a los que se había opuesto y un incipiente vanguardismo que también lo criticaba a él. El simbolismo y el arte primitivista ponían en cuestión la idea de percepción de la visión impresionista así como su elección de temas aleatorios, al fin y a la postre burgueses según estos críticos. Por otro lado se abría paso el arte decorativo, art-nouveau para el consumo público de masas a través de la cartelería de Tolouse-Lautrec o Pierre Bonnard.

Estas acometidas no lograron en última instancia desviar los propósitos originales del Impresionismo que continuó su camino a despecho de otras novedades. Así fue en Pisarro que renunció al puntillismo para volver a sus orígenes o en Monet quien se mantuvo tenaz en sus series de panoramas con repeticiones y variaciones para el estudio de la atmósfera y la luz: Almiares con nieve (1891) o La Catedral de Ruán (1894). Paul Cézanne, un verso libre del Impresionismo varias décadas atrás, se centraba en los retratos y obras figurativas con gentes sencillas, bodegones y desnudos al aire libre, siempre en camino hacia su motivo. Pretendió aunar como ningún otro objetivos muy dispares: objetividad a través de una percepción visual y una disciplina artesana estricta; subjetividad del pintor en la composición del tema para la transmisión de mensajes con trascendencia filosófica y para una vida mejor que de alguna manera eran inherentes al cuadro y a la Pintura en general. En Cézanne la misión del pintor era alcanzar todas esas posibilidades.

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Claude Monet, Nenúfares, Museo de la Orangerie, 1926.

Un buen ejemplo de la evolución sufrida por el Impresionismo, desde su marginación hasta el ascenso a las cumbres, es el proyecto del museo de La Orangerie en el Jardín de las Tullerías a cargo de Monet desde 1922 y patrocinado por el Presidente francés Clemenceau. Se pensó el edificio decorado con nenúfares y paisajes acuáticos, la «Capilla Sixtina del Impresionismo», alejado de finalidades no artísticas propias del poder religioso o de los motivos patrióticos y nacionalistas. Ajeno también a una representación de la vida moderna tal como había proyectado en su momento Manet, los nenúfares de Monet aparecían como expresión y triunfo del arte y la visión pura.

 

 

Bibliografía |

WALTHER, I. F., “El Impresionismo“, Köln: Taschen, 2006.

ZOLA, E., “La Obra“, Barcelona: Mondadori, 2007.

Redactor: Diego Afonso Martínez

Licenciado en Historia por la Universidad de La Laguna y Sevilla. Máster en Estudios Históricos Avanzados de Hª Contemporánea.

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