Historia de una Monarquía (I). El dilema sucesorio.

España, 1947. El general Franco aprueba ante sus cortes de procuradores la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, que dotaba de un corpus jurídico y político al Estado dictatorial instaurado tras su victoria en la guerra civil española (1936-1939). La ley afirma que:

    ‹‹España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que de acuerdo con su tradición se declara constituido como Reino (…) la persona que estime [Franco] debe ser llamada en su día a sucederle a título de Rey o Regente››.

La España de los años sesenta presentaba una imagen muy distinta a la de los primeros años del franquismo, donde la miseria económica, junto a la represión y dureza política, eran el pan de cada día. El buen desarrollo económico del país traería consigo un cambio de mentalidad en la sociedad española, que pasó a estar siempre un paso por delante de un régimen que seguía anclado políticamente en los años treinta. Esta década abrió nuevas miras en la sociedad española, dando paso al inicio de las grandes movilizaciones así como a los conflictos socio-laborales; los estudiantes se harían notar al mejor estilo del Mayo francés;  la Iglesia postconciliar (Concilio Vaticano II) comenzaba a ser una losa más en lugar del pilar donde el régimen se había apoyado tradicionalmente. En definitiva, había en aquellos años una efervescencia socio-política que trajo consigo un mayor enfrentamiento de la sociedad española con un régimen al que se le comenzaba a perder el respeto, que no el miedo. El régimen franquista comenzaba a ser considerado ‹‹una dictadura fuera de su tiempo››. 

Pero no sólo comenzaron a flaquear las estructuras de la dictadura. La salud del propio Franco comenzaba a ser preocupante y en las altas esferas del régimen  surgió una duda inquietante que todo barón político franquista se hacía: ‹‹¿Quién  sucederá a Su Excelencia?›› Según la Ley de Sucesión el Régimen se constituyó como reino y como tal debía dotarse de un monarca, medida que consiguió contentar a los monárquicos que venían reivindicando la vuelta del Rey desde el final de la guerra civil. A partir de entonces entraba otro problema en juego, y esta vez en las altas esferas y no a nivel de calle. La polémica sucesoria pasaría a ser el eje central del debate político franquista, mientras que para Franco lo importante era estar convencido de la solidez de su proyecto político y no tanto de la cuestión sucesoria. Una vez resuelto esto, procedería a resolver la designación de su heredero.

Franco deteriorado por la edad. Su sistema político comenzaba a deteriorarse como la salud del propio dictador. Fuente.

Franco deteriorado por la edad. Su sistema político comenzaba a deteriorarse como la salud del propio dictador. Fuente.

Una de las cuestiones que Franco se preocupó en reforzar antes de designar sucesor fue precisamente la herencia política que dejaría a éste, y un factor a tener en cuenta a la hora de abordar la futura labor del sucesor de Franco fue que los poderes que recibiría del dictador no eran trasladables en su totalidad, ya que se reforzaron los controles de las instituciones sobre la vida política para evitar posibles desviaciones a otros sistemas que no fueran los que el propio dictador había diseñado. Por lo tanto, a pesar de que la ley le atribuía un enorme poder al futuro monarca, ese poder tenía un límite, ya que cada acto debía ser asistido por un órgano constitucional expresamente determinado, ya fuera el Gobierno, las Cortes o el Consejo del Reino. Podemos decir que al poder absoluto de Franco le sucedería una monarquía limitada.

Pero ¿Quién sería el Rey de Franco? Para los monárquicos la cuestión tenía obvia solución: Don Juan de Borbón como único depositario de la legitimidad dinástica era, y debía ser, el nuevo rey que restaurase la monarquía en España. Para los adictos al régimen daba igual quién fuese el monarca; lo importante era que éste no desviase su política hacia postulados liberales ni democráticos, manteniéndose siempre fiel a los principios del Movimiento Nacional, es decir, al franquismo más duro e inmovilista. Los carlistas seguían reivindicado a su pretendiente, y el clan del Pardo (Familia Franco) propondría y jugaría desde su ‹‹corte›› con la opción de Alfonso de Borbón, cónyuge de la nieta del dictador. A pesar de todas esas opciones, quien tuvo siempre la sartén por el mango era el propio Franco, y éste tenía claro que el heredero debía ser modelado por él mismo, casi a su imagen y semejanza y sin influencias internas ni externas. Quería evitar a toda costa que el heredero propiciara una vuelta a la democracia. El reino era y debía ser del Movimiento Nacional, o como diría el propio Franco, ‹‹El Movimiento se sucede a sí mismo››.

Por lo tanto daba igual la persona que ocupase el trono. Tuviese legitimidad dinástica o no, esa persona debía acatar el sistema que el propio Franco había dejado ‹‹atado y bien atado››.

Don Juan charla con el entonces príncipe Juan Carlos en Villa Giralda. Fuente.

Don Juan charla con el entonces príncipe Juan Carlos en Villa Giralda. Fuente.

Juan de Borbón, a pesar de ser el candidato oficial de una hipotética restauración monárquica, nunca representó una opción para Franco. Esto se debe a los ambiguos giros políticos que  protagonizó desde el propio estallido de la guerra civil, en los que pasó de apoyar a Franco al inicio de la contienda, a tratar de acercarse a su persona una vez el dictador alcanzó el poder. Tras varias reuniones en las que jamás consiguió una restauración borbónica encarnada en su persona, Don Juan acabó abrazando los postulados democráticos, no tanto por profundas convicciones políticas sino por ser consciente de que en los años sesenta todas las monarquías europeas, o eran democráticas, o no tenían futuro. El conde de Barcelona tuvo siempre una obsesión por restaurar la corona que su padre Alfonso XIII perdió en 1931, pero de nada sirvió dicho empecinamiento al no aceptar una restauración monárquica modelada por Franco. Por lo tanto, se puso punto y final a la opción más apreciada por todos los monárquicos para dar paso a la designación de Juan Carlos, hijo del propio conde, como heredero ‹‹legítimo›› del dictador. Juan Carlos, a diferencia de su padre, no tuvo ningún problema en someterse y comprometerse con las Leyes Fundamentales del Régimen, así como a convivir con el dictador, ya que entendía que era la única vía posible para restaurar la monarquía en España.

El 21 de Julio de 1969 Franco presentó ante el Consejo del Reino la designación de Juan Carlos como su heredero con el título de Príncipe de España. Al día siguiente, el nombramiento fue ratificado por mayoría por las Cortes franquistas, con la única negativa del sector falangista y regencialista, conocidos por  los ciudadanos  como ‹‹el Búnker››, es decir, la derecha más ultra e inmovilista de la dictadura. A pesar de la postura contraria a la designación de su propio hijo, Don Juan tuvo que aceptar la situación una vez que el propio príncipe se desplazó a Estoril, donde se encontraba exiliado su padre,  para convencerle de que la única opción que tenía la monarquía en España recaía en su persona. A regañadientes, y por el bien de una restauración monárquica, Don Juan aceptó que su hijo ocupara la corona, aunque de momento no cedería a éste sus derechos dinásticos.

Efectivamente Juan Carlos juró fidelidad a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales del Régimen franquista, y con ello su imagen pasó a estar vinculada al dictador en el imaginario colectivo de los españoles, de los demócratas europeos y de la oposición antifranquista. El 22 de Noviembre de 1975, dos días después de la muerte de Franco, Juan Carlos I fue proclamado rey de ‹‹todos los españoles›› y, entre sus primeras palabras:

Franco preside unas Cortes orgánicas de su propio Estado en las que designa oficialmente como heredero suyo al príncipe Juan Carlos el 21 de Julio 1969. Fuente.

Franco preside las Cortes orgánicas de la Dictadura en las que designa oficialmente como heredero suyo al príncipe Juan Carlos de Borbón el 21 de Julio 1969. Fuente.

‹‹[…] Como Rey de España, título que me confieren la tradición histórica, las Leyes Fundamentales del Reino y el mandato legítimo de los españoles, me honro en dirigiros el primer mensaje de la Corona, que brota de lo más profundo de mi corazón. Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Francisco Franco […] Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. […] España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio […] ››.

Era lógico pensar que para aquellos españoles que ya ocupaban las calles reclamando libertades políticas y democracia, aquél joven monarca no era el rey que traería un cambio político; aquél era el rey de Franco y como tal había que combatirlo.

Bibliografía|

LAZO DÍAZ, ALFONSO, “Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército”, Madrid: Síntesis, 2008.

SOTO CARMONA, ÁLVARO, “Transición y cambio en España, 1975-1996″, Madrid: Alianza Editorial, 2005.

SOTO CARMONA, ÁLVARO, De las Cortes orgánicas a las Cortes democráticas, en Ayer nº 15, Madrid: Marcial Pons, 1996.

TUSELL, JAVIER, “La Transición española hacia la democracia”, Madrid: Historia 16, 1999.

TUSELL, JAVIER, “Historia de España en el siglo XX”, Madrid: Taurus, 1999.

TUSSELL, JAVIER, La Transición a la democracia en España como fenómeno de Historia política, en Ayer nº 15, Madrid: Marcial Pons, 1996.

Redactor: Salvador Martín Expósito

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y actualmente cursando Máster en Historia Contemporánea. He sido Alumno Interno en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Mi perfil académico se inclina en el estudio de los fascismos europeos y español. Fundador y Director de Témpora Magazine.

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