Felipe III y la expulsión morisca

En la historia de los pueblos hay grandes decisiones que marcan un hito, momentos —gloriosos o nefastos— en los que la población es plenamente consciente de que se acaba de superar una encrucijada tras la que ya no hay marcha atrás. El destino de todos ha cambiado porque las cosas se han hecho de una manera muy concreta, y siempre  habrá quien diga que en estos instantes congelados incluso podemos encontrar la caída o el ascenso  de imperios enteros. Sin embargo, hay momentos igual de cruciales pero que no son contemplados con el mismo sentimiento de trascendencia a la hora de observar el pasado. Ya sea por falta de significado político, o por otras razones en las que no entraremos en este artículo, la expulsión de la comunidad morisca de los reinos españoles de los Habsburgo es uno de esos aspectos clave que despiertan poco interés en general. Aún así, no solo fue una decisión que cambiaría por completo el devenir de estos territorios, sino también de la España de hoy.

Pero reflexionemos un momento, ¿por qué es importante este hecho? Muy sencillo, porque no solo se expulsó a una gran cantidad de población en muy poco tiempo —en el Reino de Valencia suponía una parte nada desdeñable del total demográfico—, sino porque fue una decisión que salió adelante contra la voluntad de un sector de la nobleza terrateniente de aquellos lugares donde estaban asentados los moriscos y, sobre todo, contra los deseos de un importante sector de la Iglesia entre los que se incluía el confesor del rey. Esto es especialmente curioso y significativo, porque a veces se pretende ver en la expulsión un hecho natural bajo una dinastía de reyes que aspiraban a ser líderes de la cristiandad, sin embargo no hay nada más lejos de la realidad.

Philip III of Spain. Taller de Frans Pourbus el Joven. Fuente.

Philip III of Spain. Taller de Frans Pourbus el Joven. Fuente

Nos encontramos en el reinado de Felipe III, que tiene a su lado como valido al Duque de Lerma. Los Habsburgo gobiernan un imperio en el que no se pone el sol, y que fue dominado por Carlos V y mantenido por Felipe II, pero la monarquía tiene serios problemas. El joven Felipe III había recibido de su padre los territorios europeos y las tierras de ultramar —algunas de ellas ubicadas en parajes casi legendarios—, algo conseguido con mucha sangre pero sobre todo con mucho dinero; además, la herencia que dejó Felipe II fue tan magnífica como frágil, ya que la Corona estaba agotada. Todos esperaban de este nuevo rey muchas reformas, suficientes victorias militares y, como consecuencia de ello, una política de pacificación que reafirmase el poder de la monarquía española y permitiese tomar aliento. Lerma —el poderoso valido— se lanzó a aplicar las reformas y a preparar las acciones de guerra que alzarían al monarca a la misma altura que sus predecesores, pero las cosas no salieron como esperaba. El rey había firmado la Paz de Vervins en 1598 con los franceses, así que se imponía la necesidad de una pronta victoria militar que alzase el fogoso entusiasmo de los súbditos. Así pues, Lerma convenció al monarca para que lanzase una ofensiva contra el Norte de África, para así conseguir dos grandes objetivos: controlar el Mediterráneo Occidental frente a los piratas berberiscos y alzarse con un éxito militar que, además, le presentase como paladín de la cristiandad. Este último era, en realidad, el verdadero objetivo. Simultáneamente, la guerra en Flandes se recrudeció. Spínola conseguía avances contundentes pero de manera lenta e insosteniblemente cara, como en Ostende (1601-1604). La flota se lanzó contra Argel en 1601, 1604 y 1605, y en las tres ocasiones fue rechazada; al mismo tiempo, se perdió La Esclusa y la Escuadra del Estrecho ante los holandeses y se tuvo que pactar un alto el fuego con ellos en 1606, que llevaría a la Tregua de los Doce Años (1609-1621). Además, la toma de Larache (1608) —la enésima operación contra el turco— había terminado en desastre. El único logro importante de estos años fue la Paz de Londres (1604), con la que se desactivaba otro de los frentes abiertos por Felipe II, cuya sombra —junto con la de Carlos V— empezaba a hacerse terriblemente alargada. Además, los escándalos de corrupción no hacían más que crear una imagen negativa del monarca no solo en España sino también en toda Europa, por lo que podemos imaginar que no serían pocos quienes viesen en esta sucesión de catastróficas desdichas los primeros signos del agotamiento imperial.

El rey no podía permitirse que sus enemigos creyesen que era débil, necesitaba posicionarse como cabeza de la cristiandad y debía hacerlo rápido, y si los fracasos continuaban sucediéndose la cabeza que rodaría no sería otra que la de su valido. Lerma sabía esto, así que ideó un plan por el que podría dar la vuelta a la situación: un golpe de poder tan simbólico que eclipsaría el desastroso estado de todos los frentes. Además, en este caso, la victoria era segura si la operación se ejecutaba con cuidado. El problema morisco era un tema antiguo, y todos sabían que había que ocuparse de él, —sobre todo desde la Rebelión de las Alpujarras (1568-1571)— pero encontrar la solución era complejo. Por una parte la población veía a los moriscos como una amenaza, no solo porque algunos de ellos colaboraban con la piratería berberisca o porque, algunas veces, ellos mismos se unían a los piratas para volver como saqueadores, sino porque los señores los preferían a los cristianos allí donde se asentaban. ¿Por qué? Muy sencillo: las comunidades campesinas cristianas tenían privilegios y derechos que debían ser respetados por los señores, cosa que no ocurría con los moriscos, ya que eran musulmanes y se les podían imponer todo tipo de condiciones que los cristianos no aceptarían. Así, los señores se resistían a perder esta mano de obra que, a efectos prácticos, era casi esclava en muchas ocasiones. Por otra parte, la Iglesia se sentía tremendamente frustrada por la resistencia de estos musulmanes españoles a ser convertidos al cristianismo —todas las campañas de evangelización habían sido en vano— pero no iba a permitir perder definitivamente todas esas almas, que era lo que significaba la expulsión.

Fray Jerónimo Javierre —confesor de Felipe III— era el mayor escollo que debía superar Lerma, y la prueba es que consiguió paralizar los primeros intentos del valido en el Consejo Real y convenció al monarca para que iniciase una nueva campaña de evangelización. El duque desplegó toda su influencia, pero en última instancia Felipe III antepuso su conciencia religiosa a las razones de Estado. Finalmente, tras la muerte de Javierre por su avanzada edad, el Duque de Lerma se vio con las manos libres para llevar a cabo su plan y en unos pocos meses ya se estaba planeando el proyecto en el más absoluto secreto pese a las tímidas objeciones del nuevo confesor. El valido conocía perfectamente las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer, pero en el otro lado de la balanza estaba el prestigio del rey y su propia continuidad junto a él. El decreto de expulsión de los moriscos se publicó en Valencia el 22 de septiembre de 1609, acelerado tras la firma de la humillante tregua con los rebeldes holandeses, aunque los preparativos militares se habían comenzado a realizar durante la primavera de ese mismo año. Es imposible explicar en este resumen la enorme maquinaria que se puso en marcha para poder llevar a cabo toda la operación de expulsión en este periodo de tiempo, muchas veces de manera caótica porque todo debía ser un absoluto secreto. Hasta los últimos momentos, nadie supo qué estaba pasando excepto los más allegados al rey: las flotas eran movidas a puntos situados fuera de sus rutas sin explicación, tercios enteros se acantonaban en la Península sin motivo aparente, y ni siquiera los virreyes y generales que deberían organizar las gestiones de la expulsión en el momento crítico se percataron de lo que estaba sucediendo hasta que todo estuvo ya muy avanzado.

En una semana comenzó la expulsión en el Reino de Valencia, que según se había convenido se llevaría a cabo en primer lugar y por vía marítima para evitar que los moriscos pasasen por otros reinos cristianos. No solo participaron los buques militares, sino una gran cantidad de navíos comerciales que ayudaron en la empresa y cuyo flete debían pagar los propios moriscos; además, siempre se traía de vuelta a un morisco que atestiguaba a la siguiente remesa de pasajeros que llegarían a África sanos y salvos. Ante esta situación la confusión que sufrieron aquellas personas, tras saber que iban a ser expulsadas y que no podían salir de sus pueblos y villas hasta que los soldados fuesen a buscarlos -algo que tardaba incluso meses en algunos casos-, debió ser mayúscula. Sin duda la marcha de estos moriscos desde sus casas hasta el puerto, acompañados por soldados —que probablemente harían gala de conductas lenguaraces, como ocurre cada vez que un ser humano se ve en la oportunidad de humillar a otro— y obligados a dejar todo aquello con lo que no pudiesen cargar debió ser muy dura. A ello le seguía el hacinamiento en las bodegas y la cubierta de las naves y, por último, la llegada al destino. Al vaciado de Valencia siguió el de Castilla, Aragón y Cataluña un año después. Felipe III y Lerma lo habían conseguido, y pese a las dificultades —ya que en muchos momentos no se supo si se podría llevar a cabo esta obra de ingeniería humana— habían logrado dar ese golpe de efecto que volvía a presentar al monarca como un hombre decidido y católico, además de vender la campaña como una auténtica victoria militar.

L'expulsió dels moriscos (1894), Gabriel Puig Roda, Museu de Belles Arts de Castelló (detall). Fuente.

L’expulsió dels moriscos (1894), Gabriel Puig Roda, Museu de Belles Arts de Castelló. Detalle. Fuente

Finalmente, lo último que nos queda por añadir son las cifras —las cuales fluctúan según los autores—. En los primeros meses fueron expulsadas 116.000 personas sin ningún tipo de dificultad, ya que las tímidas revueltas fueron aplastadas con rapidez; en 1610 fueron deportadas otras 123.000. En 1614, tras un intenso ejercicio administrativo y judicial, la cifra total de moriscos expulsados ascendió a 275.000, y así pudo darse por concluida la operación. Sin embargo, los efectos de la expulsión no se hicieron esperar, ya que perder en tan poco tiempo el 4% de la población que vivía bajo el monarca hispánico no iba a quedar sin efectos en la economía de la zona. El mayor golpe, sin embargo, fue para el Reino de Valencia, que vio desaparecer a una gran parte de sus campesinos y artesanos cualificados, que hacían funcionar la agricultura de regadío, la producción sedera y el transporte. Además, muchos de los moriscos expulsados eran médicos y también los encargados de la preparación de las medicinas. A consecuencia de todo ello, enormes cantidades de tierras cambiaron de manos o quedaron vacías, lo que produjo la ruina de muchos nobles y clérigos rentistas que vivían del vasallaje morisco y de los beneficios de la propiedad. Un desplome económico y social del que la región tardó varios siglos en recuperarse. Por su parte, Felipe III había conseguido el rédito internacional deseado y las cortes europeas volvían a tener en cuenta la capacidad operativa de la Monarquía Hispánica; además, la decisión de prescindir de una parte tan importante de la población de sus reinos por una cuestión de principios católicos era una declaración de intenciones para todos sus enemigos.

Bibliografía

FLORISTÁN, A., “Historia de España en la Edad Moderna”, Barcelona: Ariel, 2004.

LOMAS CORTÉS, M., “El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614)”, Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2011.

PASCUAL MARTINEZ, P. “Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad”, Murcia: Universidad de Murcia, 2014.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, escritor de novela, creador de contenido y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio marítimo.

Comparte este artículo

Trackbacks/Pingbacks

  1. Integración, rechazo e identidad. La Península Ibérica en la Edad Moderna - temporamagazine.com - […] Un buen ejemplo de ello es el artículo publicado por nuestro compañero sobre la comunidad morisca. A ello habría …

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current ye@r *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR