Etrusca muliere: Propaganda griega y latina contra las mujeres tirrenas

La civilización etrusca tuvo siempre una idea estipulada de cómo establecer y desarrollar sus instituciones y costumbres. Una idea con un carácter plenamente urbano. La historia de la civilización etrusca fue la de un número determinado de ciudades, doce en este caso, que se unían por sentimientos de fraternidad, religión, raza y costumbres. Esto solo cuando el viento soplaba a favor porque cuando cambiaba y la situación se volvía insostenible y peligrosa esos lazos de unión de deshacían con gran rapidez.

Para comprender mejor el comportamiento y el espíritu de un pueblo solo hay que visualizar y estudiar su vida cotidiana. Un obstáculo mayúsculo se presenta en el camino, a diferencia de la literatura griega y romana, de los etruscos no nos han llegado escritos que nos describan el día a día de su civilización. Pero, afortunadamente, para el caso de Etruria contamos con los objetos a modo de ajuares que hallamos en sus necrópolis. Esto, en cierta medida, palia la ausencia de literatura pues sus tumbas son un retrato fiel de la vida etrusca. Cierto es que debemos apoyarnos en fuentes próximas a la cultura tirrena, no queda más remedio si queremos aproximarnos de manera más sesuda al aspecto social. A lo largo de este escrito, la mujer ocupará el puesto de objetivo principal a estudiar, una mujer etrusca que, según las fuentes recogidas, cambia en todos sus aspectos, desde los más básicos hasta los más complejos.

Cuando uno penetra en las tumbas etruscas, recorre esas cámaras subterráneas y alza la vista para contemplar las hermosas pinturas que yacen en sus paredes y techos. Solo hay un sentimiento que aflora de todo ello: alegría. En los innumerables retratos aparece la mujer junto a los hombres, ambos recostados sobre sus lechos de banquete, donde la diversión campa libremente. Los esclavos completan dicha imagen, los cuales trabajan para que el espíritu de armonía no decaiga. Algunos aparecen atareados y otros danzando para gozo de sus señores. Cierto es que nuestra visión está limitada, no podemos englobar a toda la sociedad etrusca bajo este prisma, pues en las tumbas se refleja la vida que llevaban las familias aristocráticas. La vida de estos discurría por el camino que marcaba el placer y los lujos. Una descripción que parece encajar con la pomposidad de la vida aristócrata nos la da Diodoro Sículo (V, 40):

Dos veces al día se ponen suntuosas mesas y todo lo que colocan sobre ella es de un lujo exagerado y desmedido, flores, manteles y numerosos vasos de plata de variadas formas; el número de esclavos que cuida del servicio es bastante crecido. Entre ellos los hay que destacan por su belleza y otros por el lujo de sus vestidos. 

 Larth Velcha y su mujer, Velia Seitithi. El matrimonio disfruta de un banquete acompañados de una joven con un abanico. Dicha pintura se encuentra en la Tumba de los Escudos (Tarquinia). Fuente

Larth Velcha y su mujer, Velia Seitithi. El matrimonio disfruta de un banquete acompañados de una joven con un abanico. Dicha pintura se encuentra en la Tumba de los Escudos (Tarquinia). Fuente

Constituye una piedra básica en la literatura sobre la mujer etrusca el destacar su deficiente trato dentro del ambiente griego, en el ámbito intelectual para ser más exacto.

Con esta visión podemos hacernos a la idea de que la mujer etrusca ocupaba un lugar de poder junto a su marido. Ambos reclinados yacen en los banquetes, ambos representados juntos en las muchas tumbas y la vida que llevaban tenía los mismos tintes de lujos. La esposa etrusca formaba parte de las fiestas y banquetes, con una igualdad total con su marido. Tenía una posición privilegiada que es opuesta en todos los sentidos a la posición de la mujer griega, la cual vivía en un estado perpetuo de inferioridad hasta los tiempos helenísticos. Este nivel de vida impropio de las civilizaciones antiguas llamaba mucho la atención entre los vecinos de los habitantes del centro de la península italiana. Los griegos consideraban dicha actitud como un escándalo que merecía todas las críticas que le pudieran llegar.

Las mujeres etruscas fueron un blanco recurrente de las iras griegas. A partir del siglo IV a. C., la idea de que la mujer tirrena era una impura y una desvergonzada se expandía como la pólvora. ¿Cómo era posible que una mujer se encuentre en un banquete junto a su marido? Las costumbres griegas hablan de que las mujeres respetables no debían de asistir a dichas fiestas. Los banquetes eran eventos masculinos y, si uno de los asistentes veía a una mujer, esta era una prostituta o una bailarina.

Como es de suponer, no puedes ser el mejor y no ganarte el odio de muchos. La rivalidad entre etruscos y griegos está plasmada perfectamente en los datos historiográficos y pictóricos, proyectando a los etruscos como el enemigo número uno de la nación helena. La herencia del pueblo etrusco, sus costumbres y realidad sociales no fueron aceptadas por todos y es por ello que algunos historiadores de la antigüedad se dedicaron a calumniar a este pueblo.

En cuanto a las mujeres, Teopompo (Historias XLIII) es el más prolífico, pero no debemos tomar en consideración sus palabras pues más que un historiador era un cronista propagandístico. Nos presenta a las mujeres como simples objetos sexuales, sin peso ni moral dentro de la sociedad etrusca, estaban muy alejadas de las respetables mujeres griegas.

Entre los tirrenos, las mujeres son gozadas en común; estas cuidan muchísimo sus cuerpos y se ofrecen desnudas, frecuentemente a los hombres y, en ocasiones, entre ellas, porque no consideran vergonzoso exhibirse desnudas. No se sientan a la mesa al lado de sus propios maridos, sino a junto a los recién llegados que más les atraen. Son, por añadidura, empedernidas bebedoras, aunque bellísimas. Los tirrenos crían y educan a todos los niños que vienen al mundo, sin saber a ciencia cierta quien es el padre. Estos niños viven de la misma manera que sus nodrizas, pasando la mayor parte del tiempo en borracheras y teniendo comercio con todas las mujeres indistintamente.

Para el profesor Paul Frischauer, Teopompo se puede catalogar como “la peor lengua de la Antigüedad”. Teopompo no se queda en este escrito, toda palabra con cierto grado de hostilidad es dedicada al pueblo etrusco y a sus mujeres. Añade también que las mujeres no tenían reparos en hacer el amor en público, ya que se trataba de una tradición nacional. El comercio sexual etrusco parece que obsesionaba mucho a Teopompo, pues habla de ello como un hecho radicalmente cotidiano dentro de las reuniones en banquetes. Las mujeres como objetos del acto sexual que se realizaba a ojos de todos los presentes. Eran grandes bebedoras y podían brindar a la salud de quien ellas quisieran. Describe como existían talleres de depilación, lugares donde las mujeres asistían para la práctica de tal operación. En dichos talleres se dejaban depilar en todas las posturas posibles, sin importar demasiado las miradas de los que por allí se encontraban.

Muchos autores como Cornelio Nepote califica a Teopompo como maledicentissimi, y según nos cuenta Martínez-Pinna en su artículo “In convivio luxuque: Mujer, moralidad y sociedad en el mundo etrusco”, Polibio también se ensaña con el autor griego afirmando su falta de moralidad y honradez profesional.

Otro autor que atacó fieramente a las mujeres de Etruria fue Plauto, quien en su obra Cistellaria, argumenta que las jóvenes etruscas se hacían una dote entregándose sin miramientos a la prostitución. Esta última idea parece tener un carácter más religioso que social, ya que según Heródoto (I. 93), las jóvenes de Lidia llevaban a cabo esta práctica para formar un  hogar y poder llegar al matrimonio por sus propios esfuerzos.

Los autores latinos, como Plauto, no resultan ser tan maliciosos en sus escritos sobre la mujer etrusca. La razón de este hecho es la vinculación histórica entre ambos pueblos. Etruria es la base de Roma y eso no se olvidaba. A consecuencia de este hecho, las valoraciones positivas abundaban en contraposición a las más apabullantes. El simple hecho de comparar a sus mujeres con las etruscas era ya un caldo de cultivo suficiente para ellos. Eso sí, sin emitir juicios denigrantes.

A pesar de toda esta propaganda anti-tirrena, en este caso focalizada en las mujeres, la sociedad etrusca siempre fue abierta para con sus mujeres. La libertad que parecía tener la mujer tirrena tuvo que ser algo que sorprendiera a los griegos y romanos. Disfrutaban de un estatus social favorable. Un rasgo que nos permite afirmar tales argumentos es que la mujer etrusca poseía un primer nombre, es decir, que al contrario de sus homónimas griegas y romanas, éstas eran conocidas por su nombre, no solo por su apellido o un gentilicio de origen familiar. En Roma, las mujeres eran conocidas por su gentílico, esto demuestra que las condiciones jurídicas y sociales de las mujeres, tanto en Grecia, Roma y Etruria, eran completamente distintas, y sobre todo, el modo en que se expresaba. La mujer etrusca muestra a través de su nombre su propia personalidad y un reconocimiento legal como ciudadana.

Un ejemplo que vigoriza la figura de la mujer etrusca y que, además, otorga credibilidad al peso de esta dentro la sociedad etrusca fue: Tanaquil. Según nos plasma la tradición, fue la esposa del primer rey etrusco de Roma, Lucio Tarquinio Prisco. Se trataba de una aristócrata perteneciente a la ciudad de Tarquinia. En el siguiente texto, perteneciente a Tito Livio (I. 41. 1-6), se puede observar el carácter de la mujer etrusca, una mujer que a pesar de la adversidad saca la casta para poner orden y controlar los asuntos estatales.

Los que estaban a su alrededor acogen en sus brazos a Tarquinio moribundo, los lictores detienen a los dos fugitivos. Después, gritos y aglomeración de gente preguntando que ocurría. Tanaquil, en medio del revuelo, ordena cerrar el palacio y echa fuera a los testigos. Dispone con toda diligencia lo necesario para curar la herida como si hubiera aun esperanzas, y a la vez, por si las esperanzas se frustran, toma otras precauciones. (…) Al hacerse casi insostenible el griterío y la presión de la multitud, Tanaquil habla al pueblo desde lo alto del palacio por una ventana que daba a la vía Nueva. Les exhorta diciendo que estén tranquilos; que el rey está aturdido por el golpe inesperado, pero que el arma no ha penetrado muy profundamente, que ya ha vuelto en sí; que se ha examinado la herida y restañado la sangre; que todo tiene curación; que confía en que pronto lo verán a él en persona; que, mientras tanto, ordena que el pueblo obedezca a Servio Tulio, que será quien administre justicia y desempeñe las demás funciones del rey.

Tanaquil aparece con una personalidad muy fuerte, interviniendo políticamente en el destino de Roma tras la muerte de su marido. Ensalza la figura del rey, se encarga de buscar un heredero y calma los ánimos de la población como una autentica soberana.

No hay que olvidar que la sociedad etrusca se dividía en dos sectores bien diferenciados: uno que englobaba a las clases más pudientes, y otro sector para las grandes masas populares. Cabe destacar que los rasgos propios de las mujeres que aquí se han detallado pertenecen a las mujeres de la aristocracia, pues la arqueología no nos proporciona una visión generalizadora de la sociedad etrusca. Los ajuares de las tumbas ayudan a comprender mejor a estas mujeres etruscas, las cuales eran atacadas por griegos y romanos de manera cotidiana. En definitiva, la mujer etrusca gozaba de una situación privilegiada que para nada se caracterizaba con las atrocidades que plasmaron los escritores griegos y romanos. Del estudio epigráfico se puede extraer que poseían un estatus jurídico similar al de los hombres, pues tenían el derecho a poseer un nombre, el cual se asociaba al gentilicio de su familia. También podía poseer esclavos y bienes con una autonomía inexistente en Grecia o Roma, y prácticamente en ninguna sociedad antigua. Como afirma Martínez-Pinna, la mujer etrusca puede asimilarse en cierta forma a la mujer espartana, pues ambas se posicionan en la cúspide social y participan en el engranaje social con libertad. Teniendo en cuenta estas ideas no podemos llegar a hablar de un matriarcado en la civilización etrusca.

Bibliografía

BLOCH, RAYMOND, “Les Etrusques”, Ginebra: Nagel, 1974.

BRIQUEL, DOMINIQUE, “La Civilisation étrusque”, Paris, Fayard, 1999.

BRIQUEL, DOMINIQUE, “Les étrusques”, Que sais-je ?, 645, 2005

HUS, ALAIN, “Los etruscos”, Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 1987.

MARTINEZ-PINNA, JORGE, “In convivio luxuque: Mujer, moralidad y sociedad en el mundo etrusco”, Brocar, 20. 31-56, 1996.

MASSA-PAIRAULT, F-H., “La Cité des Étrusques”, Paris, cnrs Éditions, 1996.

OGILVIE, R.M., “Roma Antigua y los Etruscos”, Historia del Mundo Antiguo, Taurus, 1981.

Redactor: Jesús Campos Márquez

Graduado en Historia por la Universidad Sevilla. Etruscólogo de vocación. Poseo un Máster en Estudios Históricos Avanzados por la Universidad de Sevilla. Trabajo como redactor para varios medios de comunicación online.

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