Esbozo de las Germanías de Valencia y Mallorca

Carlos V es uno de los personajes dorados de nuestra construcción histórica nacional, el iniciador del imperio español y, tradicionalmente, considerado uno de los mejores monarcas de nuestro pasado. De los años de su gobierno se recordará sobre todo al rey soldado, el que luchó contra franceses y protestantes en el continente y contra musulmanes en el Mediterráneo, es la brillante crónica que, durante muchos años, se contó de este emperador tan icónico. Sin embargo, como todos los grandes gobernantes, también encontramos páginas oscuras en su historia, como el fracaso ante el luteranismo, la catastrófica derrota contra los piratas berberiscos en Argel (de la que ya hablamos aquí)y las revueltas de Castilla, Valencia y Mallorca. Dentro de estos levantamientos, sin embargo, tan solo los comuneros castellanos se han hecho un hueco en el vago imaginario popular, quedando el conocimiento de los movimientos agermanados reducidos al ámbito académico y poco más. Es a estas revueltas de la Corona de Aragón a las que nos referiremos en el presente artículo, intentando introducir los hechos y el complejo sustrato ideológico que las alimentaron de manera esquemática.

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Imperio de Carlos V. Fuente

Pero para entender por qué dos reinos de la confederación aragonesa, al igual que en Castilla, decidieron alzarse en armas contra el nieto de los reyes católicos debemos remontarnos a sus primeros meses en tierras hispanas. Tras el inesperado cambio en el testamento de Fernando El Católico, que en su lecho de muerte decidió hacerle gobernador de la Corona de Aragón y del Reino de Castilla–el por qué de este hecho será uno de los misterios sin resolver de la historia– en nombre de su madre, Juana La Loca, Carlos tomó la decisión de ir a sus nuevos territorios peninsulares como rey. Esto sumió en el caos a muchas de las administraciones de estos reinos que, como en el caso del Reino de Aragón, entraron en un auténtico debate legal sobre la legitimidad del joven Carlos sobre la corona. A estas convulsiones jurídicas creadas por el cambio de dinastía hay que añadir los problemas heredados del reinado de sus abuelos y su madre, pero también luchas de poder entre facciones nobiliarias, la ignorancia que tenía sobre la intrincada política peninsular e italiana y de su total desconocimiento de la lengua y la cultura de los pueblos bajo su gobierno. A esto también hay que sumar las expectativas no cumplidas de algunos de los personajes más relevantes de la época y la exigencia real de dinero a las distintas Cortes para conseguir el titulo de emperador, lo que nos muestra un caldo de cultivo óptimo para los movimientos rebeldes que estaban a punto de surgir.

Estas eran las causas generales, pero nosotros nos vamos a centrar en los hechos concretos de Valencia y Mallorca, así como en las peculiaridades sociales que motivaron el alzamiento. Las Germanías valencianas hundían sus raíces en el gobierno de Fernando II El Católico, llegando a ser considerado por los historiadores que la crisis de subsistencia de 1503 fue el preámbulo del movimiento agermanado. Se trataba de una sociedad con un importante sector rentista inflado por los prestamos que la Corona había solicitado en años anteriores, con una jerarquía gremial desajustada y tensiones internas en los municipios. Sin embargo, en el momento en que el conflicto estalle, se producirá un alineamiento a favor o en contra de los rebeldes que coincide con factores económicos y sociales que podrían ser determinantes: allí donde la presencia mudéjar era fuerte vemos cómo se extiende el movimiento revolucionario, mientras que en las zonas donde no la había observamos una fuerte oposición a él; allí donde había cultivos aperturistas y nuevas formas de producción se hizo fuerte el movimiento agermanado, donde se cultivaban cosechas tradicionales no; igual que los lugares de producción, donde triunfó la Germanía, frente a los de exportación. En 1519, una concatenación de sucesos desencadenó el inicio del alzamiento: por una parte se temía un inminente ataque berberisco sobre las costas de Valencia, al tiempo que se producía un brote de peste y, como respuesta a esto, las élites de gobierno huían de la capital para evitar el contagio. El doble peligro que representaban los piratas y la enfermedad, junto al vacío de poder que se generó por la sensación de abandono que invadió al pueblo respecto a sus autoridades, incitó a los gremios a solicitar al rey que les permitiese armarse para garantizar la seguridad de la ciudad de Valencia. Un grupo de emisarios fue enviado a Barcelona, donde se encontraba Carlos V en ese momento, y volvió con los permisos reales a la constitución de la Germanía.

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Recepción de Adriano de Utrecht por los agermanados. Fuente

Sin embargo, estas armas desde el primer momento se utilizaron para amedrentar a la nobleza y las élites urbanas, a quienes acusaban de insolidarias y corruptas. Sin embargo sobrevino otro problema, el rey consiguió el título de emperador y partió de la península ibérica sin haber prestado ni recibido el juramento del Reino de Valencia; aunque los integrantes de la recién formada Junta de los Trece prometió que intentarían que los estamentos aceptasen realizar esta ceremonia a través una persona interpuesta. Carlos envió a Valencia a Adriano de Utrecht a recibir el juramento y también nombró a Diego Hurtado de Mendoza como virrey, demostrando su sólido apoyo a la nobleza. Esto llevó a los agermanados a colocar en el gobierno municipal a un artista y a un menestral como jurados, en un intento de equilibrar el poder de las élites nobiliarias y urbanas. Tras esto, el nuevo virrey salió de la ciudad y se produjo una extensión y una radicalización de las germanías casi instantáneas. En 1521, el rey daba inicio a las hostilidades contra el movimiento agermanado.

El alzamiento estaba protagonizado por los gremios, pero también por labradores, bajo clero y un pequeño grupo de burgueses. El número de nobles adscritos a la germanía se reduce a dos: Bernardo de Forn y Gaspar Joan. Pese a la aparente heterogeneidad del movimiento, hay que resaltar un elemento de unión que era común a todos: independientemente de su posición social, todos eran pobres. Frente a ellos, los antiagermanados, tenemos a la nobleza –grande y pequeña–, la mayor parte de la burguesía y al alto clero. También podemos trazar otra línea divisora entre las dos facciones que, si bien no puede considerarse determinante, es ilustrativa: entre los agermanados podemos ver un perfil cultural que gira en torno al normativismo científico, el humanismo literario y las corrientes milenaristas en el plano religioso; mientras que en el bando contrario vemos un conservadurismo general en lo cultural y un respeto total por la normatividad católica. ¿Pero cuáles eran las reivindicaciones de los agermanados? Se buscaba una nivelación de las jerarquías gremiales, el aumento de la libertad de comercio, la regulación del avituallamiento de las ciudades, la reestructuración del funcionariado civil para combatir la corrupción y el nepotismo, la supresión de los censales y, por último, el bautismo masivo de los musulmanes.

Este último punto fue uno de los más característico en torno a las Germanías, ya que era una de las demandas históricas de la población cristiana en la Corona de Aragón, sobre todo en Valencia dado que era uno de los territorios con más población mudéjar de la península, desde tiempos de la reconquista. Tras la victoria rebelde en Gandía (1521), grupos de sacerdotes armados se dedicaron a bautizar a la fuerza a cientos de musulmanes, según las crónicas llegando a hacerlo mojando escobas en las acequias y salpicándolos con el agua a todos a la vez. A parte de las razones económicas y sociales que impulsaban el odio contra estos mudéjares, así como las sospechas de su ayuda a los piratas berberiscos, es importante comprender que bajo esta revolución crepitaba también un sentimiento de fervor religioso de influencia milenarista, es decir, asociado a la creencia de la llegada del fin del mundo.

En estas fechas, da comienzo la germanía de Mallorca, iniciada con la detención de siete magistrados, y que tendrá también como base la lucha contra las élites nobiliarias y burguesas. Sin embargo, simultáneamente dan comienzo las victorias realistas y comienza el cerco al movimiento agermanado, que ve caer poco a poco sus plazas. En el Reino de Valencia, una vez caída la capital, los rebeldes se hicieron fuertes en Xàtiva y Alzira. Fue en los meses de la primavera de 1522 que aparece en estas ciudades, de manera fugaz, una figura extraña y misteriosa que reivindica la Corona para sí: el Encobert. Según los líderes agermanados, era un hijo perdido del príncipe Juan –por lo tanto nieto de los reyes católicos– y legítimo heredero de los reinos peninsulares. Este rei encobert, que las crónicas describen como extranjero y que hablaba castellano, desapareció de manera tan extraña como apareció, dando un último aliento a un movimiento que tan solo podía plantar ya cara en Mallorca. Una vez escenificada la derrota, la represión fue llevada a cabo de manera minuciosa y dura, dando al traste con todo lo que los agermanados intentaron construir. Paradógicamente, la única victoria duradera del movimiento fue la legalización de las conversiones forzosas, creándose el término “Morisco” y dando a elegir a estos nuevos cristianos la opción de quedarse o emigrar. La respuesta fue una revuelta morisca en Segorbe (Sierra de Espadán), que fue rápidamente reprimida por el ejército imperial.

De las Germanías extraemos una imágen nítida de los desajustes sociales con los que se encontró Carlos V, pero también con las enconadas luchas por el poder que habían dejado el gobierno de los Reyes Católicos. Las torpezas del nuevo emperador en sus primeros momentos de liderazgo, fueron el detonante de unas tensiones que se venían alimentando desde hacía mucho tiempo y que eran el fruto de una sociedad tremendamente polarizada. Con esas circunstancias, cabe recordar que si no se reprodujeron alzamientos a gran escala en Aragón y Cataluña se debió a la rápida intervención diplomática y represiva de los partidarios reales en estos territorios. Hoy en día, los historiadores siguen discutiendo sobre si las germanías, como las comunidades, eran movimientos revolucionarios de raíz progresista o conservadora, en un intento de encuadrar aquellos acontecimientos dentro de parámetros válidos para nuestros días. Sin embargo, creo que es necesario ver este periodo en clave social y cultural, como la respuesta de aquellos que se han quedado descolgados de la sociedad y del acceso a la riqueza independientemente de su posición estamental. Una reacción, esperable en tiempos convulsos, de aquellos que se sienten ninguneados por los engranajes de un sistema que consideran corrupto hasta la médula.

Bibliografía|

DURÁN GRAU, EULÁLIA, “Aspectes ideológics de les Germaníes” en Pedralbes: Revista d´historia moderna, Barcelona: Universitàt de Barcelona, nº2, 1982, pp. 53-68.

FLORISTÁN, ALFREDO, “Historia de España en la Edad Moderna”, Barcelona: Ariel, 2004.

GARCÍA CÁRCEL, RICARDO, “Las Germanías de Valencia y la actitud revolucionaria de los gremios” en Estudis: revista de historia moderna, nº2, Valencia: Universitàt de Valencia, 1973, pp. 97-154.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

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