«Es dulce el amor de la patria». La expulsión de los moriscos en el s. XVII.

Basta un leve vistazo a la compleja historia de nuestros siglos XVI y XVII para comprender que, durante esos años, España sufrió profundos cambios en su estructura política, geográfica, demográfica y social, así como muchos de los acontecimientos que tuvieron lugar entonces constituyeron un punto de inflexión en el devenir histórico de los reinos hispanos. En el presente artículo nos centraremos en uno de ellos, que sin duda supuso un antes y un después en la sociedad de la época: la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1614.

"Expulsión de los moriscos" de Gabriel Puig Roda, 1894. Fuente

“Expulsión de los moriscos” de Gabriel Puig Roda, 1894. Fuente

Tratar de comprender, desde nuestra perspectiva actual, una medida tan drástica como la expulsión de toda una comunidad de sus propias viviendas, de la tierra que, legítimamente, compartían con el resto de la sociedad hispana, parece una tarea casi imposible. ¿Cuáles fueron las razones que motivaron tal decisión? ¿Hasta qué punto la comunidad morisca suponía un problema para el bienestar y el orden político-social de España? ¿Fueron solo factores religiosos los que motivaron el destierro? ¿En qué medida fue significativo el éxodo de esta comunidad? Estas y muchas más son las preguntas que, aún a día de hoy, siguen sin tener una respuesta clara en la abundante bibliografía existente en torno a esta minoría y a su destierro de la Península Ibérica. No obstante, trataremos de indagar muy sucintamente en lo que supuso la expulsión de los moriscos de España, así como en sus posibles causas y motivaciones.

Para poder entender la relevancia histórica en la España del XVII del exilio morisco, es necesario que indaguemos en los orígenes y características de esta minoría social, haciendo especial hincapié en los elementos que los diferenciaban del resto de la sociedad y que serán, en realidad, los que nos permitan referirnos a los moriscos como una comunidad que no llegó a integrarse completamente en la sociedad hispano-cristiana del momento, si bien la posibilidad de un clima de convivencia había quedado largamente demostrada en los nueve siglos anteriores de relación entre cristianos y musulmanes, al menos por lo que se refiere al territorio andalusí. En primer lugar, cabe destacar que la palabra «morisco» (que proviene del latín maurus, «moro») es un término, utilizado en numerosas ocasiones con sentido despectivo, que alude a aquellos musulmanes de reinos peninsulares que fueron obligados a convertirse a la fe cristiana a comienzos del siglo XVI. De esta forma, los musulmanes que habitaban los diferentes reinos hispanos, pasaron de ser mudéjares (que proviene, a su vez, de mudayyan, «aquel a quien se le ha permitido quedarse» en territorio cristiano), es decir, aquellos musulmanes que pudieron conservar su religión, cultura y costumbres, y pasaron a convertirse en «cristianos nuevos». No obstante, la única diferencia, en la mayoría de los casos, es que los mudéjares son oficialmente musulmanes a ojos de la sociedad, mientras que los moriscos son oficialmente cristianos, si bien una gran parte de ellos siguió manteniendo su religión y sus costumbres en secreto. Esta conversión forzosa no hizo sino crear una tensión social en la propia comunidad morisca, en tanto que eran «cristianos nuevos de moros», es decir, en una Europa sumida en el conflicto entre oriente y occidente, encontramos a una minoría que se caracteriza por una dualidad entre su origen –islámico– y su calificación como cristianos dentro de la sociedad española. Será esta tensión la que desencadene algunos de los problemas de convivencia que se produjeron en torno a dicho grupo. A pesar de esa dualidad que los define y caracteriza frente a los denominados «cristianos viejos», lo cierto es que no existían diferencias raciales con el resto de los habitantes peninsulares, puesto que, hemos de recordar, son nueve los siglos de convivencia y  relación en la Península entre los diferentes grupos sociales, aunque les pesase a muchos cristianos viejos obsesionados con la pureza de sangre. Será en su cultura, lengua, vestidos, diversiones, formas de expresarse y de vivir donde encontraremos las principales divergencias con el grueso de la sociedad hispana. Por lo que se refiere a la religión, bien es cierto que, tras la conversión forzosa, algunos renunciaron completamente al Islam, pero muchos de ellos siguieron manteniendo una profesión íntima a la fe de Mahoma, también como un elemento de cohesión familiar y social dentro de su comunidad. Otro de los elementos diferenciadores era, sin duda, la lengua, pues continuaron conservando en gran medida la «algarabía» (o «lengua árabe»), un rasgo que solían reprocharles los cristianos. La predilección por determinados alimentos (el cordero) y su rechazo religioso y de asco hacia otros (vino, cerdo) era otro de los factores que nos permiten definir a este grupo como diferente de la sociedad hispano-cristiana. De la misma forma, vestidos, música, formas de expresar su alegría, etc., eran elementos que denotaban su pertenencia a dicho grupo, siendo especialmente llamativa en los moriscos granadinos, que, recordemos, fueron los últimos en adherirse a la comunidad hispano-cristiana, así como los que más problemas de convivencia plantearon (sirva como muestra de ello las revueltas producidas en Las Alpujarras granadinas entre 1568 y 1571).

"El Beato Juan de Ribera en la expulsión de los moriscos" de Francisco Domingo Marqués. Fuente

“El Beato Juan de Ribera en la expulsión de los moriscos” de Francisco Domingo Marqués. Fuente

Sin embargo, a pesar de las diferencias que los caracterizaban frente al resto de la sociedad del momento, no podemos olvidar que esta minoría representaba una parte importante de la sociedad (el número total giraba en torno a las 350.000 personas en un total de ocho o nueve millones de habitantes en todos los territorios peninsulares) y eran plenamente conscientes de la legitimidad de su permanencia en la península, fundamentalmente por tres razones: la voluntad divina de Alá era que todo el orbe estuviese bajo el dominio del Islam, los ejércitos islámicos habían vencido en batalla al poder visigótico reinante antes del 711, y la mayoría de los habitantes de la península se habían convertido al Islam y habían vivido durante siglos como musulmanes en los territorios peninsulares. Estaban seguros, por lo tanto, de quiénes eran los verdaderos habitantes de España y quiénes los «intrusos».

Teniendo en cuenta lo anterior, cabe plantearse por qué se llevó a cabo una decisión tan drástica como la de expulsar a toda la comunidad morisca, decisión que, de acuerdo con historiadores como Márquez Villanueva o Bernard Vincent no era en absoluto necesaria. Las posibles razones por las que se tomó esta medida son diversas, aunque ninguna de ellas, como veremos, es del todo satisfactoria. Lo cierto es que, en un primer momento, la expulsión se presentó como última solución a la conflictividad que suponía, para ciertos personajes y mentalidades de la época, la presencia de una minoría que disentía con la mayoría cristiana del país. Sin embargo, el problema no era tan importante como muchos lo dibujaban, en tanto que los moriscos no disputaban polémicamente ni hacían el menor proselitismo religioso para convertir a los cristianos a su fe. En realidad, se trataba de una cuestión de ineficacia de los métodos empleados hasta entonces para la conversión religiosa, tales como la predicación, la catequesis, el bautismo obligado o la vigilancia y los procesos inquisitoriales. Ante esta ineficacia, existían diferentes posturas en la Iglesia: mientras que el papa Paulo V Borghese era partidario de continuar con los métodos tradicionales de evangelización, algunos clérigos españoles, en especial Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquía, impulsaron la expulsión de los moriscos como única solución ante la falta de resultados favorables de los métodos usuales de conversión al cristianismo; eran conscientes, no obstante, de las consecuencias religiosas y económicas que el destierro morisco podía desencadenar. Sin embargo, la decisión final no estuvo en manos de la Iglesia española sino en las del rey Felipe III y la reina Margarita de Austria. En su conciencia pesaba enormemente la paradójica situación de incorporar múltiples pueblos de las Indias a la fe católica, mientras que en los propios territorios peninsulares el rey era incapaz de convertir de manera definitiva a una masa de moriscos «paganos» e «infieles». Pero quizá tuvo aún más importancia en la decisión real lacapitulación en 1609 ante los protestantes de los Países Bajos, puesto que muchos vieron en la expulsión de los moriscos un intento por equilibrar su «derrota» en el mantenimiento de la fe católica en Flandes, una suerte de estrategia política que ocultaría los hechos ocurridos en dicho territorio. Por otra parte, algunos autores señalan como posible motivo de la expulsión la complicidad que ciertos moriscos mantenían con la piratería turca, así como algunos actos de bandidaje rural provocados por el desarraigo de los moriscos granadinos. Sin embargo, no se trataba de una exigencia grave de la sociedad española de la época y, en realidad, no se veía a los moriscos como una amenaza real para la estabilidad de la Monarquía hispana.

Boceto de la expulsión de los moriscos de Velázquez. Fuente

Boceto de la expulsión de los moriscos de Velázquez. Fuente

Sean cuales fueren las verdaderas razones que llevaron al rey Felipe III a aceptar la expulsión de los moriscos, el resultado directo de esa decisión fue el destierro de más de 300.000 moriscos, miembros de la corona española, entre 1609 y 1614. Además, conscientes de que el hecho de enviar a los moriscos fuera de España, a vivir en Berbería, supondría dar la espalda a la evangelización y asumir que volverían a la fe islámica, se tomó la decisión, en diferentes zonas de la península, de obligar a los moriscos a que abandonasen a sus hijos pequeños para que pasasen a la tutela de familias cristianas que los educarían en la «verdadera fe». En Valencia, fueron 3.000 los niños raptados por las autoridades, así como en Andalucía se estableció que los padres que no se exiliasen a tierras de cristianos habían de abandonar en España a sus hijos menores de siete años. Pero además, señalan los tratadistas de la época que muchos de los moriscos expulsados perecieron en los viajes por mar o a mano de los beduinos, en tierras del Magreb. No obstante, se aceptaba con buenos ojos este trágico desenlace, puesto que eran «depravados y contumaces infieles», indignos de volver a formar parte de la sociedad española.

Ante tan aciago destino y conociendo las vagas motivaciones que habían impulsado el destierro, muchos escritores de la época dibujaron a los moriscos en sus obras como «buenos cristianos» que habían sido expulsados injustamente de su patria. Quizá el más famoso y conocido sea el discurso que realiza el morisco Ricote, en la segunda parte de El Quijote, donde parece dar voz al sentir de su pueblo:

«fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas las partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se vuelven a ella y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse, que es dulce el amor de la patria».

Bibliografía |

CERVANTES, MIGUEL DE, “Don Quijote de la Mancha, II“, Madrid: Cátedra, 2004.

EPALZA, MÍKEL DE, “Los moriscos antes y después de la expulsión“, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001.

LOMAS CORTÉS, MANUEL, “El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614)“, Valencia: Universitat de València. Servei de publicacions, 2012.

Redactor: Juan Manuel Díaz Ayuga

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y Máster en Enseñanza del español como lengua extranjera por la Universidad de Salamanca. Actual profesor de español en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto. (Podéis contactar conmigo a través de Twitter: @keisekillo)

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