Entre héroes y reyes: El ritual de enterramiento de la monarquía macedonia.

mario agudo

Ilustración original de Ángela Alcalá para Témpora Magazine. (CC)

Mario Agudo, nacido en Madrid en 1977. Periodista especializado en historia, arqueología y patrimonio. Ha sido miembro del consejo editor de la revista Románico entre marzo de 2005 y marzo de 2016, de la que fue director durante dos años. Desde 2006 dirige la web www.mediterraneoantiguo.com, un espacio dedicado a la arqueología y la historia del mar Mediterráneo, donde ha publicado más de 150 entrevistas con profesionales del ramo y diversos reportajes. Ha sido también colaborador de Arte España, Arte Guías, Enjoy Castilla y León, la revista Djeser, ABC Punto Radio y el programa SER Historia. Compagina esta labor divulgadora con charlas y conferencias, a través de las que se trata de acercar el mundo profesional a la sociedad. Ha sido también profesor de las asignaturas “Arqueología, patrimonio y periodismo” y “Medición de la comunicación”, del aula virtual de la Universidad de Burgos y autor de los libros “Palmira. La ciudad reencontrada” (Confluencias, 2016) y “Macedonia. La cuna de Alejandro Magno” (Dstoria, 2016).

 

Después de él reinó Pérdicas, cuya vida fue gloriosa y cuyas últimas instrucciones antes de su muerte fueron dignas de recuerdo, como de un oráculo. Pues viejo y moribundo indicó a su hijo Argeo el lugar en el que quería ser enterrado; y mandó que allí se depositaran no sólo sus huesos sino también los de los reyes que le sucedieran, vaticinando que el poder real permanecería en su familia mientras fueran enterrados allí los restos de sus sucesores; y creen, según esta superstición, que la estirpe se extinguió en Alejandro porque cambió el lugar de la sepultura” (JUSTINO, VII 2).

“Tras esta victoria se apresuró a ocupar las ciudades y, tras adueñarse de Egas, además de los distintos castigos que infligió a sus habitantes, dejó en la ciudad una guarnición de galos reclutados entre los que habían combatido con él. Estos galos, gente de una codicia insaciable, se pusieron a excavar las tumbas de los reyes allí enterrados, saquearon sus riquezas y desperdigaron sacrílegamente sus huesos” (PLUTARCO, Pirro, 26.11-13).

Estos dos fragmentos nos permiten considerar la antigua Egas, actual Vergina, como el lugar de enterramiento de los monarcas macedonios desde el siglo VII a.C., época en la que se ha datado el reinado de Pérdicas, hasta finales del siglo IV a.C. Al testimonio de las fuentes se sumaron los hallazgos arqueológicos realizados desde que Léon Heuzey comenzara las excavaciones en la zona en 1861, aunque su trabajo acabó centrándose en el palacio real. El más relevante de todos estos hallazgos fue, sin duda, el llevado a cabo por Manolis Andronicos en 1977, cuando dio con la que, desde entonces, se ha considerado mayoritariamente como la tumba de Filipo II[1].

En un balance publicado por Angeliki Kottaridi en 2011 se detallaba que se habían localizado y analizado unos 540 túmulos y 2500 tumbas en un área de unos dos kilómetros cuadrados. Los enterramientos más antiguos se remontan a la Edad del Hierro (1100-700 a.C.) y se sitúan en la parte norte de la ciudad. En el período arcaico comenzaron a desplazarse hacia el sur y en los siglos V y IV a.C. hacia el oeste y el suroeste[2].

El tamaño y el ajuar varían, como es lógico, en función del estatus social del difunto, pero había un tipo de tumbas que se diferenciaban de las demás. Una de las características de estos enterramientos especiales era el uso de un mismo emplazamiento de manera persistente, en algunos casos durante más de dos siglos. El tamaño y el lujo de los monumentos funerarios también destacaban sobre el resto, así como la cantidad, calidad y variedad de sus ajuares, entre los que había joyas, armamento, productos exóticos y objetos de oro y marfil, que no solo sobresalían por su belleza, sino también por su magnífica ejecución. También se encontraron vajillas de plata y bronce, probablemente utilizadas en ceremonias de purificación de los difuntos, así como otras herramientas para ofrecer libaciones y realizar rituales, tales como calderos o trípodes. No faltaban símbolos de poder, como diademas o armamento de gala y, en último lugar, otro rasgo diferenciador de estas tumbas es que la mayoría de restos humanos encontrados en ellas habían sido incinerados, a diferencia de gran parte de los enterramientos excavados en la necrópolis de Vergina, donde el rito utilizado había sido el de la inhumación.

Dado que muchas de estas tumbas presentaban evidencias de saqueo y destrucción, los arqueólogos las asociaron, siguiendo el relato de Plutarco sobre los mercenarios galos de Pirro con el que abríamos el artículo, a las de la familia real teménida. El hecho de que además los restos presentaran evidencias de incineración, reforzaba esta hipótesis ya que parece que, al menos hasta época de Filipo II, este rito se restringió a los miembros de la familia real. Pero es en este punto en el que vamos a detenernos, pues para entender la razón de esta diferencia, debemos hacer un breve apunte sobre el origen de la dinastía que reinó en Macedonia hasta la muerte de Filipo III Arrideo, en el 317 a.C.

El linaje teménida

Según Heródoto, tres hermanos descendientes del heráclida Témeno[3], de nombre Gavanes, Aéropo y Pérdicas, huyeron de Argos al país de los ilirios y desde allí se establecieron en Macedonia, fundando la dinastía teménida (HERÓDOTO VIII 137-138), que también sería llamada argéada por su relación con la ciudad griega. Tucídides nos transmite esta misma versión y la amplía con las primeras conquistas (TUCÍDIDES II 99). Diodoro introduce a un nuevo personaje, Carano (DIODORO VII 15-16), cuya autenticidad ha generado un importante debate en la historiografía moderna[4]. Por Veleyo Patérculo sabemos que era el undécimo en la línea de sucesión de Heracles (VELEYO I 5-5) y Justino, que mezcla el testimonio del oráculo de Pérdicas con la peripecia de Carano, explica cómo el héroe fue conducido por un rebaño de cabras hasta Edesa, donde tomó la ciudad amparado en la niebla y la espesa lluvia y estableció allí la capital de su reino, que rebautizó como Egas en honor a los animales que hasta allí le condujeron (JUSTINO VII 1-7). Una última referencia a Carano la encontramos en Plutarco, que nos dice que Alejandro Magno era descendiente suyo por parte de padre, lo que le entroncaba con Heracles (PLUTARCO, Alejandro, 2.1)[5].

En todos los relatos observamos un hecho común: un personaje de la estirpe heráclida procedente de Argos llega a las tierras de Macedonia y funda una dinastía cuyos miembros se consideran, por tanto, descendientes de Heracles. Algunos autores, como Eugene Borza, han señalado la posibilidad de que este origen griego de la casa real macedonia hubiera sido un constructo elaborado por los propios macedonios en época de Alejandro I (498-454 a.C.) para justificar su aspiración helena[6]. Sin embargo, sea un relato con base real, sea una construcción propagandística, lo que nos interesa para este artículo es la relación entre los monarcas macedonios y Heracles, algo que nadie ponía en duda en la antigüedad, al menos así podemos constatarlo a través de la figura de Alejandro Magno, al que se consideraba descendiente del héroe por vía paterna y de Aquiles, por vía materna (PLUTARCO, Alejandro, 2.1; FLAVIO ARRIANO I 11.8; IV 11.6; DIODORO XVII 1.5).

La cremación

El hecho de que los monarcas teménidas se consideraran descendientes de Heracles podría explicar que el rito elegido para su enterramiento fuera la cremación, ya que el héroe es el arquetipo mítico de la purificación a través del fuego, tal y como nos recuerda Apolodoro:

“se dice que, mientras la pira ardía, una nube se situó debajo de Heracles, y con truenos lo elevó al cielo. Desde entonces fue inmortal” (APOLODORO II 7.7).

Aparece aquí otro elemento interesante: la pira funeraria. Cuando Manolis Andronicos excavó el llamado Gran Túmulo de Vergina, llamó la atención sobre una gran cantidad de materiales, sobre todo ladrillos, depositados en el lado oeste de la bóveda de la tumba. Inicialmente pensó que se trataba de restos de un altar de libaciones y sacrificios, pero un examen más detallado le permitió observar trazas de fuego en muchos de ellos, así como también se encontraron dos espadas de hierro calcinadas, puntas de lanza y aperos de caballos. Más tarde se hallaron también fragmentos de figurillas de marfil y, lo que constituye otra pista de gran importancia, huesos de caballos. Por todo ello, Andronicos concluyó que se trataba de los restos de la pira funeraria en la que había sido quemado el morador de la tumba que, en opinión del arqueólogo heleno, era Filipo II[7].

No es el único caso de pira funeraria. En el llamado grupo de tumbas teménidas, donde fueron encontrados doce enterramientos datados entre el 570 y el 300 a.C., dos de ellos, ambos del siglo VI a.C., presentan también los vestigios de sendas piras, las más antiguas encontradas en toda la necrópolis. Entre los objetos ofrecidos al fuego purificador estaban una vajilla de arcilla y metal, espadas dobladas, algunas con lujosas empuñaduras de marfil; puntas de flecha o de lanza y aperos de caballo[8].

La constatación del gusto de la familia real macedonia por las piras funerarias la tenemos con el propio Alejandro Magno, quien encargó este final a dos personas a las que tenía en alta estima: Cálano, quien decidió morir para no llevar una existencia precaria (FLAVIO ARRIANO VII 3) y Hefestión, su gran amigo, para quien mandó hacer una pira con diez mil talentos del tesoro (FLAVIO ARRIANO VII 14).

Reminiscencias homéricas

Pues bien, este rito de cremación en grandes piras funerarias nos recuerda a los descritos por Homero en Ilíada, con los cuáles encontramos grandes paralelismos. En el caso de Alejandro, gran admirador de Homero (PLINIO, Naturalis, VII 28), podría tratarse de una imitación, pero parece que los parecidos se remontan a los orígenes de la propia dinastía.

Uno de los puntos sobre los que llama nuestra atención Manolis Andronicos es que los huesos que se guardaban en la urna cineraria de la tumba de Filipo II tenían un color ligeramente azul[9], lo que podría estar en conexión con este fragmento correspondiente al enterramiento de Héctor:

una vez que estuvieron reunidos allí todos juntos, apagaron del todo la hoguera con el fogoso vino hasta donde se había extendido la furia del fuego, y a continuación sus hermanos y compañeros de armas recogieron entre lamento los blancos huesos, mientras unas huesas lágrimas corrían por sus mejillas. Luego los pusieron todos juntos en un cofre de oro, cubiertos por unos delicados lienzos de color púrpura, y al momento los metieron en una profunda fosa que cubrieron con una bóveda de enormes y apretadas piedras; rápidamente alzaron un túmulo” (HOMERO, Ilíada, XXIV 792-799).

En este relato tenemos la pira funeraria, el túmulo y el lienzo de color púrpura que, atendiendo al apunte de Andronicos, podría haber teñido los huesos con el paso del tiempo, igual que en el caso de Filipo. Un estudio reciente de los restos humanos hallados en el Gran Túmulo, presentado en 2014 por un equipo dirigido por Theodor Antikas, argumentaba que este color procedía de las altas temperaturas a las que había sido sometido el cadáver durante su cremación y que ese tono era simplemente un indicador de que el cuerpo había sido quemado sin vida[10].

Sea como fuere, existen otros paralelismos con los ritos funerarios homéricos, más allá de la incineración en piras. En una de las tumbas del Gran Túmulo de Vergina, la identificada con Alejandro IV, hijo de Alejandro Magno, aparece un friso con carreras de carros, que también encontramos, esta vez en forma de relieve, en otra tumba de la antigua capital macedonia. Estas carreras de caballos podrían recordar a este otro pasaje, esta vez en relación con la muerte de Patroclo:

“una vez que amontonaron por todas partes una cantidad indecible de leña, se sentaron y permanecieron a la espera todos juntos. Entonces Aquiles ordenó a sus mirmidones, amantes de la guerra, que se ciñeran el bronce y que cada cual unciera sus caballos al carro, y ellos en seguida se alzaron y se vistieron las armas” (HOMERO, Ilíada, XXIII 130).

De estos juegos también nos da cuenta Flavio Arriano a propósito de la muerte de Hefestión:

“también decidió celebrar juegos gimnásticos y musicales, muchísimo más magníficos que cualquiera de los de antes, tanto por la multitud de competidores como por la cantidad de dinero invertido en ellos. Porque fueron tres mil competidores en total, y se dice que estos hombres poco tiempo después también compitieron en los juegos celebrados en el funeral de Alejandro” (FLAVIO ARRIANO VII 14).

El propio historiador romano nos dice, en este sentido y a propósito de otra anécdota, que:

“Alejandro se haya cortado el cabello en honor del muerto, no lo veo improbable, entre otras razones por su deseo de imitar a Aquiles, con quien desde su infancia tenía la ambición de competir” (FLAVIO ARRIANO VII 14)[11].

Otro pasaje de los fastos en honor de Patroclo nos aporta más paralelismos entre los ritos descritos por Homero y los rituales de enterramiento macedonios:

“depositó también por encima varios cántaros de miel y de aceite que apoyó contra el lecho fúnebre, y entre grandes gemidos, arrojó decididamente a la pira cuatro caballos de altiva cerviz. Contaba además el soberano Aquiles con nueve perros que alimentaba a su mesa, de los cuales cogió a dos, y cortándoles la garaganta, los echó también a la pira. Finalmente, tras degollarlos también con el bronce –pues meditaba funestas acciones en sus entrañas-, entregó a la férrea furia del fuego a doce nobles hijos de los altivos troyanos para que se nutriera de ellos” (HOMERO, Ilíada, XXIII 169-177).

En la tumba de Filipo II Andronicos encontró una vajilla de plata apoyada sobre la pared, probablemente utilizada para hacer libaciones y aplicar aceite sobre el cadáver. Por otro lado, cabría hacer una leve referencia al sacrificio de los doce nobles hijos de los troyanos que nos detalla Homero. Hammond[12] destaca un pasaje de Justino en el que se nos cuenta que Olimpíade:

“Pocos días después mandó descolgar el cuerpo del asesino, hizo quemarlo sobre los restos de su marido, le levantó un túmulo en el mismo lugar y, metiendo la superstición en el pueblo, cuidó que además se le ofrecieran sacrificios todos los años” (JUSTINO IX 7.10-11).

El relato de Justino no es muy fiable, pero no resultaría inverosímil que los responsables de la muerte de Filipo fueran entregados al fuego y luego repudiados. Diodoro dice que Alejandro reclamó el castigo apropiado para los asesinos de su padre antes de dedicarse a organizar los funerales (DIODORO VII 2)[13].

Respecto a los restos de caballos, Hammond apunta un pasaje en el que Heródoto nos habla del enterramiento de Cimón frente a las yeguas con las que había obtenido tres triunfos olímpicos (HERODOTO VI 103) y señala que los que aparecieron en la pira de Filipo podrían haber sido los que le brindaron también el triunfo de Filipo en Olimpia el mismo día que nació Alejandro[14], cuya noticia nos da Plutarco y fue considerada como un buen augurio (PLUTARCO, Alejandro, 3.8-9).

El mismo Hammond llama la atención sobre otro paralelismo, el uso del doble túmulo[15]. Para el historiador británico, en Ilíada XXIII 245-250, donde Homero nos vuelve a hablar del entierro de Patroclo, se describe un tipo de túmulo que estaría en relación con los túmulos hallados en Vergina, solo presentes en Albania y, casualmente, en Argos, pero no en el resto de Grecia. Según apunta, es probable que este tipo de construcción hubiera sido llevada hasta Macedonia por los fundadores del linaje.

Conclusión

A lo largo de este recorrido por el modo de enterramiento de los miembros de la familia real macedonia hemos constatado, por un lado, el intento de perpetuar su relación con Heracles a través del mantenimiento de un mismo modo de enterramiento, que sigue –de forma bastante fiel- el ideal heroico que nos describe Homero en varios pasajes de Ilíada. Por otro, de la misma manera que se refuerza el vínculo con Heracles, también se refuerza otro vínculo, el del pueblo macedonio con sus reyes, una relación que se remonta, a través del mito, al origen del propio reino y que explica, entre otras cosas, que un mismo linaje fuera capaz de detentar el poder desde el siglo VII hasta el siglo IV a.C.[16]

La importancia del mantenimiento de este rito funerario es fundamental desde el punto de vista propagandístico, ya que establece una diferencia clara entre los miembros de la familia real, fundadores del reino, y el resto de habitantes de Macedonia. Pero no solo eso, también se afianza la candidatura de los teménidas al trono, descartando a otros linajes que pudieran aspirar a alcanzar un poder que, desde el punto de vista del mito fundacional del reino, actualizado en cada ceremonia de enterramiento, no les correspondía.



[1] Sobre la polémica historiográfica en relación con la tumba II del Gran Túmulo de Vergina puede leerse a Molina Marín, A.I. (2007): “La tumba de Vergina: ¿Filipo II o Filipo III?”. Panta Rei II: 77-92.

[2] Kottaridi, A. (2011): “Burial customs and beliefs in the royal necrópolis of Aegae”, en Heracles to Alexander the Great, pp. 131-152. Ashmolean, Oxford.

[3] Descendiente directo en cuarta generación de la unión de Heracles con Deyanira, hija de Eneo. Su hijo Ciso fue el fundador del linaje argivo.

[4] Más información sobre el proceso de introducción de la figura de Carano en MOLINA MARÍN, A.I. (2015): “Caranus and the introduction of the phalanx formation in Macedonia”, en Pegasus 58: 21-25.

[5] Existen otras versiones de la fundación de la dinastía teménida, como la que nos transmite Higinio, quien se basa en el desaparecido Arquelao de Eurípides. En esta obra se nos cuenta que Arquelao, un hijo de Témeno, fue expulsado de Argos por su hermano y viajó hasta la corte de Ciseo, un rey macedonio. En aquel momento, el monarca estaba enfrentado a unos enemigos, le pidió su ayuda a cambio de entregarle a su hija y su reino. Al final, pasado el peligro, Ciseo olvidó su promesa y trató de matar a Arquelao, quién descubrió la conjura y después de acabar con la vida del rey, se dirigió al oráculo de Delfos, donde le aconsejaron que utilizara una cabra como guía. El animal le condujo hasta el lugar donde más tarde fundaría Egas (HIGINIO, Fábulas, 219).

[6] Borza, E.N. (1990): “The emergence of Macedon. In the shadow of Olympus”, pp. 82-84. Princeton University Press, New Yersey. En este sentido, cabe recordar que Alejandro I fue llamado Filoheleno y que se atrevió a participar en los Juegos Olímpicos y a erigir una estatua de oro con su imagen en el santuario de Apolo en Delfos (HERÓDOTO V 17).

[7] Andronicos, M. (1984): “Vergina. The royal tombs”. Ekdotike Athenon, Atenas, p. 97-98.

[8] Kottaridi, A. (2011): “Burial customs and beliefs in the royal necrópolis of Aegae”, en Heracles to Alexander the Great, pp. 131-152. Ashmolean, Oxford.

[9] [9] Andronicos, M. (1984): “Vergina. The royal tombs”. Ekdotike Athenon, Atenas, p. 170-171.

[10] Conclusiones presentadas en el Congreso ‘’Archaeological Works in Macedonia and Thrace’’, celebrado el 13 de marzo de 2014 en la Universidad Aristóteles de Tesalónica. Los autores fueron T. G. Antikas, L.K. Antikas, I. Maniatis, A. Kyriakou y A. Tourtas.

[11] El relato de Aquiles cortándose el cabello por Patroclo lo tenemos en Homero (HOMERO, Ilíada, XXIII 140).

[12] Hammond, N.G.L. (1978): “Philip’s tomb in Historical Context”. Haverford College.

[13] La confusión sobre la muerte de Filipo es tal, que el mismo Diodoro habla de “asesinos” en este pasaje cuando en XVI 94-4 señala solo a Pausanias como responsable.

[14] Op. Cit.

[15] Op. Cit.

[16] Un análisis más detallado de las causas de la longevidad de la dinastía argéada puede consultarse en Agudo Villanueva, M. (2016): “Macedonia, la cuna de Alejandro Magno”. Dstoria, Barcelona.

Redactor: Témpora Mágazine

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