En los albores del Estado Moderno (I). Crítica a las doctrinas universalistas

La transición de la Edad Media a la Moderna ha sido objeto de numerosos debates entre historiadores desde mediados del siglo XIX y durante el pasado siglo XX, quedando aún hoy la cuestión abierta. Éstos se han centrado en el hecho de la ruptura y la continuación existente a todos los niveles que se han analizado: política, economía, organización social, religiosidad, arte, cultura…

Así visto, el desequilibrio social y económico que operaba en los tiempos finales de la Edad Media tuvo su correlato en el terreno político, encontrándonos como ejemplo paradigmático la Guerra de los 100 años que enfrentó a franceses e ingleses y que supuso, en ambos territorios, el triunfo de la Monarquía Moderna. Del mismo modo, los conflictos en los reinos hispánicos de Castilla y Aragón se saldarán con el reforzamiento del poder monárquico, claro ya con la llegada al trono de los Reyes Católicos. Como contrapartida, ni en la Península Itálica ni en los territorios alemanes cuajó la formación de un estado monárquico centralizado ni la idea de unidad política. Si seguimos a Miguel Ángel Ladero Quesada, fue en la Baja Edad Media cuando la palabra ‘Europa’ cobró, más allá de un sentido geográfico, una connotación de comunidad cultural y política, acabando por imponerse, gracias a su utilización por parte de los humanistas italianos, a los conceptos anteriores de ‘Cristiandad latina’ e ‘Imperio occidental’ como expresión de “la identidad histórica y humana de su civilización”.

En esta serie de artículos iremos analizando, en el campo político, la difusión y el asentamiento de las ideas que condujeron al surgimiento del Estado Moderno y que, por ende, nos permiten hablar de una nueva época: la Edad Moderna. No obstante, ha de tenerse en cuenta en primer lugar que esas transformaciones que van cobrando peso durante la Baja Edad Media tienen su origen en factores preexistentes. Pero fue en el siglo XV cuando, en palabras del historiador Bernard Guenée, se inicie “el nacimiento de la verdadera vida política” gracias, fundamentalmente, a las formulaciones realizadas desde el campo del pensamiento jurídico en Inglaterra y Francia, así como a la renovación de la retórica clásica, estudiada sobre todo en Italia.

Que la continuidad con respecto al pensamiento de tiempos anteriores es una realidad se evidencia, por ejemplo, en el uso de fuentes y autores manejados por los jurisconsultos, que vinieron a ser prácticamente los mismos. A saber: la Biblia, Aristóteles (bien su propia obra, bien a través de Santo Tomás de Aquino), San Agustín y los tratados medievales anteriores al siglo XIII.

En aquel tiempo de guerra, la paz se ensalza como elemento previo para mantener la justicia, entendida como ley a la que había de sujetarse el ejercicio del poder. Las desigualdades que provocaban conflicto políticos y sociales eran explicadas a través de la corrupción de la inocencia primitiva, causada por el pecado original que, para la mayoría de pensadores, era irreversible; de ahí que fuese preciso mantener el cuerpo social según órdenes y jerarquías que propiciaran su armónico funcionamiento. Esta concepción organicista es la que subyace tanto en la idea feudal (con la noción de unos servicios recíprocos como justificación del mando y la obediencia) como en la idea teocrática (según la cual el cuerpo social y su diversidad eran reflejo temporal del cuerpo místico de la Iglesia). Sin embargo, no casaba con la idea de soberanía del príncipe, que entiende que no existe derecho humano ni doctrina teológica que limitase su poder en el ámbito de la sociedad civil. En esta guisa, se producirán las críticas a las ideas universalistas de Teocracia e Imperio que sobrevolaron y pugnaron por hacerse hegemónicas durante buena parte de la Edad Media.

Teocracia

Las ideas teocráticas alcanzaron su madurez en la primera mitad del siglo XIII con unos argumentos que aún fueron repetidos durante la siguiente centuria en las bulas pontificas de Bonifacio VIII (Unam Sanctam) y Juan XXII (Quia vir reprobus) a raíz de las querellas con el rey francés Felipe el Hermoso y el emperador Luis de Baviera respectivamente. En aquellos años, los últimos grandes teóricos de la teocracia como Gil de Roma, Jacobo de Viterbo, Agostino Trionfo o Álvaro Pelayo acentuaron la idea dogmática y carismática de la Iglesia y el papa como dueños de cualesquier poderes. Es en este contexto donde ha de entenderse el crecimiento del “espíritu laico”, no como un ataque a la fe y la práctica cristianas, sino como oposición a las interferencias del poder pontificio en los asuntos políticos seculares. Es decir, se buscaba reforzar el poder que les era propio a los príncipes en su reino o territorio. Ya en el siglo XIV encontramos textos de mayor alcance al respecto, caso de los escritos de Marsilio de Padua, Juan de Jandun y Guillermo de Ockham.

Los dos primeros, en el Defensor Pacis, acabada en 1324, defienden que todo poder es de naturaleza humana y es por ello que rechazan la interferencia eclesiástica si quiera en la tutela o vigilancia sobre los designios políticos de los príncipes, gobernantes que ambos autores, eso sí, sobreentienden que debían ser cristianos. Más allá, entienden que la asignación de puestos sacerdotales debía ser competencia del príncipe y que las leyes eclesiásticas habían de ser elaboradas por el concilio, representante de todos los fieles y convocado por el emperador. Por su parte, el Dialogus (1334-40) de Ockham ha de contextualizarse en las disputas de los franciscanos contra los pontífices a raíz de las tesis de pobreza del ordo espiritual defendidas por la Orden. Para Ockham, ni el Imperio ni los demás poderes seculares necesitan de la confirmación ni la tutela pontificia y consideraba que la coronación del emperador por el papa no implicaba la supremacía del segundo.

Esas tesis calaron hondo en un tiempo en el que se multiplicaron las críticas al centralismo de la Curia romana. Aunque caducada a mediados del siglo XIV, la teocracia no desapareció por completo y, así, la Santa Sede siguió actuando con poderes arbitrales entre autoridades europeas, de las que Roma exigía también su obligación en ayudar a que los súbditos pudieran desarrollar plenamente su fe y actividad cristianas.

Imperio

A pesar de contar con fuertes defensores como Dante (De monarchia, 1308-13) y Engelberto de Admont (De ortu, progressu et fine Romani Imperii, 1308), la idea imperial, aunque contaba con prestigio y vigencia teórica, fue atacada en la primera mitad del siglo XIV. En adelante, conservó algunos principios doctrinales y jurídicos (arbitraje en situaciones extremas; promulgación de leyes con vigencia en toda Europa, nombramiento de notarios públicos con ámbito de actuación europeo, tribunal supremo…) que no siempre fueron respetados por aquellos monarcas que no permitieron menoscabo alguno de su autoridad.

Posesiones del Sacro Imperio Germánico. Fuente.

Posesiones del Sacro Imperio Germánico. Fuente

Si bien es cierto que el título imperial, identificado con el de Roma y ostentado por los reyes de Alemania, siguió siendo para los europeos el único símbolo de unidad política universal, los emperadores ni siquiera pudieron organizar un poder monárquico fuerte dentro de su territorio, fragmentado como estaba en Italia (con la fuerte defensa de las autonomías locales de los diversos principados y ciudades-estado), en Borgoña (donde el vicario imperial era el heredero del rey de Francia) y en Alemania (con un dominio real bastante exiguo fruto del carácter electivo de la corona imperial, que evitaba la concentración de poder, y de la asunción de derechos reales por parte de los príncipes territoriales ya desde mediados del siglo XIV). En esta guisa, los emperadores del siglo XV nunca pudieron conseguir una fiscalidad y un ejército suficiente para sostener su poder, quedando tan sólo un reconocimiento teórico de superioridad jurisdiccional plasmado en el tribunal del Imperio y en algunos órganos de gobierno con sede en Nuremberg.

Bibliografía|

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ROMANO, R., TENENTI A., “Los fundamentos del mundo moderno”, Madrid: Siglo XXI, 1992.

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Redactor: Daniel Rodas León

Graduado en Historia y titulado en el MAES por la US, aficionado paleógrafo e interesado en la historia de las mentalidades y la social, especialmente de los marginados.

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