En las garras del confesor. Sexo y abusos en los monasterios de monjas del siglo XVII

Sor Gabriela de la Encarnación mira su confesor. Debe purgar sus pecados y purificar su alma, pero tiene miedo. Hace tiempo que la confesión se ha convertido en un martirio para ella. Se arrodilla ante aquella imagen imponente que la fascina y aterra al mismo tiempo. Primero comienza con palabras dulces, cariñosas y más tarde llegan las caricias. La religiosa no siente fuerzas para resistirse a aquella intimidad con el confesor. Unas veces, estos juegos terminan en insinuaciones y bromas, pero otras hay mucho más. Y es entonces cuando sor Gabriela sabe que ambos han trasgredido los límites. ¿Pero no es él su confesor y guía espiritual? ¿No puede él librarla de todo mal? Por lo menos eso le dice mientras la abraza.

La sombra de la solicitación estuvo muy presente en el confesionario de los monasterios femeninos de la Edad Moderna. En ocasiones, el confesor abusaba de su poder y su autoridad para romper las reglas y solicitar favores sexuales a sus confesadas. Unas veces, se trataba únicamente de juegos inocentes. Palabras cariñosas o divertidas. Pero otras veces, las caricias daban paso a actos más perversos. Y por supuesto, los monasterios de monjas no habían sido una excepción. Allí, la figura del confesor cobraba un aura especial. De hecho, los confesores tenían un reto enorme sobre sus hombros. En sus manos estaba purificar el alma de las monjas y mantener aquellas comunidades en armonía. Pero, ay, qué difícil era ignorar las tenciones. Muchos de ellos intentaron ser fuertes, pero las religiosas les provocaban, o eso dijeron ante los tribunales inquisitoriales. Otras tantas, el diablo les susurró palabras oscuras y nubló sus mentes. Pero lo cierto es que la causa daba igual. La solicitación estaba por todas partes. Por eso, el Concilio de Trento (1545-1563) la persiguió con saña.

El claustro de los monasterios era uno de los principales lugares de la vida en común. Monasterio de Girona. Fuente.

El claustro de los monasterios era uno de los principales lugares de la vida en común. Monasterio de Girona. Fuente

Cuando se convocó el Concilio que iba a marcar un antes y un después en la Historia de la Iglesia, construyendo una auténtica reforma católica que purgara unos abusos que llevaban repitiéndose durante siglos, todos conocían perfectamente el delito de solicitación. Todos sabían que esta oscura realidad poblaba los confesionarios de toda Europa y que se había consentido durante ya demasiado tiempo. Así que los Papas del siglo XVI intentaron erradicarla para siempre. Pero ¿cómo hacerlo? Primero, dejaron que la Santa Inquisición se ocupara de perseguir a los solicitantes. Los tribunales perfeccionaron sus técnicas de represión, vigilaron más de cerca a los posibles sospechosos y esperaron a que alguien denunciara un nuevo abuso. A continuación, los Papas incluyeron todo tipo de prácticas que pudieran considerarse inaceptables durante el acto de la confesión. Las bromas, las risas, las caricias, los susurros y, por supuesto, cualquier acercamiento sexual entraban dentro de la solicitación y por lo tanto debían ser perseguidos sin excepción alguna. Además, la Europa del siglo XVII estuvo poblada de manuales que enseñaban a los confesores cómo debían actuar, especialmente con las monjas. La confesión quedaba así regulada al detalle, para que no pudiesen cometerse “actos torpes”, como se les llamaban. Y, desde el púlpito, se aleccionaba a las religiosas sobre los peligros que siempre acechaban, siendo la solicitación uno de los peores. Pero ni siquiera este arsenal pudo erradicar aquella lacra que la Iglesia arrastraba desde los tiempos medievales. Porque, lo cierto es que muchas monjas del siglo XVII rompieron frecuentemente su voto de castidad, unas veces por voluntad propia y otras viéndose forzadas a ello.

Cuando una mujer ingresaba en un convento, debía cumplir cuatro votos. Estos votos eran su guía, sus pilares… su vida. El voto de pobreza establecía que una monja no podía tener riquezas y debía practicar una vida humilde. El voto de obediencia implicaba que las comunidades de religiosas respondían ante una autoridad superior que velaba por ellas. El voto de clausura, uno de los más odiados, obligaba a las monjas a permanecer de por vida dentro de los muros del monasterio y vivir aisladas del mundo. Y el voto de castidad prohibía cualquier contacto carnal con hombre -o mujer- alguno. Cumplir los cuatro votos era, a menudo, agotador. Primero porque exigía una dedicación asfixiante, opresiva y por supuesto inalterable. Segundo porque muchas monjas habían ingresado en la vida conventual contra su voluntad. Era lógico para muchas familias obligar a sus hijas pequeñas a tomar los hábitos, pues la dote de ingreso en un monasterio era por supuesto más barata que la que se pagaba por casar a la muchacha. Y, además, el prestigio de tener una hija monja era un plus añadido. Esto explica el hecho de que los cuatro votos se violaran más de lo que quizás pensemos. Algunas monjas mantenían todos los lujos imaginables en sus habitaciones, a menudo gozando de criadas y servicio doméstico. Otras tantas abandonaban el monasterio a espaldas de la priora, pues no estaban dispuestas a renunciar al mundo que habían dejado atrás. Y como puede suponerse, había religiosas que rompían su celibato y mantenían relaciones prohibidas y totalmente condenadas, entregando su virginidad y traicionando sus votos.

La confesión, de Dicksee. Fuente.

La confesión, de Dicksee. Fuente

Únicamente podían entrar en los monasterios tres tipos de hombres. El capellán, que oficiaba la misa en la iglesia. El médico o cirujano, que acudía siempre que una religiosa se encontrase indispuesta. Y el confesor. Como Trento mandaba que las monjas se confesasen por lo menos una vez al mes, la entrada del confesor era algo rutinario. Y como aquellas religiosas jamás tenían contacto con hombres, esto podía crear confusiones. Para evitar este tipo de incidentes intolerables, el día a día en los monasterios estaba diseñado según la vida en comunidad: las monjas rezaban juntas, comían juntas y trabajaban juntas. Únicamente había dos lugares del monasterio que ofrecían cierta privacidad, y que desde luego fueron los escenarios predilectos para que se cometieran los abusos: las celdas donde dormían las monjas y el confesionario. El espacio del confesionario era un lugar cargado de un aura mística, silencioso, apartado de la vida en común y privado, donde únicamente se hallaban el confesor y la religiosa en cuestión. Y ni siquiera la instalación de aquella celosía que pretendía separar físicamente a ambos, podía evitar que hubiese trasgresiones. El contacto rutinario entre el confesor y sus confesadas a menudo podía derivar en una amistad. Una amistad peligrosa y a la vez muy excitante, especialmente para las monjas más jóvenes. Porque, aunque a menudo se ha creído que las relaciones sexuales dentro de un monasterio eran fruto de una violación o forcejeo, no siempre era así. Se tienen documentados muchos casos de relaciones amorosas.

La España del siglo XVII estuvo repleta de casos de solicitación. Los tribunales inquisitoriales recibieron muchas denuncias de sacerdotes o frailes confesores que iban mucho más allá de una simple confesión. Fue tan común, o por lo menos tan conocida esta circunstancia, que las monjas que terminaban involucradas con su confesor recibían un hombre: devotas. Precisamente porque traicionaban su devoción al Altísimo para mostrar veneración hacia otro ente, en este caso su padre confesor. Por lo tanto, en los informes solía aparecer la expresión de “ser devota de…”.

La priora o abadesa del monasterio tenía el deber de evitar que se produjesen estas situaciones.  En sus manos descansaba la tarea de vigilar y detener tales prácticas. Por eso, cuando una superiora descubría que el confesor estaba llegando demasiado lejos, comenzaba sus averiguaciones para descubrir la verdad. Por supuesto no siempre era fácil. Pequeños detalles, silencios incómodos, miradas furtivas, risas en estancias lejanas. Cuando la priora tenía suficientes pruebas, tenía dos vías de actuación: la más común era acudir a su superior y pedirle que no permitiese al confesor volver nunca más al monasterio. A menudo el confesor culpable era trasladado y podía volver a ejercer sus funciones en un nuevo monasterio, por supuesto repitiendo muchas veces los abusos. Sin embargo, podía ocurrir que los confesores tuvieran la confianza de sus superiores, o incluso que fuesen cómplices. Como ocurrió en un convento de Santa Clara de Marchena, donde la abadesa descubrió que el confesor mantenía una relación amorosa con dos clarisas y dormía a menudo con ellas. El provincial no solo no le hizo ningún caso, sino que él también tenía a una devota en aquel convento. En tales ocasiones, estaba la segunda opción: denunciar la situación al Tribunal de la Inquisición. Era entonces cuando comenzaba un proceso mucho más “eficaz” y despiadado.

Dibujo representando un tribunal inquisitorial. Fuente.

Dibujo representando un tribunal inquisitorial. Fuente

El culpable era apresado y llevado a las cárceles del Santo Oficio. Entonces comenzaban los interrogatorios. Los inquisidores venían bien preparados, con innumerables testimonios de las monjas implicadas -o testigos- de los hechos ocurridos. Únicamente bastaba una confesión y terminaría todo. Pero ¿qué ocurría con las monjas culpables? ¿Qué castigo recibían? Eso dependía mucho del monasterio, pero la mayoría de las veces, lo normal eran castigos de vergüenza y escarnio. Como ocurrió en un monasterio de la ciudad de Granada. Habiendo encerrado a la culpable en una habitación con únicamente un pequeño agujero por donde pasarle la comida, esta es llevada a la fuerza ante sus hermanas, que la esperan reunidas en la sala capitular. Allí, se le quita el velo negro, dejándole únicamente el velo blanco de novicia, que deberá llevar de por vida. A continuación, sus hermanas la rodean en círculo y, una a una, le propinan algún correctivo. Tras aquella humillación, deberá mantener voz silenciosa durante años, siendo siempre la última de la fila para todo, ayunando todos los viernes únicamente a base de pan y agua. Por supuesto esta era la norma, pero qué pasaba si la priora participaba activamente del delito de solicitación y mantenía relaciones sexuales con el confesor.

Se sabe que en algunos monasterios españoles hubo casos de prioras que se enamoraron de sus respectivos confesores, permitiendo la entrada diaria de estos y sus amigos de correrías. Las noches eran fiestas, bailes, encuentros furtivos en el huerto del monasterio o en alguna de las celdas. Y todo ello, por supuesto, degeneraba, a veces, en embarazos no deseados. Las implicadas intentaban disimularlo, pero como no lo conseguían, por lo menos se cuidaban de que sus hermanas no se enterasen. Hubo casos en que las criadas de las monjas hacían ruido en todo momento para que no se pudiera escuchar el llanto del recién nacido. A continuación, el bebé -en el mejor de los casos- era sacado del monasterio y llevado con su respectiva familia, que prefería acogerlo a aceptar el escándalo que supondría aquello para su honra. De hecho, la idea de monjas embarazadas no era para nada desconocida. A menudo se contaban historias sobre religiosas seducidas por sus confesores que terminaban pariendo una criatura, o que buscaban la forma de abortar mediante hierbas y otros brebajes mágicos.

Finalmente, la solicitación pervivió en el tiempo, como una terrible mancha que no podía limpiarse. Al llegar el siglo XVIII, Carlos III emprendió una ambiciosa reforma en todos sus dominios para reimplantar el espíritu del Concilio de Trento de una vez por todas. Una nueva generación de obispos se pusieron manos a la obra y persiguieron la solicitación, como ni siquiera la Inquisición había podido hacerlo. Y cuanto más indagaban, más constataban que aquella lacra, aquella oscura sombra, seguía viva y se repetía en muchos monasterios. De hecho, podríamos pensar, quizás ingenuamente, que la solicitación ha perdurado en el tiempo y ha continuado siendo un terrible legado que la Iglesia católica intentó purgar con miles de métodos, pero sin llegar a conseguirlo jamás.

 Bibliografía|

GARCÍA CÁRCEL, RICARDO y MORENO MARTÍNE, DORIS, “Inquisición. Historia crítica”, Madrid: Temas de Hoy. Historia.

GONZÁLEZ MARMOLEJO, JORGE RENÉ, González, “Sexo y confesión: la Iglesia y la penitencia en los siglos XVIII y XIX”, México D.F: Plaza y Valdés, 2002.

HALICZER, STEPHEN, “Sexualidad en el confesionario. Un sacramento profanado”,  Madrid: Siglo XXI, 1998.

LAVRIN, ASUNCIÓN, “Las esposas de Cristo. La vida conventual en la Nueva España”, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2016.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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