El siglo de las emperatrices en Rusia

La historia de Rusia ha sido abordada siempre desde una perspectiva tradicional, en la que los grandes zares y emperadores han desempeñado el papel protagonista (1). Muy conocidas son las figuras de autócratas como Iván IV, Pedro I, o Nicolás II. Sin embargo, existió un tiempo en el que las mujeres ostentaron el poder en el ahora país más extenso del mundo. Nos referimos al Siglo de las Luces. En dicha centuria, encontramos que gobernaron en Rusia seis hombres por cinco mujeres. Sin embargo, estas estuvieron en el poder durante sesenta y ocho años, más de la mitad del siglo. Si a ello sumamos que, excepto Pedro I, ningún hombre gobernó en Rusia más de cuatro años seguidos en esta centuria, podemos llamar al XVIII el siglo de las emperatrices en Rusia. Los reinados femeninos, tan desconocidos en la historia de este país, han sido tratados por los historiadores desde una frivolidad en ocasiones muy llamativa. Parece que el relato de las historias amorosas de las emperatrices y sus diversiones ha suscitado mayor interés que el estudio de sus gobiernos, lo que llama la atención, sobre todo si tenemos en cuenta que los zares y emperadores, que también frecuentaban la compañía de mujeres, han sido siempre recordados por sus gestiones en el poder y no por sus historias de alcoba.

Las primeras emperatrices: de Catalina I a Ana Ioánnovna

Ana Ioánnovna (1693-1740) Fuente.

Ana Ioánnovna (1693-1740) Fuente.

La primera de las emperatrices que gobernó en el siglo XVIII ruso fue Catalina I, esposa de Pedro I, que había gobernado Rusia desde 1682 hasta 1725. Antes de morir, Pedro decretó que los soberanos podrían designar en adelante libremente a sus sucesores, rompiendo así con la tradición de los zares según la cual el sucesor debía siempre ser el primogénito. Así las cosas, cualquiera podía acceder al trono si demostraba que la última voluntad del emperador lo dispuso de ese modo. La viuda de Pedro, Catalina, consiguió hacerse con el poder con la ayuda de los militares y, acto seguido, presentó un documento en el que su difunto marido la nombraba sucesora, con el objetivo de avalar su legitimidad. El breve reinado de Catalina I estuvo marcado por la enorme influencia de Ménshikov, que fue quien realmente ejerció el poder. El gobierno de Catalina estuvo presidido por el deseo de continuar la obra de su difunto esposo, por lo que se incentivó el desarrollo de la Academia de Ciencias de Rusia, fundada en 1724, y se consolidó la influencia de Rusia en la política exterior europea tras los grandes triunfos conseguidos por Pedro en la Gran Guerra del Norte. Sin embargo, los días de poder de Catalina llegarían pronto a su fin. La afición de la emperatriz por las fiestas  donde se comía y bebía sin mesura hasta altas horas de la madrugada y la desordenada vida que llevaba terminaron por acortar sus días de vida y precipitando su muerte en 1727. Catalina I fue sucedida por Pedro II, nieto de Pedro I. Sin embargo, Pedro —llamado el Pequeño para diferenciarlo de su abuelo—  resultó ser un títere en manos de Ménshikov, y su reinado fue muy breve, pues murió en 1730.

Tras el gobierno de Pedro II, la sucesión volvió a ser un problema, pero de nuevo una mujer iba a ocupar el trono ruso. Ana Ioánnovna, sobrina de Pedro I, accedería al poder en 1730 tras un nuevo episodio de intrigas palaciegas. Ana gobernó de forma expeditiva y contundente, llegando incluso a promulgar un ukase (2) en el que se condenaba a muerte a todo aquel que, habiendo escuchado ofensas contra la emperatriz, se atreviera a ocultarlas a los poderes públicos. Incluso se llegó a decir que un ejército de espías se extendió por toda Rusia en este momento. A ello hay que sumar el terror sembrado por el favorito de la emperatriz, Biron, que fundó la Cancillería Secreta, donde se practicaron torturas con gran frecuencia. Sin embargo, no todo fue terrible durante el gobierno de Ana. La emperatriz fundó el Cuerpo de Cadetes e hizo de la rusa una de las cortes más deslumbrantes de toda Europa, aumentando de este modo el prestigio de Rusia en el continente.

En el plano científico cabe destacar que durante el mandato de Ana Ioánnovna se realizó la gran expedición del danés Vitus Bering que entre los años 1725 y 1730 estudió y nombró el famoso estrecho que separa Asia de América. Además, Rusia consiguió ubicar en el trono polaco a su candidato, Augusto III, al término de la Guerra de Sucesión de Polonia (1733-1738), aumentando de este modo su influencia en Europa. Poco después de la victoria en la guerra polaca, en 1740, falleció Ana. Tras la muerte de la emperatriz, Biron se haría cargo de la regencia hasta que el sobrino de Ana, Iván VI, estuviera en edad de gobernar. Sin embargo, el antiguo favorito fue depuesto al poco tiempo y en su lugar gobernó Ana Leopóldovna, la madre de Iván, que tampoco habría de durar mucho en el trono, pues sería desplazada del poder en 1741 por Isabel, hija de Pedro I.

Los grandes gobiernos: de Isabel I a Catalina II

Isabel I (1709-1762) Fuente.

Isabel I (1709-1762) Fuente.

El acceso al trono de Isabel inaugura una de las etapas más extensas de gobierno personal de una mujer en Rusia, pues permaneció en el poder de 1741 a 1762 —21 años—, siendo superada solo por Catalina II la Grande, que gobernó durante 34 años. Isabel fue una gobernanta astuta y hábil, pero también despiadada, y era muy consciente de que la piedad y la autoridad estaban reñidas en un país como la Rusia del siglo XVIII. Por esta razón, no dudó en castigar a cuantos se opusieron a su persona y, aunque abolió la pena capital, no tuvo reparos en practicar la tortura con aquellos que se atrevieran a cuestionar su posición o a conspirar contra ella. Aunque expeditiva, Isabel fue también una mujer bella, educada y que sabía comportarse en los círculos cortesanos. De hecho, su vanidad fue tal que aspiraba a ser la mujer más hermosa de toda Rusia, y le irritaba la sola idea de que alguien pudiera atesorar más belleza que ella. El duque de Liria, embajador de España en Rusia, la describía como una mujer muy bella, inteligente, afable y ambiciosa.

En lo que se refiere a su gestión política, Rusia debe a Isabel nada menos que su primera universidad, la de Moscú, fundada en 1755 por el intelectual Mijaíl Lomonósov. También Isabel contribuyó a aumentar la ya evidente influencia rusa en Europa interviniendo en la Guerra de Sucesión Austríaca (1740-1748) y en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), si bien el Imperio Ruso se retiró de este último conflicto en 1762, ya fallecida Isabel. Cuando Isabel murió en 1762, fue sucedida por su sobrino Pedro, que sería nombrado emperador ese mismo año con el nombre de Pedro III.

De nuevo un hombre ocupaba el trono imperial, y de nuevo por poco tiempo, pues la esposa que Isabel buscó para su sobrino Pedro, Catalina, resultó ser mucho más ambiciosa que su indolente esposo. Firme admirador de la cultura prusiana —nació en Kiel, en la actual Alemania—, amaba aquel reino, y no dudaba en mostrar su animadversión por las costumbres rusas. Quizás por esa razón lo primero que hizo al acceder al trono fue retirar a Rusia de la Guerra de los Siete Años, en la que Pedro se enfrentaba a Prusia. Tales actuaciones no tardaron en granjearle cierta fama de traidor a su país adoptivo y a ello se sumaron las ambiciones de su esposa Catalina, que vio la posibilidad de ocupar el trono y la aprovechó. Catalina, además, no profesó nunca afecto alguno por su esposo y, al igual que este, frecuentaba la compañía de amantes. Este matrimonio mal avenido se derrumbó definitivamente cuando Catalina decidió poner fin a los días de gobierno de sus esposo deponiéndole y proclamándose emperatriz. Pedro fue enviado a una fortaleza y murió poco tiempo después tras una pelea, aunque es muy probable que lo asesinaran los secuaces de Catalina.

Pedro III de Rusia (1728-1763) Fuente.

Pedro III de Rusia (1728-1763) Fuente.

Llegamos así al reinado de Catalina II de Rusia, llamada la Grande, quizás el más conocido en el país de los zares junto con el de Pedro I y Nicolás II. Catalina ha pasado a la historia como la más grande de las emperatrices rusas. Culta, lectora incansable y preocupada por las labores de gobierno, la emperatriz se ganó su fama con perseverancia y rigor en su gobierno. Al igual que Pedro, Sofía —nombre original de la mujer que luego pasaría a llamarse Catalina— era extranjera, y tuvo que aceptar los principios de la religión ortodoxa y la cultura rusas cuando llegó a su país adoptivo de la mano de la emperatriz Isabel. No obstante, a diferencia de su esposo, hizo mucho por adaptarse a su nuevo país e introducir en él las nuevas concepciones políticas que comenzaban a aparecer en el resto de Europa, y que conocía a través de sus lecturas. Catalina admiraba sobre todo a los ilustrados franceses y llegó a tener contacto con Diderot y Voltaire, aunque también había leído a otros pensadores como Montesquieu.  A consecuencia de sus lecturas y sus inquietudes, Catalina reflexionaba sobre la situación de Rusia y las condiciones en las que se encontraba el Imperio. Con el propósito de analizar la situación de su país y proponer soluciones a sus problemas, Catalina expuso en 1767 su famosa Instrucción, un documento de constaba de 20 capítulos y 526 artículos sobre la situación de Rusia y en el que se proponían mejoras en el gobierno y la administración. En su preocupación por la lectura, Catalina creó también una Sociedad para la Traducción de Libros Extranjeros que existió hasta 1783 y que permitió traducir al ruso obras de todo el mundo. La emperatriz fundó también esclusas para niños abandonados que se encargaban de recogerlos y darles una formación. Si bien esta iniciativa no respondía a un deseo filantrópico de la emperatriz —ya que se ayudaba a estos niños para que en su madurez sirvieran al Estado—, estas políticas supusieron un avance. Catalina también favoreció una educación estatal y fomentó conductas destinadas a mejorar la higiene corporal.

Todas estas medidas no deben distorsionar la realidad del reinado de Catalina, ya que bajo su mandato la servidumbre a la que estaban sometidos los campesinos rusos no desapareció y la estructura social del país se mantuvo inalterable. También la emperatriz tuvo que gestionar la rebelión encabezada por el cosaco Yemelián Pugachov en la primera mitad de la década de los setenta en la que el líder de la revuelta llegó incluso a afirmar que era el difunto Pedro III y reclamó el trono. Por otro lado, Catalina, al igual que sus predecesoras, tuvo numerosos amantes, aunque el más conocido fue Gregorio Potemkin, al que la emperatriz colmó de honores. Catalina permanecería en el trono hasta su muerte, acaecida en 1796 tras un largo reinado en el que la hegemonía rusa en Europa quedó ratificada con los Repartos de Polonia de la segunda mitad del siglo XVIII. Tras ella, llegaría su hijo Pablo, que gobernaría como Pablo I en un breve reinado que se extendió de 1796 a 1801, y que se caracterizó por unas políticas totalmente contrarias a las de su antecesora.

Catalina II (1729-1796) Fuente.

Catalina II (1729-1796) Fuente.

La historia de Rusia conoció, como hemos visto, un auténtico siglo de gobiernos de mujeres que, de forma casi consecutiva y con pequeños paréntesis, llegaron al trono de uno de los imperios más poderosos de la Europa del momento. A pesar de las vicisitudes de cada reinado, las emperatrices compartieron con sus homólogos masculinos, predecesores y sucesores, preocupaciones territoriales, culturales, económicas y políticas de toda índole, y no solo supieron mantener la influencia de sus dominios en todo el continente, sino que fueron capaces de acrecentarla.

 


(1) A partir del reinado de Pedro I el Grande los autócratas rusos reciben el nombre de emperadores, por lo que en el presente artículo utilizaremos este título en lugar del de zar o zarina.

(2) Ukase es el nombre que recibían los decretos en la Rusia de la época.


 

Bibliografía|

BUSHKOVITCH, P., “Historia de Rusia“, Madrid: Akal, 2013.

MADARIAGA, I., “Catalina la Grande: la rusa europea“, Madrid: Espasa Calpe, 1994.

MASSIE, R. K., “Catalina la Grande: retrato de una mujer“, Barcelona: Crítica, 2012.

MUÑOZ-ALONSO, A., “La Rusia de los zares“, Madrid: Espasa Calpe, 2007.

TROYAT, H., “Las zarinas: poderosas y depravadas“, Barcelona: S.A. Ediciones B, 2003.

Redactor: Rafael Duro Garrido

Graduado en Historia y Máster en Estudios Históricos Avanzados, itinerario de Historia Moderna, pero sobre todo apasionado de la Historia, el saber y el conocimiento en sentido amplio. Editor de la sección Historia Moderna de Témpora Magazine. Para contactar conmigo, estoy en Facebook y Twitter.

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