El Reino de Nápoles tras la conquista del Gran Capitán (1504)

La presencia de la Corona de Aragón en el Reino de Nápoles se remonta a la compleja herencia de la reina Juana II de Anjou-Durazzo, que murió sin descendencia en 1435. Este hecho hizo que se abriese un periodo de confrontación entre Alfonso V de Aragón, posteriormente llamado el Magnánimo, y Renato de Anjou, hermano de Luis III de Francia. El primero había sido adoptado como heredero universal por la reina en 1421 y el segundo había recibido el mismo honor tras las sucesivas disputas de Juana con Alfonso. Desde 1435 Renato se convirtió en Renato I de Nápoles, hecho que enfureció al monarca aragonés, que iniciaría una ofensiva para arrebatarle el trono. La batalla se saldó finalmente con la victoria de Alfonso en 1442, que pasó a convertirse en cabeza, además de Aragón, Valencia, Sicilia Cerdeña y Mallorca, del próspero Reino de Nápoles.

Entrada de Alfonso el Magnánimo con un carro dorado en la ciudad de Nápoles a tavés de la puerta del Mercado en 1543. Fuente

Entrada de Alfonso el Magnánimo con un carro dorado en la ciudad de Nápoles a tavés de la puerta del Mercado en 1453. Fuente

Años más tarde resurgirían las pretensiones de Francia sobre Nápoles y el entonces rey Carlos VIII conquistaría el Reino en 1494, obligando al sucesor de Alfonso, Fernando II de Nápoles, a reclamar el apoyo de Fernando el Católico para hacer frente al invasor. Los siguientes cuatro años se desarrollaría la primera de las Guerras de Italia en las que se distinguiría Gonzalo Fernández de Córdoba por el bando aragonés, forjando el nombre con el que sería recordado para la posteridad, el Gran Capitán. Sin embargo, la victoria alcanzada duraría poco. Tras la firma del acuerdo por la repartición del Reino entre Fernando de Aragón y el sucesor de Carlos VIII, Luis XII, se desatarían de nuevo las hostilidades. El poco respeto de los franceses a los límites fronterizos establecidos en el acuerdo y su intento de ocupación de Reame hizo que estallara la Guerra de Nápoles entre 1501 y 1504. De nuevo el Gran Capitán volvió a Italia para comandar las tropas aragonesas. Aunque ya había aplicado anteriormente  sus conocimientos y dotes militares aprendidas en la Guerra de Granada, durante la Guerra de Nápoles llevó a cabo una innovación en la organización de los efectivos militares creando una nueva unidad, la coronelía, considerada el precedente del famoso Tercio español. Finalmente, gracias también a una acertada política de ataque, consiguió alcanzar las conocidas victorias en las batallas de Cerignola y Garigliano en 1503 y afirmar la posición española sobre el territorio tras la capitulación de Gaeta el 1 de enero de 1504. Durante la contienda, la nobleza napolitana se había dividido en dos: los partidarios de los Anjou y los más cercanos a la Casa de Aragón. Entre los pro-franceses había exponentes de la nobleza más alta y reconocida, como los Sanseverino de Salerno, con los cuales hubo una tensión latente. Por su parte, el “popolo” (seggio del popolo) de la ciudad de Nápoles fue generalmente favorable a la victoria de Fernando el Católico, siendo sus miembros los que garantizaron la entrada en Nápoles de las tropas a aragonesas en 1504.

Gonzalo F. de Córdoba

Grabado realizado por Pedro Perete en 1637 en el que se presenta el retrato de Gonzalo Fernández de Córdoba. Fuente

La conquista del Reino de Nápoles conllevó la incorporación a los dominios de Fernando de Aragón de uno de los  territorios más ricos y heterogéneos de la Italia de principios del Quinientos. Durante el medio siglo de dominación aragonesa (1442-1494) Alfonso V de Aragón y su sucesor habían introducido toda una serie de reformas y medidas de racionalización en la administración política, jurídica y social. A lo largo de esos años, también la cultura había florecido con intensidad gracias al mecenazgo de Alfonso y los nobles de su corte hacia poetas y humanistas, hecho que propició que el Reino partenopeo se convirtiese en foco irradiador del humanismo hacia los territorios de la Corona de Aragón. En paralelo, la población había aumentado -especialmente en la capital- y el comercio marítimo se encontraba en franca expansión. De ese modo, la incorporación de este nuevo dominio al conglomerado bajo la administración de Fernando II supuso no sólo su afirmación en Italia, sino también un flujo muy importante de ingresos y de poder. El nuevo rey tuvo desde un principio la voluntad de conservar los derechos y privilegios de la ciudad y del Reino. Para ello llevó a cabo dos estrategias de gobierno diferentes: una en la periferia y otra en la capital. En las provincias el poder continuaba recayendo sobre los grandes señores de la nobleza, quienes administraban justicia en función de sus intereses particulares. Por ese motivo una de las primeras medidas de Fernando II fue la no supresión de las ordenaciones legales anteriores, perpetuando las situaciones jurídicas consolidadas y los antiguos privilegios regnícolas, garantizando con ello una situación de continuidad. Este aspecto fue uno de los que contribuyó a que continuasen vivas las disensiones internas entre diferentes sectores de la población, especialmente los propios barones y el pueblo. El monarca consideró que manteniendo vivas las disputas, los diferentes grupos recurrirían de forma necesaria al apoyo de la Corona para beneficiar sus causas, especialmente aquellos que durante la guerra habían mostrado una actitud más pro-francesa. Con ello, el Católico conseguía asegurar que no se gestaba una oposición fuerte y conjunta que pusiese en peligro su poder sobre el recién conquistado territorio. Por lo tanto, intentó desde un primer momento en convertirse en árbitro y conseguir realizar una transferencia del centro de decisiones en diversos ámbitos a España. La política con respecto al centro fue diferente, el nuevo rey fue consciente que la presencia regia se hacía indispensable en Nápoles. De ese modo optó por la misma forma de gobierno que en Cerdeña y Sicilia: colocar en la cúspide de la administración a un representante suyo en calidad de virrey entorno al que se supeditasen todos los organismos de la capital y del conjunto del Reino. El objetivo no era otro que crear un poder fuerte que le representase, aunque intentó evitar que se generasen toda una serie de clientelismos y vínculos de fidelidad y dependencia a su alrededor a través de los integrantes de los diferentes órganos administraciones. Las atribuciones de los diferentes alter ego que se sucedieron durante el siglo XVI y XVII fueron variando con pocos cambios. Gozaron de grandes prerrogativas, además de en materia administrativa y política, también en el campo militar en calidad de Capitanes Generales del Reino.

Plaza_del_Mercado

La bulliciosa plaza del mercado de Nápoles en 1654, según Domenico Gargiulo. Fuente

La introducción de esta figura no puede conducirnos a pensar que la conquista española hizo tabula rasa del sistema administrativo anterior. Fernando de Aragón pretendió evitar un desequilibrio o polarización de poderes realizando toda una serie de transformaciones en la administración de forma muy lenta y progresiva, sin realizar una supresión de los órganos preexistentes, como el consistorio de la capital, formado por los seis seggi de la nobleza y el pueblo, los elettos y los capitanes de los utinas o barrios; o el órgano más importante en el Reino, el Parlamento. Este último continuó teniendo un papel fundamental en la política del Reino al tratarse del órgano de representación de los diferentes estamentos, cuyas atribuciones era la aprobación de los donativos al rey y la súplica de mercedes y el reconocimiento de derechos locales. En materia económica, la Regia Cámara de la Sommaria  fue el órgano principal (la Tesorería Militar y la Casa Militar para los gastos de defensa). La innovación más importante en el sistema administrativo fue la adopción por parte de Fernando II de una forma parecida a la del Consejo de Aragón, el Consiglio Collaterale, creado en 1507. Se articuló en torno al virrey y a tres jurisconsultos quienes ayudaban al primero en materia ejecutiva. Sus funciones eran las de elaboración de pragmáticas, bandos, etc. y tenía potestad para gobernar en ausencia del virrey.

En materia judicial continuó existiendo en el Reino el Tribunal de la Vicaría, encargado de la justicia civil y criminal y el Sacro Regio Consiglio (creado en el primer periodo aragonés), que tenía entre sus funciones dirimir las disputas entre feudales entre señor y súbditos. Todos estos organismos estaban integrados por toda una serie de cancilleres, condestables y senescales que continuaron siendo de origen autóctono. Precisamente este último hecho sería uno de los motivos de preocupación de los descendientes de Fernando II. Aunque el Católico no había suprimido estos tribunales, sus sucesores ampliarían las competencias de algunos de ellos e intentarían, no siempre con éxito, que se realizase una progresiva introducción de españoles en los oficios de mayor importancia.

Sedili-di-Napoli

Imagen actual con los emblemas de los 7 seggi y el escudo de la ciudad en la Piazza san Gaetano. En la zona inferior, en el centro, se encuentra el escudo del seggio del popolo. Fuente

El interés conferido a la composición de los tribunales por parte de la Monarquía se debió al esencial rol de los jueces y de los juristas tanto en cuestiones de naturaleza judicial interna cuanto en el ámbito de afirmación de las prerrogativas generales de los regnícolas respecto a los intereses monárquicos. El papel de mediación de los jurisconsultos o togados  se convirtió en fundamental en el gobierno del Reino desde el primer momento tras la conquista. De ahí que la voluntad de Fernando el Católico y los sucesivos monarcas por introducir más que nuevas instituciones, reformas en las existentes destinadas a la reformulación de las competencias y mecanismos de control y veto en el acceso a las mismas.  De ese modo, la Curia Regis, de origen normando, constituida por los Sette ufficci (Gran contestabile, Gran ammiraglio, Gran giustiziereGran cancelliere, Gran camerarioGran  protonotarioGran  siniscalco) con relaciones de fidelidad mutua fue perdiendo importancia en detrimento del Consiglio Collaterale. El virrey necesitaba al llegar a su cargo rodearse de hombres que le ayudasen a dar solución a los problemas que se presentaban tanto en la capital como en el conjunto del Reino. El Collaterale poco a poco fue asumiendo las responsabilidades del Gran canciller y más competencias judiciales. Su composición inicial estaba formada por nobles y togados, hecho que benefició que durante los primeros años tras la conquista los intereses de los primeros continuasen pesando con fuerza en las decisiones virreinales. El organismo sufrió toda una serie de modificaciones en tres fases: a partir de 1524 las cuestiones de justicia solo pudieron ser discutidas por los componentes togados, en 1536 se impuso que la introducción de nuevos caballeros en el Consejo sería realizada por decisión del virrey y en 1542 se decretó que la nobleza presente en él solo pudiese intervenir en cuestiones de estado o de guerra. Todo ello tenía el objetivo de reducir la presencia de nobles y sus intereses personales en la toma de decisiones, quedando relegados estos últimos a la administración de sus territorios en la provincia y al llamado Consiglio di Stato. Los togados, por el contrario, ganaron peso en la cancillería.  Un proceso en el que se acentuaba la política del “derecho” frente a la tradición.

Los años comprendidos entre 1506 y 1532 estuvieron marcados por esa lenta transformación en la estructura y composición de los organismos impuesta por Madrid, pero la citada brevedad con la que se sucedían los virreyes (unos tres años) y los conflictos que se sucedieron en las tierras del Reino, como el sitio de Nápoles, no contribuyeron a su asentamiento definitivo. La designación de Pedro de Toledo, marqués de Villafranca del Bierzo, como nuevo virrey en 1532 contribuyó de forma esencial al asentamiento definitivo tanto del dominio español en el territorio como a la consolidación de los cambios operados en todas las administraciones. Su largo gobierno hasta 1553 supuso la consolidación de las reformas introducidas y la potenciación de muchas otras en favor de los intereses de Carlos V y del aumento de la autoridad virreinal.

Emblema Nápoles

Parte del dibujo de Jérôme Cock publicado en Amberes en 1559 con el emblema de Nápoles utilizado en el cortejo de las exequias del emperador Carlos V en 1558. Fuente

Por lo tanto, los primeros años tras la conquista española estuvieron marcados por la materialización de dos líneas de gobierno a través de los organismos administrativos: la de dejar la periferia bajo la gestión de la feudalidad y el centro, la administración, a los togados. A su vez, los togados ganaron en importancia en la administración ya que no solo aplicaban la ley hasta entonces establecida sino que también generaron toda una serie de normativas tendentes a garantizar el dominio y voluntad regia en el Reino. Por supuesto, este modelo de alejamiento inicial de la nobleza de los resortes de poder obtuvo una fuerte oposición por parte de las familias aristocráticas del Reino, que llegaron a apoyar las revueltas antiespañolas, como aquellas contra la implantación del Santo oficio en el Reino “a la manera de España” (o sea controlado por la monarquía). Con el paso de los años, especialmente tras la vinculación del Reino al Consejo de Italia a partir de 1556, determinados sectores de la aristocracia vieron en el estudio del derecho una nueva forma de acceder al poder. Esta tendencia no fue sino un  ejemplo claro de la crisis interna del estamento y de su necesaria adaptación a la nueva realidad tanto política como administrativa implantada tras la conquista del Gran Capitan.

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Vista de la ciudad de Nápoles realizada por Iohann Stridbeck y publicada en Habsburgo en 1702. Fuente

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Redactor: Carlos González Reyes

Licenciado en Historia por la Universitat de Barcelona (2009) y Máster de Estudios Históricos en la misma institución (2009-2011). Actualmente es becario pre-doctoral de la Fundación Universitaria “Oriol Urquijo” y desarrolla su tesis en el Programa de Doctorado “Sociedad y Cultura” de la Universitat de Barcelona. Ha publicado más de una decena de artículos científicos en diferentes lenguas y ha participado como ponente en congresos a lo largo de Europa y de América. Ha sido Visiting Research Student en la Facultad de Historia de la University of Cambridge (2016) y está completando sus estudios en el European University Institute, en Florencia.

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