El impacto de los conflictos bélicos sobre el Medio Ambiente a lo largo de la Historia.

A lo largo de los siglos las condiciones ambientales han determinado en gran parte la historia y el desarrollo de los pueblos y sus actividades. El clima, la orografía del terreno, la capacidad productiva del suelo, la presencia de especies animales y vegetales y demás elementos que conforman lo que entendemos como Medio Ambiente, han influido en el establecimiento de sistemas productivos, motivado migraciones e incluso la limitación o ausencia de recursos y, sobre todo, han impulsado el ansia por descubrir y de conquistar de muchos pueblos y culturas.

Esta relación determinista y transformadora no se da en un sólo sentido, sino que de la misma forma que el Medio Ambiente ha afectado a las actividades humanas, estas actividades han modificado y generado un impacto sobre el medio. Entre estas actividades se encuentra una de las más antiguas: la guerra.

Las grandes mentes militares de la historia han tenido siempre presente los factores ambientales a la hora de planificar sus campañas y batallas. Las precipitaciones pueden hacer de los caminos barrizales impracticables, el terreno elevado supone una ventaja, la posición del sol puede cegar al ejército enemigo mientras avanza y, por supuesto, las estaciones pueden ser un gran aliado o enemigo, como el caso del General Invierno, enemigo de Napoleón y Hitler en sus intentos de invasión sobre suelo ruso.

 El Medio Ambiente como recurso de guerra.

Dentro de cualquier ecosistema existen recursos que pueden ser explotados para la obtención de determinados productos. Uno de los más utilizados desde el origen del ser humano es la madera.

Los usos de la madera de cara a la producción de material de guerra son muchos y variados, desde los más simples, como la fabricación de un garrote hasta su quema como fuente de energía para la fundición de metales.

 Un ejemplo claro del impacto que genera la producción de material bélico en el Medio Ambiente lo encontramos en el puerto de montaña Portillo de Lunada, en las cercanías al municipio de Soba (Cantabria).

Resbaladero de la Lunada, Soba (Cantabria). Fuente

Resbaladero de la Lunada, Soba (Cantabria). Fuente.

En este puerto de montaña se aprecian los restos de una estructura denominada el Resbaladero de la Lunada, diseñada por el ingeniero austríaco Wolfgang Mucha cuya finalidad era el transporte de troncos cortados en los Montes de Miera a la Real Fábrica de Cañones de la Cavada y Liérganes.

Gracias a las investigaciones de José Manuel Maza (ex director de El Museo de la Real Fábrica de Artillería de la Cavada) conocemos datos significativos como que para fundir un cañón se necesitan aproximadamente unas dos hectáreas y media de bosque. Durante el siglo XVIII para abastecer a la armada española de esta fábrica salieron más de 3.000 cañones, lo que supone un total de 50.000 hectáreas de bosque deforestadas, unos 10 millones de árboles talados.

No obstante cabe recordar que si bien estos datos se obtienen a partir de 1763, fecha en la que Carlos III nacionaliza estas fábricas pasando a ser Real Fábrica de Cañones, las instalaciones estuvieron en funcionamiento desde 1622, resultando difícil el imaginar los efectos acumulados de la deforestación en la zona.

El Medio Ambiente como elemento táctico.

De la misma forma que los recursos naturales y el Medio Ambiente pueden ser empleados en la industria armamentística y bélica, el propio terreno y lo que contiene puede ser usado como elemento táctico. Existen numerosos ejemplos sobre la modificación del perfil y las características del terreno, desde el uso de cimas y colinas para la implantación de fortalezas, a los diques empleados durante la Guerra de los 30 años (1618-1648) para alterar la viabilidad de rutas terrestres y fluviales de desplazamiento de tropas y abastecimiento.

Pero quizás, el conflicto que mejor ejemplifica esta necesidad de la transformación del terreno debido a la naturaleza del propio conflicto armado es la Gran Guerra o I Guerra Mundial (1914-1918).

Trincheras en la Batalla del Somme (Francia). Fuente.

Trincheras en la Batalla del Somme (Francia). Fuente.

Cráter de Locnhnagar (Francia). Fuente.

Cráter de Locnhnagar (Francia). Fuente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los datos difieren según los autores pero algunas estimaciones, como la del historiador Paul Fussell, indican que se cavaron alrededor de 40.000 km de zanjas. A estos kilómetros de trincheras, zanjas y refugios escavados en las zonas del frente se le unen los efectos de los bombardeos masivos de las posiciones defensivas, así como la detonación de minas subterráneas de forma previa a los asaltos a las líneas de trincheras. Aún hoy, casi 100 años después del fin del conflicto, las cicatrices en el terreno son palpables y observables a simple vista.

El Medio Ambiente como enemigo.

En cualquier conflicto bélico el objetivo de un bando es superar al otro y obtener la victoria. Para ello se deben emplear fórmulas mucho más complejas que el simple hecho de ganar las batallas. Uno de los objetivos, entre otros, se trata de controlar y restringir el acceso de las fuerzas enemigas a sus recursos bélicos y superar los elementos tácticos de los que dispone para limitar su capacidad operativa, defensiva y ofensiva.

El uso y la gestión del Medio Ambiente como recurso bélico y elemento táctico por parte de un bando puede desencadenar el hecho de que sea visto como un enemigo más a combatir y derrotar. Si existe un momento histórico en el que el Medio Ambiente fue declarado como enemigo, este fue durante la Guerra de Vietnam (1955-1975).

El ejército de Vietnam del Norte, así como las fuerzas del Vietcom aprovechaban la cobertura de la selva y un excelente conocimiento del terreno para ocultar sus maniobras y desarrollar complejas rutas de abastecimiento, como la famosa ruta de Ho Chi Ming. Ante esta situación, el ejército de Estados Unidos comenzó a emplear el tristemente famoso Agente Naranja en las selvas de Vietnam.

 Zona de selva vietnamita antes y después de ser rociada con Agente Naranja (1965). Fuente.

Zona de selva vietnamita antes y después de ser rociada con Agente Naranja (1965). Fuente.

El Agente Naranja es un potente herbicida compuesto principalmente por ácido 2,4-diclorofenoxiacético y ácido 2,4,5-triclorofenoxiacético. Sus consecuencias más conocidas son sus efectos cancerígenos y las mutaciones que desata debido a sus efectos teratógenos (aumenta el riesgo de malformaciones en el feto) y fetotóxicos (aumenta el efecto tóxico sobre el feto) que provoca. Las secuelas en la población local expuesta al mismo, así como los militares desplegados en la zona de conflicto han desatado oleadas de indignación y numerosas investigaciones.

Sin embargo, estos efectos sobre la población humana son efectos secundarios de su uso. El objetivo principal y el motivo por el que fue diseñado y utilizado el Agente Naranja es por su extrema efectividad como herbicida. Su capacidad de destrucción es alarmante. Para una maxificación de sus efectos, el ejército norteamericano realizó labores de fumigación mediante el uso de aeronaves, realizando pasadas a baja altura para esparcir los productos herbicidas y defoliantes con la mayor efectividad posible.

Entre 1962 y 1971 se lanzaron aproximadamente 76 millones de litros de pesticidas y herbicidas por el sur de Vietnam y zonas fronterizas como Camboya y Laos. A su devastador efecto se le atribuye la destrucción de 110.000 hectáreas de bosque y 150.000 hectáreas de manglar.

Cualquier actividad humana ejerce un impacto sobre el Medio Ambiente y, por desgracia, los conflictos bélicos desatan un nivel de devastación que no ha hecho más que aumentar a medida que los medios y escala de los conflictos aumentan. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo la explotación de los recursos naturales de forma directa e indirecta, así como la destrucción de los mismos, son efectos derivados de los conflictos y han supuesto a lo largo de la historia unos impactos difícilmente reversibles y cuyas huellas pueden ser aún observadas a día de hoy en casi todos los continentes.

Bibliografía:

ALCALÁ-ZAMORA, J.N., 2004. Liérganes y La Cavada, historia de los primeros altos hornos españoles (1622-1834). Ediciones Librería Estvdio. Santander.

CODRON, J. C. G., 2011. 8.5.1 Impactos durante el conflicto OCW Universidad de Cantabria [En línea]. Consultado en la web: http://ocw.unican.es/ciencias-sociales-y-juridicas/biogeografia/materiales/tema-8/8.4.1-impactos-durante-el-conflicto/skinless_view [27 de enero 2016]

FUSSELL, P.,2006. La Gran guerra y la memoria moderna. Edición Turner.

PITA, R., 2008. Armas químicas: La ciencia en manos del mal. Editores Plaza y Valdés S.L. Madrid.

REGO, S., 2007. En defensa de un Imperio. La revista de Cantabria, Julio-Septiembre: 22-27.

Redactor: Fernando Martín

Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad Pablo de Olavide. Socio fundador y Presidente de la Asociación Caminos y Ciencia dedicada a la divulgación científica y ambiental. Podéis seguirnos en facebook y twitter @cyc_divulga

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1 Comentario

  1. ¡Que descubrimiento de magazine!
    Muy interesante, lo de los cañones. Todos tenemos en monte los muchos árboles que se cortaron con propósitos navales, pero no para la forja y fabricación de armas.

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