“El hambre es más cruel que la espada”. La dieta del soldado romano en el siglo IV d.C.: continuidad y transformaciones.

A la hora de estudiar la composición del cibus militaris (dieta militar) del soldado romano del siglo IV d.C. y sus modificaciones en relación al periodo del Alto Imperio, debemos atender en primer lugar a la realidad que constituía el ejército romano durante la etapa que la historiografía conoce como Dominado (235-476).

Durante el Dominado asistimos a una profunda reorganización del ejército y las fronteras del imperio. Este proceso, iniciado durante la Crisis del siglo III d.C., adquiere su consolidación en el siglo IV d.C. a través de las reformas emprendidas por emperadores como Diocleciano (244-311) y Constantino (272-337). La nueva política militar favorece la distinción de dos tipos de unidades en el seno del ejército: los comitatenses o “fuerzas de choque”, tropas destinadas a combatir cualquier infiltración enemiga en territorio romano o liderar fuerzas expedicionarias más allá de las fronteras; y los limitanei o ripenses, unidades con carácter de “fuerzas de frontera” encargadas de la protección de los límites del imperio. Las necesidades militares del siglo IV d.C. propiciaron igualmente la creación de unidades de auxilia, basadas en su mayoría en reclutas procedentes de pueblos externos al imperio, así como nuevas unidades de guardia para la figura imperial como las scholae. Las legiones de tradición altoimperial mantuvieron su identidad dentro de la nueva estructura militar romana, si bien no habrían quedado exentas de algunas transformaciones. Parece probable que se produjera una reducción del número de efectivos de la legión en relación al incremento del número de legiones para este periodo: de unidades de 5.000/6.000 efectivos se pasaría a la legión de 1.000 hombres, alcanzándose una cifra total de más de 60 legiones en el momento de abdicación del Augusto Diocleciano (305 d.C.).

Frente a estas transformaciones, la dieta del miles (soldado) del siglo IV d.C. mostraría una marcada continuidad con respecto a la tradición altoimperial precedente, lo cual no impide que advirtamos algunas modificaciones que señalaremos a lo largo del presente artículo.

La dieta militar del soldado romano en el siglo IV d.C. estaría basada en el consumo de cereales (en forma de pan elaborado especialmente con trigo), carne fresca o curada (destacando el laridum o panceta de cerdo, pero también carne de vacuno y oveja) y acetum (vino agrio), vino o cerveza como bebida. Otros elementos (pescado, vegetales, queso) y productos complementarios (aceite, sal) integrarían igualmente la dieta del miles en mayor o menor medida.

Los cereales constituían el elemento básico dentro del cibus militaris, especialmente el trigo aunque también se hayan constatado otros tipos de cereal (cebada, espelta, centeno, etc.). Se calcula que la ración diaria de grano (frumentum) que recibía cada soldado era de unos 830-850 gramos, lo cual permitiría cubrir hasta el 75% de las calorías necesarias para el desarrollo de su actividad (A.R. Menéndez, 2004).

La transformación de los cereales en diversos platos dotaría a la dieta de los soldados de cierta variedad. La elaboración de gachas (puls) aparece atestiguada en el siglo IV d.C. a través de una referencia de Amiano Marcelino durante la Campaña persa del emperador Juliano (363 d.C.) (Amm. Marc. 25.2.2), si bien en este periodo el pan se habría convertido en la forma de consumo del cereal más habitual entre los soldados. Conocemos la existencia de dos tipos de panes dentro de la esfera militar:

  • El pan de campamento (panis militaris castrensis) elaborado con harina de cereal no refinada (con la piel y vaina del grano) por lo que constituiría un pan integral de color parduzco. Entre sus ventajas estaría un elevado valor nutritivo y digestivo (superior al del pan blanco), así como un alto contenido en vitamina B1. Su principal inconveniente lo encontramos en que la mayor parte de la fibra no resultaría digerible, pasando relativamente intacta a través del organismo. Por tanto, el soldado necesitaría consumir una mayor cantidad de este pan para alcanzar el mismo nivel de nutrición que con el pan blanco.

    Recreación moderna del panis militaris castrensis (pan de campamento). Fuente.

  • El panis militaris mundus sería un pan blanco, menos habitual y sobre el que se especula que podría estar destinado al consumo de los oficiales.

El bucellatum o “galleta de campaña” surgía de la adaptación del pan a las necesidades de una dieta de campaña ante el previsible deterioro del producto durante el desarrollo de las operaciones militares. Para la elaboración del bucellatum se volvería a hornear una pieza de pan, proceso durante el cual éste perdería agua y aire pero nada de su valor nutritivo. De este modo el producto podría conservarse durante un periodo de un mes o más en perfectas condiciones y sin menoscabo de sus propiedades. Según establece el Código Teodosiano para el 360 d.C., durante una campaña militar los soldados recibirían cada dos días bucellatum y el tercero pan (Cod. Th. 7.4.6).

El consumo de carne formaba parte de la dieta del miles romano, ya fuese en forma de carne fresca (fruto de la caza o del sacrificio) o conservada por medio de múltiples vías (curada, ahumada, etc.). Gracias a la información aportada por el papiro egipcio CPL 199 (fechado en el año 399 d.C.) podemos establecer que la asignación diaria de carne para un soldado romano del siglo IV d.C. sería de una media libra (164 gramos) [J. Roth, 1999] (1).

Durante el periodo objeto de nuestro estudio, el principal tipo de carne consumida por los soldados romanos sería la carne de cerdo. De entre todas las posibles opciones destacaría el lardo (laridum), una pieza de panceta (piel y tocino entreverado de carne) salada y secada para favorecer su conservación. Entre las ventajas del laridum se encontrarían su mejor conservación gracias al proceso de curado, y que permitiría la sustitución del aceite de oliva gracias a la grasa animal. Un detalle éste último de gran relevancia si atendemos al paulatino descenso en las cantidades de aceite de oliva transportadas por el comercio oleario a partir del siglo III d.C. (A. R. Menéndez, 2006). Aún siendo un producto de tradición altoimperial, la preeminencia del lardo en la dieta militar del siglo IV d.C. parece plenamente atestiguada por su presencia en el Código Teodosiano, donde se establece el envío de carne de cerdo curada (laridum) a las tropas estacionas en África en 355 d.C. (Cod. Th. 7.4.2). También quedaría regulado el consumo de carne en el trascurso de las operaciones militares, recibiendo los soldados un día carne de cerdo y los dos restantes carne de oveja (vervecinam) (Cod. Th. 7.4.6).

El lardo (laridum) en la actualidad: panceta ibérica curada y salada. Éste producto sigue presente en la gastronomía de muchas regiones mediterráneas. Fuente.

La carne de vacuno también estaría integrada en la dieta militar del siglo IV d.C., aunque su situación presenta cambios con respecto a la etapa precedente. La principal fuente de carne fresca de vacuno la encontraríamos en la inmolación de vacas y bueyes en el contexto de ceremonias de sacrificio. Para el siglo III d.C. el papiro conocido como Feriale Duranum establecía el calendario de sacrificios oficiales realizados por una unidad acantonada en la localidad de Dura Europos (actual Siria), permitiendo contabilizar un posible recuento anual de 50 reses sacrificadas (2). Ya en el siglo IV d.C. disponemos de una referencia al consumo de carne sacrificial por parte de soldados en la descripción de los preparativos de la Campaña persa del emperador Juliano (363 d.C.) elaborada por Amiano Marcelino:

“[El emperador Juliano] regaba los altares con la sangre de numerosas víctimas, inmolando en ocasiones hasta cien toros (…) los soldados (…) se hallaban indispuestos ante la desmesurada cantidad de carne que ingerían y ante el continuo consumo de bebida en templos públicos” (Amm. Marc. 22.12.6).

Pese a la rotundidad de la descripción, lo cierto es que este pasaje nos muestra una realidad cada vez menos frecuente en el siglo IV d.C. El avance inexorable del cristianismo traería consigo, entre otros factores, un acusado descenso del número de sacrificios y el consiguiente descenso de carne fresca de vacuno a disposición de los soldados (A.R. Menéndez, 2006). Una realidad estrechamente relacionada con la preeminencia que adquieren otros tipos de carne, como el lardo o la carne de oveja, en el cibus militaris de este periodo tal y como parecen atestiguar las fuentes (Cod. Th. 7.4.6) y las investigaciones arqueológicas (R.W. Davies, 1971).

Los soldados romanos también obtendrían carne fresca como resultado de la caza de animales salvajes. La epigrafía atestigua la existencia de venatores entre los soldados cuya función sería la de aprovisionar al ejército de carne fresca sobre el terreno. En su enumeración de oficios útiles para la vida militar, Vegecio incluye a carniceros y cazadores de ciervos y jabalíes (Veg. 1.7.2). En el relato de la campaña persa del emperador Juliano (363) Amiano Marcelino relata distintos pasajes con cacerías de animales salvajes (ciervos, jabalíes, leones y osos) llevadas a cabo por los soldados a fin de obtener carne fresca para las tropas (Amm. Marc. 24.1.5; 24.5.2).

La cría y consumo de aves de corral (pollo, pato, ganso) aparece atestiguada arqueológicamente en contextos campamentales y muy probablemente formaría parte de la dieta diaria del miles junto al consumo de huevo. Vegecio establece la idoneidad de disponer de aves de corral en caso de asedio, atendiendo al escaso coste de su alimentación y su empleo en la sanación de los enfermos (Veg. 4.7.6). A esto podríamos sumar el consumo de pescados y moluscos, especialmente entre los soldados acantonados en ámbitos próximos a la costa aunque también habría indicios de su transporte hacia acuartelamientos situados tierra adentro. Encontramos pruebas del consumo de pescado de agua dulce (lucio, perca, esturión) y de agua salada (bacalao, atún), así como de ostras y mejillones (R.W. Davies, 1971).

El cibus militaris del siglo IV d.C. incluiría también una gran variedad de vegetales. Entre las legumbres las más comunes serían las alubias (fabae), las lentejas (lentes) y los guisantes (pisa), cuya ventaja radicaría en su carácter nutritivo; mientras que de las verduras podríamos destacar la zanahoria y el repollo. Frutas y frutos secos también tendrían cabida en la dieta militar, pudiendo disfrutar el soldado romano de su consumo gracias a su cultivo (en un contexto de asentamientos permanentes), a través de su recolección en la naturaleza o por medio del aprovisionamiento en territorio enemigo. Amiano Marcelino relata que durante la campaña persa del 363 d.C. los romanos recolectaron los campos y cosechas de los persas, ricos en frutos, para después quemarlos (Amm. Marc. 24.1.14). Entre las frutas consumidas habitualmente por los soldados encontraríamos uvas, manzanas, ciruelas, dátiles, etc. Las ventajas de consumir fruta radican en su alto contenido en azúcar y que un proceso de secado permitiría su almacenamiento para momentos de necesidad (campaña militar o asedio) conservando sus propiedades. Entre los frutos secos destacaríamos el consumo de nueces, castañas y almendras.

El queso (caseus) y la leche estarían presentes en la dieta militar como continuación de una tradición que podemos constatar a través de las fuentes (3). El queso suponía una buena fuente de obtención de calcio, así como de los nutrientes presentes en la leche. Su elaboración tendría lugar en el propio ambiente militar, como atestigua el hallazgo de moldes para la elaboración de queso en campamentos legionarios (R.W. Davies, 1971).

La bebida constituía una parte fundamental de la dieta del soldado romano como acompañamiento y además complemento de los alimentos que ingería diariamente. La bebida básica del legionario romano del siglo IV d.C. seguía siendo el agua, elemento imprescindible para la vida de cualquier campamento militar. No en vano, Vegecio advierte de la importancia de contar con una fuente de aprovisionamiento de agua en buen estado por el bien de la salud de los soldados (Veg. 3.2.5). El vino agrio (acetum) mezclado con agua daría como resultado la posca, muy popular entre los soldados. Esta bebida mantendría todo su poder refrescante y de hidratación sin efectos perniciosos para la disciplina debido a la ausencia de alcohol. Por su parte, el vino (vinum) además de acompañamiento a la comida era de por sí un alimento; se estima que un litro de vino con una graduación de doce grados contiene alrededor de 700 calorías (A.R. Menéndez, 2004). El consumo de acetum y vino está perfectamente atestiguado entre los soldados del siglo IV d.C. El papiro CPL 199 permite establecer que la ración diaria de vino recibida por cada soldado sería de medio sextario (0,27 litros). Por otra parte, el Código Teodosiano establece que durante las operaciones militares los soldados recibirían un día vino y al siguiente acetum (Cod. Th. 7.4.6), además de tener garantizado el reparto de vino cada tres días (Cod. Th. 7.4.4). Ante la posibilidad de un asedio, Vegecio recomienda hacer acopio de vino y acetum (Veg. 4.7.7), recalcando la importancia de prevenir la escasez de ambos productos en cualquier estación del año (Veg. 3.3.10). Junto a estas bebidas, el miles del siglo IV d.C. también tenía a su disposición diversos tipos de cerveza. Gracias a Amiano Marcelino conocemos la afición del emperador oriental Valente (328-378) por la sabaia (sabaium), un tipo de cerveza originaria del ámbito de Iliria, Dalmacia y Panonia (Amm. Marc. 26.8.2).

El conocido como Barco del vino de Neumagen (Rheinisches Landesmuseum, Trier) de comienzos del siglo III d.C. Constituye un magnífico ejemplo del transporte de bebida (vino o cerveza) a través de las vías fluviales del imperio, en este caso el río Mosela. Fuente.

Entre los productos complementarios de la dieta militar habría que mencionar el aceite de oliva y la sal. El aceite de oliva (oleum) tendría múltiples aplicaciones dentro de la vida militar: alimentación, iluminación, aseo, mantenimiento de armas y equipo, así como en el campo de la medicina. Poseía además un fuerte componente psicológico al mantener vigente el vínculo del miles con su hogar frente a la dieta local propia del área de acuartelamiento, así como un vínculo con los compañeros al compartir con éstos una dieta común (A.R. Menéndez, 2004). Desde el siglo III d.C. se advierte una reducción del volumen de aceite de oliva transportado por las principales redes de distribución, con origen en la Bética y el norte de África. Esta situación propiciaría entre los militares una progresiva sustitución del aceite de oliva en favor de grasas de origen local que pudieran obtenerse con una mayor facilidad (A.R. Menéndez, 2006). Pese a este descenso en las exportaciones y su repercusión en la dieta militar, el transporte de aceite de oliva a las regiones septentrionales del imperio mantuvo su actividad durante todo el siglo IV d.C., y en el caso del aceite bético, queda atestiguada la continuidad del suministro a toda la fachada noroccidental del Mediterráneo hasta la primera mitad del siglo V d.C. (P. Berni & J. Moros, 2016).

Ánforas Dressel 23 (ss. III-V d.C.) destinadas al comercio oleario. Sería a través de éste tipo de ánforas que los soldados romanos de nuestro periodo recibirían su abastecimiento de aceite de oliva. Fuente.

La sal (salis) constituye un elemento básico para el ser humano debido a que nuestro cuerpo precisa de pequeñas dosis diarias (12-15 gramos) para su correcto funcionamiento. Entre los soldados romanos la sal sería empleada: como parte de la dieta, actuando como condimento (realzar sabores) o como ingrediente (elaboración de pan); como conservante de los alimentos, resultaba fundamental en el proceso de curado del lardo (laridum) o la salazón de pescado (salsamentum); y por su uso terapéutico: eficaz en la prevención de enfermedades de la piel, por su capacidad cicatrizante y desinfectante, así como compuesto en multitud de remedios contra dolores musculares, fiebres y afecciones oculares (S. Perea, 2006). Durante una campaña militar el consumo de al menos 5 gramos de sal al día favorecería la retención del agua ingerida como medida de prevención ante la sudoración excesiva y la deshidratación. Vegecio incluye la sal entre los productos básicos que el ejército romano debía disponer en cualquier estación del año (Veg. 3.3.10). En caso de asedio, recomienda salar la carne de cerdo (laridum), así como la de cualquier tipo de animal que no se pueda mantener con vida para su conservación (Veg. 4.7.5), mostrando además qué formas de obtención de sal tienen a su disposición los asediados (Veg. 4.11.1-2).

A modo de conclusión, podemos constatar la existencia de un marco de continuidad del cibus militaris del siglo IV d.C. con respecto a la tradición de la dieta militar del Alto Imperio, si bien es cierto que se producen varias transformaciones. Advertimos una mayor preeminencia del consumo de lardo (laridum) y la elección del pan como forma principal de consumo de cereales. Destacamos igualmente el paulatino descenso que experimentan el consumo de carne de vacuno y el aceite de oliva. Cambios que, si bien significativos, no contradicen la tendencia general de continuidad con respecto a la base del cibus militaris que habría disfrutado un miles durante el Alto Imperio. Una continuidad que estaría en consonancia con el mantenimiento de la potencia y efectividad militar del ejército romano durante el siglo IV d.C. y que permite, en última instancia, constatar el destacado papel que juegan la alimentación y los suministros en la consecución de la victoria militar en cualquier época histórica. Tal y como sentencia Vegecio:

En toda campaña existe solamente un arma definitiva, que a ti te sobre el alimento y su escasez doblegue a los enemigos” (Veg. 3.3.3).

Notas:
(1) Otros investigadores elevan la cifra diaria de carne a una libra (327,5 gramos) en base a una interpretación diferente del citado papiro CPL 199. En el fondo de la cuestión se encontrarían interrogantes como, por ejemplo, si la asignación de carne tendría como único destinatario al soldado o bien incluiría a su familia. En el siglo IV d.C. los militares podían contraer matrimonio legalmente y, en algunos casos, sus familias podían vivir junto a ellos (J. Roth, 1999).

(2) Se establece que el peso de un buey en época Alto imperial podía alcanzar de media los 365 kilogramos, pudiendo obtenerse de él entre 180 y 225 kilogramos de carne (A.R. Menéndez, 2004).

(3) Como muestra la Historia Augusta para el contexto del siglo II d.C. (SHA, Adriano, 10.2) y siglo III d.C. (SHA, Alejandro Severo, 50.5).

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HISTORIA AUGUSTA (edición de V. Picón y A. Cascón). Madrid: Ediciones Akal. 1989.

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F. VEGECIO RENATO, “Compendio de técnica militar” (edición de D. Paniagua Aguilar). Madrid: Ediciones Cátedra, 2006.

Redactor: Manuel Galiano Saavedra

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, especializado en Historia Antigua. Máster en Estudios Históricos Comparados por la Universidad de Sevilla y Máster en profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla).

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