El Estado en Azaña (I)

Este artículo fue publicado originalmente en thesocialsciencepost.com

Escribe| Gabriel Moreno González

Ramos Oliveira, en su monumental Historia de España, dijo del ilustre político alcalaíno: “Azaña es la República y la República es Azaña…Las fallas de Azaña fueron las de la República; los méritos de la República, fueron los méritos de Azaña.”[1] Aunque la expresión se debe más a la hipérbole literaria que a la realidad histórica, lo cierto y verdad es que,  si hay una figura en la que pueda encarnarse la Segunda República Española, ésa es, sin duda, la de D. Manuel Azaña. Su tragedia es el reflejo personal de la tragedia del liberalismo democrático español[3] y del fracaso reiterado de la regeneración de un país que pareciera estar abocado a los “monstruos de la sinrazón” que ya advirtiera Goya.

A setenta y cuatro años de su muerte, su obra ha quedado relegada al más indecente olvido, como si su labor se hubiera ahogado en un mar de radicalismos vacuos con los que hoy se intenta identificar a la República. Sus obras completas, desde sus discursos a su prolífica producción literaria, compiladas por Marichal en un esfuerzo digno de elogio,[4] nos muestran sin embargo la profundidad de sus reflexiones, hechas al abrigo del vaivén de los tiempos en los que vivió, sí, pero estrechamente vinculadas, y hoy más que nunca, a los tiempos y situaciones en los que vivimos.

Ante todo, su obra y su labor al frente de la República siempre tuvo un objetivo, difuso pero enérgico: lograr superar el “problema de España.” Ese problema, esa cuestión, había centrado ya los esfuerzos modernizadores de las élites españolas, desde el regeneracionismo, el republicanismo moderado finisecular y el liberalismo democrático decimonónico hasta la propia generación de 1914, a la que el mismo Azaña perteneció…esfuerzos, todos ellos, que tarde o temprano acabaron fracasando. La Institución de Libre Enseñanza y sus notables institucionalistas y, en general, los defensores del salto definitivo de España a la modernidad, fueron el sustrato del ideario azañista, que viene a renovar e impulsar el lema de Costa: “Escuela, despensa, y siete llaves al sepulcro del Cid”.[5]

El Presidente, como buena parte de las élites modernizantes españolas, veía un país en el que nunca había sido capaz de triunfar un nacionalismo español moderado, de corte liberal-democrático, que homogeneizara lo nacional por encima de las particularidades localistas y regionales, aun respetándolas. Este fracaso histórico del liberalismo español, casi siempre minoritario o en la sombra, es el que, siguiendo a Manuel Aragón, provocó ya en un joven Azaña el surgimiento de sus inquietudes políticas y nacionales.[6] En las propias palabras del que fuera Presidente de la República:

“Yo hablo de la tradición humanitaria y liberal española, porque esa tradición existe, aunque os la hayan querido ocultar desde niños maliciosamente. España no ha sido siempre un país inquisitorial, ni un país intolerante, ni un país fanatizado, ni un país atraído a la locura […] A lo largo de toda la historia de la España oficial, a lo largo del cortejo de dalmáticas, de armaduras y estandartes […], a lo largo de toda esa teoría de triunfos y derrotas, de opresiones o de victorias, de persecuciones o de evasiones, paralelo a todo eso ha habido durante siglos en España un arroyuelo murmurante de gentes descontentas, del cual nosotros venimos y nos hemos convertido en río. […] Somos sus herederos.”[7]

Manuel Azaña. Fuente.

Manuel Azaña. Fuente.

Azaña se considera a sí mismo, siguiendo sus propias palabras, como heredero de la tradición liberal y liberal-democrática del siglo XIX español, y lo que es más importante, como heredero de su fracaso y de sus esperanzas rotas. A Muñoz Torrero, Argüelles, Torrijos, Riego, Prim, Pi i Margall, Salmerón, Castelar, Zorrilla… al Trienio Liberal, el Bienio Progresista, el Sexenio Democrático; les seguía la República y la nueva clase que con ella, necesariamente, habría de nacer, esa nueva clase que lograría por fin acabar con la “eterna maldición de España”, al decir de Ortega. Y el instrumento que el Presidente creía más funcional a ese objetivo, a esa construcción definitiva de España, era el Estado.

Aunque a lo largo de su obra pueden verse algunas connotaciones hegelianas de la concepción que tenía Azaña sobre el papel del Estado, éstas no dejan de ser meras excepciones anecdóticas en un discurso que, aun no estando exento de las contradicciones propias de un gobernante, es más cohesionado de lo que pudiera parecer.[8] “El Estado no puede pensarse más que en función del Derecho, el derecho del hombre, del hombre libre,”[9] en una democracia “regida con humanidad,”[10] nos dice. Su liberalismo democrático, unido a un profundo sentido humanista, es lo que vertebra su concepto de Estado, que ha de servir a la libertad de quienes lo componen, pues “la libertad es la condición de la ciudadanía”.[11] Pero, al contrario que los primeros liberales, su idea de Estado va más allá, y si bien descansa en la libertad y en el gobierno de las leyes, su existencia ha de estar siempre encaminada a la transformación social, a la consecución de aquellas reformas necesarias para convertir a España en un Estado moderno y europeo donde no tenga cabida la injusticia social. Su fe inquebrantable en la Res publica como agente transformador subyace en sus palabras:

“Una transformación del Estado y de la sociedad que valga la pena de ser intentada y cumplida se realiza siempre desde el poder.[12]

“El Estado no es un mero árbitro, sino un agente motor y creador…impulsor, director…, orientador.”[13]

Su racionalismo, basado en un ideal de “orden y progreso” y de monopolio del Estado en todas las actuaciones de transformación social, le llevó a enfrentarse, desde el Gobierno o desde la oposición, con aquellos dos grandes actores que habían impedido siempre cualquier renovación liberal-democrática en España: la Iglesia y el Ejército. No se trataba, como lo vendieron algunos de sus enemigos, de una persecución religiosa ni antimilitarista, sino simplemente de llevar a cabo lo que nunca antes habían logrado los efímeros regímenes verdaderamente liberales que se habían dado hasta la fecha. La secularización del Estado, como requisito previo para la consolidación de un régimen moderno de libertades, y la desmilitarización de la política, abandonando todo atisbo de golpismo y pretorianismo, como condición sine qua non de una democracia asentada; ésos eran los objetivos primeros de Azaña. De hecho, al contrario de lo que pudiera parecer, nunca miró con malos ojos a la institución castrense, portadora, para él, del orden preciso en todo Estado moderno. Su pretensión, con las reformas militares que llevó a cabo, era modernizar el Ejército y hacerlo verdaderamente operativo y competente, desmantelando progresivamente el exceso de oficiales y aquellas prácticas anacrónicas que impedían a España, según el sentir de la época, poder tener un papel más relevante entre las potencias occidentales y conservar, al menos, los feudos que aún mantenía en el norte de África.

Por su parte, la cuestión religiosa, tal y como fue abordada por Azaña, fue sin duda el asunto más espinoso con el que se enfrentó. Desde su teoría, desde su pensamiento e ideario, el Estado debía ser laico para mantener a la religión, siempre respetable, en el ámbito personal de cada individuo. “España ha dejado de ser católica”, sí, pero el Estado, no la sociedad, no cada persona. Como buen liberal, Azaña nunca hubiera permitido, ni lo hizo, ningún tipo de persecución religiosa. Él, como no podía ser de otro modo, era un gran conocedor de la rica cultura católica que heredaba la España republicana. Lo que Azaña no podía permitir, como Presidente y como el hombre de la República que llegó a ser, era el maridaje conspirador y antiliberal de la sacristía y el sable. “Mi anticlericalismo no es odio teológico, es una actitud de la razón,” nos aclara.[14]

Por tanto, un Estado laico, desmilitarizado y respetuoso con las libertades individuales, donde reinara el orden y la ley, pero también el progreso, constituía su ideal de República. Y es que para Azaña, Estado y República eran uno solo, identificados en una misma esencia, las dos caras de una misma moneda. Aunque hubo un Azaña reformista anterior a 1923, que creía en la posibilidad de reformar la Monarquía para que España pasara, al menos, al primer estadio del liberalismo democrático,[15] el apoyo borbónico a la Dictadura de Primo de Rivera y la continua ineptitud de Alfonso XIII ante todos los problemas políticos, le convenció ya en su madurez del ideario republicano que tendría que asumir. Al igual que Ortega, Alcalá Zamora o Marañón, su republicanismo no se debe a la abstracción teórica de modelos perfectos de Estado, sino a la situación ad hoc que convertía a la Monarquía española en la piedra de bóveda de un sistema ineficaz, corrupto, antiliberal y anacrónico, sostenido por la Iglesia más reaccionaria y la oficialidad conservadora del Ejército. Si España cambiaba, si España entraba definitivamente en el lugar que él (y ellos) creía(n) que le correspondía entre las naciones democráticas, necesitaba previamente cambiar también su forma de Gobierno, ser una República. Así se expresaba el propio D. Manuel en 1937: “esperaba y deseaba la República como instrumento de civilización en España, no por arrebato místico.”[16]

Pecó no obstante, como dice su hasta ahora mejor y más completo biógrafo, Santos Juliá, de cierto maniqueísmo en sus planteamientos.[17] Al identificar la República con el cambio transformador, y a la Monarquía con el autoritarismo que había permitido la dictadura, Azaña identifica no sólo al Estado español con la República, sino a ésta con la izquierda. Nos dice:

Para construir la República debemos contar con las izquierdas españolas todas, y nada más que con ellas, llamando izquierdas a los que sin ambages, remilgos ni distingos, ponen por como base de la organización del Estado la forma republicana.[18]

Los errores de Azaña fueron también los de la República, y viceversa, se apuntaba al principio. Y no hubo peor error en la República que la exclusión apriorística de la derecha liberal, que también era, y no precisamente de forma anecdótica, republicana. Sin embargo, del propio carácter del Presidente y de sus actos podemos apreciar la simpatía que llegó a tener por el republicanismo conservador. Su profundo parlamentarismo, nutrido de la más notable tradición liberal-republicana (de Pi a Castelar), lo alejaba de todo sectarismo y lo acercaba a la búsqueda continua de acuerdos y al respeto exacerbado de quienes no pensaban ni como él, ni como la República. “Nosotros somos republicanos y todos, o la mayor parte, profundamente parlamentarios. Yo, personalmente, no concibo una República que no lo fuese.”[19] Al fin y al cabo, muchos de los principales impulsores de la caída de Alfonso XIII y de la consolidación del régimen republicano, fueron destacados políticos de derechas, como Alcalá Zamora o Miguel Maura, compañeros de desvelos de D. Manuel. Sea como fuere, en esas palabras de Azaña podemos ver la proyección social que quería darle a la República, que debía necesariamente transformar el país aumentando la justicia social, por lo que los avances esperados con ella se adecuaban mejor al ideario de izquierdas. ¿Por qué si no?, ¿para qué la República?, ¿para qué tantos esfuerzos? El mantenimiento de la anquilosada estructura social del conservadurismo español no podía responder a las necesidades que la nueva forma de Gobierno ponía en evidencia. En palabras de Azaña:

“Si la República no ha venido a adelantar la civilización en España, ¿para qué la queríamos?”[20]

 

Bibliografía|

[1] RAMOS-OLIVEIRA, A., Historia de España, tomo III, México, 1952, p. 53.

[3] Así lo apunta, entre otros, SEDWICK, F., Tragedy of Manuel Azaña and the fate of the Spanish Republic, Ohio State University Press, 1964.

[4] AZAÑA, M., Obras completas, Editorial Oasis, México, 1968.

[5] MORODO, R., Joaquín Costa y Manuel Azaña, Ibérica, Nueva York, 1971. Azaña llegó a decir: “Ayer murió Francisco Giner de los Ríos y hoy ha sido su sepelio. Este hombre extraordinario fue el primero que ejerció sobre mí un influjo saludable y honrado. La obra de Giner es tan considerable, que hoy cuanto existe en España de pulcritud moral, lo ha creado él,” en Obras completas, op. Cit., tomo III, p. 815.

[6] ARAGÓN REYES, M., “Manuel Azaña: un intento de modernización poñitica”, en Revista Sistema,nº 2, enero de 1973.

[7] AZAÑA, M., Obras completas, op. Cit, tomo II, pps. 693 y 694.

[8] DE BLAS, A., Tradición republicana y nacionalismo español, Tecnos, 1991. En esta obra, muy recomendable por lo didáctica de la exposición, el profesor De Blas analiza buena parte de la tradición liberal y liberal democrática española, incluida la figura de D. Manuel, con la rigurosidad histórica que siempre le ha caracterizado.

[9] AZAÑA, M., Obras completas, op. Cit., tomo II, p. 265.

[10]Ibid., p. 228.

[11] Ibid., p. 500.

[12]Ibid.,  p. 253.

[13]Ibid., p. 917

[14]Ibid., tomo I, p. 485.

[15] Seguía así el “posibilismo” de Melquíadez Álvarez y otros grandes liberales españoles, para quienes lo relevante no eran las formas que tuviera el Estado y el Gobierno, sino los avances, las reformas…el contenido que pudiera materializarse dentro del régimen, fuera Monarquía o República.

[16] AZAÑA, M., La velada de Benicarló, Ed. Castalia, Madrid, 1974, p. 167.

[17] SANTOS JULIÁ, Vida y tiempo de Manuel Azaña, Taurus, 2008.

[18] AZAÑA, M., Obras completas, t. ii, p. 9.

[19]Ibid., tomo II, p. 704.

[20]Ibid., tomo III, p. 435.

Redactor: The Social Science Post

Escribe thesocialsciencepost.com en colaboración con Témpora Magazine. "Acercar los sesudos estudios doctrinales, clarificar lo aparentemente ininteligible para unos pocos doctos, y acercarlo a la divulgación y al conocimiento general, desde una perspectiva crítica y a la vez lo suficientemente rigurosa, se convierte así en nuestra principal tarea."

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