El Estado en Azaña (II)

Este artículo fue publicado originalmente en thesocialsciencepost.com

Escribe| Gabriel Moreno González.

 

En el anterior artículo veíamos cómo para el Presidente de la II República Española el Estado era el único elemento que podía subvertir la situación de atraso histórico de nuestro país, y sólo a través de su acción, y de la política, podía conseguir equiparar a España con el resto de naciones europeas. Un Estado que Azaña identifica con la República, con una República pluralista que sepa asentar una democracia liberal laica con un fuerte contenido social, en el que la educación como motor de cambio se erija en uno de los principales pilares de la acción estatal.

Pero si la opción por la  forma de Gobierno adecuada para tales fines era simplemente, en el ideario azañista, la República, con  la forma de Estado, con la organización territorial de éste, la formulación de Azaña se complejiza.

De entrada, su liberalismo radical imbricado en una larga tradición de nacionalismo español republicano, le impedía considerarse a sí mismo como federalista. Si bien es cierto que dentro del nacionalismo español liberal, o liberal-democrático, la federación como forma de Estado tiene cabida y no es baladí su defensa (Pi i Margall), la idea predominante en la primera mitad del siglo XX entre los republicanos liberales y liberal-demócratas españoles es la defensa a ultranza de un Estado unitario (siguiendo la estela de Salmerón, Ruiz Zorrilla o Castelar). Sin embargo, Azaña es consciente, como esa misma tradición de la que forma parte, de que existe una «cuestión nacional» o «territorial» a la que la nueva República ha de enfrentarse.[1] Y a ello antepone su pragmatismo y el optimismo de quien siempre confió en la política como el único mecanismo legítimo para solucionar los conflictos sociales.

Y si el debate territorial estaba en la mesa de la República, éste venía constituido principalmente por las demandas de autonomía del nacionalismo/regionalismo catalán. Azaña sabe que sin Cataluña, sin el apoyo de los partidos, de la burguesía y de las pujantes clases medias catalanes, la República no puede llegar a triunfar. Y comprende que su ideal unitario, su máxima de que sólo existe una Nación española (en sentido político) y un Estado, la República, es compatible con la autonomía de aquellas regiones que tengan identidades históricas y culturales diferenciadas, productos de un común ingenio español al que recurre con frecuencia en su discursos, creador e integrador de diversidad y riqueza. Cataluña es, en este sentido, la que plantea el principal problema en torno a la organización territorial del Estado.[2]

Manuel Azaña. Fuente.

Manuel Azaña. Fuente.

Se ha dicho de Azaña que quizá fue el político español que mejor entendió el problema catalán,[3] y de hecho, fue en uno de los pocos temas en los que el Presidente venció su natural inclinación a desechar la realidad en beneficio de la idea. Si su ideal, como el ideal de la mayor parte del liberalismo español y hasta del socialismo (el PSOE, desde Pablo Iglesias a Largo Caballero), era el de un Estado unitario fuerte capaz de llevar a cabo la transformación social que precisaba España, su pragmatismo político y la necesidad imperiosa de integrar el problema catalán le llevan a adoptar una postura intermedia, que es la postura intermedia que adopta, al fin y al cabo, la propia República con la famosa fórmula del «Estado integral».

Pero no quedemos dar aquí una visión simplista que pareciera mostrarnos un Azaña que sacrifica sin escrúpulos sus ideales en el altar de la realpolitk. Al contrario, el Presidente irá evolucionando desde sus posturas meramente unitarias a posicionamientos más favorables a la descentralización, por comprender, a través de la práctica política y de esa realpolitik siempre tan fiscalizable, que el problema catalán, que el problema regional español, debía solucionarse desde y por el Estado. Azaña comprende a los catalanistas, comprende sus deseos de autonomía, y aunque su formación teórica y la tradición humanística de la que se siente heredero le impulsan a lo contrario, el Presidente reformula sus planteamientos. Al contrario que la plena garantía de las libertades (liberalismo), que la proyección en todo su potencial del principio democrático (democracia) o que la transformación social a manos del Estado (justicia social), la descentralización del Estado no es para Azaña algo necesario en una República democrática, sino contingente. Depende su existencia de la presencia previa de un problema regional y/o nacional de difícil resolución, no de un compromiso apriorístico con una determinada concepción del Estado. Aunque es bien sabido que la unitaria y centralista Francia fue siempre el espejo en el que Azaña intentó comparar a España política y culturalmente, existían campos en los que la comparación/nivelación resultaba imposible, dada la práctica ausencia en el país vecino de un problema regional o nacional. Pero ello no le impidió asumir, llegado el momento, que esa contingencia sí se daba en el caso español, donde existía ya desde años deseos de autonomía articulados políticamente a través de partidos más o menos consolidados (la Lliga de Cambó o el PNV) que, sirviéndose de un aura romanticista y de los instrumentos siempre tan eficaces de todo nacionalismo, habían conseguido asentar una conciencia colectiva periférica de difícil, cuando no imposible, neutralización por parte de la República.

Azaña defiende, en consecuencia, una forma de Estado intermedia entre lo federal y lo unitario westfaliano, donde puedan tener cabida las aspiraciones de autonomía de las regiones españolas (muy especialmente de Cataluña) que, existiendo previamente a la conformación de la República, pueden venir no a contradecir el espíritu nacional que la impregna, sino a reforzarla y consagrarla:

«Yo tengo la idea de que el sentimiento local, sea personal y ciudadano o sea regional, lejos de ser, como se ha estimado excesivamente hasta hace poco en España, una contradicción del sentimiento nacional y del interés nacional, son su base más firme y valedera […] Sería un suicidio mutilarlo, acallarlo, hacerlo avergonzarse de sí mismo, como si fuera incompatible con el sentimiento nacional español, sino todo lo contrario: hay que estimularlo, encauzarlo y hacer de él la palanca más poderosa para el engrandecimiento total del país.»[4]

Esta forma intermedia que es con la que, decimos, suele identificarse la concepción de Estado integral que introduce la Constitución de 1931, viene a cumplir el doble objetivo de Azaña: reconocer la pluralidad de España a través de la autonomía de sus regiones e integrar sus aspiraciones regionalistas en un proyecto nacional transformador, en el que el los regionalismos y localismos potencien aún más el fin para el que ha venido a nacer la República. Y en este sentido, la integración del catalanismo en la República se yergue como el principal reto de Azaña:

«Cataluña dice, los catalanes dicen: queremos vivir de otra manera dentro del Estado español. La pretensión es legítima, y es legítima, porque lo autoriza la ley, nada menos que la ley constitucional […] El error más profundo y dañoso en el que se está incurriendo es considerar el catalanismo, y el problema catalán, como una infección de la cual hay que aislar al resto del país haciéndole creer que allí hay un nido de corrupción.»

Una República pluralista, parlamentaria, social, educadora, laica, respetuosa con los derechos y libertades, fuerte y robusta de la mano de un Estado firme e integrador; una República una, sí, pero unida en la diversidad, en la diversidad de los pueblos y regiones que siempre habían caracterizado el ser nacional, una República que, por fin, consiguiera que nos olvidásemos del atraso secular que había acumulado el país…Ése era el ideal que de España tenía quien entregó toda su vida y todas sus energías a las ideas que siempre defendió.

En un discurso, Azaña llegó a decir que «llegará un día en que se me romperá el corazón y nadie sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España». Años después, cuando el médico le vio en sus últimos días de vida en el exilio francés, certificó que el Presidente tenía un problema congénito de corazón, del que Azaña nunca supo nada. Pero que, lo mismo que había vivido con ese problema desde que nació, habría resistido hasta el final de su vida. La guerra, la tragedia de ver con sus propios ojos cómo la República que él había ayudado a crear, aquel motivo por el que se había entregado sin descanso durante años, se desvanecía, fue la que acabó con su maltrecho corazón. Como Don Quijote, la figura literaria que más admiró en su vida, Manuel Azaña Díaz pasó sus últimos días de exilio sin cordura, forcejeando continuamente con sus más allegados para escapar del pequeño hotel donde malvivía. Decía, anulado por la fiebre y el insomnio, ir a hacer gestiones para salvar a los españoles que morían en los campos de concentración. Para salvar a esa República, su República Española, que, junto a su memoria, no hemos sido capaces de revitalizar a setenta y cinco años de su muerte.

 

Bibliografía|

[1] ARAGÓN REYES, M., “Manuel Azaña y el problema regional en la II República”, en Estudios de Historia de España: homenaje a Manuel Tuñón de Lara, coord. Por Santiago Castillo, Vol. III, 1981.

[2] AZAÑA, M., “Obras completas“, Edit., Oasis, México, t. II, p. 257.

[3] ARAGÓN REYES, M., op. Cit., p. 256.

[4] AZAÑA, M., op. cit., tomo II, p. 241.

Redactor: The Social Science Post

Escribe thesocialsciencepost.com en colaboración con Témpora Magazine. "Acercar los sesudos estudios doctrinales, clarificar lo aparentemente ininteligible para unos pocos doctos, y acercarlo a la divulgación y al conocimiento general, desde una perspectiva crítica y a la vez lo suficientemente rigurosa, se convierte así en nuestra principal tarea."

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