El desprestigio de un imperio. Venalidad y sistemas de asientos en los ejércitos de la España Moderna

La revolución militar de la Edad Moderna conllevó profundos cambios derivados de la necesidad de mantener ejércitos cada vez más numerosos y costosos en guerras que, en ocasiones, parecían no conocer fin. Necesariamente, estas transformaciones se vieron reflejadas en la política económica desarrollada por el Estado Fiscal Militar a partir del siglo XVI, la cual contaba con dos problemas esenciales. El primero de ellos radicaba en su incapacidad para reclutar de manera eficaz a los numerosos batallones necesarios para la conservación de los imperios. El segundo estaba relacionado con los sistemas de financiación de los diferentes reinos, más dependientes de los créditos que de los impuestos.

El caso de la Monarquía Hispánica contaba, además, con una deficiencia añadida. Desde finales del siglo XVI, Castilla, principal sustentadora del imperio, estaba agotada tanto demográfica como económicamente, lo que se traducía en una capacidad de maniobra nula a la hora de financiar incesantes y costosas guerras. Es a partir de la década de 1640, reinando Felipe IV, cuando el imperio de los Habsburgo comienza a dar verdaderas muestras de decadencia. La pérdida de algunos territorios y el estallido de importantes revueltas en varias regiones peninsulares dieron paso a una debacle que acabó por perpetuarse durante el gobierno de Carlos II y que ni siquiera la plata americana pudo solventar.

Desde mediados del siglo XVII, el Imperio Hispánico requería de unos sustentos militares y económicos imposibles de obtener por sí mismo. En este sentido, la problemática que rodeaba a los reclutamientos de soldados fue una constante a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Las levas voluntarias, conocidas como arbolamiento de banderas, aportaban una soldadesca de mayor calidad que los alistamientos obligatorios, aunque insuficiente para cubrir todos los frentes de guerra. A ello se une el hecho de que, dado el agotamiento demográfico de Castilla y las pésimas condiciones de vida de los militares del XVII, el número de voluntarios que decidían enrolarse en el ejército se había visto mermado considerablemente.

La Corona, por tanto, veía en las reclutas forzadas, llamadas Repartimientos y Vecindarios, el único remedio para cubrir los frentes de guerra. Utilizadas especialmente en las zonas geográficas de menor densidad poblacional, estas levas se basaban en unas condiciones previamente dictadas por el monarca que los asentistas interesados debían cumplir. Ejecutado el pago y entregados los hombres acordados, los agentes privados recibían un puesto de oficialidad e incentivos en forma de patentes en blanco. De este modo, tanto las oligarquías locales como la Corona se beneficiaban mutuamente. Los primeros, por recibir cargos y mercedes que vendían e, incluso, ofrecían a sus descendientes, otorgándoles un medio de vida seguro a través de la carrera de las armas. Por su parte, la Corona compensaba su falta de liquidez con la concesión de privilegios, a la vez que enviaba hombres al frente. A pesar de que los métodos de reclutamiento forzoso aportaban un número de soldados más elevado, las poblaciones involucradas no estaban dispuestas a mermar el grueso de su población activa. Es por ello que, con el fin de eliminar a los colectivos sociales menos productivos, enviaban penados, vagos y mendigos en primer lugar. Las bajas en el frente eran suplidas, por tanto, con sujetos de pésima calidad militar que, en muchas ocasiones, acababan desertando.

La Batalla de Rocroi (1643). Fuente

La Batalla de Rocroi (1643). Fuente

El desprestigio del ejército español de la Modernidad no se limitaba al enrolamiento de mendigos y penados. Evidentemente, la concesión de patentes en blanco provocó una severa inflación de cargos militares a la misma vez que las tropas se llenaron de oficiales sin experiencia alguna en el campo de batalla. En este sentido, fueron los reclutamientos a cargo de las ciudades los que provocaron mayores tensiones entre los interesados en hacerse con el asiento de un regimiento. En el sistema de alistamiento indirecto encontramos a las ciudades como agentes intermediarios entre la Corona y el asentista. Como no podía ser menos, el intercambio de favores y la pertenencia a un alto linaje desequilibraban la balanza a favor de los sectores privilegiados. Cierto es que las levas a cargo de las ciudades aportaban regimientos menos numerosos pero de mayor calidad. Sin embargo, la Corona no podía hacer frente a la manutención de huestes de cierto prestigio, por lo que a los problemas anteriormente planteados se une el de una soldadesca mal pertrechada y peor alimentada.

Desde su llegada, los Borbones intentaron controlar en mayor medida el sistema de asientos militares. Aragón, aunque con unas condiciones mucho más ventajosas que Castilla, comenzó a contribuir a la causa bélica en mayor medida, y la Corona procuró evitar que los agentes privados hiciesen carrera gracias a la compra de cargos militares.

Felipe V de España. Fuente

Felipe V de España. Fuente

A pesar de todo ello, el siglo XVIII significó la auténtica edad dorada de los asentistas. El esmero de Felipe V por reforzar la autoridad real en el ejército no solventó ni la falta de liquidez ni unas urgencias bélicas que resultaron especialmente intensas entre 1702-1711 y 1718-1720. Es más, el impulso de la producción nacional proyectado durante la primera mitad del Setecientos sólo sirvió para que los particulares, además de reclutar hombres, se hiciesen con el monopolio de los pertrechos de las tropas.

La continua falta de recursos paralizó la tarea de rediseñar superficialmente el sistema de asientos a partir del reinado de Fernando VI. Durante su mandato, los agentes intermediarios fueron eliminados, dándose paso a la venta de cargos sin camuflajes. Ahora bien, estas circunstancias no evitaron que la Corona hiciese uso de estratagemas que encubrían la expedición directa de puestos de oficialidad. El fin último era evitar el descontento de distinguidos veteranos de guerra e impedir que La Gaceta de Madrid publicase listas de compradores. Consecuencia de este drástico giro en las relaciones entre Corona y asentistas fue el desarrollo de las corruptelas cortesanas hasta límites nunca antes conocidos. Tanto fue así que Juan Gregorio Muniaín, Secretario del Despacho de Guerra tras la caída del marqués de Esquilache, vendió patentes en blanco a los miembros de su red clientelar inflando los precios para destinar las ganancias a fines personales.

En definitiva, la hecatombe de los ejércitos españoles del XVII repercutió tan severamente sobre el Setecientos que los elementos de control militar dictados por Felipe V se desvanecieron como el humo. De hecho, el reclutamiento de sectores marginados y la inflación de puestos de oficialidad fue una constante a lo largo de toda la Modernidad. El ejército que antaño dominó el mundo occidental se había sumergido en una debacle que ni siquiera el cambio de dinastía pudo solventar. El hundimiento del prestigio militar de la Monarquía Hispánica significó el principio del fin de un imperio condenado a desaparecer.

Bibliografía

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ANDÚJAR CASTILLO, FRANCISCO, “Guerra, venalidad y asientos de soldados en el siglo XVIII”, Studia Historica: Historia Moderna. Salamanca: Universidad de Salamanca nº 35, 2013.

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TORRES SÁNCHEZ, RAFAEL, “Administración o asiento. La política estatal de suministros militares en la Monarquía española del siglo XVIII”, Studia Historica: Historia Moderna. Salamanca: Universidad de Salamanca, nº 35, 2013.

Redactor: Álvaro Javier Romero Rodríguez

Licenciado en Historia por la Universidad de Huelva; Máster Oficial en Estudios Históricos Avanzados con especialidad en Historia Moderna por la Universidad de Sevilla. Estudiante del Máster Oficial en Profesorado de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas por la Universidad de Huelva.

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