El Colegio de San Telmo: una escuela de marinería y náutica

Suele decirse que la enseñanza es uno de los mayores motores para el funcionamiento de una nación. Esto no es menos verdad en la España del Antiguo Régimen, una monarquía con territorios distantes y un solo monarca que controlara dos continentes. Se hacía necesario, por tanto, una buena y eficaz comunicación entre Europa y América. Si a ello sumamos que la plata traída de las minas americanas era la verdadera sangre de la monarquía, esta comunicación se hacía aún más imprescindible. Como no podía ser de otro modo, los medios de transporte encargados de ello eran los buques españoles, comandados, a su vez, por pilotos y señores de naos. Se vio necesario, por tanto, entrenar a verdaderos pilotos para garantizar la seguridad de las mercancías.

El Colegio de San Telmo fue un organismo fundado al amparo de la Universidad de Mareantes -una especie de gremio de la llamada gente de mar- cuya finalidad era simple: instruir a futuros pilotos y marinos en el arte de la navegación con el objetivo de salvaguardar la plata traída de América y, con ella, las riquezas del rey.

Ya en el siglo XVI se encomendó la tarea de formar pilotos apropiados para la Carrera de Indias a la Casa de la Contratación. No obstante, los resultados no fueron los previstos debido a la falta de voluntarios que pudieran permitirse una instrucción disciplinada durante tres años, por lo que preferían enrolarse como pajes o grumetes con el fin de llegar a alcanzar el puesto de marinero oficial.

A pesar pues de tratarse de un asunto de vital importancia para la Corona, las diferentes bancarrotas y los interminables procesos burocráticos hicieron que la escuela no comenzara a funcionar hasta finales del siglo XVII. La construcción del colegio comenzó en 1682 en el arrabal de San Telmo, a cargo del maestro de obras Antonio Rodríguez, primero, y Leonardo de Figueroa, después, artífice de la espectacular portada que observamos hoy.

Pero el colegio se vio en un problema: la carencia de alumnos. La educación cuesta tiempo y dinero, y los estamentos privilegiados y la rica burguesía no estaban dispuestos a que sus hijos se convirtieran en pilotos de naos, un oficio que contaba con bastante desprestigio, como todos los relacionados con la mar. Eran, por el contrario, los menos afortunados los que aspiraban a conseguir tal título, pero no podían permitirse pagarse una educación para ello. Fue así como surgió la única manera de conseguir un alumnado para el centro: recoger a aquellos niños expósitos que eran abandonados diariamente en la Casa Cuna de Sevilla, sin otro futuro que la delincuencia o la muerte, y así se recogió en sus ordenanzas. Ello le dio al Colegio de San Telmo una característica esencial: tratarse de un centro de carácter pío y asistencial.

No es de extrañar por tanto que una gran cantidad de muchachos aspirase a entrar en San Telmo con la esperanza de labrarse un futuro, por lo que fue necesario imponer ciertas limitaciones al acceso. Quedaban así excluidos los extranjeros, los que no contaran entre ocho y catorce años y los que no poseyeran una buena salud. Además, por supuesto, todos debían ser varones. Finalmente, quedaba en manos del centro cuidar que entre ellos no se encontrara ningún descendiente de moros, judíos o mulatos, algo que al tratarse de niños expósitos, resultaba bastante difícil de determinar.

No obstante, con la llegada de los Borbones, la limpieza de sangre comenzó a exigirse de manera estricta para solicitar plaza en San Telmo, medida que bien pudo responder tanto a intentos de prestigiar la marinería como a una forma de impedir que se admitieran más alumnos de los que se podía mantener.

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Actual Palacio de San Telmo. Fuente

Una vez entre los muros del colegio, ya con un futuro por delante, los alumnos vivieron en la modalidad de internado, durmiendo bajo el techo de la institución durante toda su formación académica. Y toda formación académica necesita de algo fundamental: profesores. Llamados maestros, debían ser naturales de los reinos españoles, y con un conocimiento profundo del catecismo. Se valoraba asimismo la soltería de los docentes, pues también ellos estaban obligados a permanecer como internos en el colegio. Pero sus obligaciones no eran sólo las de instruir, sino que estaban obligados a cuidar de los alumnos tanto en las aulas como en las horas de recreo y descanso, tarea no demasiado sencilla si se tiene en cuenta el alto número de colegiales que se encontraban en la escuela y en edades tan delicadas como la pubertad y la adolescencia.

A su entrada en el Real Seminario, lo primero que cursaban los alumnos eran los estudios de las llamadas “primeras letras”, es decir, leer y escribir, para después pasar a los estudios náuticos. En estas primeras letras no solo se les enseñaba a leer, escribir y contar, sino que se incluían en ellas nociones de urbanidad y redacción de algunas instancias, además de otros papeles de carácter oficial. Según las actas de fundación, era esencial inculcar en estos muchachos el ejercicio de las buenas costumbres, así como el catecismo promulgado por la Iglesia Católica.

Una vez superados estos primeros estudios, que podrían ser equivalentes a nuestra Educación Primaria, los alumnos pasaban a estudiar las materias de navegación. El objetivo de estas era proporcionar conocimientos de aritmética, álgebra, artillería, geometría, trigonometría y conocimientos de los globos terráqueo y celestes. Para tal misión, se distribuyeron cuatro años de aprendizajes, que se estructuraron dedicando los dos primeros al estudio de las llamadas “matemáticas puras”, necesarias para establecer cálculos en la mar, algo que todo piloto experto necesitaba conocer. El tercer año estaba dedicado al aprendizaje y utilización de las tablas astronómicas y los procesos de cálculo para hallar la longitud y latitud en el mar. Por último, en el cuarto año, se instruía a los alumnos en la trigonometría y en las instituciones de la navegación. Todo ello se vio intercalado con el estudio de la artillería.

Todas estas clases se impartían cuatro días a la semana, distribuidas en tres horas por la mañana y tres por la tarde, de las cuales una de cada sesión se dedicaba al repaso, del que los alumnos más adelantados estaban dispensados. Por otro lado, antes de la finalización de la última clase del día se preguntaban las lecciones a los estudiantes más atrasados, tiempo que el resto de alumnos empleaba para aprender a levantar planos de las costas, bahías y puertos.

Pero como en nuestros días, también la educación náutica del colegio de San Telmo se vio afectada por reformas educativas. En su caso, fueron las ordenanzas de 1786 las que, como hoy en día, no introdujeron grandes cambios, sino que intentaron mejorar aquellos asuntos que requerían una reforma urgente, lo que se tradujo simplemente en añadir asignaturas.

En primer lugar, no se concebía que a finales del Siglo de las Luces no se conociera la lengua franca de la época, de manera que la materia de Lengua Francesa quedó establecida en el centro por orden de la Corona, cuya dinastía era también francesa, todo hay que decirlo. A esta materia le acompañó la asignatura optativa -es decir, destinada a los alumnos aventajados- de Comercio, que se complementaba con el estudio de la Lengua Inglesa.

Esta “reforma educativa” para San Telmo -las ordenanzas de 1786- estableció, además, un proceso selectivo para la elección del profesorado que nos puede parecer bastante “contemporáneo”, pues a partir de ese momento el acceso a las plazas docentes se hizo a través de un concurso público en el que los aspirantes tenían que superar ciertos exámenes y pruebas ante un tribunal.

Y hablando de exámenes, nuestros alumnos también tenían que pasar por ellos para alcanzar la siguiente fase de su educación, y de una manera que se parece también bastante al sistema universitario. Y es que se realizaban dos exámenes al año: el primero en marzo y el segundo en junio, quedando dividido el curso en dos cuatrimestres y dejando a los alumnos varios días antes de las pruebas para repasar los contenidos.

¿Y qué ocurría con aquellos alumnos que, como en nuestros días, no tenían facilidad para los estudios? El colegio también se enfrentó con este mismo problema y estableció una solución: la escuela dispuso que escogieran profesiones relacionadas con la Armada, como carpintero de ribera en el Arsenal de la Carraca o cerrajero en la Real Fundación de Artillería, con el compromiso de entregarles una manutención hasta que ocuparan dichos cargos.

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Capilla del Colegio. Fuente

Pero asistir a clase no era lo único a lo que se dedicaban los estudiantes. El día comenzaba a las seis de la mañana, hora a la que asistían a rezar en la capilla el primer rosario para inmediatamente escuchar misa. El desayuno se servía después de todo aquello, sobre las siete de la mañana, de manera que entraran en clase a las ocho. A las once, cuando terminaban las clases, eran conducidos de nuevo a la iglesia para el segundo rosario del día, y, tras ello, tomar el almuerzo en el refectorio. Concluido el menú que constaba de pan, carne o pescado y legumbres, disponían de un tiempo de descanso hasta que comenzaran de nuevo las clases, alrededor de las tres de la tarde, y luego, tras ellas, el tercer y último rosario del día. Después de aquello tomaban la cena, con un menú similar al del almuerzo, para, finalmente, retirarse a sus dormitorios a descansar.

Por supuesto, nuestros estudiantes necesitaban también días de descanso y vacaciones. Estos eran los domingos y las celebraciones de Navidad y Pascua, ambas con un total de aproximadamente una semana de descanso. Por otro lado, las horas de recreo del día sólo estaban reservadas para alumnos aventajados, que se dedicaban a los juegos que la escuela les permitía, como las damas, el ajedrez o la petanca, así como tomar el aire en los patios del centro.

Eran tan parecidos los estudios de San Telmo a los de hoy día que, una vez finalizados los años en la escuela, los alumnos debían realizar las prácticas correspondientes a bordo de los buques para ser declarados pilotos de la Marina. Se entendía que era necesario que los muchachos tuvieran íntimo contacto con los  mares y océanos para convertirse en verdaderos marinos. Para tal fin a San Telmo le fueron asignadas las dos terceras partes de todos los navíos de guerra que hacían la Carrera de Indias. En dichas prácticas era necesario que el alumno llevara consigo un diario de navegación en el que debía tomar nota de todo lo que aprendía, el cual más tarde serviría para su evaluación. Debía asimismo realizar como mínimo dos viajes a América y pasar por un examen que finalmente le otorgaría el título de piloto de la Carrera de Indias.

Gracias a esta variada y dilatada enseñanza, en el siglo XVIII la institución se ganó una excelente reputación y se convirtió en un centro de formación de gran prestigio.

Pero nada dura para siempre, y el Colegio de San Telmo vio su fin en 1847, cuando las Américas ya se habían independizado y la función de dicha institución ya no tenía sentido.

El Colegio de San Telmo fue, en resumen, obra de caridad y centro de enseñanza, algo que en nuestros días puede sonar tremendamente contradictorio. Y, sin embargo, tan sólo ha pasado a la historia por su maravilloso edificio que años más tarde habitaron los Montpensier.

Desde luego, encontramos en San Telmo muchas de las características que rigen los estudios prácticos de hoy día: años de “primaria”, años de estudios teóricos, los exámenes, la obligación de realizar prácticas para obtener el título definitivo, los requisitos de admisión, la intención de otorgar prestigio a una profesión, las horas de descanso y recreo, los periodos de vacaciones… ¡incluso los profesores eran elegidos por concurso público!

Merece la pena rescatar del sótano de la historia instituciones como esta, que pasan desapercibidas cuando, en aquellos años, tantos niños le debieron, literalmente, la vida al Colegio de San Telmo.

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Grabado del Seminario de San Telmo. Fuente

Bibliografía

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GARCÍA GARRALÓN, M., “Taller de Mareantes: El Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla (1681-1847)”, Sevilla: Cajasol Fundación, 2007.

HERRERA GARCÍA, A., “Estudio histórico sobre el Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla”, Sevilla: Universidad de Sevilla, 1958.

JIMÉNEZ JIMÉNEZ, ELISA M., “El Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla (1681-1808): su contribución al tráfico marítimo con América y su significado en la historia de la ciudad del siglo XVIII”, Sevilla: Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2002.

MENA GARCÍA, C., “La enseñanza en el Colegio de San Telmo a través de las Ordenanzas de 1786”, Archivo hispalense: Revista histórica, literaria y artística, tomo 60, núm. 185, 1977, pp. 63-78.

Redactor: Carmen Gavilán

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