El boudoir. Erótica, género e identidad

A caballo entre los siglos XVII y XVIII, en los reinados de Luis XIV y especialmente de su sucesor Luis XV, todo París era conocedor del savoir faire hedonista con que el monarca regalaba a su corte intramuros del Palacio de Versalles. Pero cuando te alejabas de la inercia calculada que la dinastía del Sol imponía en sus dominios, cuando abandonabas la nube de júbilo permanente y a destiempo y el derroche obligado para volver a la realidad de la ciudad, ¿se conformaban los hombres únicamente con ostentar el cargo de nobles y cumplir con un puñado de costumbres mustias? Contraria a rechazar el ejemplo de su amo y soberano, ya fuese admirado o aborrecido en los demás asuntos de Estado, la alta esfera de la sociedad francesa dieciochesca se las arregló para imitar a Versalles en la medida en que le permitían las transformaciones culturales de la época. Francia asumió sin reparos aquello de que las reglas se hacían para romperse.

Si bien la complejidad de la sociedad —y la moral— del Siglo de las Luces se presenta inmensa para interpretarla de forma simple, habría que rescatar una de las ideas capitales que ya hemos tratado en anteriores análisis: la controversia surgida entre la imposición del «Estado del pudor» y la voluptuosidad que abrazó el siglo XVIII, apropiada a través de las ideas, la literatura y resto de bellas artes y, sin duda, los reclamos en el comportamiento cotidiano. Ya se empezaban a oír voces en el siglo XVII sobre una batalla del hombre moderno por su libertad libidinosa. Con la llegada de los ilustrados, los franceses más atrevidos empezaron a traspasar los límites de la defensa teórica de los filósofos para terminar filtrando sus ideas con empeño a través de las letras y las artes a la vida práctica. Vemos que la voluptuosidad carnal se proclama, se define, se perfecciona, se tolera, se aprecia, se difunde. Ante nosotros se abre un copado abanico de elementos dentro de un margen de estudio que abarca la configuración del discurso erótico y su transposición a la vida real de los hombres en un medio de comportamiento social evolutivo. Dicho de otra manera, el Siglo de las Luces saldrá a escena como un auténtico laboratorio experimental de las ideas más morbosas concebidas por escritores, artistas y teóricos de todos los ámbitos. Este periodo de la historia francesa se va a proclamar a gritos como la prueba irrefutable de que el universo erótico se construye y optimiza en el seno de un proceso identitario.

Ante lo que pretendía regenerarse como una nueva civilización[1], cabría analizar el concepto que movilizó en las sombras los cimientos del cambio y que muchos historiadores tienden a dejar de lado: la erótica. El erotismo, ¿«es» o «se crea»? Si revisamos las anotaciones materialistas y sensualistas que ya clamaban con esmero en los inicios de la Ilustración, el eros se define como una tendencia [natural] hacia el amor sensual. Abarcaría así tanto el «gusto» del hombre por el placer carnal como el deseo subyacente, otorgados por la naturaleza como forma de conseguir la felicidad. Por otro lado, cabe entenderlo asimismo como la puesta en práctica de las técnicas para expresar este «gusto», para manifestarlo, suscitarlo, satisfacerlo. En consecuencia el erotismo, más allá de integrar una parte de la biología y la psicología humana, es una construcción artificial que permite su propio desarrollo. Dicho esto, se deduce que el erotismo existe y se construye recíprocamente. Ahora bien, teniendo en cuenta las imposiciones castrantes del hombre «civilizado», ¿cómo dinamizar, cómo «normalizar» el erotismo? Sin duda el siglo de la intelectualidad tenía soluciones para todo.

Es precisamente ahora cuando se configura lo que Starobinski acuñó como el «imaginario de libertad del siglo XVIII», una especie de fantasía de lo que debería ser una sociedad feliz y libre. La sociedad empezaba a crear un código de valores morales paralelos a la moralidad convenida[2], conocido y aceptado por la mayoría pero que por supuesto quedaba al margen de la ley. Este imaginario copiaba muchas de las ideas que ya se habían fijado para hablar de otras épocas, como el erotismo clásico, la tradición humanista profana o la mitología pagana. Se había confeccionado una ilusión de perfil elegante y frívolo, completamente libre de constricciones y moralidades represivas, donde el amor se sustituye por la carnalidad y la pasión del carpe diem, «culpable y deliciosamente abocada a una fiesta despreocupada», a la galantería, a los placeres y «la dulzura de vivir». El trasvase de las ideas moralistas a las artes y las letras daría lugar a la creación de un imaginario erótico de muy fácil difusión social. La gente podía experimentar, aunque solo fuese mediante la imaginación, las relaciones extramatrimoniales, el juego del deseo desobediente con un desconocido, el voyeurisme, el lesbianismo, o escenas licenciosas que iban desde la masturbación hasta las orgías más fielmente detalladas. Obras como Le Point de lendemain, de Denon, permitían un goce legítimo en la absoluta impunidad que aseguraba la intimidad de la alcoba. Mediante un fenómeno de mímesis generalizado, se pretenderá transferir lo que conformaba la quimera erótica de las palabras, del lienzo o del mármol, a la realidad de la experiencia. Y es que, claro, todo el mundo quería sentirse protagonista de historias tan controvertidas y excitantes. Esta será la manera en que se configurará una relación de causa y efecto, donde el imaginario literario en torno a la erótica provocará de facto la vivencia del erotismo, y esta a su vez alimentará más si cabe el imaginario de la belle vie. Aquí, en este marco que acabamos de presentar a caballo entre la ficción y la realidad es donde tiene cabida el nacimiento del boudoir. Este elemento del imaginario erótico sería efectivamente tan fructífero en su conceptualización ideal como en su práctica.

El boudoir se constituye originalmente como un espacio privado dedicado a la intimidad, al cultivo de la vida interior. El término de boudoir aparece como tal en 1740, siendo heredero de lo que un siglo antes había sido el cabinet. Este apelativo se  otorgaba a las habitaciones o a los espacios íntimos dedicados al trabajo intelectual, a la guarda y contemplación de colecciones de arte personales, pequeños tesoros, reuniones privadas… Un lugar de retiro que reflejaba sin duda las pasiones de su propietario. Se dice incluso que al rey Luis XIV le dio por conservar en su cabinet personal multitud de figuritas y de maquetas de barcos. Que fuese un jardín, una petite-maison, un cabinet, incluso un palacio o palacete cercano a la casa principal, siempre se conjuraba como un espacio delimitado de la arquitectura global, normalmente de acceso restringido. Esta necesidad de alejarse hacia la intimidad se vuelve frecuente entre las altas esferas sociales, cuyas residencias eran grandes ostentaciones de poder abiertas a las misiones de sociabilidad pertinentes. A pesar de que se ha intentado traducir en varios idiomas como el studiolo o el tocador, la verdad es que la noción de boudoir no se presta fácil a esta tarea, ya que evolucionaría como un concepto a la vez definido y definitorio de un periodo concreto: una idea nacida y alimentada en el seno de la cultura francesa del s. XVIII[3]. Sin embargo sea cual fuere su pseudónimo, el boudoir acaba por identificarse con el «gusto», saturado de sensualidad y con un carga femenina extremadamente determinante. Acaba siendo un fiel embajador del libertinaje y una piedra angular olvidada de la historia de género.

Las maquetas navales del rey ya nos avanzan la diferente evolución de este espacio entre los hombres y las mujeres. Esta manera primaria de concebir el cabinet se acercaría mucho más a la idea que actualmente tenemos del bureau o del despacho semi-privado ocupado por los hombres. Al mismo tiempo, la construcción social de género terminaría por convertir el cabinet primario en otro tipo de habitación, un lugar de exclusiva feminidad. Gracias a las costumbres del patriarcado y a la inferioridad «natural» de la mujer[4], reglamentada más estrictamente en toda familia que se considerase respetable, esta debía abandonar a los hombres cuando estos se dedicaban a las conversaciones importantes. Debía retirarse, ya fuera acompañada de las otras mujeres para afinar la banalidad de un juego de naipes o en solitario, a una habitación consagrada al cultivo de su castidad y de su virtud. Así, la cultura material asociada a las mujeres y al ámbito doméstico que les era propio acabaron haciendo de estos espacios un lugar de decoración, de gusto, de toilette y belleza, de lectura, y en consecuencia, un lugar conquistado para el individualismo y la experiencia de la identidad femenina. François Boucher nos dejó pinturas como la del Toilette (1742) o a Madame de Pompadour (1756) en las que se observa como estas habitaciones privadas se convertían en un lugar plenamente de uso femenino. Entre broches, novelas, bordados, medias de encaje y lecturas se estaba creando un nombre propio, el boudoir.

Toilette. François Boucher, 1742.

Toilette. François Boucher, 1742. Fuente

En este vaivén entre la ficción que dominaba las mentes y las realidades clandestinas, el culto al placer y la esencia femenina acabarían encontrándose para definir algo transcendente en la identidad del hombre como sujeto social. La mujer encarna desde su feminidad el erotismo que corona al boudoir como un templo de seducción, que ya empieza a confundirse ingenuamente con el amor. Nace así la elegancia de un boudoir hedonista que se aleja cada vez más de la pornografía pueril para consagrarse a lo divino. Muchas de las leyendas en torno a «la femme fatale» encuentran aquí su razón de ser, la transformación en deidad de la mujer en un lugar entre lo real y lo místico que confronta la vulnerabilidad del hombre frente al peligro de un deseo irremediable encarnado en la mujer. Este tipo de espacios femeninos acabaron sin remedio asociándose a las cuestiones de amor leídas en las novelas, al intenso olor del perfume, a la seducción, a la perversión. Para ello el boudoir, muy lejos de una puesta en escena pragmática del acto sexual, es también arquitectura, es literatura, es una verdad en sí misma, es simbolismo, una ideología, arte, lujuria, virtud, naturaleza, libertad… Difícilmente encontraríamos otro testimonio mejor que identifique al hombre en sí mismo, en todas sus contradicciones y verdades. Así, la concepción libertina del boudoir fue inevitable. Si nos trasladamos a la época veremos cómo desde el personaje de Sopha, Crébillon describe ya en sus obras un cabinet separado de palacio y sin duda de corte femenino que deviene la exaltación de la magnificencia del gusto, le temple de la mollesse. De hecho, tanto es así que la mayoría de las descripciones de boudoirs escritas en este periodo son en realidad una galería de retratos femeninos a la vez que una guía de placeres carnales desinhibidos[5].

¿Qué otros elementos hacen del boudoir un importante eslabón del imaginario erótico? Para entendernos, ¿qué es lo que hace que si hoy escuchamos hablar de sábanas de seda y de velas encendidas se nos erice el vello? La evolución de estos espacios fue rápida y consciente. La construcción de la pieza es en sí misma una apología del placer y de la exaltación erótica del cuerpo. Por un lado ya su separación estructural e incluso geográfica de los espacios comunes de sociabilidad hacen que la idea de lo íntimo y lo prohibido sea aún más excitante. Los pasadizos o las puertas secretas para acceder a ellos suponen solo un ejemplo de la morbosidad con la que se amenizaba el juego. Pero la decoración jugaba un papel no menos importante. Tanto la forma de la habitación como la estructura del canapé principal eran normalmente de talla circular, evocando así las formas curvilíneas del cuerpo de la mujer, los movimientos del amor y de las caricias, la sinuosidad de las zonas más erógenas de su anatomía. La habitación convertida en Venus se vestía con elementos que enaltecían aún más la veneración de sus formas, como la luz de las velas atenuada por las gasas, los colores rojos y negros de tapices y paredes, envolventes cortinas que favorecían efectos por saturación, divanes profundos y cubiertos por suaves paños, la seda, los aceites perfumados o la mitología pagana, que evocaba la voluptas femenina desde los muros. Todo estaba a punto para sentir el cuerpo en un entorno sugestivo. Otro de los aspectos clave del boudoir fueron sin duda los espejos. Su disposición a lo largo del espacio convertía a los amantes en actores y voyeurs al mismo tiempo. Gracias a ellos la perversión ocupaba el lugar del goce natural de los cuerpos, situando a los actores en un marco afrodisíaco que basculaba entre lo ilícito y la reivindicación del yo.

Finalmente cabría destacar una de las piedras angulares que más contribuyó a la percepción del boudoir como un lugar de amoralidad permitida: el orientalismo. Los límites occidentales impuestos al espíritu erótico de los hombres les hacía soñar con un mundo desconocido que colmara sus deseos. El descubrimiento de nuevos territorios orientales acaecidos desde el siglo XV les ofreció el escenario perfecto, ligado según los relatos de comerciantes e intelectuales al lujo, la exuberancia, la femineidad y el libre acceso a los placeres. El exotismo y su sugerente código moral alimentaban con dedicación las letras y las artes. El Burgués gentilhombre de Molière (1670), Las Cartas persas de Montesquieu (1721) o Las Mil y una noches de Antoine Galland (1704) junto a los ensayos de Voltaire y Diderot entre otros, alimentaban este ideal de sociedad mucho más deseable. De ellos se extrae el lazo entre naturaleza y sexualidad, la libertad o la veneración de la mujer. Ciertos clichés se desprenderán de este imaginario como el de la esclava, la princesa oriental, la bohemia o la gitana, llegando incluso a la España más casta a través de las majas de Goya. Se define un rol de mujer fuerte, sin pudor y consciente de su sensualidad —tomada siempre como virtud—, encarnación del misterio, del culto al placer y del arte de vivir. Los boudoirs se engalanarán con ornamentación arabesca, flores exóticas y fuentes de agua que contribuirían a darle ese toque tan buscado de espacio lejano donde todo era posible. Detalles como las telas sedosas que vestía la mujer, evocando el agua recorriendo la piel de su cuerpo, así como la exuberancia vegetal que les envolvía, les unían con su naturaleza salvaje. Los velos moriscos cubrirían parte de su rostro, el misterio llamando a la excitación. Los adornos dorados y el sillón otomano, puesto de moda para estos casos, culminaban este paraíso de voluptuosidad traído de culturas lejanas. Se construían en Francia pequeños cachitos de amor libre, de culto al lujo y de veneración de la mujer como acercamiento del ser humano a su propia naturaleza, huyendo de costumbres asépticas y de la dominación abrupta de un cuerpo femenino desvalorizado para el desfogue masculino. A fin de cuentas, el sexo se convertía en erótica.

Ilustracion de Leo Fontan para Point de lendemain de V. Denon, publicada en 1777. Fuente

Ilustracion de Leo Fontan para Point de lendemain de V. Denon, publicada en 1777. Fuente

Si bien es cierto que el misticismo del que se vale la mujer conduce en ocasiones por los derroteros de mujer profana y diabólica o del objeto del plaisir noir, el boudoir y la mujer que lo gobierna serán la encarnación de la virtud para aquellos que supieron entenderla. Una dosis de opium que te transportaba a la fina línea entre el placer físico y la dimensión metafísica del ser humano. Tanto es así que nos quedaría un punto por añadir a la complejidad del sistema de boudoirs, y es su mecánica. Gracias a la literatura de la época podemos afirmar el carácter maquinal de algunos boudoirs, que nos detallan la gran imaginación de los franceses para el disfrute sexual y nos ilustran además sobre los avances técnicos más innovadores del periodo. Las mesas volantes o los sistemas de poleas para la inmovilización y suspensión del cuerpo son un buen ejemplo. Dentro de este tipo frecuente de boudoir se diferenciarían dos tipologías que a menudo confluyen. De un lado conocemos lo estipulado por los entendidos como «técnica», que consistía en adecuar el espacio para la voluptuosidad. Los cojines extremadamente acolchados para poder realizar juegos en el suelo o los espejos ya mencionados eran muy recurrentes. Por otro lado se vio favorecido el desarrollo de los boudoirs «mecánicos», más bien ideados para el placer corporal —a veces extremo—. Para los tímidos, se idearon poleas que servían para pasar ante los amantes una serie de cuadros de temática sensual a modo de secuencia y así mantener la excitación. ¿Alguien creyó que la idea del cine porno era cosa del siglo XX? Y  para los ansiosos de comprobar hasta dónde llegaban sus límites, artilugios como los potros o las norias giratorias son solo algunos ejemplos. En el extremo de esta vertiente se situaría claramente a Sade, quien en palabras de Anne-Vicent Buffault hizo de la tortura y del torturoir una filosofía.

A pesar de todo, el mundo de la perversión conseguirá su galardón de connotaciones virtuosas. El boudoir se impone como un concepto cuya particularidad lo desliga de las consideraciones morales que miden el resto de la configuración social. Una primavera eterna, un universo experimental del placer que delimita una esfera de voluptuosidad en medio de un reino de prostitución. Se consagra de esta manera como uno de los altos escalafones de la poesía y de la literatura, una exaltación de la propia naturaleza humana. Incluso se llegó a un punto en que ni la decoración ni los inciensos eran necesarios para los encuentros pasionales. Bastaba con el ideal de boudoir aplicado a cualquier lugar de encuentro, tal era su fuerza como noción conceptual. Desgraciadamente el boudoir siguió evolucionando con la modernidad, y el nacimiento del capitalismo lo fue desintegrando. Dicho de otro modo, el boudoir se redujo únicamente a los tapices victorianos y a las vestimentas que acompañaban ahora habitaciones lujosas pero vacías de voluptuosidad. El precio, los materiales y la puesta en escena le arrebataban el verdadero significado que arrancó la revolución libidinosa del siglo XVIII. Sin embargo apelamos desde aquí a la revisión de este fenómeno como un momento clave de las reivindicaciones identitarias del hombre, de su consciencia como ser sexual y erótico. Sin duda parte de nuestra concepción de intimidad se definió con el boudoir, así como una especie de supremacía femenina cuya influencia en ámbitos sociales y políticos daría para otro interesante análisis.


Bibliografía|

DELON, MICHAEL“L’invention du boudoir”. Paris, Zulma, Grain d’Orange, 1999.

HÖZLE, D., “Le Roman libertin au XVIIIe siècle : une esthétique de la séduction”, Oxford: Voltaire Foundation, 2012. vii + 285 pp. H-France Review, Vol. 14, September 2014, nº. 141.

JIMÉNEZ SALCEDO, J.R., “La mécanique du plaisir: les espaces privés et les machines dans quelques romans du XVIIIe siècle”, Tours: Université François Rabelais de Tours (France), 2007.

LA METTRIE“L’art de jouir [1751]. Précédé de Portrait du philosophe en libertin, par Michel Onfray”, France: Joseph k., 2011.

LAZOWSKI, “Libertines”, Paris: Gallimard, Les essais, 1980.

REICHLER, C., “L’âge libertin”, Paris: Les éditions de minuit, 1987.

SULTAN, E., “Les expériences imaginaires des romans libertins du XVIIIe siècle”Paris: École doctorale de philosophie de l’université Paris 1 (Panthéon-Sorbonne, http://philonsorbonne.revues.org).

VINCENT-BUFFAULT, A., “Érotisme et pornographie au XVIIIe siècle: les dispositifs imaginaires du regard” , Connexions 1/2007 (nº 87), pp. 97-104, (http://www.cairn.info/revue-connexions-2007-1-page-97.htm).

WALD LASOWSKI, P. “Le Grand dérèglement”. Paris: L’infini Gallimard, 2008.


[1] Recordemos que con la Ilustración se abrió paso a una regeneración de la aristocracia para recuperar la confianza del pueblo, que aseguraba su legitimidad como grupo dominante. Este lavado de imagen se hizo a través de la configuración de un nuevo ideal, la civilización y el hombre civilizado. Cf. Norbert Elías, La civilización de las costumbres.

[2] Que además sería el argumento de autoridad sobre el que se apoyaran las ansias eróticas del posterior periodo victoriano

[3] Recordemos una de las obras más conocidas de Sade, La filosofía del tocador. Sin duda el significado más generalmente asumido del término “tocador” es el de un mueble o mesa acompañado de un espejo y otros utensilios destinados al peinado, el aseo y el maquillaje de una persona, o a la habitación que albergaba este mueble (Cf. Diccionario de la Real Academia Española). No obstante Sade se refiere en su Philosophie du boudoir a una habitación específicamente acomodada para la instrucción sexual de una joven aristócrata.

[4] Cf. Alejandra Val Cubero.

[5]Paradójico si consideramos que otra de las funciones de esta habitación femenina era el de la oración. Según el especialista Michel Delon, no es el oratorio el que se convierte en boudoir, sino un lugar de amor -entendido ahora como carnal- el que deviene sagrado.

Redactor: Laura Català Lorente

Licenciada en Historia por la Université Paris I Sorbonne-Panthéon, habiendo cursado los primeros años en la universidad de Geografía e Historia de Valencia. Actualmente realizo un máster-investigación titulado "Lettres, Arts et Pensée Contemporaine" en la Université Paris VII Diderot. Mi especialidad es la Historia Moderna, aunque en estos momentos también trabajo sobre los principios del siglo XIX. Mis intereses se centran en la historia de la sexualidad, vista desde un ángulo moral, político, social y artístico.

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