El bandolerismo en la antigua Roma.

Introducción.

Todos hemos oído la expresión “todos los caminos conducen a Roma” y cierto es que la red de vías y calzadas que construyeron los romanos por todo el Imperio romano lo llevan a ser catalogadas como una de las maravillas de la ingeniería romana antigua, junto con acueductos, puentes, etc. Al día de hoy, conservamos tramos de calzadas romanas y, su importancia es tal que, muchas han estado en uso a lo largo de los siglos, hasta el punto de ser asfaltadas, siendo la base de las actuales autopistas y carreteras. Con un objetivo principalmente militar -el traslado de las legiones a las zonas de conflicto, así como testimonio del poder y permanencia de Roma en las tierras conquistadas-, por ellas circularon viajeros y mercancías de un lado a otro. Las numerosas inscripciones que señalan al fallecido como «no residente» (alienus) nos muestra que estos movimientos eran frecuentes.

Fuente.

Tramo de la Via Appia. A las afueras de las ciudades se situaban las tumbas, conformando verdaderas ciudades de los muertos. Las inscripciones reclamaban la atención del viajero. Las necrópolis era el lugar de prostitutas, brujas, fantasmas e incluso de ladrones. Fuente.

Pero viajar por el Imperio romano conllevaba sus riesgos. Además de ser más caro y más lento, la persona que decidía trasladarse por tierra tenía que hacer frente a la climatología, a la orografía, a los animales salvajes, a los accidentes o a la corrupción de las autoridades. Pero a todo esto hay que añadirle el fenómeno del bandolerismo, un mal endémico, considerado por los romanos algo tan normal y común (commune damnum) como un desastre natural. Este fenómeno se daba en todas las partes del Imperio y es un proceso que se puede apreciar a lo largo de toda su historia.

Fuentes.

Los romanos denominaban a este fenómeno latrocinium, y al bandido latro (en plural latrones. Esta palabra dará en castellano ‘ladrón’). Sin duda, es una palabra con una gran connotación peyorativa[1]. Así, en el Digesto (50, 16, 118) se define a los bandidos de una forma muy generalizadora: “Enemigos (hostes, es decir, un Estado legítimo) son aquellos que nos han declarado la guerra (bellum) o a quienes nosotros hemos declarado la guerra; el resto son bandidos (latrones) o saqueadores (praedones)”. En esta definición no hay matizaciones de violencia, los latrones podrían ir desde el bandidaje a pequeña escala, es decir, las bandas de bandidos o salteadores solitarios, personas que constituyen una amenaza para la sociedad romana, pero que no generan una alternativa a la misma, sino que surgen y vuelven a ella, como son los casos de los bandidos descritos por Apuleyo en su novela El asno de oro. En el otro extremo, también son considerados como «bandoleros» aquellas regiones o pueblos enteros que no actúan dentro de la sociedad romana, aunque estén dentro del Imperio, sino que son sociedades saqueadoras, caudillajes, cuyas estructuras son tribales y que cuentan con sus propias leyes y jerarquías. Sería el caso de los bandidos de Isauria-Cilicia, descritos por Amiano Marcelino (14.2.1-20)[2].

Pero, a la hora de estudiar este fenómeno ¿a qué fuentes debemos recurrir? Los bandidos no nos dejaron documentos, pero sí información indirecta a través de la literatura coetánea, con la cual es posible reconstruir sus vidas:

  • La historiografía grecorromana. En sus obras nos narran las medidas tomadas por los emperadores o, incluso, las historias de bandidos célebres, como son los casos de Dión Casio y Herodiano, que nos describieron las vidas de Julio Materno (en el principado de Cómodo, entre los años 186-188) o la de Bulla Felix («el afortunado», de época de Septimio Severo, durante los años 206-207). No hay duda de que hace referencia a la situación política del momento, pero algunas de estos datos esconden un trasfondo crítico hacia un emperador considerado “malo” (como es el caso de Cómodo) o la mala gestión de un gobernador o funcionario.
  • Legislativas. Importantes son los códigos legales donde se especifican los crímenes, las medidas, recomendaciones a tomar y los castigos: El Código Teodosiano (Codex Theodosianus) del emperador Teodosio II (438) y el ya mencionado Digesto del emperador Justiniano (533).
  • La Epigrafía y la papirología.
  • Pero, los textos más importantes para reconstruir la vida de estos bandidos son los de ficción, principalmente El asno de oro y las novelas griegas (como Leucipe y Clitofonte de Aquiles Tacio o las Etiópicas de Heliodoro de Émesa, entre otras). Esta literatura de ficción estereotipa la imagen del bandido por parte de la elite intelectual. Su función es entretener, pero tras ser cribada de los tópicos y situaciones típicas del bandido, estos textos nos proporcionan bastante información sobre realidades históricas y sociales.

Noli me necare, cape omnias pecuniam meas[3].

Por las fuentes, conocemos que los lugares elegidos por los bandoleros para esconderse eran zonas agrestes, de difícil acceso y aisladas, poco pobladas, a saber, aquellos sitios donde el Estado romano y las autoridades locales tenían menos control o ni siquiera aparecían. Las zonas montañosas de la cuenca mediterránea, las cuevas, los densos bosques (en latín saltus, de donde deriva nuestro ‘salteador’), los pantanos y ciénagas (por ejemplo, el Delta del Nilo).

Desde sus escondrijos, los bandidos salían con el objetivo de depredar los campos, las villae de los terratenientes (que, con el tiempo, tendieron a fortificarse), las calzadas, las aldeas. Apuleyo nos narra en su novela como un grupo que viajaba de noche, encontraron un pueblo y fueron atacados por los mismos aldeanos (con perros y piedras), ya que confundieron al grupo de viajeros con un ataque de los bandidos (El asno de oro, VIII.16-18):

“«Éste (el jefe de los viajeros), invocando a los dioses como testigos y conteniendo la hemorragia de su esposa, chillaba más que ella: «¡Somos desgraciados cansados de caminar! ¿Por qué nos atacáis? ¿Por qué nos machacáis a pedradas? ¿Qué botín perseguís? ¿De qué perjuicios queréis vengaros? No vivís en cuevas como las fieras, ni entre rocas como los salvajes para que os divierta ver correr la sangre humana».

Apenas terminó él de hablar, cesó la lluvia de piedras, llamaron a los temibles perros y amainó por completo la tormenta. Un aldeano, que estaba en lo alto de un ciprés, exclamó: «No codiciamos vuestros despojos ni somos salteadores; sospechábamos esas malas intenciones de vuestro lado y por eso precisamente os rechazamos. Ahora ya podéis seguir en paz, sin miedo ni sobresaltos»”

Como se desprende del mismo, el momento más propicio para sufrir un ataque solía ser la noche. E incluso las ciudades no se salvaban, siendo algunas de ellas atacadas y saqueadas.

En la epigrafía encontramos numerosos testimonios por todo el Imperio de personas que murieron a causa de los bandidos (interfectus a latronibus). No importaba que fueran ricos o pobres. Así, Nonio Dato, ingeniero (librator) de la Legión III Augusta, nos relata en su inscripción que, viajando con su escolta desde Lambaesis a Saldae (en Argelia) para supervisar la construcción de un acueducto, fue atacado: “(…) Me puse en camino y en él fui asaltado por unos ladrones, desnudo y herido me escapé con quienes me acompañaban” (CIL VIII, 2728 = 18122 (Lambaesis); ILS 5795). En un pasaje de Lucas (10, 30): “un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto”. La solución la daba, con un tono cómico, Lucio, el personaje de Apuleyo:

Además, ¿qué pueden quitar los salteadores al más pobre de los viajeros? ¿Ignoras acaso, imbécil, que ni diez atletas pueden desvalijar al que va desnudo?” (El asno de oro, 1.15).

Aunque, a veces, ni el más pobres de los viajeros se escapaba de los bandoleros, ya que éste también podía ser tomado como prisionero para ser liberado tras un rescate o caer en la esclavitud:

Dedicado a Gayo Tadio Severo, hijo de Gayo, secuestrado por bandidos a la edad de 35 años, y a su hijo Próculo, de 6 años. Limbricia Primigenia, liberta de Lucio, erige este monumento en memoria de su marido y de su hijo ¡Ay! ¡Es el hijo el que debería haber colocado la lápida de su madre!” (ILS 8506).

Las soluciones para el viajero eran simples: viajar en barco antes que por tierra[4], viajar en grupos numerosos y, como ya hemos visto arriba, nunca por la noche:

‘Oye, tú, ¿dónde estás? -pregunto-. Ábreme la puerta del corral; quiero salir antes del alba’. El portero, acostado en el suelo de la entrada y todavía medio dormido, me dijo: ‘¿Qué? ¿Ignoras que los caminos están infestados de atracadores, para ponerte en ruta a tan altas horas de la noche?’” (Apuleyo, El asno de oro, 1.15).

Muchos aprovechaban los viajes que realizaba el emperador o el gobernador provincial para sumarse a su convoy. Los más pudientes iban con un gran número de esclavos o contrataban una escolta armada:

«Por otra parte, aquellos pastores que nos guiaban se habían armado como para entrar en combate: éste llevaba una lanza, aquél un venablo, otro un dardo, otro un garrote, sin contar las piedras que la rocosa senda suministraba en abundancia; había quienes blandían troncos de punta muy afilada; pero la mayoría ahuyentaban a las fieras con antorchas encendidas. Tan sólo faltaba una trompeta para completar el cuadro de un ejército en orden de batalla» (Apuleyo, El asno de oro, VIII.16-18).

La vida del bandido.

Pero, ¿quiénes eran las personas que conformaban las bandas de salteadores? ¿Qué les llevaba a convertirse en fueras de la ley? Principalmente son los desesperados: La pobreza, los impuestos, las deudas, las malas cosechas, el reclutamiento forzado en las legiones, la huida ante la dura ley romana o de los abusos de las autoridades, la atracción que suponía hacerse con un botín.

Tanto más onerosos por el hecho de que la injusticia proviene de las mismas personas (aquí hace referencia a los gobernadores provinciales corruptos) de las que se esperarían un remedio (…) Las aflicciones empujan a los pobres a diversas empresas delictivas, y pierden todo respeto por la ley, todo sentimiento de lealtad, confían su venganza al crimen. Pues con frecuencia son ellos los que infligen las heridas más graves al Imperio, arrasando los campos, perturbando la paz con episodios de bandolerismo, fomentando las animosidades” (anónimo, Sobre los asuntos militares, 4.1, 2.3).

Así, los campesinos y los pastores huían de sus tierras para librarse de las deudas y los impuestos que los asfixiaban[5], esclavos fugados (recoge Dión Casio las supuestas palabras de Bulla que dio a las autoridades, 77.10.5: “decidles a vuestros señores que si quieren acabar con el bandolerismo, alimenten a sus esclavos”) y libertos (también Dión Casio nos cuenta que Bulla tomo a su mando libertos de la casa imperial: “De hecho, Bulla llevaba consigo a un enorme número de libertos imperiales, algunos de los cuales estaban mal pagados y otros no recibían paga alguna”).

Fuente.

Collar de hierro que llevaba un esclavo al cuello, con la siguiente inscripción: He huido. Cógeme. Si me devuelves a mi dueño Zonino, te recompensará con un sólido. Museo Nacional Romano, Roma. Fuente.

Mención aparte merece los soldados, licenciados y desertores. Era un grupo peligroso, hombres entrenados con las armas, acostumbrados a la violencia y que por múltiples razones se lanzaban al bandidaje: Soldados reticentes a ser licenciados, un curriculum militar deplorable o cuya pobreza o falta de interés no les dejaba arraigarse en la tierra o dedicarse al comercio o a la artesanía. Es el origen del bandido Materno:

Materno era un exsoldado de extraordinaria osadía; había desertado de su puesto y había persuadido a otros a que abandonaran el servicio con él. Después de haber conseguido reunir en poco tiempo una numerosa banda de criminales, comenzó a realizar correrías de saqueo por aldeas y campos” (Herodiano, Historia del Imperio romano después de Marco Aurelio, 1.10).

Otros simplemente habían tenido la mala suerte de alistarse o asociarse con un usurpador fracasado, siendo los períodos de inestabilidad interna o de guerra civil cuando más proliferaban los bandidos. Son los casos de los ya mencionados Materno y de Bulla, que surgieron a raíz de la inestabilidad de la dinastía Antonina a finales del siglo II y la cimentación de una nueva dinastía, la Severa, tras una guerra civil.

Los bandidos vivían en comunidades igualitarias, donde el botín se repartía entre todos a partes iguales y cuyo voto valía lo mismo. Mantenían sus propias leyes (las leges latronum) y se encontraban obligados por juramento (sacramentum). De esta manera, no podían traicionar a sus compañeros, que era el mayor miedo del bandido. Así, Cicerón les reconoce:

La importancia de la justicia es tal que incluso aquellos que viven en el mal y la perversión no pueden sobrevivir sin parte de ella. Porque si un bandido toma por la fuerza o engaña algo que pertenece a otro miembro de la banda, pierde su estatus incluso entre la partida de bandoleros. Y si el jefe de los bandidos no reparte imparcialmente el botín, será abandonado o asesinado por los miembros de la banda. Se dice que hay leyes de bandidos que deben ser respetadas y obedecidas. Incluso, y gracias a su imparcial distribución del botín, el latro ilirio Bardulis consiguió gran riqueza y poder” (Cicerón, Sobre los oficios, 2.11.40).

La incorporación de antiguos soldados proporcionaría a los bandidos la disciplina y los métodos de ataque aprendido en las legiones, además de cultos específicos que cohesionaban al grupo, como los dedicados al dios de la guerra Marte, cuyas referencias son abundantes en Apuleyo. Normalmente se encontraban dirigidos por un líder y se reunían en un consejo o asamblea, donde se decidían los saqueos a realizar, se elegían las leyes o al mismo jefe. Elegido por sus méritos, éste debía aunar en su persona el carisma, un sentido de la justicia, ser un buen administrador y que fuera capaz de mantener los lazos que unían al grupo. A veces contaban con la participación y colaboración de los lugareños (receptatores):

A eso del mediodía, agobiado ya por los ardientes rayos del sol, nos detenemos en un poblado y entramos en casa de unos viejos, conocidos y amigos de los ladrones. Así me lo daban a entender, por muy asno que yo fuera, los primeros saludos, la efusiva conversación y los mutuos abrazos. Los ladrones iban cogiendo algunas cosas de mi espalda y se las iban regalando; les dicen algo en secreto, indicándoles sin duda que todo era fruto del robo” (Apuleyo, El asno de oro, IV.1).

¡Al ladrón, al ladrón!

Desde el Estado se acometían medidas para mantener a raya este problema, pero no hay un intento de una eliminación sistemática. Esto se debe simplemente al hecho de que el Imperio no contaba con el aparato administrativo y policial que pudiera eliminarlo. Así, Suetonio nos cuenta que Augusto creo puestos de guardia (stationes) y patrulla (viatores) por todo el Imperio para controlarlos (Suetonio, Vida de Augusto, 32). Solo en situaciones muy comprometidas para la seguridad de una provincia o del Imperio, se tomaban medidas más drásticas, incluyendo la intervención puntual de las legiones, como ocurrió con las incursiones piráticas de los mauri en la Bética.

Fuente.

Para proteger las caravanas que venían de Oriente, a lo largo de la Via Nova Traiana, la principal arteria del limes Arabicus, estaba salpicado de puestos fortificados (castella o castrum), como este de Qasr Bashir (en Jordania) con capacidad para albergar a unos 150 hombres de la caballería o unidades auxiliares. Fuente.

En otras ocasiones, se inspeccionaba las ergástulas (las edificaciones donde se encerraban por la noche a los esclavos del campo) ante la sospecha del secuestro de viajeros y su esclavización a la fuerza (Suetonio, Vida de Augusto, 32; Vida de Tiberio, 37). No sólo los lugareños colaboraban con los bandidos, sino también los terratenientes en la búsqueda de mano de obra barata, un mal que recoge el Código Teodosiano cuando intenta “abolir la protección de bandidos y criminales armados por parte de los poderosos” (1.29.8).

Según estipulaba el Digesto (1.18.13), de manera muy teórica como ya hemos visto más arriba, era misión principal “de un gobernador eficiente y riguroso velar porque la provincia que gobierna permanezca pacífica y en calma. Esto no es tarea difícil si libera escrupulosamente su provincia de malvados y les da caza con asiduidad. Debe perseguir a los profanadores y saqueadores de propiedad sagrada (sacrilegi), a los bandidos (latrones), secuestradores (plagiarii) y a los ladrones comunes (fures), castigándolos de acuerdo con sus fechorías. Debe también actuar con severidad contra sus cómplices (receptores), sin los cuales el bandido (latro) no puede esconderse mucho tiempo”.

Pero en general, este era un problema que le atañía a las autoridades locales. Ante la carencia de un cuerpo de policía, las ciudades recurrieron a la formación de patrullas o milicias urbanas, ya sea autorizado por los magistrados o no. Los terratenientes locales contrataban a matones profesionales. Las ciudades contaban con murallas, que no sólo determinaban los límites sagrados e institucionales de una ciudad (pomerium) y un marcador de prestigio, sino que la protegían por las noches. También conocemos de la existencia de cazarrecompensas.

Cuando los bandidos eran capturados y exhibidos públicamente por la ciudad, eran procesados en un juicio por las autoridades locales. Lucio es acusado de homicidio y es conducido al teatro de Hipatia (en Tesalia) para ser juzgado, con la asistencia de toda la ciudad (Apuleyo, El asno de oro, III. 1-14)[6]. Pero también se tomaba la justicia de manera privada:

Los sorprendimos todavía más apresados por el vino que por las cuerdas. Se rebuscó todo, se sacó al exterior, se nos cargó de oro, plata y demás objetos de valor; en cuanto a los bandoleros, en parte ligados como estaban, fueron arrastrados hasta los despeñaderos vecinos y precipitados al abismo; a los demás se les dejó donde estaban, después de decapitarlos con sus propias espadas.

Felices y contentos tras esta venganza, regresamos a la ciudad. Se confió al Estado la custodia de aquellos valores. Tlepólemo recibió en legítima posesión a la joven que había reconquistado” (Apuleyo, El asno de oro, VII. 13).

Y atestiguado por la epigrafía:

Dedicado a los espíritus de la muerte de Lucio Julio Basso, hijo de Lucio, del distrito electoral sergiano, concejal y tesorero de Dobreta (en Rumanía). Fue asesinado por bandidos a los 40 años. Julio Juliano y Julio Basso erigieron este monumento en honor a su padre, con la colaboración de su hermano Julio Valeriano, que vengó su muerte” (CIL III 1579).

También fueron objeto de persecución y castigo los que colaboraban con los bandidos:

Los receptatores son la escoria de la Humanidad, dado que sin ellos nadie podría permanecer escondido mucho tiempo. Por ello los receptatores deben ser castigados exactamente igual que los propios bandidos. Además, todos aquellos que estuvieran en situación de capturar bandidos y que les permitieran escapar, habiendo recibido soborno en forma de dinero o de botín, deben ser tratados como si fueran receptatores” (Digesto, 47.16.1).

Es la traición -como ya dijimos, lo que más temían- el método más eficaz para acabar con los bandidos, así son los finales de los célebres Bulla (Dión Casio 77.10.7, traicionado por su amante) y Materno (asesinado por sus propios hombres). El castigo habitual por haber practicado el bandidaje era la pena de muerte. Los condenados eran crucificados (como fue el caso de los ladrones que acompañaron a Jesús de Nazaret, él mismo también crucificado) o devorados por las fieras en la arena del anfiteatro (damnatio ad bestias). Es el final de Bulla Felix y la condena a muerte por las fieras en el anfiteatro de Iconio de unos compatriotas, la causa de que los señores de la guerra isaurios se lanzaran a saquear Cilicia en el año 354 (Amiano Marcelino, 14.2.1).

Ad leones!” Mosaico de la representación de una damnatio ad bestias. Museo de Tripoli, Libia. Fuente.

Conclusión.

A los bandidos se les llegó a admirar. De ello se desprende de los relatos que nos dejan las novelas griegas y no es difícil que, al leer la historia de Bulla Felix, se nos venga a la mente el carismático Robin Hood de la leyenda medieval. Pero, sobre todo, eran personas temidas y, durante la Antigüedad Tardía y de la mano de la literatura cristiana, se empezó a demonizar y a comparar a los bandidos con los demonios y las fuerzas del mal; serán los santos, como San Conon de Isauria o San Martín de Tours, los que lucharán contra ellos.

Todos los caminos conducen a Roma y viajar por el Imperio romano era algo traumático y conllevaba sus riesgos. Los mares y los ríos era el medio más rápido y más barato para viajar por el mundo preindustrial hasta la llegada del ferrocarril. Sin embargo, no todos podían embarcarse y, como ya apuntamos más arriba, no era tampoco totalmente seguro. Aunque en este trabajo hemos enfocado nuestro interés en el bandidaje, no tenemos que olvidar que el Mediterráneo estaba plagado de piratas.

Nos hemos apoyado sobre todo en El asno de oro de Apuleyo, cuya trama se desarrolla en Tesalia y podríamos pensar que el bandidaje que se narra en la novela sería algo propio de la zona. Pero los datos proporcionados por otras fuentes -desde la inscripción de Nonio Dato en Argelia hasta la paliza que recibió el anónimo recogido por Lucas que bajó de Jerusalén a Jericó, pasando por el Delta del Nilo y el mismo corazón del Imperio, Italia- nos confirma que era un mal que se daba en todo el territorio romano. Y aunque supuso una amenaza para la tranquilidad del Imperio, no abanderaron una alternativa social en el mundo romano, sino fue un fenómeno que surgía en su sociedad y volvía a él.

Bibliografía.

AMIANO MARCELINO, “Historia” (edición de Mª L. Harto Trujillo). Madrid: Akal. 2002.

APULEYO, “El asno de oro” (introducción, traducción y notas de Lisardo Rubio Fernández). Madrid: Gredos. 1983.

CHIC GARCÍA, G., “Bárbaros y salteadores en la Bética. El bandolerismo durante la Antigüedad”, en Andalucía en la historia, Nº 56, abril-junio 2017, pp. 8-13

GARCÍA SÁNCHEZ, J., “Viajes por el Antiguo Imperio Romano“. Madrid: Nowtilus. 2016.

KNAPP, R. C., ”Los olvidados de Roma. Prostitutas, forajidos, esclavos, gladiadores, y gente corriente”. Barcelona: Ariel. 2011.

MATYSZAK, Ph., ” La antigua Roma por cinco denarios al día”. Barcelona: Círculo de lectores. 2013.

SHAW, B. D., “El bandido”, en Giardina, A. (ed.), El hombre romano. Madrid: Alianza. 1991, pp. 351-394.

TONER, J., “Sesenta millones de romanos. La cultura del pueblo en la antigua Roma“. Barcelona: Crítica. 2012.


[1] Usada también en política para difamar al contrincante. En una cultura de la oratoria como la romana, el uso de esta palabra perseguía criminalizar y, por lo tanto, respaldar cualquier acción judicial contra el oponente político. Con ese objetivo, usa Cicerón la palabra latro, sucesivamente, en sus discursos contra Verres, Catilina, Clodio o Marco Antonio; o propio del lenguaje imperial contra los usurpadores.

[2] Igualmente, como latrones son designados aquellos líderes de la resistencia contra la dominación romana. En estos términos son descritos Viriato (Frontino, Estratagemas, V.7) o Corocotta (Dión Casio, 56.43.3).

[3] No me mates, aquí tienes todo mi dinero.

[4] Aunque esto no te garantizaba librarte de piratas, de capitanes sin escrúpulos o de los naufragios.

[5] Aunque desde siempre, la diferencia entre pastor y bandido era muy tenue.

[6] Aunque aquí Lucio es víctima del pueblo de Hipata, que está celebrando por esas fechas la fiesta al dios de la Risa.

Redactor: Antonio Arteaga Infantes

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, en los itinerarios de Historia Antigua y Arqueología. Actualmente cursando el Máster de Estudios Históricos Avanzados en la Universidad de Sevilla. Interesado en el mundo antiguo en general, especialmente en el mundo grecorromano, Antigüedad Tardía y el mundo de Asia Central y Oriental. Editor jefe de la sección de Historia Antigua de Témpora Magazine.

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