El amor prohibido de la reina Carolina de Dinamarca

Seguramente no había nada más aborrecible para las élites europeas de la Edad Moderna que el amor. Un sentimiento, sin duda, que podía hacer tambalearse grandes proyectos matrimoniales y ambiciones personales. En un mundo en el que el deber imperaba, el romance constituía un problema, especialmente en el caso de los jóvenes. Los matrimonios concertados estaban a la orden del día y en ningún caso se consideraba necesario tener en cuenta los sentimientos de los cónyuges. Esto tenía su contrapartida, porque a veces, por mucho que se batallase, el amor surgía, destruyéndolo todo a su paso. Y eso fue precisamente lo que ocurrió en la Dinamarca del siglo XVIII, cuando una de tantas reinas lo arriesgó todo por un amor prohibido.

Cuando la princesa inglesa Carolina Matilde partió hacia Copenhague en 1766, seguramente temía todo lo que se le avecinaba. Con tan solo quince años, la habían prometido con el rey de Dinamarca, Cristián VII. Temerosa y a la vez insegura, miraba su retrato, mientras el carruaje traqueteaba tierra adentro. Su vida en Inglaterra llegaba a su fin, mientras que su destino como soberana solo acababa de empezar. Sin embargo, pronto llegó la decepción. Aquel gran amor soñado se esfumó sin ni siquiera haber comenzado.

Cuando conoció a aquel joven rey, Carolina supo que jamás podría amar a alguien así. Cristián estaba enfermo. Sometido a cambios bruscos de carácter, ataques incontrolables de ira, una actitud infantil y períodos de melancolía, todo parece indicar que sufría de esquizofrenia. Incapaz de ser el rey que se esperaba de él, solía denigrar a su esposa, quien encarnaba a sus ojos una perfección insoportable. La nueva reina sufrió en soledad durante años, tornándose fría y distante para no demostrar la tristeza que se apoderaba de ella. Mientras Cristián dejaba las tareas de gobierno a sus ministros y se entregaba a una vida de excesos que incluían orgías y visitas clandestinas a burdeles, Carolina encarnaba los ideales de una consorte del siglo XVIII. Parte de su tiempo lo dedicaba a leer, aprender la cultura y lengua danesas, organizar veladas en palacio, tocar el piano y dirigir el protocolo en la corte. Además, consiguió dar un hijo varón a Dinamarca, el príncipe Federico. Aislada en palacio, seguramente no imaginaba que la vida le tenía reservada una nueva aventura, quizás la más peligrosa de todas.

Cristián VII de Dinamarca.

Cristián VII de Dinamarca. Fuente

En 1768, Cristián decidió realizar un viaje por el extranjero, visitando distintos territorios del continente europeo. Mientras se hallaba fuera, conoció a un hombre que iba a tener un enorme peso en su vida. Sus delirios eran tan preocupantes, que los ministros daneses habían buscado entre los mejores médicos para ayudar al rey con su enfermedad. Fue así como apareció Johann Friedrich Struensee. De ideas progresistas, y cautivado por los grandes filósofos y pensadores de la Europa ilustrada, Struensee era quizás el único capaz de cautivar la quebradiza mente de Cristián. Tratándolo con humildad y eludiendo el protocolo, se ganó pronto la confianza del monarca y pasó a convertirse en su médico privado. Fue así como los caminos de Carolina y Struensee se cruzaron.

Al principio, la reina rehuía al nuevo médico de palacio. El mero contacto con su esposo le resultaba prácticamente insoportable, y la coraza emocional que había desarrollado la convertía en una mujer hermética y de difícil trato. Sin embargo, poco a poco, Struensee fue derribando las barreras de la soberana. Carolina se sorprendió del enorme cambio que el médico estaba generando en su demente esposo. En efecto, los largos paseos diarios, la abstinencia de alcohol y el entretenimiento constante al que se veía sometido Cristián, parecían ayudarle en sus crisis. Incluso cuando se hallaba ante la reina, el joven monarca parecía más sosegado y galante. Por otro lado, Carolina empezó a disfrutar de la compañía privada de Struensee, un hombre que, a diferencia de Cristián, tenía una conversación amena, muchas historias que contar y presentaba a sus treinta años una gran madurez.  Contra todo pronóstico, ambos jóvenes se terminaron enamorando.  

La reina Carolina Matilde de Dinamarca.

La reina Carolina Matilde de Dinamarca. Fuente

Por primera vez en mucho tiempo, Carolina volvía a sentirse viva. Los encuentros furtivos entre la reina y el médico empezaron a hacerse muy recurrentes. Mientras Cristián ignoraba la infidelidad de su esposa y la traición del que era su mejor amigo, los amantes mantenían relaciones sexuales en lugares secretos de palacio. De hecho cuando en 1771 la reina se quedó embarazada y tuvo una niña, la princesa Luisa Augusta, muchos sospecharon que el bebé no era del rey. Sin embargo, nadie se atrevía todavía a denunciar los devaneos reales, teniendo en cuenta que Struensee era la persona de mayor confianza de Cristián. Así que el romance continuó y se hizo cada vez más intenso y peligroso.

Conforme el tiempo pasaba, Cristián necesitaba cada vez más a su querido médico. Sus consejeros le resultaban insufribles y la vida cortesana era para él un suplicio. Sólo Struensee le hablaba con sinceridad y franqueza. La dependencia llegó a tales extremos que el médico real fue nombrado ministro principal por el propio Cristián. En estas circunstancias, la reina Carolina y Struensee prepararon un golpe maestro y se adueñaron de la quebradiza mente del rey con un doble fin: por un lado, pretendían acabar con la hegemonía que la alta aristocracia danesa y la Iglesia habían asumido en los reinados anteriores, llevando a cabo grandes reformas inspiradas en los ideales de la Ilustración. Por el otro, necesitaban reforzar su propia posición en la corte, salvaguardando su historia de amor de sus enemigos. Comenzaban así trece meses de una intensa actividad política, preparada con esmero por Struensee, y siempre en la sombra, por la soberana.

Con el Consejo de Estado ahora clausurado, el nuevo ministro lanzó una batería de medidas que pretendían derrumbar el Antiguo Régimen en Dinamarca. Mientras por las noches, los amantes consumaban su amor a escondidas del rey loco, las mañanas en palacio estaban repletas de una intensa actividad política. Así, se abolió la censura de prensa, se persiguió el soborno de cargos públicos, se limitaron los privilegios de la nobleza, se prohibió el comercio de esclavos en las colonias danesas y se implantaron algunas mejoras para el campesinado. Struensee se hacía con el poder en palacio mientras Cristián, ahora prisionero de la pareja, firmaba cada uno de los decretos sin saber más de lo que su médico le decía.

Con el viejo orden resquebrajándose lentamente en Dinamarca, los enemigos de la pareja estaban más que decididos a actuar. Entre los miembros de la familia real, no todos amaban a Carolina. En la vanguardia estaba la reina madre, Juliana María. Madrastra de Cristián, llevaba demasiados años aislada en la Corte y sin gozar del beneplácito del pueblo danés. Además odiaba a su hijastro y ansiaba colocar en el trono a su propio hijo, Federico. Destapando los amoríos de la reina Carolina, los hijos de esta podían ser declarados ilegítimos, y el camino al poder para su amado Federico quedaba abierto. Junto a Juliana estaban también algunos de los grandes ministros, relegados al ostracismo después de que Cristián clausurase el Consejo de Estado. Igualmente, la Iglesia danesa, que durante tantos años había gozado de un poder indiscutido, se hallaba furiosa por las privaciones que estaba sufriendo.

El doctor Struensee.

El doctor Struensee. Fuente

El 17 de enero de 1772 se celebró un baile de máscaras en la residencia de la reina madre. Los conspiradores, con Juliana María a la cabeza, conocían ya el amor prohibido de la reina, y se prepararon para destapar todo el asunto. Al día siguiente, mientras Cristián dormía, su madrastra irrumpió en sus aposentos. El joven rey se sintió aterrado ante aquella imponente figura a la que odiaba. Entonces supo la verdad. Su esposa y su más leal amigo le habían engañado. El adulterio se había descubierto, y ante él había dos órdenes de arresto: las de Carolina y Struensee. Cristián, superado por los acontecimientos, y presionado por Juliana, las firmó sin titubear, desmoronándose así todo lo que el médico y su amada habían construido juntos, empezando por su historia de amor prohibido.

Struensee y Carolina fueron conducidos a la fortaleza de Kronborg. Mientras la reina mantuvo un silencio sepulcral, el médico, pensando quizás que si confesaba sus culpas se le perdonaría la vida, lo confesó todo. Ese fue su final, y también el de Carolina. Struensee recibió una muerte atroz, siendo descuartizado y castrado momentos antes de que se le cortase la cabeza. En cuanto a ella, una vez se decidió el divorcio real, se optó por exiliarla, alejada de sus hijos y siempre vigilada. Desconsolada tras conocer la muerte de su amante, Carolina vivió unos pocos años más sumida en penurias, enferma y sola. Si su vida como reina no había sido fácil, su nueva situación fue aún peor. El amor que sintió por Struensee acabó con todo su universo. Consciente de los grandes peligros que afrontaba, aquella desdichada reina se había dejado llevar por sus pasiones, rompiendo así las reglas imperantes en la sociedad del siglo XVIII.

Bibliografía

ENCISO, L. M., “La Europa del siglo XVIII”, Barcelona: Península, 2001. 

FO, D., “Hay un rey loco en Dinamarca”, Madrid: Siruela, 2008.

ISRAEL, J., “A revolution of the mind: radical Enlightenment and the intellectual Origins of Modern Democracy”, Princeton: Princeton University Press, 2011.

LOFTS, N., “The lost queen”, Londres: Mas Market Paperback, 1981.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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1 Comentario

  1. De esta reina no me has hablado nunca y eso que era inglesa y se convirtió en reina nórdica y eso….. jajajaja
    Igualmente me ha agradado el articulo. Podrias escribir un libro sobre reinas europeas y sus escarceos. Jajajajaja

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