Drogas: de lo ritual y otros usos

‹‹El vino roba al hombre el dominio de sí mismo; el opio, en gran medida, lo fortalece (…) imparte serenidad y armonía a todas las facultades (…) el vino suele llevar al borde del desvarío y la extravagancia (…) mientras que el opio parece siempre sosegar lo que estaba agitado y concentrar lo discorde (…) el comedor de opio es demasiado feliz para notar el paso del tiempo.››

De Quincey, 1822.

En su ensayo autobiográfico Confesiones de un inglés comedor de opioel periodista y escritor Thomas De Quincey consiguió ilustrar de una forma original su experiencia con el opio, droga que comenzó a ingerir como remedio a sus dolores de neuralgia pero que más tarde le causaría una aguda adicción de la que, según narra el autor, pudo escapar después de reconocer sus malos hábitos de consumo.

Al igual que De Quincey, son muchos los intelectuales y artistas que han encontrado en las drogas una fuente de inspiración o un vehículo para aumentar o transformar nuestras capacidades de comunicación, un medio por el cual se consigue conectar con lo trascendente. Ahora bien, ¿puede una droga ser más perjudicial cuando su consumo no está ligado a un contexto cultural que marque sus usos? ¿Cuál es la relación entre las drogas y las organizaciones sociales humanas? Intentaremos responder a estas y otras preguntas a lo largo de este artículo, asumiendo que el consumo de drogas es un ‹‹Hecho Social Total››, es decir, aquel que entrando en contacto con la totalidad de la sociedad y de sus instituciones, plantea una serie de problemas que pueden ser analizados desde diferentes dimensiones.

El uso ritualístico:

La droga ha sido utilizada desde la antigüedad y hasta la fecha como un vehículo con el que alcanzar estados alterados desde los que el individuo puede conectar con lo sagrado, con otro mundo paralelo en el que, dependiendo del tipo de sociedad y la cultura propia de la misma, el shaman o persona elegida experimenta interiormente emociones y vivencias a las que más tarde se le darán una interpretación con la idea de sobrevivir a los problemas de la propia vida terrenal: enfermedades, sequías, enfrentamientos internos en la comunidad, etc. Aunque no podemos negar las consecuencias físicas del consumo de drogas, en estos casos el consumo de la sustancia siempre es voluntario, controlado y ritualizado, es decir, debe existir un consenso social que organice estas prácticas: los momentos en que debe tener lugar el uso de drogas, la dosis que debe usarse y, por supuesto, las cualidades espirituales de aquel que es elegido para realizar lo que podríamos llamar trance o viaje.

Como ejemplo etnográfico del uso ritual de drogas, vamos ahora a referirnos a los estudios de Michel Perrin, etnólogo francés que entre los años 1969 y 1985 trabajó con los indios Guajiro que habitan territorios de Colombia y Venezuela. Para los Guajiro, los fenómenos naturales, la repartición de los recursos naturales de los que disponen y las desgracias que acechan a los hombres y mujeres de su comunidad son supuestamente regidos por seres sobrenaturales llamados pülasü (nombre que también tomarán los propios shamanes al terminar su iniciación).

Fotografía de mujeres y niños de la Etnia guajira. Fuente

Fotografía de mujeres y niños de la etnia guajira. Fuente

Dentro de la sociedad guajira, los shamanes o individuos considerados capaces de comunicarse con los pülasü pueden solucionar problemas como la curación de enfermedades, la caída de la lluvia o el retorno de los animales de caza. Primero, el futuro shaman ingiere el jugo de tabaco mascado, consumido en altas dosis.  El iniciado vivirá un lento proceso de síntomas causados por los efectos de la droga, considerados como señales de una capacidad privilegiada para mantener una comunicación con el otro mundo. Surge después el desmayo. Si el aprendiz es capaz de superar consecutivamente toda esta prueba sin vomitar el jugo de tabaco ingerido, será considerado un elegido, alcanzando el status de shaman dentro de su comunidad.

Organización social y drogas:

En sociedades occidentales y occidentalizadas, hablar de drogas conlleva rechazo social o aceptación dependiendo en gran medida de las relaciones entre las ideas que demandan una legislación que las apruebe y aquellas que las entienden como sustancias destructivas y capaces de degenerar la condición humana. Por supuesto, los puntos de vista tienen que ver con las creencias que circulan dentro de cada grupo social, así como con la imposición de aquellas clases dominantes que tienen capacidad para imponer normas que reflejen su visión sobre una droga determinada.  Para este apartado, la historia nos proporciona conocimiento preciso sobre como a lo largo del tiempo varían las consideraciones de una sociedad al respecto de una droga o sustancia concreta:

  • En los Estados Unidos y la Europa del S.XIX, el consumo del alcohol estuvo mayoritariamente ligado a la burguesía dominante, mientras que el consumo de drogas vegetales se atribuía a la gente de color o exótica, quienes desde la moralidad blanca eran vistos como personas proclives al crimen y a la vida no civilizada. Con el movimiento pacifista y hippie surgido en los años sesenta del S.XX, drogas como la marihuana empezarían a ser consideradas como sustancias parcialmente alejadas de la violencia y la criminalidad.

    Woodstock de 1969, festival de música que visualizó de manera inédita el movimiento hippie y el consumo de marihuana. Fuente

    Woodstock de 1969, festival de música que ilustró de manera inédita el movimiento hippie y la relación entre  el pacifismo el consumo de marihuana. Fuente

  • A principios del S.XX, consumir opio pasó a ser visto como algo reprobable en los Estados Unidos. Numerosos autores afirman que dicha criminalización del consumo de opio surgió como rechazo a la comunidad china, percibida como grupo peligroso al constituir una mano de obra más competitiva. En este caso, vemos que la denuncia del consumo de droga puede también ser un medio para criminalizar a un grupo entero cuando este está siendo considerado un problema.

En estos casos, al igual que ocurre en la sociedad guajira, el acceso a determinadas drogas dota al consumidor de cierto status. Valiéndonos de los ejemplos aportados, haremos entonces la siguiente afirmación: existe una latente confusión entre los defectos y virtudes atribuidos a una persona o grupo social y los efectos producidos por una droga. Es por esto que las drogas también se usan para adquirir o hacer perder al otro cierto prestigio dentro de una sociedad (teniéndose siempre en cuenta las consideraciones que el conjunto de la sociedad mantiene sobre un producto concreto).

Para concluir:

Lo que separa significativamente la conceptualización del consumo de drogas entre las sociedades llamadas primitivas y las nuestras, es que en nuestras sociedades la droga no mantiene un uso pautado ni estructurado a través de rituales surgidos de la creencia en otros mundos o planos sagrados de la realidad. En la cultura occidental contemporánea, el uso de drogas sí que mantiene una intención comunicativa y espiritual aunque esta “dimensión mística” tiene que ver con alcanzar estados de ánimo que permitan a la persona relacionarse con sus semejantes de una forma determinada: aumentar las capacidades para comunicar emociones mediante el uso de las artes o incluso la propia evasión de cualquier realidad que incomode la tranquilidad de aquel que consume de forma regular.

Por otro lado, son muchos los estudios que demostraron que la forma y el contenido de los delirios o emociones que experimente el consumidor de drogas, varían siempre según su medio social, su profesión o su educación. En definitiva, todo dependerá del contexto socio-cultural. Todo tiene que ver con los valores que una sociedad impone, juzgando lo que se considera contrario como formas o usos incompatibles con la moralidad que se entiende aceptada y mayoritaria.

Bibliografía|

BOURDIEU, Pierre, “La distinction”, París, Les Editions de Minuit, 1979.

DE QUINCEY, THOMAS, “Confesiones de un inglés comedor de opio”, Madrid, Alianza, 2002.

LEVI-STRAUSS, C., “Les champignons dans la culture”, en: Anthropologie structurale deux, París, Plon, pp. 273-79, 1973.

NAHAS, G., “Drogues et Civilisations. Refus social ou acceptation, Entretiens de Rueil”, París, Pergamon Press, 1982.

PERRIN, Michel, “Le Chemin des Indiens morts. Mythes et symboles guajiro“. París, Payot, 1976.

 

Redactor: Adrían Caballero Escobar

Graduado en Antropología Social y Cultural. Redactor habitual en Témpora Magazine y The Social Science Post. Colaborador del grupo de investigación HUM – 411. Ámbito de interés: Antropología del Territorio y Desarrollo e Intervención Social.

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