«Donde hay poca justicia es un peligro tener razón»: Falsos mitos sobre las mujeres clave en la II República Española.

Introducción general: de la «augusta madre» a la demandada República.

«la terrible historia, fresca

todavía en la memoria

como una fiera que acecha

¡ay, España, tu hermosura

qué de llantos acarrea».

JAIME GIL DE BIEDMA. Y era el demonio de mi sueño el ángel.

               Vientos de cambio soplaban en España para 1930. El caciquismo, el liberalismo ineficaz, los pronunciamientos y los “pucherazos” habían sido la tónica general desde mediados del siglo XIX y durante la Restauración. La desgastada monarquía de Alfonso XIII con la que se había iniciado el siglo XX fue una de las razones vitales para que cada vez se pensase con más fuerza y decisión en la posible llegada de una República (la segunda) para España. Pese al raído reinado de Alfonso XIII, el declive de la monarquía como institución y garantía de seguridad, respeto y gobierno ya se había resentido desde mucho antes: puede alzarse la vista a los reinados de Fernando VII (llegó al canto de «¡Vivan las cadenas!» para acabar fuertemente desacreditado a su muerte en 1833), a su hija Isabel II (y la inestabilidad sistémica por las pugnas entre progresistas, moderados y carlistas), a Alfonso XII (su augusto hijo) y, finalmente, el ya citado Alfonso XIII, quien alcanzó el poder tras la regencia de su madre en 1902 y no mejoró demasiado la opinión respecto a su cargo, especialmente tras su apoyo a la Dictadura militar de Miguel Primo de Rivera.

Tras la Dictablanda de Berenguer, el Pacto de San Sebastián y el fallido gobierno del Almirante Aznar, la II República española llegó el 14 de abril entre vítores por un lado y atraso nacional por el otro mientras a paso veloz marchaba Alfonso XIII por Cartagena rumbo a Italia. La España que recibía nuevamente al republicanismo tenía ilusiones y esperanzas de cambio, pero también un enorme atraso económico (era eminentemente agraria, sin industrializar y mal comunicada), envuelta por la manta de un fuerte catolicismo en todos los ámbitos de la vida y con una tasa de alfabetización que no llegaba al 20% de la población (todavía más baja en el caso de las mujeres). Este desequilibrio por sexos se puede apreciar claramente en los datos disponibles de comienzos del siglo XX: frente al 55,57% de hombres que no sabían ni leer ni escribir, encontramos un 71% en el caso de las mujeres. La situación mejoró algo en los albores de la República donde el masculino bajó hasta el 36.9% y el de las mujeres al 47.5%.

Sobre esta tierra considerablemente yerma vino a germinar la II República Española. En el conocido como “bienio progresista” (1931-1933) el gobierno republicano pretendió traer reformas a España que dieran solución a problemas tradicionales (como la agricultura y los nacionalismos periféricos) y también a un eje vital, epicentro de este artículo: la consecución de la igualdad de derechos y libertades para el hombre y la mujer a todos los niveles. Sin embargo, en buena medida estas reformas quedarán incompletas ante las vicisitudes del contexto como sentenció la Historia de España en los años venideros y como definió Miguel Hernández en su Cancionero y romancero de ausencias: la República quería llegar «a una bandera quimérica, a un mito de patrias, a una grave fricción de fronteras».

Una de esas mayores «banderas quiméricas» a medio conseguir fue sin duda la ya mencionada consecución de la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos, algo que comenzó con lo que Josebe Martínez denomina la «feminización del discurso», que conllevaba que la mujer avanzase de la esfera privada a la pública (algo que culminará la Guerra Civil española lanzando a la mujer al frente y a la fábrica y eliminando en gran medida distinciones espaciales para el trabajo). Para ello había que subir el primer escalón: lograr legalmente el sufragio femenino. Lo cierto es que salvo las mujeres de las clases altas, el resto estaban muy alejadas de la oleada de feminismo y sufragismo que habían vivido americanas, inglesas o francesas en ese momento y en años anteriores. De hecho, la escritora y política Margarita Nelken definió incluso a buena parte de las españolas como «antifeministas por el miedo a la pérdida del dueño». El camino que quedaba era largo.

Pese a esta realidad, el movimiento de la mujer en España había empezado a despertar especialmente desde los años veinte cuando se crearon algunas asociaciones feministas con objetivos más específicos entre los que estaba concretamente alcanzar el sufragio. De esta fuente beberán luego las consideradas historiográficamente como las mujeres con papeles clave en la II República española, tales como Clara Campoamor, Margarita Nelken y Victoria Kent, nuestras protagonistas.

Fue con el fin de la monarquía de Alfonso XIII y con el advenimiento de la República cuando el voto femenino fue alcanzado finalmente. Con la aprobación de la Constitución de 1931, más en concreto en su Artículo 36, quedó recogido que todos los españoles tenían derecho al voto. Era la primera piedra para construir el pilar de la igualdad. La consecución de este derecho fue lo que García de Cortázar señaló como un auténtico «revolcón social» para España y sus mujeres puesto que suponía el paso de éstas de lo privado y doméstico a lo público y lo político. Sin embargo, la Historia, si bien magistra vitae, también muchas otras veces es injusta, ha tendido a endiosar a algunas de sus protagonistas y criminalizar a otras creando falsos mitos a raíz de análisis sesgados de la información y los escritos. Ahora bien, ¿Cuáles son los falsos mitos historiográficos que se han ido lanzando y repitiendo sistemáticamente? Si bien inabarcables en su totalidad, hay algunos que resonaron con más fuerza que los tambores victoriosos de 1939.

De la “infoxicación” a la realidad: falsos mitos sobre las mujeres protagonistas de la II República Española.

«La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio».

Cicerón

«Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes». Así pregonaba el Artículo 36 de la Constitución de 1931 el sufragio universal reconocido constitucionalmente por primera vez en España y con ello la modernización del Estado. Sobre el sufragio femenino han corrido ríos de tinta: monografías, artículos de revistas e infinidad de reportajes han intentado arrojar luz de forma constante para llegar a todos los huecos posibles de uno de los fenómenos cruciales de la Historia española. Sin embargo, la ingente cantidad de información (la “infoxicación”) no ha evitado (sino más bien contribuido) a que se hayan construido prejuicios e imágenes sesgadas de las protagonistas. Situemos el foco en Victoria Kent, Margarita Nelken e Isabel Oyarzábal.

            Si nos situamos en el caso de la socialista malagueña Victoria Kent, cualquier información científica o de divulgación general que queramos consultar la va a describir como una mujer conservadora y que se opuso claramente al sufragio femenino en un intenso y conocido debate parlamentario con Clara Campoamor (cuya labor sí fue sin embargo ubicada en todos los altares historiográficos sin discusión). Entre estas dos mujeres clave encontramos uno de los principales mitos que se han ido propagando historiográficamente: ambas mujeres fueron de gran calado y formaron parte desde antes de la República de los intentos de alcanzar derechos y libertades para las mujeres. Sin embargo, a Victoria Kent se la ha acusado de no querer el voto femenino. No obstante, su explicación está en sus escritos: no era contraria al voto femenino sino que lo que pretendía para que este se ejerciese en el mismo plano de igualdad que podían hacerlo los hombres -quienes sí tenían acceso a la educación como derecho- mediante su implantación progresiva. En otras palabras, no quería negar el derecho sino ralentizarlo; pretendía que las mujeres primero tuviesen acceso a la educación para que votasen entendiendo la magnitud que tenía el sufragio y que no votasen «movidas por el deseo de voto de sus dueños». Ser más afines o no con esta opinión ya es decisión personal, pero en modo alguno Victoria Kent fue contraria al voto femenino como sí se transmite en buena parte del panorama historiográfico.

Sin lugar a dudas lo muestra la respuesta de Kent al conocido discurso de Campoamor en la siguiente cita: «Si las mujeres españolas […] hubiesen atravesado ya un período universitario y estuvieran liberadas de su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino».

Clara Campoamor y Victoria Kent, protagonistas del famoso discurso parlamentario sobre el sufragio. Fuentehttp://www.congreso.es/docu/PHist/img/07repu/kentycampoamor.jpg

Clara Campoamor y Victoria Kent, protagonistas del famoso discurso parlamentario sobre el sufragio. Fuente 

Probablemente el caso que mejor personifique los falsos mitos arrojados sobre las mujeres republicanas más relevantes es el de Margarita Nelken. Socialista de oratoria feroz que se convirtió al comunismo durante la guerra y que puede ser situada como la mujer más controvertida de la mitad del siglo XX español. En torno a Nelken derivan cuatro falsos mitos: el primero su idea de la maternidad ligada al conservadurismo; el segundo su idea del divorcio; el tercero su negativa al voto femenino y, finalmente, el cuarto la acusación generalizada de que era terrorista.

En cuanto al primero, si bien es cierto que Nelken sostiene que la maternidad es «casi una misión biológica» (idea que únicamente se nos ha transmitido), no se recuerda sin embargo que quiso la educación de la mujer y creó la primera casa de niños para las mujeres trabajadoras en nuestro país.

Margarita Nelken en lal Casa Refugio. Fuente http://www.fuenterrebollo.com/Gobiernos/nelken.html

Margarita Nelken en la Casa Refugio. Fuente

Dicho de otra forma, Nelken, mujer de su contexto, endiosó la procreación pero no era contraria a la educación ni al trabajo femenino ni mucho menos a la emancipación de la mujer. En la misma línea ocurre con el segundo falso mito: Nelken no fue contraria al divorcio lo que sí plasmó fue ciertas “advertencias” en torno al mismo y es que, en un contexto como los años veinte y treinta en el que la mujer todavía no tenía acceso al mundo laboral plenamente ni a la emancipación económica, Nelken temía que fuesen “usadas” por sus maridos y dejadas en la estacada, algo que repercutiría especialmente en contra de ellas mismas. Entre la alerta y la negación hay una distancia que historiográficamente ha sido saltada.

Exactamente igual que Kent, Margarita Nelken ha sido acusada de ser contraria al voto femenino y es erróneo. Nelken señaló literalmente que la consecución del voto suponía algo «cuantitativo y no cualitativo», defendiendo nuevamente que ese derecho tenía que llegar pero con la educación como paso previo, algo que consideraba vital para que las mujeres españolas no acabasen votando lo mismo que cualquier varón de su familia, ya fuese marido, hermano o padre. Finalmente, el cuarto mito es su etiqueta de terrorista: solo se le recuerda que participó en la sublevación campesina de Castilblanco donde fallecieron dos guardias civiles y en la de Asturias de 1934 pero no que ese mismo año formó parte del Comité contra la Guerra y el Fascismo, ambas curiosamente contra el Régimen en momentos de crisis y crítica generalizada. Ni tampoco se le ha recordado sin embargo que lideró la primera huelga femenina en Madrid.

Otros casos, no tanto de falsos mitos como tales sino más bien de olvidos deliberados cuando históricamente compartieron el mismo escenario y lograron grandes hazañas es el de casos como Isabel Oyarzábal de Palencia. Esta socialista malagueña llegó a fundar una de las primeras sociedades feministas de España y fue Ministra Plenipotenciaria en Sucia y Finlandia durante el gobierno de la II República. Participó en la sublevación asturiana del 34 y en el ya citado Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo junto a la Pasionaria y Victoria Kent y sin embargo quedó en el más absoluto de los silencios.

Conclusiones y retos

«La muerte hay que mirarla cara a cara.

¡Silencio! ¡A callar he dicho! Las lágrimas cuando estés sola.».

Federico García Lorca. La casa de Bernarda Alba.

Con el estallido de la Guerra Civil en 1936 y la victoria franquista en el 1939 todos los derechos y libertades alcanzados por las mujeres republicanas quedaron guardados de nuevo en el hogar bajo pestillo y candado. Como señalan autores como Julián Casanova, el final de la República supuso para las mujeres el «sometimiento civil y legal al hombre» de nuevo y el exilio de todas nuestras protagonistas. Este hecho se dejó entrever desde la propia Guerra Civil donde el Fuero del Trabajo (1938) recogía que las mujeres iban a ser la pieza sobre la que iban a sustentar y vertebrar las familias y con ello la base del Nuevo Estado.

No sería hasta tiempo después de la muerte del dictador cuando nuestra historiografía quiso dejarles un hueco en sus obras pero no para todas nuestras protagonistas y no a toda la realidad de lo que ocurrió. En cuanto a los porqués de este sesgo, es bien difícil saberlo. Probablemente en el caso de Kent a veces la opinión supera a la realidad: no estar de acuerdo con la forma de entender la concesión del sufragio por parte de Victoria Kent pudo contribuir a un mal entendimiento y rechazo de su postura y con ello a la divulgación de ideas erróneas que contribuyen únicamente a los falsos mitos. En el caso de Nelken puede ser por la misma razón o también por su oratoria feroz (inapropiada y rozando la violencia en muchos ámbitos) o por la filiación stalinista que mostró posteriormente.

Todas las razones que pueden atribuirse a los sesgos históricos (sean en este caso sobre las mujeres republicanas y los falsos mitos o sobre cualquier tema histórico) nunca son sencillas y entraríamos en debates historiográficos sobre la objetividad que desde el siglo XIX vienen repitiéndose sin fin. Lejos de entrar en ellos, la única posible solución a este tema quizá sea no buscar las razones del sesgo en determinadas corrientes o intencionalidades políticas sino contribuir desde nuestra realidad a arrojar más luz y otras posibles visiones sobre estas mujeres que tanto contribuyeron a lo que es la España y el feminismo de hoy. Y es que ya dijo Ortega y Gasset que «a la República solo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño y proyectar hacia el porvenir». Para entender la figura de estas mujeres en su total magnitud, ha llegado el momento de pensar en grande como agradecimiento por ser lo que hoy somos.

Bibliografía y webs

-CARR, Raymond (Coord.): Estudios sobre la República y la Guerra Civil Española. Madrid. Ed. Sarpe: 1985.

-CASANOVA, Julián: La Iglesia de Franco. Barcelona. Ed. Crítica: 2015.

-GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando y GONZÁLEZ VESGA, José Manuel: Breve Historia de España. Madrid: Alianza Editorial: 1993.

-KENT, Victoria: Cuatro años en París. 1940-1944.Madrid. Gadir Editorial: 2007. (1947: primera edición).

-LIZARRAGA VIZCARRA, Isabel: “Isabel Oyarzábal Smith: Autobiografía y Memoria”, BROCAR, Nº35, pp. 39-63. La Rioja, 2011.

-VALDEÓN, Julio, PÉREZ, Joseph y JULIÁ, Santos: Historia de España. Madrid. Ed. España Calpe: 2011.

-Centro Virtual Cervantes: MARTÍNEZ-GUTIÉRREZ, Josebe: Margarita Nelken. Ideología y Estética: http://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_4_019.pdf

Redactor: Elena Martín

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