Dogū –la representación antropomorfa en el Japón Jōmon–

Rafael Abad, por Fran Pulido (cc)

Rafael Abad, por Fran Pulido (cc)

Escribe| Rafael Abad

Profesor del Grado de Estudios del Asia Oriental de la Universidad de Sevilla y especialista en Historia y Arqueología del archipiélago japonés. Tras licenciarse en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, iniciaría en 2002 un periplo de 8 años por tierras niponas como becario del Ministerio de Educación Japonés. Durante este tiempo estuvo vinculado a la Universidad de Hokkaidō, en donde obtuvo en 2009 el título de Doctor en Humanidades. Es autor de más de una quincena de artículos y capítulos de libros (incluyendo 8 en lengua japonesa), en donde ha analizado la Prehistoria de Japón así como la historia de la arqueología y la antropología en este país asiático. 

 

Introducción

El término japonés dogū 土偶 (do = tierra, gū = muñeco) hace referencia a una categoría de figuras de arcilla que reproducen la figura humana y fueron elaboradas en el archipiélago japonés durante el llamado período Jōmon (10.000–500 a.C.). Dotadas de una sorprendente variabilidad formal y estilística, desde el establecimiento de la arqueología y la antropología modernas en Japón en el último tercio del s. XIX, una multitud de investigadores han planteado diferentes teorías para intentar explicar el uso que los habitantes de las islas durante este período concedieron a estas misteriosas representaciones antropomorfas. Así, por ejemplo, Shirai Mitsutarō (1863-1932) –uno de los miembros fundadores de la Sociedad Antropológica de Tokyo– planteaba ya en 1886 que los dogū podían ser interpretados como simples juguetes, imágenes de carácter religioso, u objetos ornamentales creados por los pobladores prehistóricos de Japón.

Han transcurrido más de 125 años desde que se formulasen las primeras hipótesis relativas a los dogū, y no sería exagerado afirmar que, durante este espacio de tiempo, se han redactado cientos de tesis, artículos e informes en donde estas figuras son analizadas desde diferentes posiciones teóricas y conceptuales. Y aún así, la comunidad arqueológica nipona todavía está lejos de alcanzar un consenso respecto a la función que los dogū desempeñaron en la sociedad que los concibió. Por otra parte, debido a su naturaleza eminentemente visual, los dogū, junto a la cerámica del mismo período, constituyen uno de los elementos materiales más atractivos de la cultura prehistórica de Japón, y sus rasgos formales ha motivado la aparición de apelativos populares, como “dogū con forma de buho” o “dogū con forma de montaña”, que han sido incorporados al lenguaje arqueológico en diferentes épocas. Más allá, el conjunto de estos apelativos no es sino un reflejo de la propia diversidad tipológica de los dogū, que, paralela a las transformaciones observables en la cerámica, adquirió un creciente grado de complejidad a medida que las sociedades de cazadores y recolectores jōmon consolidaban su control sobre el archipiélago.

Dicho con otras palabras, el esclarecimiento de la función que se atribuyó a estas figuras en el mundo jōmon debe tener como punto de partida ineludible un análisis tipológico que ponga de relieve su multiplicidad formal y su diversidad a lo largo del tiempo y del espacio. Este artículo tiene como objetivo ofrecer el lector hispanohablante un compendio elemental de la evolución tipológica de los dogū, haciendo hincapié no sólo en su desarrollo estrictamente material, sino también en las posibles interpretaciones que se desprenden de sus cambios materiales. Esta labor no sólo permitirá rastrear el origen y la transformación de estas imágenes a partir del conocimiento arqueológico acumulado hasta la actualidad, sino también replantearnos la propia existencia de los dogū como una única categoría arqueológica.

Orígenes de la representación antropomorfa

Los habitantes del archipiélago japonés (o, más correctamente, del proto-archipiélago, dado que las islas no aparecerían en su configuración actual hasta comienzos del Holoceno) desarrollaron en una etapa relativamente temprana la capacidad de controlar los cambios químicos derivados de la cocción de la arcilla. Por ejemplo, en el año 1999, el equipo encargado de la excavación del yacimiento de Ōdai Yamamoto I (Aomori) anunciaba que los fragmentos cerámicos pertenecientes a una vasija hallados en el lugar tenían una antigüedad de 16.500 años, lo cual la convertía en la cerámica más antigua del planeta. Aunque la prensa nipona informó, un tanto apresuradamente, que se trataba de la cerámica jōmon más antigua conocida, lo cierto es que en la actualidad se desconoce la relación exacta entre estos fragmentos -así como los aparecidos en otros yacimientos a los que se les atribuye una cronología similar- y los primeros tipos reconocidos de cerámica jōmon, denominada así por las características impresiones que decoran su superficie hechas con un trenzado de origen vegetal (jō = cuerda o cordón, mon = motivo decorativo).

En cualquier caso, parece que los primeros intentos por representar el cuerpo humano a través de la arcilla no se producirían hasta unos miles de años después. En el momento presente, el artefacto más antiguo clasificado como dogū por los arqueólogos japoneses es una figura hallada en el yacimiento de Kayumi-ijiri (Mie), una aldea de la fase incipiente con una antigüedad de entre 10.000 y 9.000 años (Fig. 1-1). La imagen dispone de un tronco de forma trapezoidal (6,8 cm. de altura y 4,2 cm. de anchura), en donde la cabeza se proyecta por la parte superior y se han añadido dos protuberancias a modo de senos. Carece de rostro y las extremidades han sido omitidas, pero su modelado no admite dudas respecto a la intencionalidad del autor. Además de esta figura, en el mismo yacimiento se ha hallado una cabeza cónica, por lo que puede deducirse que, al menos en esta zona, el concepto de dogū como representación del cuerpo humano ya había dado sus primeros pasos durante esta fase.

Otras figuras halladas en yacimientos geográficamente cercanos y elaboradas en esta fase parecen responder al mismo modelo que la imagen de Kayumi-ijiri. Por ejemplo, las piezas del yacimiento de Kōnami (Ōsaka) se corresponden con torsos de pequeño tamaño de forma cuadrangular, en donde se han modelado los senos a partir de dos añadidos de arcilla. Igualmente, el dogū de Ōhana (Mie), aunque carece de la representación de los senos, constituye básicamente un torso sin cabeza en donde las extremidades se han reducido a meros muñones que se proyectan a derecha e izquierda. De este modo, aunque existen diferencias en forma y tamaño, las imágenes de esta fase parecen estar dominadas por una idea común, esto es, la representación del busto. La ausencia de rostro y extremidades indica que estos rasgos eran percibidos como elementos prescindibles, mientras que la manifestación del pecho podría indicar el uso de estas figuras como utensilios rituales en plegarias por la abundancia. Sin embargo, debido a la escasez de materiales resulta complejo deducir el uso que se les dio a estas figuras y, más allá, es necesario destacar que en ellas no se observan signos de una práctica que posteriormente se haría muy común en la tradición dogū, esto es, la fractura intencionada de la pieza en partes predeterminadas. Por ello, en el momento actual no puede concluirse que estas figuras estuviesen dotadas de la misma finalidad que las elaboradas en épocas posteriores.

Junto a esta tradición, que se localiza en la parte occidental del archipiélago, surge en la misma época una tipología diferente de dogū en el área de Kantō, en donde se ubica la actual Tokyo. Se trata de un conjunto de piezas que aparecen acompañadas invariablemente por cerámicas del llamado estilo yoriitomon, cuyos motivos decorativos se crean a partir de la rotación sobre la superficie de una varilla de madera en torno a la cual se ha enrollado un cordón.

Entre los artefactos que pertenecen a esta segunda tradición, destacan en primer lugar los hallados en el yacimiento de Kinone (Chiba). Se trata de un conjunto de figuras de pequeño tamaño, nunca superior a los 5 cm., con forma de placa triangular y sin cabeza. Dentro de éstos, es posible distinguir dos clases, una en donde se han modelado los senos, y otra que carece de ellos.

Un segundo conjunto está constituido por los denominados “dogū con forma violín”, en donde se produce un estrechamiento a modo de cintura (Fig. 1-2). Al igual que los aparecidos en Kinone, se diferencian dos variedades dependiendo de la representación de los senos. Por otra parte, a partir de ciertas marcas y orificios, algunos autores como Shinohara Tadashi, han discutido sobre la posibilidad de que estos torsos sean en realidad parte de figuras más complejas a las que se añadirían como piezas independientes la cabeza y las extremidades inferiores, aunque las evidencias no son concluyentes.

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Fig. 1 1 – Dogū de Kayumi-ijiri (Mie). 2 – Dogü de Nakakanoko, con “forma de violín” (Chiba).

Mientras que los dogū hallados en el Japón Occidental se reducen a unas pocas piezas, y por ello se piensa que no habían rebasado el ámbito del uso individual o personal, en la zona oriental de Kantō se han encontrado hasta el momento más de 40 figuras en una decena de yacimientos, y parece que los dogū se habían convertido ya en un elemento socialmente aceptado y compartido por los miembros de las grupos de cazadores y recolectores de esta área.

La aparición de la efigie

Desde su aparición en la fase incipiente del período Jomōn, y durante un intervalo de aproximadamente seis mil años, los dogū no experimentaron transformaciones sustanciales en su modelado. Sin embargo, justo antes del inicio de la fase media (3.000-2.000 a.C.), cuando surgen en el archipiélago grandes aldeas que llegan a albergar a varios cientos de personas, empiezan a hacerse visibles algunos cambios que anuncian la irrupción de una nueva comprensión de la representación antropomorfa.

En este sentido, la primera modificación que debe reseñarse es el surgimiento de la cabeza y los rasgos faciales como elementos con un carácter propio (Fig. 2-1). Probablemente la figura más antigua en donde es posible observar este fenómeno sea la aparecida en el yacimiento de Ishiage (Chiba), en donde se han practicado varios orificios sobre una cabeza plana de forma circular. Imágenes con una estructura similar aparecen además en una amplia área comprendida entre las regiones de Tōkai y Kantō, sin que exista una correlación directa con los tipos locales de cerámica. Más allá, poco después se empiezan a representar los ojos, nariz y boca a través de aberturas, como se observa en el dogū hallado en el yacimiento de Nukazuka (Miyagi). Esta práctica también se generaliza por zonas como Tōhoku, Hokuriku y Chūbu, reflejando la aceptación en la parte oriental del archipiélago de estos nuevos recursos expresivos.

En cualquier caso, la sustancialización de la cabeza estará seguida, casi de forma inmediata, por la que probablemente sea la novedad más importante en toda la trayectoria de la representación antropomorfa del mundo jōmon, esto es, el modelado de las extremidades inferiores, que convierte a las figuras por primera vez en efigies capaces de sostenerse por sí mismas (Fig. 2-2). Igualmente, esta modificación, lejos de ser un simple cambio visual, debió estar acompañada por una profunda alteración en la función de estas figuras. Este hecho queda refrendado, en primer lugar, por el salto cuantitativo que afecta a la producción de los dogū: mientras que las piezas elaboradas antes de la fase media sólo constituyen aproximadamente el 1% del total de figuras conocidas (unas 18.000 según las últimas estimaciones), las imágenes de la fase media suponen el 40% (en torno a 7.000). En este momento, los dogū traspasan los límites del objeto personal, convirtiéndose en elementos provistos de una naturaleza colectiva que fueron usados probablemente en ceremonias o rituales que movilizaban a toda o gran parte de la comunidad. Además, es necesario destacar la existencia de determinados yacimientos en donde han sido halladas ingentes cantidades; por ejemplo, en Shakadō (Yamanashi) y Sannai-Maruyama (Aomori) se han contabilizado más de 1.000 figuras en cada uno.

Fig. 2 1 – Dogū con rasgos faciales (Kamikuro, Akita). 2 – Dogū de Tanabatake (Nagano). 3 – Dogū de Kamikurokoma (Yamanashi).

Fig. 2 1 – Dogū con rasgos faciales (Kamikuro, Akita). 2 – Dogū de Tanabatake (Nagano). 3 – Dogū de
Kamikurokoma (Yamanashi).

Junto a la aparición del dogū como efigie, el otro proceso más importante de la fase media es la diversificación experimentada por las figuras del Japón oriental. En el norte de Tōhoku, junto a la cerámica entōkasō de cuerpos cilíndricos, se observan dogū-placa con forma de cruz cuyos brazos se extienden horizontalmente. En Hokuriku, se encuentran los llamados dogū-kappa, por su parecido con los míticos seres que según la tradición japonesa pueblan ríos, lagos y puntos de agua. En el centro de Kantō son muy abundantes las figuras en actitud oferente con brazos y manos extendidas, y también se observan figuras con “poses” o “posturas” concretas; por ejemplo, el tipo togari-ishi, denominado así por el yacimiento en donde fue descubierto por primera vez, sostiene en sus brazos una vasija o recipiente, mientras que el dogū de Kamikurokoma posee un rostro felino, que sugiere la representación de una máscara, y dispone uno de sus brazos sobre el pecho, recordando a un actor recitando sobre el escenario (Fig. 2-3). Desde mediados de la fase también aparecen los detsujiri-dogū, cuyas nalgas se proyectan hacia atrás. Y mención especial merece el tipo narahara, en donde se suprimen las piernas y se expande un vientre hueco que aloja en su interior una pequeña piedra o bola de arcilla, posiblemente simbolizando un embarazo. También se conocen piezas que representan una madre dando de mamar a un bebé, una persona llevando sobre sus espaldas un niño y hasta un dogū alumbrando. De este modo, aunque representan acciones diferentes, todas ellas pueden ser categorizadas como figuras relativas a la procreación, nacimiento y crianza de los hijos.

Universalización y transformación

El nacimiento de la efigie y la diversificación de sus formas, siendo los fenómenos más destacados de la fase media, se circunscriben inicialmente a un área formada por las regiones de Tōhoku, Kantō y Chūbu, esto es, la parte oriental de la isla de Honshū. Sin embargo, al llegar a la siguiente fase del período, hace unos 4.000 años, la producción de estas figuras se extiende también hacia el oeste por las regiones de Kinki, Chūgoku y Kyūshū. Aunque la elaboración de representaciones antropomorfas no era completamente desconocida en el Japón Occidental, hasta entonces había estado efectivamente limitada a unas pocas comunidades. Probablemente la difusión de los dogū por este territorio esté relacionada en primer lugar con el crecimiento demográfico que ha quedado atestiguado por el incremento en el número y las dimensiones de los yacimientos. Igualmente, es necesario reseñar que en esta fase surgen activas redes de intercambio entre las sociedades jōmon por todo el archipiélago, desde Hokkaidō y las islas Chishima por el norte hasta Amami por el sur, fenómeno que debió estar acompañado por una aceleración en el flujo informativo y cultural. Dicho con otras palabras, las representaciones antropomorfas, que ya se habían establecido en el Japón oriental como un elemento imprescindible en la realización de rituales colectivos, se difunden ahora por todas las islas, no como un simple elemento material, sino como parte del equipo empleado en ceremonias comunitarias. De esta forma, estas figuras reflejarían el establecimiento de ritos análogos por todo el archipiélago.

Durante esta fase no cesa la diversificación formal de las figuras. En Kantō y su periferia, surgen primero los dogū cordiformes, que deben su nombre al contorno de sus rostros en forma de corazón, y los dogū cilíndricos, con un cuerpo en forma de tubo en donde se han eliminado las extremidades; tras ellos, aparecen los llamados yamagata-dogū, que exhiben cabezas puntiagudas en “forma de montaña” (yamagata); y al final de la fase, aparecen los dogū con cara de búho (mimizuku), que evocan el aspecto de estas aves nocturnas con sus característicos ojos grandes y redondos (Fig. 3-1). En Tōhoku, al igual que Kantō, se observa una secuencia con tipos característicos, protagonizada primero por objetos con forma de placa, y más tarde por figuras con los brazos cruzados o las manos plegadas en actitud orante. En Chūbu se elaboran figuras con gruesas piernas, y en Hokkaidō aparecen dogū de grandes dimensiones, que tienen su mejor exponente en la imponente figura hallada en Chobonai (Hokkaidō) en 1975, con más de 40 cm. de altura (Fig. 3-2).

Según Harada, las figuras de Kantō, especialmente las efigies con cabezas en forma de montaña y con cara de búho, exhiben tendencias que muestras un alejamiento respecto al concepto tradicional de dogū, esto es, la abstracción de los rasgos faciales y la minimización de los órganos sexuales. Así, el dogū exhibiría por primera vez la adquisición de un carácter que trasciende lo humano, convirtiéndose probablemente en la alegoría de una fuerza espiritual o sobrehumana. Esta tendencia habría de culminar finalmente con el surgimiento, en la fase final del período, de los shakōki-dogū, o figuras con “anteojos protectores” (Fig. 3-3).

Fig. 3 1 – Dogū con cara de búho (Ushiroya, Saitama). 2 – Dogü de Chobonai (Hakodate, Hokkaidō). 3 – Shakōki-dogū (Ebisuda, Miyagi).

Fig. 3 1 – Dogū con cara de búho (Ushiroya, Saitama). 2 – Dogü de Chobonai (Hakodate, Hokkaidō). 3 –
Shakōki-dogū (Ebisuda, Miyagi).

Bautizados así durante el período Meiji (1868-1912) por el antropólogo Tsuboi Shōgorō, bajo la creencia de que sus ojos simbolizaban gafas de nieves como las usadas por los esquimales para evitar la refracción solar, el modelado de estas figuras alcanza, en primer lugar, una nueva dimensión visual: los hombros y las caderas se proyectan sobresaliendo hacia el exterior, la superficie es completamente recubierta por espirales y arabescos, sus ojos se convierten en enormes esferas, mientras que la cabeza es coronada por una protuberancia. Además, desde un punto de vista numérico, estas figuras también protagonizan un fenómeno sin precedentes: se conocen alrededor de 2.000 figuras shakōki, lo que equipara su producción a las cifras observadas en la fase media; sin embargo, se estima que la casi totalidad de ellas fueron elaboradas en un intervalo considerablemente reducido, entre 100 y 200 años. Dado que el período Jōmon tiene una duración superior a 10.000 años, desde un punto de vista cronológico el tipo shakōki no parece ser más que un episodio eventual. Y sin embargo, a pesar de su brevedad en el tiempo, existe la posibilidad de que esta variedad de figuras estuviese acompañada por una transformación del uso que hasta entonces habían tenido los dogū.

Tras su período de apogeo, los figuras shakōki en su forma arquetípica desaparecen, pero, poco después, empiezan a detectarse nuevas categorías de imágenes acompañadas por comportamientos completamente inéditos. Por ejemplo, en el yacimiento de Ōasa 3 (Hokkaidō) ha sido hallada una pareja de dogū en las paredes de una fosa de inhumación, y aunque su forma ha sido simplificada al extremo, es posible reconocer la representación de un hombre y una mujer. Y en el mismo momento, en las áreas de Tōkai y Chūbu, los dogū se convierten en recipientes de gran tamaño, que alojan en su interior los restos de infantes, simbolizando así el útero materno.

Dogū, forma y función

Hace aproximadamente 2.500 años (3.000 según las últimas teorías) empieza a difundirse en el archipiélago japonés la agricultura intensiva basado en el cultivo del arroz, que habría de provocar una profunda alteración en el modo de vida de los cazadores y recolectores jōmon. El avance hacia el este de la nueva cultura resultante, a la que denominamos Yayoi, supuso de forma inmediata la desaparición de la tradición dogū incluso en Hokkaidō, en donde el cultivo del arroz no arraigó y la cultura Jōmon perduraría hasta el s. VIII d.C.

Autor: Fran Pulido. (cc)

Autor: Fran Pulido. (cc)

Tradicionalmente, los dogū han sido considerados como útiles a través de los cuales se rogaba por la abundancia de descendientes y recursos materiales en la sociedad jōmon. Aunque esta teoría todavía goza de cierta aceptación, en la actualidad la mayor parte de los investigadores japoneses piensan que estas estatuillas deben ser interpretadas, en primer lugar, como símbolos de la feminidad y la materidad. Así, por ejemplo, según Mizuno Masayoshi, la destrucción voluntaria de la pieza y la representación del embarazo deben ser puestos en relación con ceremonias basadas en la idea del “ciclo de la vida” -fecundación, muerte y renacimiento-. Otros autores, como Isomae Jun’ichi, estiman que el dogū sería la materialización del principio dual de la muerte y la resurección tal como se reconocen en la maternidad, e hipotetizan sobre el uso de las estatuillas en rituales que tendrían como objetivo la eliminación de la ansiedad y la enfermedad física o mental. Sin embargo, por otra parte, en los dogū cordiformes y con cara de buho, así como en los shakōki-dogū, que están provistos de un aspecto peculiar, es posible percibir una consciencia que trasciende la representación sexual; en este caso, la imagen constituiría la imagen de una fuerza espiritual o sobrehumana. En cualquier caso, intentar reconstruir la función atribuida a estas figuras, así como las ceremonias en las que fueron empledas, no resulta una tarea sencilla.

La gran mayoría de los dogū descubiertos desde el s. XIX han sido hallados intencionadamente fracturados, con su cabeza, extremidades o tronco desmembrados. Sólo una minoría aparecen completos, o bien han podido ser reconstruidos a partir de los restos encontrados. Según Yawata Ichirō, la desarticulación de la figura era resultado de un proceso que tenía como objetivo curar una dolencia o enfermedad, a través de la destrucción deliberada de la parte de la figura equivalente a la zona real afectada. Ōbayashi Tarō argumenta que una práctica similar puede observarse en la destrucción parcial de figuras de madera de los pueblos del norte de Siberia, mientras que Kobayashi Tatsuo considera que durante el proceso de elaboración de las figuras, algunas partes específicas se hacían de antemano más fáciles de desmembrar, a través de una técnica de acoplamiento de piezas. Sin embargo, no todos los dogū han sido deliberadamente dañados, y especialmente las figuras de grandes dimensiones (más de 30 cm.) en Tōhoku y Hokkaidō suelen presentarse en estado íntegro. Ello indica que, incluso dentro de las mismas regiones y en las mismas fases, el significado y la función atribuida a estas figuras no era uniforme. Por todo ello, debemos concluir que la propia categoría de “dogū” como elemento arqueológico no implica la existencia de una única función, y, tal vez, el propio término debería ser sometido a un debate más profundo.

Bibliografía|

HARADA, M., “Dogū”, Nihon Kōkogaku Jiten, SAHARA, M. y TANAKA, M. (ed.), Sanseidō, 2002. HARADA, M., “Jōmon sekai no dogū zōei to sono tenkai”, INADA, K. et al. (ed.), Nihon no Kōkogaku, vol. 1, Gakuseisha, 2007. HARADA, M., “Dogū no tayōsei”, KOSUGI, Y. et al. (ed.), Jōmon Jidai no Kōkogaku, vol. 11, Dōseisha, 2007. YAMAMOTO, T., Waei Taishō Nihon Kōkogaku Yōgo Jiten, Tōkyō Bijutsu, 2001.

Todas las imágenes han sido extraídas del archivo digital de la Agencia de Asuntos Culturales del Ministerio de Educación japonés (http://bunka.nii.ac.jp/Index.do).

Redactor: Témpora Mágazine

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