Discursos de género en la España decimonónica

En 1812, con la firma de la primera Constitución liberal española, se abría paso, aunque fuera tímidamente, a las nuevas ideas políticas en el país. A través del nuevo texto constitucional, una nueva norma pretendía dirigir las vidas de los ahora recién nombrados ciudadanos. Aunque la teoría liberal partía de la idea del individuo como ser abstracto, la categoría de ciudadano vendría adherida a una serie de características que capacitaban para la misión liberal: el sexo, la raza y la propiedad. Sería por tanto sobre la exclusión sobre lo que se fundamentaría el nuevo orden político.

Proclamación de la Pepa, 1812. Fuente.

Proclamación de la Pepa, 1812. Fuente.

En este artículo concreto trataremos sobre la exclusión en base al sexo, que afectaba directamente a las mujeres. El nuevo discurso normativo, es decir, el marco legal, establecía la adscripción de la mujer a la esfera privada/doméstica a través de su incapacitación política e intelectual. Que la mujer no pudiera votar era algo fuera de toda discusión no sólo en España, sino en toda Europa, donde sólo más avanzado el siglo surgirían voces masculinas en pos del sufragio femenino, tal sería el caso de John Stuart Mill con The Subjection of Women en 1869. La cuestión de la educación femenina era diferente. Desde la norma se instaba a una educación privada enfocada al corazón, distinguiéndola de la instrucción pública masculina enfocada al cerebro. La educación de la mujer quedaba al arbitrio de los padres y por tanto de la clase social en al que naciera la desafortunada del bello sexo. La realidad sería que la educación de las niñas y mujeres, si es que la tenían, se encontraba enfocada hacia el ámbito doméstico y las tareas propias de su sexo. A partir de 1857, con la aplicación de la Ley educativa de Claudio Moyano, se establecería la educación femenina elemental como obligatoria, y aunque la situación mejorara de forma paulatina, se consolidaba un currículum diferenciado en función del sexo que se mantendría hasta el siglo XX.

No hemos de olvidar que el pretendido orden normativo no constituía más que eso, una pretensión, y que la cuestión de género no sería nunca un debate cerrado. Durante la primera mitad del siglo XIX existiría una verdadera discusión en torno a la identidad idónea para la mujer decimonónica en un momento en el que aún el liberalismo no se había consolidado y estaba abierto a diferentes proposiciones. Esto cambiaría hacia mediados de siglo, cuando los moderados ya se habían elevado como grupo político dominante y la representación femenina había terminado de dibujarse. El resultado puede ser fácilmente referido a través del nombre que Pilar de Marco Sinués, escritora decimonónica, dio a una de sus obras, El Ángel del Hogar, una figura que nos recuerda a The Angel in the House del poema inglés de Conventry Patmore. La misma imagen será la que atormente a Virgina Woolf:

«La describiré con la mayor brevedad posible. Era intensamente comprensiva. Era intensamente encantadora. Carecía totalmente de egoísmo. Destacada en las difíciles artes de la vida familiar. Se sacrificaba a diario. Si había pollo para comer, se quedaba con el muslo; si había una corriente de aire, se sentaba en medio de ella; en resumen, estaba constituida de tal manera que jamás tenía una opinión o un deseo propio, sino que prefería siempre la opinión y al deseo de los demás. Huelga decir que sobre todo era pura

Lo cierto es que la imagen seleccionada como ideal por la sociedad decimonónica no se estableció como única e uniforme. No sólo algunas mujeres, sino hombres y grupos políticos reelaboraron a través de distintos discursos el papel de la mujer dibujando una resistencia que se presentaba como peldaño anterior a una emancipación política en el sentido tradicional de la palabra. Estas resistencias se desarrollaron en diferentes grados, hasta el punto de que algunas pasen desapercibidas, como sería el caso de Pilar Sinués de Marco, ya mencionada, Faustina Sáez de Melgar o Angela Grassi, que si bien escribían para refrendar el modelo de feminidad y domesticidad normativa, rompían el esquema propuesta al atravesar con su escritura el espacio privado.

Retrato de Carolina Coronado. Fuente.

Retrato de Carolina Coronado. Fuente.

Siguiendo un cierto orden cronológico, serían las románticas las primeras en romper el silencio femenino, mujeres como Gertrudis Gómez de Avellaneda o Carolina Coronado. Pudieron tomar la pluma gracias al reconocimiento de una serie de características naturalizadas como eminentemente femeninas y sobre las cuales se vieron autorizadas a hablar. Su resistencia, al igual que la mayoría que se enarbolaría durante el siglo, iría de la mano de la educación, el reconocimiento de un nivel intelectual igual al del hombre y la exigencia de una mejor educación con el argumento, eso sí, de que redundaría favorablemente en la educación de sus hijos. Las pertenecientes a esta primera generación de románticas escribirían principalmente a través de la prensa femenina. Revistas de moda, artes y costumbres se multiplicaron desde la Regencia de María Cristina, con el añadido de algunas autoras que darían el salto a la novela o el drama. Ellas serán unas pioneras en aprovechar los márgenes del discurso para expresar su inconformidad con la norma

A raíz de la Revolución de la Gloriosa en 1868, diferentes filosofías políticas aprovecharán para reelaborar los discursos sobre la representación de la mujer. Éste sería el caso del krausismo, el republicanismo, la masonería o el anarquismo, junto con la actividad de autoras como Emilia Pardo Bazán o Concepción Arenal. Esta última publicaba en 1869 La mujer del porvenir, denunciando la deplorable situación de la mujer en España a nivel educativo, reclamando para ella la posibilidad de realizar un trabajo adecuado a sus facultades y rechazando las propuestas frenológicas de Gall,  según las cuales la inteligencia de la mujer era menor que la del hombre debido al tamaño de su cerebro.

Debido al espacio del que disponemos, no podemos atender de forma pormenorizada a todas las resistencias desarrolladas y sin descartar su trato en futuros artículos, consideramos que lo mejor será centrarnos en una de aquellas propuestas alternativas que verdaderamente rompían con el modelo de «ángel del hogar». En este sentido, las propuestas de las filosofías políticas mencionadas, sin olvidar sus grandes diferencias y objetivos, tenían como lugar común la exigencia de la mejora educativa de la mujer en relación a su función maternal. Cierto es que el krausismo se mantendría más alejado de las otras cuyo hilo discursivo se hallaría imbricado durante el último cuarto de siglo en lo referente a la mujer, algo visible en figuras como Rosario de Acuña, Amalia Carvia, Teresa de Claramunt o Ángeles López de Ayala. Sin embargo, también existieron filosofías, que aún antes de la revolución, proponían un discurso alternativo para la sociedad y por ende para la mujer, sin referirse a su función maternal como ontológica, como la creada por el socialista utópico Charles Fourier.

Retrato del socialista utópico Charles Fourier. Fuente.

Retrato del socialista utópico Charles Fourier. Fuente.

El discurso fourierista proponía la organización de la sociedad en falansterios, focos de menos de dos mil personas que funcionarían como núcleos independientes y autosuficientes. Lo más importante del pensamiento fourierista en cuanto a la mujer es que consideraba a esta igualmente capacitada que el hombre, tanto para los estudios como para el ejercicio de cualquier profesión. Éste era un gran salto. Se veía en la educación de la mujer un fin en sí mismo, dependiendo en gran parte de esta la medida de progreso que de una sociedad podría deducirse. Tal vez podamos encontrar explicación a esta propuesta discursiva en el hecho de que Fourier rompiera con la visión dualista de la sexualidad humana, según la cual la mujer era complementaria al hombre; en contrapartida, el francés distinguía tres sexos diferentes: el varón, la hembra y el niño. A esto hay que añadir, como bien explica Gloria Espigado en La mujer en la utopía de Charles Fourier que:

«El Hombre para Fourier es macho y hembra. La unidad está constituida por dos formas de individuación, de forma que no “es” sino en la suma de los dos, no existe sino en su dualidad constitutiva. Es más, estas dos, haciendo abstracción de las diferencias reproductivas, son físicamente una misma cosa. A partir de aquí, es imposible derivar diferencias psicológicas generales para cada sexo en cuestión, como estaba haciendo, cada vez con mayor interés, la ciencia médica del momento».

De otra parte, Fourier veía en la represión moral existente un gran error, al igual que en el matrimonio indisoluble una perversión, propondrá como alternativa la expresión libre de cualquier impulso sexual, a excepción, claro está, de aquellos que consideraba antinaturales (en referencia a las relaciones sexuales entre individuos consanguíneos). Esta parte del pensamiento de Fourier fue cuidadosamente evitada por algunos de sus discípulos, que no querían ver el pensamiento de su maestro empañado por críticas de moralidad, de forma que si en Francia difícilmente se transmitía todo su mensaje, menos aún llegó a España. Hubo de todas formas un importante núcleo de fourieristas gracias a la actividad difusora del diputado liberal Joaquín Abreu, actividad que cristalizaría en la fundación de varías publicaciones de la mano de Mª Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis.

Entre 1856 y 1866 tuvieron una actividad bastante notable en la traducción y difusión de textos fourieristas extranjeros, así como en la publicación de artículos originales con algún período de cierre debido a la censura. Es necesario mencionar la actividad de Rosa Marina, escritora cuya vida se desconoce y cuyos artículos aparecen reunidos en una obra prologada por Pérez de Celis, La mujer y la sociedad. Los artículos ya habían sido publicados en 1857 en El Pesil de Iberia. En ellos encontramos alusión a diversos temas en relación con la mujer: el matrimonio, la prostitución…siendo el más constante y radicalmente tratado la educación:

«Bien sé que dirán que tienen harto que hacer con ser esposas y madres, con amamantar y educar a sus hijas, con manejar sus casas. Enhorabuena; aquellas que tengan bastante que hacer con esto y no quieran o no puedan ocuparse de otra cosa, que no lo hagan; pero no es justo que esto se les imponga; me parece que tienen el derecho de ser ellas mismas jueces, árbitros en el empleo de sus facultades, en los trabajos a que creen deben consagrarse, en la industria, ciencia, arte u oficio, de que hayan de subsistir.»

Emilia Pardo Bazán. Fuente.

Emilia Pardo Bazán. Fuente.

Se trata de una obra sumamente importante por ser considerada la primera que trata de forma generalizada el tema de la mujer anterior a la obra de Concepción Arenal o a la de Concepción Jimeno de Flaquer (La mujer española, 1877). Significa además, la primera exigencia en pos de la profesionalidad laboral femenina, algo que no encontraremos en España de nuevo hasta finales de siglo en figuras como Emilia Pardo Bazán.

En definitiva, con este artículo lo que queríamos y esperamos haber logrado es romper el equívoco sobre la existencia de un modelo fijo e inamovible en lo que a la mujer decimonónica se refiere. Podemos hablar de una representación normativa extendida, pero también discutida de forma continua a través de diversos discursos de resistencia que pueden ser considerados como constituyentes de un primer feminismo español.

Bibliografía|

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CANTIZANO MÁRQUEZ, B., “La mujer en la prensa femenina del XIX” en Ámbitos Nº11-12, semestre 2007.

ESPIGADO TOCINO, G., “La buena nueva de la mujer profeta: identidad y cultura política en las fourieristas Mª Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis” en Pasado y Memoria, Revista de Historia Contemporánea Nº7, 2008.

ESPIGADO TOCINO, G., “LA MUJER EN LA UTOPIA DE CHARLES FOURIER” en RAMOS, Mª DOLORES, VERA, Mª TERESA, Discursos, realidades, utopías. La construcción del sujeto femenino en los siglos XIX y XX,  Barcelona: Anthropos, 2002.

FOLGUERA CRESPO, P., “Revolución y Restauración. La emergencia de los primeros ideales emancipadores (1868-1931)”, en GARRIDO GONZÁLEZ, E. (editora), Historia de las mujeres en España, Madrid: SINTESIS, 1997.

GÓMEZ FERRER, G., “Historia de las Mujeres en España. Siglos XIX y XX“, Madrid: Arco Libros, 2011.

RAMÍREZ ALMAZÁN, Mª. DOLORES, “Rosa Marina: la Mujer y la Sociedad”, Comunicación en congreso. X Cilec: Congreso Internacional de Literatura Española Contemporanea La Mujer en la Literatura, la Sociedad y la Historia, Bergamo – La Coruña, 2009.

SANTALLA LÓPEZ, M., “Concepción Arenal y el Feminismo Católico Español“, A Coruña: Edicios Do Castro, 1995.

Redactor: Blanca Entrena

Licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla. Máster de Estudios Históricos Avanzados en Contemporánea. Especialmente interesada en estudios culturales y de género. Podéis comunicaros conmigo utilizando Twitter (@wollyblanki).

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