Diocleciano y la tetrarquía.

A finales del siglo III, un oficial de una de las guardias del emperador asesinado accedió al trono. Este dato por sí mismo no es indicativo, ya que durante todo el siglo III encontraremos una serie de emperadores asesinados y de usurpadores. Pero el personaje del que trataremos en este breve estudio marcó, según el acuerdo de la historiografía moderna, no solo un período nuevo en el Imperio romano -el Bajo Imperio-, sino también de la Historia de Occidente -la Antigüedad Tardía-. Se le ha llegado a comparar  en importancia con el primer emperador, Augusto. Ya que si el princeps («el primero de todos») creó el sistema que hemos dado en llamar Principado, nuestro personaje mandó intitularse dominus («amo»,«señor»), pasando a llamarse también Dominado al Bajo Imperio (1). Bajo su fuerte gobierno, en el que afrontando sobre la marcha los problemas heredados y nuevos del Imperio, creó la tetrarquía -una nueva forma de gobierno-, y llegó a reformar, con mayor o menor éxito, todos los aspectos del Imperio, desde el ejército hasta la economía y la administración. Hablaremos aquí del emperador Diocleciano y de la tetrarquía, y dejaremos para un segundo artículo sus reformas.

El emperador Caro (282-283) había sido asesinado durante la campaña de Persia. Su hijo Numeriano inició una retirada a territorios romanos. Durante la misma, cayó bajo el puñal del prefecto del pretorio Apro. Sin embargo, la púrpura no pasó a él, sino a un oficial de la guardia de corps del emperador fallecido, Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, quien dio muerte a Apro.

Desconocemos mucho sobre la vida anterior al acceso al trono de Diocleciano. Probablemente nació hacia el 240. Era oriundo de la provincia de Dalmacia, de Salona (en la actual Croacia; de hecho, Diocleciano fue uno más de los emperadores militares de origen ilírico que se sucedieron en el siglo III). Autores maldicientes al emperador lo hacen hijo de unos esclavos o de unos libertos. Sea como fuere, Diocleciano encauzó su carrera por la vía militar.

La-Tetrarquia

Imperio romano durante la tetraquía, donde se recoge las zonas de influencia de cada tetrarca, así como las naciones y pueblos fronterizos. Fuente.

Diocleciano tuvo que hacer frente a varios problemas a lo largo de un Imperio que abarcaba desde Britania hasta la primera catarata de Egipto, desde la costa atlántica de Hispania hasta la orilla del río Éufrates. Una vasta extensión con innumerables problemas en las fronteras (los persas sasánidas al este, varios pueblos germanos al norte – como godos, alamanes, francos, frisios-, bereberes, mauros y blemmios al sur) y la amenaza constante de las usurpaciones en el interior. Tras derrotar al otro hijo de Caro, Carino, Diocleciano se buscó un colega en el gobierno en Maximiano (285). Primero con el título de César y, al año siguiente, con el de Augusto, fue enviado a la parte occidental del Imperio para pacificar las Galias, que se encontraban convulsas por la revuelta de los bagaudae o bagaudas; mientras que Diocleciano se encargaba de los asuntos de Oriente. Aunque en esta diarquía encontremos a dos Augustos, esto no conllevaba una ruptura del Imperio, sino que continuaba unido. Para dejar claro que Diocleciano era la autoridad más importante, asumió el título de Iovius, similar al padre de los dioses Júpiter; y Maximiano el de Herculius, similar a Hércules, hijo de aquel, marcando la superioridad de uno por encima del otro, del padre por encima del hijo. Así, Diocleciano asimilado a Júpiter era el planificador que desde el Olimpo gobernaba el mundo, mientras que Maximiano, al igual que el héroe salvador de la humanidad, solventaba los problemas del Imperio (2).

Una vez que Maximiano sofocó los bagaudas, un oficial suyo, Carausio, destinado a la protección de las costas del Canal de la Mancha contra la piratería, se alzó como emperador en parte de las Galias y en Britania e intentó ser reconocido por Diocleciano y Maximiano sin éxito (286). Entonces, ante el fracaso de una probable expedición de Maximiano contra Carausio y, al igual que surgió la diarquía -una medida provocada por la coyuntura-, surgió la tetrarquía (palabra del griego que significa «gobierno de cuatro») en 293, por el cual los dos Augustos nombrarían respectivamente dos Césares. Diocleciano eligió a Galerio y Maximiano a Constancio Cloro. Los dos Augustos adoptaron a sus respectivos Césares como hijos y para estrechar aún más la alianza entre los cuatro gobernantes, cada César se casó con una hija de su respectivo Augusto. Así, Galerio se casó con Valeria y Constancio con Teodora (para ello tuvieron que repudiar a sus anteriores mujeres. En el caso de Constancio, repudió a Helena, la madre del futuro emperador Constantino). También, los Césares compartieron las mismas vinculaciones religiosas de sus Augustos (posteriormente veremos a Constantino acuñando monedas como Herculius [A. Cameron, 2001]).

Moneda

Moneda que representa en su anverso la efigie de Constantino y en el reverso la figura de Hércules con la leonté y la clava. En su leyenda se puede leer HERCVLI VICTORI. Fuente.

Constancio marchó contra Carausio y sometió la parte de las Galias que se había alzado. Cuando se encontraba a punto de cruzar a Britania, Carausio fue asesinado por un oficial suyo, Alecto, que asumió la púrpura para sí. Fue a Alecto a quien dio muerte Constancio en una batalla, entrando poco después en Londinium (Londres) y devolviendo a Britania al Imperio. Así da paso al período de la tetrarquía. Como en la diarquía, esto no supuso la división del Imperio, sino que se mantuvo la unidad, aunque cada gobernante controlaba una parte de este. Cada victoria era celebrada y asumida por todos, al igual que los edictos.  El sistema se mantuvo por la autoridad y respeto que ejercía Diocleciano sobre los demás. Un ejemplo de ellos nos lo trae Amiano Marcelino:

“A estos hechos se añadía el recuerdo de un ejemplo no muy antiguo. Y es que con Diocleciano  y con su colega colaboraban como servidores dos Césares, que no tenían residencia fija y que debían viajar por todo el imperio. No en vano, en Siria Galerio, revestido de púrpura, tuvo que recorrer a pie un espacio de casi mil pasos por delante del carruaje del Augusto, que estaba enojado” (Amm. Marc. 14.11.10).

Ante la derrota de Galerio contra los persas, Diocleciano le hizo andar detrás de su carro en un acto humillante. Cada gobernante tenía una parcela del Imperio donde actuaba. Así Diocleciano se encargó de Egipto, Siria y Asia; Galerio las provincias al sur del Danubio; Maximiano Italia, el norte de África e Hispania; y por último Constancio las Galias y Britania. Veremos cómo en este proceso, Roma perderá importancia, quedando como un mero símbolo. Los gobernantes establecerían sus residencias cerca de los focos de problemas. Así, Diocleciano se solía establecer en Nicomedia (Izmit) o en Antioquía; Galerio en Sirmio (Sofía) o en Tesalónica; Maximiano prefirió Mediolanum (Milán); y Constancio Tréveris. Aunque como indicaba Amiano Marcelino en el texto de arriba, no existía una residencia fija y sería equívoco llamar a estas ciudades capitales. La capital se encontraba allá donde iba los emperadores. Pero este aspecto marcaría la faz en el devenir del Imperio. Roma pasa a ser un foco secundario y perdería su influencia política, permitiendo a Diocleciano desarrollar sus reformas políticas. Por otro lado, estamos ante un desarrollo urbano de ciudades, algunas ni siquiera tenían una importancia política ni económica. No solo se construyeron palacios, circos, teatros, termas, cecas, murallas, etc. en las ciudades ya mencionadas, sino también en Naissus (Nis) Carnuntum, Aquileia, Cartago o Córdoba (¿el posible palacio de Cercadilla?). Por último, esta tendencia se cristalizaría en el reinado de Constantino (306-337) con el establecimiento de Constantinopla como nueva capital del Imperio (330).

Cada uno hizo frente a diferentes problemas internos y externos con éxito. Así, Maximiano tuvo que hacer frente a las incursiones bereberes y mauras, como la usurpación de Juliano en Cartago; Diocleciano la usurpación de Domiciano y Aquileo en Alejandría y los enfrentamientos contra los blemmios al sur de Egipto; las fronteras del Rin y del Danubio fueron protegidas por Constancio y Galerio, respectivamente. Tras la derrota de la primera campaña persa, que hemos comentado arriba, Galerio obtuvo una gran victoria en su segunda campaña contra Narsés, que se saldó con el traslado de la frontera a la orilla del Tigris, la recuperación de Nisibis, el saqueo de la capital persa Ctesifonte y la firma de un tratado de paz que duraría unos cuarenta años, en el que se confirmaba las conquistas romanas y el traspaso del control de los estados vasallos de Armenia y los del Cáucaso a la órbita romana (297 ó 298).

tetrarcas

Grupo escultórico de los tetrarcas, sito en la plaza de San Marcos de Venecia, trasladado aquí como botín tras el saqueo de Constantinopla en 1204, en la Cuarta Cruzada. Fuente.

El mejor ejemplo material que nos muestra el poder y la ideología de los tetrarcas es el grupo escultórico sito en la plaza de San Marcos de Venecia. Todo en él emana poder. Realizado en pórfido (la púrpura era el color de los emperadores), representa a los cuatro tetrarcas a la misma altura, en pareja de dos, abrazados con uno de sus brazos, pero con una de sus manos en la empuñadura de su respectiva espada y vestido como generales. El mensaje no podía ser otro: Estos gobernantes de ojos saltones, vigilantes, estaban preparados a lanzarse en cualquier momento para atajar los problemas en las fronteras o en el interior. Flavio Vopisco Siracusano lo deja aún más claro en el panegírico incluido en su relato:

“Después de ellos (Caro, Numeriano y Carino), los dioses nos otorgaron a Diocleciano y a Maximiano, y, junto a tan ilustres personalidades, a Galerio y Constancio, de los que uno nació para borrar la ignominia que supuso el cautiverio de Valeriano y el otro para someter de nuevo a las Galias a las leyes de Roma. Ciertamente, estos cuatro caudillos del mundo fueron aguerridos, sabios, benignos y muy generosos, de idénticas ideas políticas, sumamente respetuosos con el senado romano, mesurados, amigos del pueblo, muy piadosos, ponderados, religiosos y príncipes como los que hemos suplicados” (SHA, Caro, Carino y Numeriano, 18, 3-5).

Diocleciano llevó a cabo estas reformas y decisiones con una fuerte autoridad (3). Para incrementar ese halo de dominio y de divinidad, asumió un férreo protocolo, que parece fue copiado del shahanshah (el «Rey de Reyes») de los persas sasánidas. Como apuntamos al principio, se hizo llamar dominus e incluso dominus et deus («señor y dios»). Sin duda, y como ya hemos mencionado anteriormente, no estamos ante nada nuevo en el Imperio romano. Emperadores con una tendencia más autoritaria se habían intitulado así (los llamados por la historiografía romana «emperadores malos», como Calígula, Domiciano o Cómodo). Diocleciano no hace otra cosa que institucionalizar una tendencia que se fue dando en el Imperio desde su comienzo. También los tetrarcas se hicieron vestir, como en el mundo persa, con ropajes lujosos y el acceso a ellos cada vez estaba más velado, marcado por un riguroso ceremonial, como la proskynesis (la genuflexión). Además, se hicieron rodear de varios cuerpos de guardias (las scholae Palatinae) y fueron atendidos en lo más recóndito del palacio por un cuerpo de eunucos. Ahora asesinar al emperador era una tarea más difícil.

Diocleciano

Busto de una estatua de Diocleciano. Mármol. Museo Arqueológico de Estambul. Fuente.

Tras veinte años gobernando y tras celebrar su aniversario de acceso al poder en Roma (la única vez que sepamos que estuvo allí), Diocleciano fue el primer emperador de la historia romana que abdicó en favor de su César, y obligó a su compañero Maximiano a hacer lo mismo (aunque éste fue más renuente a hacerlo). Así, el 1 de mayo de 305, Diocleciano dejó Nicomedia y se retiró a su tierra natal, al palacio de Spalato (actual Split, en Croacia). Lo mismo hizo Maximiano, que abandonó Milán y se retiró a una villa en la región italiana de la Basilicata. En este proceso, los Césares Galerio y Constancio pasaron a ser Augustos y, a su vez, nombraron nuevos Césares, Maximino Daya y Severo, respectivamente. Se preveía que tras unos veinte años en el poder, también ellos abdicarían en favor de sus Césares y así sucesivamente. Pero la tetrarquía pasó a tener los días contados como sistema. El funcionamiento de la misma se basaba en la autoridad y respeto que profesaban a Diocleciano. Una vez desaparecido éste, los gobernantes se lanzaron a luchar entre sí.

Se dieron varios factores. Algunos tetrarcas (Maximiano y Constancio) tenían hijos que ambicionaban la púrpura. Además de que Maximiano no dejó de intrigar para volver al poder. Así, en el año 306, tras la muerte de Constancio, su hijo Constantino fue proclamado emperador en Britania, llegando a ser reconocido por Galerio en Oriente y por Severo que pasó a ser Augusto. En el mismo año, Majencio, apoyado por los pretorianos de Roma y por su padre Maximiano, se alzó y venció a Severo, a quien dio muerte. Pronto hijo y padre riñeron, y éste último se alió con Constantino, aunque en el 310 moriría en misteriosas circunstancias tras conspirar contra su anfitrión. Al año siguiente Galerio murió, dejando Oriente dividido entre Licinio y Maximino Daya. Y para el 312, el Imperio romano contaba con dos augustos: Constantino había derrotado a Majencio, mientras que Licinio venció a Maximino.

Desde su retiro en Spalato, Diocleciano vio como sus intentos para impedir las usurpaciones fueron destruidas por sus sucesores. Cuando Maximiano lo invitó a que saliera de su retiro para que volviera al poder, este le contestó que si supiera cómo crecían las legumbres en su huerto no le harían tal proposición. Parece ser que Diocleciano murió hacia 313, aunque los motivos de su muerte son dispares según la fuente que se tome. Para algunos murió apaciblemente (Eutropio y Eusebio), otros cuentan que entre terribles dolores (Lactancio) y hay quienes apuntan que ante la situación en la que quedaba el Imperio con Constantino y Licinio, se dio muerte ante el temor de futuras represalias (Aurelio Víctor).

Diocleciano proporcionó veinte años de estabilidad al Imperio, de paz interna y externa. Aunque su proposición de gobierno se desintegró con su retirada muchas de sus medidas continuarían y serían desarrolladas por Constantino.

Notas:

(1) Así se aprecia un cambio brusco en el signo del poder político del Imperio, hacia una monarquía absoluta y de derecho divino. Sin embargo, sería  caer en un gran simplismo el contraponer Principado con el Dominado, sino más bien deberíamos pensar en un continuus, que va evolucionando. Deberíamos recordar que el régimen fundado por Augusto no presentó nunca la imagen de un equilibrio entre el princeps y el Senado. En la época dorada de los Antoninos -la de «los emperadores buenos» por excelencia-, estos continuaron aumentando su poder. No extrañaría ver a nada menos que a Trajano representarse en un relieve, sito hoy en la Curia Iulia, sentado con sus pies reposados en un escabel.

(2) No debemos olvidar que el imperium tiene su origen en Júpiter, del cual emana, y dentro de las corrientes filosóficas era el dios supremo y único, símbolo del alma del mundo. Hércules era el símbolo de la virtud y el patrón de los triunfadores: Tras innumerables trabajos para liberar a la humanidad de los peligros, consiguió la inmortalidad (caracteres que absorbería Jesucristo). Esta divinización de los emperadores no era nada nuevo: Aureliano, adepto al culto al Sol Invicto, se hizo representar en las monedas con la cabeza radiada y se hacía llamar deus. Pero si continuamos retrocediendo, veremos que es una tendencia que se origina desde el mismo comienzo del Imperio: Augusto se asoció continuamente con Apolo, su benefactor divino; Nerón levantó una estatua colosal del dios Sol con sus facciones; o Trajano, al final de su reinado, se emulaba con Hércules.

(3) Tal vez la anécdota que mejor podría representar la férrea autoridad de Diocleciano sea el sitio y toma de Alejandría. Barrios enteros desaparecieron por el acoso contante de las máquinas de asedio. Una vez que Diocleciano entró en la ciudad ordenó a sus soldados que comenzara la matanza hasta que la sangre le llegara a las rodillas del caballo que montaba. La suerte estuvo de parte de los alejandrinos, ya que el animal al tropezarse y caer, la matanza paró. Por ello, la población agradecida levantó una estatua en honor al caballo (Goldsworthy, 2009).

Bibliografía:

AMIANO MARCELINO: “Historia” (edición de Mª L. Harto Trujillo). Madrid: Akal. 2002.

CAMERON, A.: “El Bajo Imperio romano. 284-430 d.C.“. Madrid: Encuentro. 2001.

CASCÓN DORADO, A., “Diocleciano”, en Historia National Geographic, n. 24, 2006, pp. 70-77.

BRAVO, G.: “Diocleciano y las reformas administrativas del Imperio“.  Madrid: Akal. 1991.

GIBBON, E.: “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Tomo I“. Madrid: Turner. 2006.

GOLDSWORTHY, A.: “La caída del Imperio Romano“. Madrid: La Esfera de los Libros. 2009.

GRIMAL, P., “La civilización romana. Vida, costumbres, leyes, artes“. Barcelona: Paidós. 2007.

HISTORIA AUGUSTA (edición de V. Picón y A. Cascón). Madrid: Akal. 1989.

Redactor: Antonio Arteaga Infantes

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, en los itinerarios de Historia Antigua y Arqueología. Actualmente cursando el Máster de Estudios Históricos Avanzados en la Universidad de Sevilla. Interesado en el mundo antiguo en general, especialmente en el mundo grecorromano, Antigüedad Tardía y el mundo de Asia Central y Oriental. Editor jefe de la sección de Historia Antigua de Témpora Magazine.

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