De cuando el Rey Baltasar era «blanco». Una iconografía de los Reyes Magos durante la Edad Media

Acabamos de dejar atrás unas controvertidas fiestas navideñas en lo que a cabalgatas de reyes se refiere, siendo poco o nada conveniente inmiscuirse en tales asuntos; pero quizás sí que sería interesante profundizar en el origen de la estética que tenemos actualmente de estos queridos personajes, por qué son tres, por qué son magos o reyes y, sobre todo, por qué el tercero de ellos, Baltasar, es negro. Y es que fue durante la Baja Edad Media cuando comienzan a aparecer escenas de la Adoración de los Magos en las que uno de sus reyes se ha convertido en un personaje de raza negroide, permaneciendo así la tradición hasta nuestros días. Veamos, pues, el origen.

Comencemos por examinar la primera de las fuentes escritas que nos habla de la existencia de estos «magos»; es el Evangelio de San Mateo, el único de los cuatro evangelistas que dedica unas líneas a hablar de estos personajes. En el capítulo 2, versículos 1-12, Mateo señala que:

‹‹Y cuando Jesús nació en Belén de Judea en los días del rey Herodes, he aquí, unos magos vinieron del oriente a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle [...]››

‹‹Y cuando entraron en la casa, vieron al niño con su madre María y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro e incienso y mirra […]››

Epifanía. Codex Bruschal (c. 1220). Fuente

Epifanía. Codex Bruschal (c. 1220). Fuente

Por tanto, los nombra, sí, pero no nos queda claro ni el número exacto, ni si eran reyes, pues únicamente se les califica como «magos», ya que eran considerados astrólogos; tampoco el tiempo que permanecieron, aunque sí apunta a los míticos presentes que regalaron al niño. Hay que apuntar que aquellos calificados como «magos» eran los considerados sacerdotes persas del profeta Zoroastro (o Zaratustra), personajes de excelente instrucción dedicados a la astronomía y a la astrología. En definitiva, unos pocos versículos que han alimentado la imaginación de los artistas durante siglos, pero que se han visto completados por los denominados Evangelios Apócrifos – estudiados anteriormente en el artículo Los Evangelios Apócrifos, otra iconografía para la Edad Media. Uno de estos textos es el Evangelio Armenio de la Infancia, del siglo VI, que los califica ya como reyes y como hermanos, fija su número en tres, siendo su origen persa; también los nombra como Melkon, que gobernaba sobre los persas, Gaspar, que lo hacía sobre los árabes y Baltasar, cuyo poder prevalecía sobre los indios. Existe un texto todavía anterior, del siglo III y atribuido a Tertuliano, en el que este padre de la Iglesia encuentra en el Salmo 72: 10-11 lo que parece ser una referencia bastante clara a nuestros reales protagonistas:

‹‹Los reyes de Tarsis y de las Islas traerán presentes; los reyes de Sabá y Seba ofrecerán obsequios. Y se postrarán ante Él todos los reyes; todas las naciones le servirán››

Avanzado el milenio, debemos detenernos un momento en la obra de Petrus Comestor, un teólogo e historiador francés del siglo XII al que debemos la afirmación de su número en tres, así como el conocimiento de los nombres de los magos en hebreoAppelius, Amerus y Damascus– y en griego Magalath, Galgalath y Sarachim.

Otros muchos son los textos que afianzan la triple concepción de los «magos» –aunque hay que señalar que existe una tradición siríaca que los sitúa en doce y en algunas catacumbas romanas aparecen representaciones de dos o cuatro reyes– al igual que sus nombres y su procedencia real; incluso en el ámbito hispano encontramos tales ejemplos, pues no debemos olvidar que el Poema del Mío Cid también habla de que ‹‹Tres reyes de Arabia te vinieron a adorar, Melchior e Gaspar e Baltasar››. Con todo, lo verdaderamente interesante para este artículo no es situar el origen del número de reyes, sus nombres o procedencia, sino más bien conocer en qué momento uno de ellos dejó de ser blanco y esta nueva iconografía se va introduciendo en el arte bajomedieval europeo.

Adoración de los Magos. Nikolaus Von Weir, 1485.  Fuente

Adoración de los Magos. Nikolaus Von Weir, 1485. Fuente

Adelantamos ya que, hasta el siglo XIV, la figura del rey Baltasar permanecerá con el mismo tono de piel que la de sus compañeros, esto es, más bien clara. Hasta ese momento, las diferentes iconografías empleadas para representar los pasajes de los Reyes Magos, por ejemplo, la Adoración y el Sueño de los Magos, se decantarán por un grupo de raza blanca. Ahora bien, un aspecto que sí se mantiene prácticamente desde las primeras obras que recogen imágenes de estos personajes es el hecho de que los tres representen cada una de las edades del hombre. De este modo, ya en el siglo VIII, encontramos un documento irlandés llamado Collectanea en el que aparecen los Reyes Magos identificados con las tres edades del hombre: la descripción de un hombre anciano, de larga barba y cabellos se identificaba con Melchor, el rey que ofreció oro; el que portaba el incienso, Gaspar, era sin embargo imberbe y pelirrojo y, finalmente, el encargado de llevar la mirra, Baltasar, se caracterizaba por una barba oscura y muy poblada. Tal es la iconografía con la que aparecen representados en numerosas miniaturas medievales como, por ejemplo, en la Epifanía del Codex Bruschal (c. 1220) que vemos más arriba. Un siglo después, concretamente en torno al año 830, el Salterio de Stuttgart vuelve a vincular el grupo de los «magos» con las tres edades del hombre, colocando esta vez al joven Gaspar imberbe en último lugar. Así, la iconografía medieval se valió de las edades de los tres Reyes Magos como vehículo para guiar al fiel hacia la búsqueda de Dios, pues la edad más avanzada de Melchor transmitía la necesidad de un carácter austero, la edad media del segundo debía conducir al fiel ante la perfección y armonía en todos sus actos y, por último, la juventud de Gaspar era la idónea para seguir los pasos de Dios.

Pues bien, una vez cambia el color de uno de ellos, lo hace también la edad. Como ya hemos apuntado anteriormente, es a lo largo del siglo XIV cuando hace su aparición la figura del rey negro, quizás con la finalidad de consolidar y fortalecer el mensaje de la universalidad de la salvación cristiana, esto es, que la experiencia salvífica que supone la propia religión cristiana sea ahora universal y llegue a todas las razas a lo largo de todos los tiempos. En un texto erróneamente atribuido a Beda El Venerable (672-735 d.C.), pero que data posiblemente del siglo XI, se hace una primera mención al color fuscus, esto es, oscuro, de la piel de Baltasar. Es una fecha temprana, por tanto, nos podríamos preguntar por qué tardó unos tres siglos más en hacer su aparición en el arte. La explicación nos lleva hasta la consideración que se tenía en la Edad Media sobre los negros, considerados una raza degenerada y repulsiva por ser herederos de Cam, uno de los hijos de Noé, conocido por haberse burlado de su padre cuando éste estaba ebrio y dormido; el cual le maldijo a él y a todos sus descendientes (Gn. 9, 22-27), entre ellos el pueblo del África subsahariana.

Epifanía de la Iglesia de San Salvador de Gallipienzo (Navarra), resultado del repinte del segundo maestro que intervino, siglo XV. Fuente

Epifanía de la Iglesia de San Salvador de Gallipienzo (Navarra), resultado del repinte del segundo maestro que intervino, siglo XV. Fuente

De este modo, entre los años 1360 y 1370 se llevaron a cabo unas pinturas al fresco en el claustro del monasterio benedictino de Emmaus, en la actual Praga, desgraciadamente en un pésimo estado de conservación. Estas pinturas, que cubrían paredes y bóvedas de este espacio claustral, constituían un amplio programa iconográfico que incluía escenas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, entre ellas una Adoración de los Magos en la que, tímidamente, aparece la figura «tostada» del rey Baltasar. Si esto fuera realmente así estaríamos ante el primer ejemplo pictórico en el que se incluye la figura del «rey negro»; sin embargo, algunos historiadores apuntan a que, teniendo en cuenta las sucesivas restauraciones que se han realizado sobre estos frescos, podríamos encontrarnos ante el resultado de un repinte posterior, una vez que la moda prolifera entre los artistas, es decir, bien entrado ya el siglo XV e, incluso, el XVI. No es una hipótesis descabellada si nos trasladamos a nuestro país y estudiamos el caso de la iglesia navarra de San Salvador (Gallipienzo), cuyas pinturas parietales del siglo XIV, conservadas en la actualidad en el Museo de Navarra, presentan una Epifanía que sufrió, al igual que sus compañeras, el repinte de otro artista en el siglo XV, a raíz del cual aparece un Baltasar negro.

Con todo, hay que mirar más allá de un simple repinte y tener en cuenta que Carlos IV, que por entonces era rey en Bohemia e instaló la corte imperial en Praga, heredó de su antecesor, Federico II Hohenstauffen, la costumbre de incluir negros en la corte. Esto lo sabemos por una serie de frescos que se conservan en la torre campanario de la Iglesia de San Zeno en Verona (Italia), en los que Federico II aparece rodeado de personajes de raza negra. Todo tiene una explicación, y esta la encontramos en el hecho de que, pese a su apellido, los orígenes de este emperador se encontraban en Italia, más concretamente en Sicilia, un territorio que al igual que España estuvo bajo dominio musulmán hasta su conquista por los normandos. Así quedaba en el recuerdo y costumbre de Federico la presencia tanto de árabes como de los esclavos negros vinculados a ellos, algo muy habitual. Por otra parte, la simbología de incluir esta raza entre la gente de su séquito es también significativa, pues este Hohenstauffen era llamado el Estupor del Mundo, ya que gobernaba sobre Alemania, parte del Mediterráneo y Oriente Medio, por lo que su soberanía universal se veía reforzada y asentada si incluía negros en sus círculos más cercanos.

Altar Wurzach de Hans Multscher, 1437. Fuente

Altar Wurzach de Hans Multscher, 1437. Fuente

Fuera como fuese, la costumbre iconográfica se expande desde Praga a los círculos pictóricos flamencos, dejando en el camino otro temprano ejemplo en el Altar Wurzach de Hans Multscher, fechado en 1437 y conservado en la Gemäldegalerie, Berlín, en la que la figura de Baltasar ya aparece totalmente caracterizada como un personaje de raza africana. Durante esta misma centuria, importantes artistas flamencos, como Roger Van der Weyden, alternarán en sus escenas sobre la Epifanía, la figura del rey negro con la de los tres «magos» blancos. Así llegamos al siglo XVI, momento en el que la nueva iconografía «multirracial» se establece de manera definitiva y evoluciona en la Historia del Arte hasta nuestros días, en los que nuevas hipótesis, ideas y debates, o más bien polémicas, asoman de nuevo sobre un tema que no parece pasar nunca de moda.


Bibliografía|

BINDMAN, D., LOUIS GATES, H. y C.C. DALTON, K., Image of the Black in Western Art. From the early Christian Era to the Age of Discovery: Africans in the christian ordinance of the world, Cambridge: Harvard University Press, 2010.

GRAU-DIECKMANN, PATRICIA, “Una iconografía polémica: los Magos de Oriente”, Mirabilia, Nº 2Barcelona: Universidad Autónoma, 2002. pp. 102-123.

HERRERA, M. T., “Historia de los Reyes Magos”, Helmántica, Vol. 33, Nº 100-102Salamanca: Universidad Pontificia, 1982. pp. 5-88.

LE GOFF, J. Y SCHMITT, J., Diccionario razonado del Occidente medieval, Madrid, Akal: 2003.

RODRÍGUEZ PEINADO, L., “La Epifanía”, Revista Digital de Iconografía Medieval, Vol. 4, Nº 8. Madrid: Universidad Complutense, 2012. pp. 27-44.

Altar Wurzach de Hans Multscher, 1437. Fuente

Redactor: Alejandra Hernández Plaza

Graduada en Historia del Arte, Medievalista y con Máster en Formación del Profesorado (Geografía e Historia) por la Universidad de Murcia. Actualmente, preparando oposiciones al Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria y Bachillerato por la especialidad de Geografía e Historia; presidenta de la Asociación de Historiadores del Arte de la Región de Murcia y miembro de la Plataforma en defensa del Patrimonio de Murcia.

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