Clau-Clau-Claudio ¿Un emperador despreciado por la historiografía?

La tradición literaria sobre Claudio es del todo compleja de analizar. Se debe tener en cuenta que la literatura clásica que ha llegado a nosotros es obra, sobre todo, de senadores,  hombres de nobles cunas, ricos, y de gran influencia y poder en Roma. Precisamente por ello, la benevolencia o crueldad de un emperador determinado está condicionada por su comportamiento con el Senado durante su gobierno. Así, emperadores como Augusto, Trajano o Marco Aurelio han pasado a la historia como ejemplos de liderazgo, por sus políticas conciliadoras con el Senado, mientras que otros, como Calígula, Tiberio, Domiciano o Cómmodo, que pretendían convertir la ficción del principado en realidad monárquica, han sido acribillados a críticas por parte de la literatura clásica o incluso borrados de la historia de Roma mediante la damnatio memoriae. Efectivamente, durante el principado, las ancestrales magistraturas republicanas habían perdido su verdadero poder de decisión, pero los senadores continuaban siendo la elite política y social de la ciudad, por lo que los emperadores no pudieron prescindir del orden senatorial como guardián de la legitimidad del poder, ni de la experiencia de sus miembros para la administración del Imperio. Aquellos princeps que osarán ignorar, despreciar, o incluso suprimir las decisiones del Senado, podían ser objeto tanto de críticas como de conspiraciones políticas.

Derek Jacobi interpretando al emperador Claudio en la serie de la BBC, Yo, Claudio, de Robert Graves. Fuente.

Derek Jacobi interpretando al emperador Claudio en la serie de la BBC, Yo, Claudio, de Robert Graves. Fuente.

El caso de Claudio, sin embargo, va más allá, pues la recreación de Robert Graves en su novela histórica Yo, Claudio, llevada magistralmente a la pequeña pantalla por la BBC, ha divulgado la imagen, aún más falseada que la transmitida por los clásicos, de un benévolo intelectual, de sentimientos republicanos, que, para sobrevivir en un entorno hostil y peligroso, se ve obligado a exagerar sus defectos físicos. Sí que es cierto, que la cultura grecorromana no comprendía, e incluso repudiaba, la deformidad física, y Claudio, efectivamente, la tenía. Desde su infancia fue víctima de una enfermedad que no sólo hizo estragos en su salud, sino que deformó su apariencia. Afectado por una serie de tics y taras físicas, y considerado como idiota, fue apartado de cualquier cargo oficial y de la vida pública. El propio Augusto, en su correspondencia con Livia, manifestaba por escrito su determinación de mantenerlo apartado de la vida pública para evitar que ridiculizara a la familia imperial. Sin embargo, aunque contamos con una abundante información sobre las condiciones físicas de Claudio, no puede conocerse realmente si sus dolencias y taras físicas se debían a un nacimiento prematuro o a una parálisis infantil.

La tradición literaria se ceba en las faltas físicas de Claudio para crear a partir de éstas una imagen de idiota, débil de cuerpo y de espíritu, que es la que realmente llega a nuestros días para la mayoría. Muchos autores clásicos contribuyeron a divulgar esta imagen de Claudio “el idiota”, autores como Suetonio, Dión Casio, Tácito o Séneca. Todos ellos tildan al emperador de apático, falto de decisión, ocioso, borracho, comilón, un débil con las mujeres, un jugador de dados empedernido y un amante de los espectáculos de gladiadores, esta última afición, por cierto, también ayudaría a difundir la imagen de un Claudio morboso y cruel, ávido de ver correr la sangre. Será, sin embargo, Séneca, el que ofrecerá el más despiadado retrato del emperador, al que tilda en su sátira Apokolokyntosis, la transformación de Claudio en calabaza cuando sube a los cielos una vez muerto y deificado, de un hombre de <<cuerpo engendrado por la cólera de los dioses>>.

Busto idealizado del emperador. Fuente.

Busto idealizado del emperador. Fuente.

Aquí intentamos dar a conocer la verdadera imagen, la imagen de un emperador tradicionalista e innovador, sabio, reformador e incluso conquistador,  a través de algunas medidas de su gobierno. El reinado del tercer sucesor de Augusto, en un sistema irreemplazable como el principado, y tras la demente revolución de Calígula, representa la continuación lógica del principado de Augusto, al acentuar en el princeps la imagen de cabeza del ejército y de la administración, así como la de supremo protector del Imperio. Las primeras medidas de gobierno de Claudio tendían a la conciliación con el Senado, tras la muerte violenta de Calígula, el primer emperador que sería víctima de una conjura palaciega. Pero, esta idea de conciliación inicial con el Senado se rompió cuando Claudio puso en marcha sus medidas en la administración del Imperio, que dejaban al consejo senatorial a un lado y centralizaban aún más el poder del princeps. Hay que tener en cuenta que Roma se había desarrollado tanto a lo largo de los últimos siglos que había quedado a la espera de la creación de un verdadero sistema burocrático y administrativo que controlara el territorio conquistado. Este sería el momento idóneo para crearla: una maquinaria administrativa centralizada, dividida en departamentos especializados, independiente de la autoridad tradicional del Senado. También es cierto, que uno de los elementos que ha contribuido a crear la imagen de Claudio como emperador débil e influenciable, fue el poder que adquirirían los allegados al emperador, su entorno. Los libertos imperiales, que habían nacido como ayudantes domésticos, pasarían a ser verdaderos funcionarios, adquiriendo gran influencia en el ámbito político. Por otra parte, también la ambición de las mujeres de la casa imperial que acompañaron a Claudio, en particular Mesalina y Agripina, incidió a la formación de la imagen de Claudio como “juguete” en manos de sus libertos y sus mujeres. Sí es cierto que el poder de los libertos aumentó en demasía durante el gobierno de Claudio, y también es cierto que los círculos más estrechos del emperador se enriquecieron a costa de actividades ilícitas, como la venta de cargos, inmunidades o concesiones de ciudadanía, pero eso no quiere decir que la conducta de éstos pueda dar pie a la crítica de la obra completa de Claudio, que realmente era necesaria en la administración del Imperio.

En otros aspectos del gobierno de Claudio, puede destacarse su política social, dirigida casi únicamente a asegurar el abastecimiento de trigo a Roma, que era un problema que no se resolvía nunca satisfactoriamente. En materia de política provincial, fue generoso, otorgando la ciudadanía latina (que no romana) a aquellas comunidades romanizadas, fomentando igualmente la romanización en aquellas zonas conquistadas y pacificadas que aún no habían llegado a obtener ese grado. Y por último, y por muy paradójico que pueda parecer, Claudio tuvo que hacer frente a varias guerras, heredadas de la política exterior no resuelta de Calígula. Mauretania, la conquista de Britannia, Tracia o el problema de Judea, son algunos de los asuntos no resueltos por su predecesor y a los que tuvo que hacer frente Claudio, y además satisfactoriamente.

Por tanto, no es en la corte, ni en sus defectos físicos, donde hay que buscar una imagen clara del tercer sucesor de Augusto, sino en su obra de gobierno y, en particular, en la administración del imperio. Es en estos campos y no en su desgraciada vida privada donde puede apreciarse una auténtica dimensión histórica y la verdadera importancia de Claudio.  Serán entonces el desafortunado destino familiar, el entorno cortesano del emperador y las relaciones con la aristocracia senatorial, los elementos que explican el distorsionado veredicto con el que la figura de Claudio ha sido transmitida a la posteridad.

Bibliografía|

ROLDÁN, JOSÉ MANUEL, “Césares”, Madrid: La Esfera de los Libros, 2008

ROLDÁN, JOSÉ MANUEL; BLÁZQUEZ, JOSÉ MARÍA; DEL CASTILLO, ARCAIDO, “Historia de Roma. Tomo II. El Imperio Romano (siglos I-III)”, Madrid: Cátedra, 1989

GRAVES, ROBERT, “Yo, Claudio”, Madrid: Diario EL PAÍS, 2005

 

Redactor: Sara Muñoz Muñoz

Licenciada en Historia en la Universidad de Sevilla y Máster en Estudios Históricos Avanzados por el itinerario de Historia Antigua en la misma Universidad. Mi perfil académico se inclina en el estudio de la epigrafía latina en Hispania, y en la política, economía y sociedad del Imperio Romano. Apelo a la renovación de los conceptos historiográficos en las nuevas generaciones de historiadores.

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