#centenarioIGM: Conclusiones colectivas

Después de todo un mes intentando acercaros a lo que fue la Primera Guerra Mundial, no podemos menos que cerrar esta serie de artículos con una reflexión historiográfica. La historia no es una, única e inamovible como no lo es la realidad. Nosotros, los historiadores, tan sólo podemos acercarnos a la sombra de aquello que fue, a los discursos que quedaron escritos o dibujados sobreviviendo al tiempo. A través de ellos pretendemos y tratamos de reconstruir un mundo que en este caso hace cien años que se esfumó.

Es la historia una interpretación, y siendo la misma subjetiva no pueden sino existir más de una en base a las distintas miradas que dirijamos a nuestras fuentes. Es por ello que no podemos encontrar dos artículos iguales, aunque el telón de fondo sea el mismo para todos, y es por lo mismo que la reflexión extraída por tres de nuestros redactores no puede ser más dispar.

 

Balance global del especial.
por Diego Afonso Martínez.

Con ocasión del Centenario de la I Guerra Mundial, desde Témpora Magazine quisimos volcar en una serie de artículos nuestras preocupaciones e intereses con un enfoque lo más amplio y variado posible.

La Guerra impuso un doloroso trance a millones de almas, pero no pudo detener la vida diaria de los supervivientes y es que una idea sobrevuela al conjunto de artículos que os hemos ofrecido este mes: la Guerra supuso cambio, transformación, en muchas ocasiones rupturas profundas, pero también continuidades que se extienden desigualmente en el tiempo y que aún alcanzan nuestros días. Aunque la convergencia historiográfica parece clara, un cúmulo de largos procesos económicos, sociales, culturales y políticos se dieron cita en torno a 1914-1918 para transformar Europa y por extensión importantes espacios del globo.

Abrimos fuego, nunca mejor dicho, con el elemento más icónico de la Gran Guerra: las enormes moles de hierro que eran los nuevos tanques o la moderna aviación (1). Todo el ingenio y capacidad de crear del hombre se puso al servicio de la destrucción, aunque por añadidura tendría una influencia benéfica en ámbitos como la sanidad o las comunicaciones. Una clave es que los nuevos artilugios podían aportar pistas sobre el camino que seguía la civilización occidental, camino que rastreamos en el siguiente artículo (2). Con papel y lápiz los intelectuales europeos se alinearon en general según el principio nacionalista y combatieron por imponer su interpretación del mundo, con resultados muy dispares.

Si hablamos de economía, el sol comenzaba a ponerse para el Imperio británico tras el fin de todo un sistema librecambista, que se pretendía “natural” y que en la práctica había servido fielmente a los intereses ingleses durante más de cien años (3). La verdadera dimensión del nuevo panorama económico sólo se vislumbró con el fin del conflicto, cuando todo estaba por rehacerse y cuando el testigo fue recogido por los EE.UU quienes pese a algunas resistencias, ascendieron a la cúspide de la hegemonía mundial (4). Parte de la factura a pagar fue la sobredimensión del poder de Washington a costa del ideal federalista o la sublimación del sentimiento de inseguridad entre su población, con consecuencias ambivalentes durante los siglos XX y XXI.

La vida cotidiana siguió adelante, pero para muchos jóvenes, el paisaje de su granja natal o las alumbradas calles repletas de cafés y teatros, orgullo de la civilización, dieron paso a profundas zanjas de barro, sangre y penalidades (5). En aquellos agujeros fue donde toda una generación murió, sangró y extrajo sus conclusiones, miedos y obsesiones, muchas de ellas no resueltas al menos hasta 1945.

Si en algún lugar la transformación de la vida se aceleró de forma inédita hasta entonces, fue en Rusia (6). La violencia modernizadora de la guerra se ensañó con una autocracia que hasta entonces se había resistido exitosamente a cualquier cambio profundo. El resultado fue un sistema político y una cosmovisión alternativa, nueva y atractiva para afrontar la realidad después del conflicto.

Aunque ante todo estamos ante un conflicto cuyo centro primordial era Europa, otros espacios como el archipiélago japonés apostaron también por la guerra para fundamentar su desarrollo económico, su seguridad y su preponderancia (7) . Pese a su participación en el conflicto, la lógica expansiva japonesa y sus intereses, aparecían bastante desvinculados de la realidad occidental. Así fue pese a las apariencias, en la I y en la IIª Guerra Mundial. Resulta interesante observar como la tradición japonesa y la modernización occidental se fundieron para dar respuestas a la época contemporánea, con importantes coincidencias respecto al nacionalismo, el racismo y la violencia.

Tópico historiográfico donde los haya, el pretendido “aislamiento español” tampoco pudo sustraerse al conflicto mundial (8). A menor intensidad, los enfrentamientos sociales e ideológicos dividieron a un país muy próximo al epicentro de la guerra. Si bien no con tanques y aviones, la violencia en las calles estuvo muy presente. El debate de la guerra se superpuso a conflictos autóctonos seculares, particularmente españoles pero nunca excepcionales ni desconectados del contexto europeo y mundial. Además y aunque de forma efímera e insuficiente, la guerra insufló algo de oxígeno a los sectores socioeconómicos que debían pilotar la modernización española.

Las primeras décadas del siglo XX en algunas partes de Occidente dieron lugar al advenimiento de la mujer al espacio público, con la participación en los ámbitos productivos tradicionalmente reservados a los varones o su presencia en nuevos lugares de sociabilización y pugna política (9). Como en tantas cosas, la Guerra también ahondó las consecuencias de aquella tendencia. Las nuevas posibilidades y espacios nutrieron a las mujeres de herramientas y mecanismos para redefinirse a sí mismas e incluso para ser redefinidas desde otros ámbitos. Si ampliamos el foco, estas redefiniciones no fueron unívocas. Las mujeres como los demás grupos sociales, adoptaron distintas propuestas y estrategias en el seno de los nuevos y viejos movimientos políticos de posguerra.

Cerramos el ciclo con la exposición de los principales elementos y consecuencias del Tratado de Versalles (10). La Paz llamada a poner coto a cualquier conflicto futuro, muy pronto mostró su fracaso a la hora de cerrar algunos problemas europeos seculares como la conflictividad étnica y nacionalista. Pese al encomiable ensayo de la Sociedad de Naciones, nunca se creó un sistema internacional efectivo para la Paz. En la práctica Versalles fue sobre todo un “Diktat”, aunque la coartada para el desquite alemán saldría demasiado cara.

Desde Témpora Magazine que inició su camino hace apenas 6 meses, con el compromiso de dar espacio a nuevos jóvenes historiadores en la tarea de la divulgación, esperamos haber despertado la curiosidad de nuestros lectores con esta pequeña colección de artículos y haber motivado el interés sobre un período apasionante y determinante de la Historia humana, del que seguramente pueden extraerse abundantes reflexiones para nuestro propio tiempo.

Gracias a todos por vuestro apoyo y participación.

Sara Mielgo (cc)

Sara Mielgo (cc)

Principios y finales.
por Guillermo Rubio Martín.

La Primera Guerra Mundial es, ante todo, el fin de una era. Siguiendo la cronología de un maestro de la historia como Hobsbawm podemos asegurar que en 1914 termina el llamado “siglo XIX largo”, que abarca desde los inicios de la Revolución Francesa hasta el inicio de la Gran Guerra. Durante todo este periodo se habían ido forjando unas características  y tendencias económicas, sociales y culturales que tuvieron su máxima expresión en el sistema imperialista capitalista de finales de 1890 que comenzó un declive imparable hacia el torbellino a medida que iba madurando el Siglo XX.

Este sistema imperial había configurado un mundo divido en dos bandos, que primero fueron el de Francia contra el de Gran Bretaña y más tarde, cuando el poderío alemán dio un golpe de efecto, el de Alemania contra los dos antiguos enemigos. Las vicisitudes del sistema económico y el polvorín de los Balcanes maquetaron el resto del sistema de alianzas que hicieron detonar el conflicto. Era inevitable, desde el punto de vista económico y diplomático que Rusia se aliara con Francia, con quién también mantenía estrechos lazos culturales. Tanto era así, que los propios alemanes llevaban preparándose para una guerra en dos frentes treinta años. Y lo mismo podría decirse de Alemania con el Imperio Austro-Húngaro. Este lazo suponía la obligación para las grandes naciones de ir a la guerra por sus aliados menos importantes, cuyas disputas territoriales en la zona comprendida entre Grecia y Polonia parecían indisolubles.

La Guerra es también hija de un desarrollo económico y técnico fruto del capitalismo industrial de segunda generación, químico y eléctrico. Sin los avances en la metalurgia, los explosivos y los trenes, el conflicto nunca hubiera alcanzado las cotas de destrucción que alcanzó y sobre todo, no hubiera durado tanto. Los avances tecnológicos vividos durante los cuatro años de conflicto resultan sorprendentes entonces y ahora y se produjeron porque “se podían producir”. Es decir, era inevitable que las condiciones previas de desarrollo, inversiones y gestión dieran como resultado otra cosa que no fueran las armas y formas de guerrear que se dieron. Dado que éstas modifican a su vez las formas de enfrentarse a ellas y las propias reacciones sociales y culturales, la madeja que se va formando es de gran entidad y complejidad.

A parte de todo esto, y vista desde hoy en día, la Primera Guerra Mundial es un conflicto muy atractivo e interesante de estudiar. Por el propio carácter que venimos resaltando de cambio fundamental resulta muy apetitoso acercarse al conflicto desde el siglo anterior y ver como cambiaba y se derrumbaba el sistema levantado durante ciento treinta años. Para los historiadores militares es más inicio que fin, pues las armas y tácticas que aquí se estrenaron serían las que dominaron los campos de batalla durante el Siglo XX y aún lo siguen dominando.

¿Pueden extraerse lecciones del estudio de la Primera Guerra Mundial? Posiblemente la lección más duradera que nos haya transmitido el horror quedó bien clara en ese mismo momento y ha sido una constante en los planes e idearios políticos europeos desde entonces. Europa y el mundo necesitan un sistema internacional eficaz. La Sociedad de Naciones nació en un momento muy difícil y resultaba poco operativa y carente de atribuciones, pero desde entonces siempre hubo alguna cabeza con poder en el mundo pensando que quizás Europa debía ser una y dejar para siempre de estar en constante guerra, como había sido costumbre en los últimos mil cuatrocientos años. Un sistema que aglutinara los intereses franceses, alemanes e ingleses sería perfecto para caminar hacia el progreso de la unidad y evitar que los conflictos regionales salpicaran todo el mapa de sangre. Tuvo que suceder el trauma, mucho más profundo y destructivo, de la Segunda Guerra Mundial, para que se comenzara a construir el futuro de una Europa en común.

Raúl Canales (cc)

Raúl Canales (cc)

 

Nacionalismo e instrumentalización de la razón técnica.
por Emmanuel Otero-Trassens.

La Guerra cataliza fuerzas que en tiempos de paz pueden parecer alejadas completamente de un enfrentamiento bélico. Es evidente que la Guerra que modificó Europa, y con el continente el mundo, no se quedaría atrás a la hora de resignificar algunas concepciones que se creían universales.

Hemos visto a lo largo del especial como todas las parcelas de la vida se vieron afectadas por el conflicto: la economía, el equilibrio de poderes entre países, los roles en el trabajo, e incluso los sistemas políticos en su totalidad; cambios, todos ellos que se manifestaron en un marco de transformaciones globales. No obstante, detrás de todos los cambios anteriormente descritos, dos grandes fuerzas verán su naturaleza primigenia cambiar para siempre.

En primer lugar, la I Guerra Mundial supondrá la victoria de las pasiones nacionales por encima de todos los proyectos presuntamente racionales y de carácter científico que pugnaban por organizar las sociedades. La nación como identidad se convertirá en la excusa perfecta para el ejercicio de la violencia; ya no sólo operará en las sociedades como herramienta de cohesión y de identidad colectiva, sino que además lo hará como fórmula magistral para exacerbar el odio frente al otro, el enemigo, el miembro de otro colectivo-nación. Este factor es fundamental para entender la capacidad que tuvieron los contendientes para movilizar a sus poblaciones a través de un discurso que aglutinaba a personas de diferente ideología política en torno a un objetivo común, y único: la derrota del enemigo nacional.

Sólo a través de la fantasía de “la nación vencedora” fue posible, por otra parte, la gestión de las sociedades durante el titánico desgaste que supuso una guerra mucho más larga de lo que nadie pudo imaginar. La I Guerra Mundial nos permite preguntarnos sobre la enorme capacidad que tiene el valor de adscribirse a una colectividad a la hora de soportar sacrificios personales y sobre como la pertenencia puede desbancar a la militancia.

En segundo lugar, la I Guerra Mundial transformó la finalidad de la ciencia técnica a la que las sociedades liberales solían rendir culto, resignificando su naturaleza de vehículo de progreso en vehículo de destrucción masiva: la I Guerra Mundial trajo consigo la instrumentalización de la razón técnica y redibujo los límites de la violencia y el impacto de la misma.

El cambio en la escala de la destrucción, la ampliación del terror de guerra y la normalización de la masacre son resultados directos de un aprovechamiento activo de las potencialidades de la razón técnica: el progreso como horizonte utópico se desdibujaba violentamente y daba paso a la mecanización de la muerte. No es posible entender esta guerra sin el impacto brutal que la sofisticación de la técnica llevó al campo de batalla y que inauguraría una nueva forma de entender los conflictos cuyas reglas se verían modificadas para siempre.

Nacionalismo como conjura social sobre la violencia y la instrumentalización de la razón técnica son, en mi modesta opinión, las dos enormes lecciones que nos dejó la Gran Guerra. Dos lecciones, que ahora que habitan en la historia, y por  tanto, en el patrimonio intelectual de nuestras sociedades, no deberían ser ignoradas: la pasión y la razón pueden traer nefastas consecuencias cuando se conjugan con la violencia.

Redactor: Témpora Mágazine

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